• No results found

a la poliomielitis

Cuando el doctor RODOLFO PUENTE FERRO llega a Brazzaville en septiembre de 1965 para integrarse al contingente internacionalista cubano, donde ya se encontraban otros

tres galenos de la Isla, lo designan jefe de la atención médica y desde ese momento desarrolla en esa nación africana disímiles tareas.

Fue el gestor y uno de los principales propulsores de la primera vacunación masiva contra la poliomielitis en el continente africano, en una lucha contra un mal que afectaba profundamente la vida de los niños congoleses. Ayudó a organizar el sistema de salud y evaluó clínicamente a becarios de esa nación que estudiarían por largos períodos en Cuba.

Pero también entre sus tareas estuvo la de ayudar a revolucionarios lumumbistas que en ese tiempo luchaban contra el régimen dictatorial y pro-norteamericano de Mobutu Sese Seko, establecido en Zaire, hoy República Democrática del Congo.

Su afinidad y compenetración con el continente negro le permitieron regresar en 1976 para cumplir otra misión internacionalista en Cabinda, República de Angola, y años más tarde fungir como embajador cubano en esa nación por un período de seis años. De sus recuerdos y su peregrinar como médico, político y combatiente, nos habla hoy, al cabo de casi cuarenta años de haber pisado por primera ocasión tierras africanas.

Puente Ferro nació el 3 de diciembre de 1934 en Santiago de Cuba, antigua provincia de Oriente. Allí estudió la enseñanza primaria, la secundaria y el bachillerato. En 1955 empezó en La Habana la carrera de medicina, estudios que se vieron interrumpidos por el cierre de la Universidad durante el último período de la dictadura de Fulgencio Batista.

Tras el triunfo de la Revolución reinició los estudios y se graduó en 1961. Más tarde se hizo especialista en pediatría, hematología infantil y laboratorista. En 1967 comenzó a trabajar en el Hospital Carlos J. Finlay, donde también fungió como profesor de diferentes especialidades.

¿Cómo se enroló en la misión para ir al Congo Brazzaville?

Éramos un grupito de cinco compañeros en la provincia de Oriente. Estaba Armando Acosta de secretario del Partido, Jorge Risquet de organizador, Cecilio Sánchez secretario de la Ciudad de Santiago de Cuba, Julián Rizo que atendía la Zafra y yo, que me dedicaba a la educación ideológica.

El 27 de julio de 1965 Risquet regresó de Santa Clara después de pasar el 26 de Julio, que se celebró en esa provincia. Me contactó y me dijo muy brevemente: «Voy a una misión en el Congo, ¿quieres ir?» Y le respondí: «Estoy en la lista, voy». Le pregunto: «¿Quién me avisa?», y me responde: «El ministro de las FAR». No hablamos más del asunto.

A los pocos días, sería la tercera semana de agosto, me llamó el secretario del Partido en Oriente, Armando Acosta, y me informó que el ministro de las FAR, comandante (hoy general de Ejército) Raúl Castro, instruía que fuera hacia La Habana.

¿En su caso no fue el ministro de Salud Pública José Ramón Machado Ventura el que lo manda a buscar?

Fue Raúl. Ya en La Habana el ministro me explica cuál era la misión. En un mapa me señala la provincia angolana de Cabinda, me muestra la ubicación de Brazzaville y de Leopoldville, me dice que ambas ciudades están a tiro de mortero. Me argumenta los propósitos de la misión y que al frente de la misma estaba el compañero Risquet. Añadió que me preparara para partir en cualquier momento.

Luego vinieron a verme para prepararme en ejercicios de tiro en el llamado campamento de Punto 0. Durante varios días estuve en estas actividades, hasta que en los inicios del mes de septiembre me comunican el día y la hora de la partida.

¿No le informaron que el Che estaba por esa zona?

No, de eso nada me dijeron.

¿Conocía hacia dónde iría?

Sí, sabía que era para el Congo Brazzaville por la explicación que recibí del ministro. En estas actividades compartí con el ya fallecido Juan B. Portuondo, un obrero agrícola bien preparado y buen compañero que ya conocía desde el ciclón Flora1 y con quien hice el viaje hacia África.

1El ciclón Flora azotó la zona oriental de Cuba en noviembre de 1963 y causó grandes daños materiales y provocó cerca de mil muertes.

Partimos a principios del mes de septiembre de 1965 en un TU-114, en vuelo hacia Moscú con escala en Murmansk. En la capital soviética leímos unos partes de prensa en la embajada cubana que señalaban las amenazas de invasión contra el Congo Brazzaville por parte del ejército de Moisés Tshombe, que en esos momentos encabezaba el gobierno de Leopoldville. Tomamos un vuelo que nos condujo en un tránsito al aeropuerto Charles de Gaulle, en París, y de ahí a Brazzaville.

Llegamos a esa capital congolesa creyendo que había algo «gordo» por las noticias que habíamos leído en Moscú. Pero todo estaba en calma y Risquet estaba esperándonos en el aeropuerto, donde contra nuestras creencias estaba todo en total tranquilidad. Eso fue el 13 de septiembre de 1965.

¿Dónde lo ubican y qué labor realiza?

Me ubican en una de las cuatro casitas que conformaban la embajada. Risquet me explica todas las misiones, las tareas que tenía, que sería la de responsable de los médicos que allí se encontraban, pero no me informó que el Che se hallaba en el otro Congo. Eso estaba bien compartimentado.

En Brazza conocí a los doctores Julián Álvarez, Rodrigo Álvarez Cambras y Manuel Jacas, quienes estaban ubicados en los campamentos y cuyas tareas eran las de la atención médica a los combatientes cubanos y a los congoleses que se preparaban como milicianos.

Me trasladé al campamento, conviví con ellos por unos días y observé que estaban subutilizados. Visité el hospital, que tenía más de 300 camas, pero le faltaban muchos médicos. Le propuse a Risquet que ellos trabajaran algunas mañanas en el hospital y por las tardes atendieran a los combatientes en los campamentos. Risquet estuvo de acuerdo, y en coordinación con las autoridades de salud congolesas, Julián y yo nos ocupamos de las salas de pediatría, Cambras de una de ortopedia y Jacas de las cirugías.

De esa forma logramos bajar la mortalidad infantil e hicimos algunos estudios de investigación e intensificamos el trabajo extendiendo las consultas a un policlínico en la ciudad. Antes de nuestra llegada solo permanecían en el país nueve galenos (tres franceses, dos congoleses, dos norvietnamitas, un angolano y un zairense), que ejercían precariamente la atención a los casi 900 000 habitantes del país, además de tres o cuatro médicos de Egipto destacados en el hospital militar de la capital.

Entre las tareas de los médicos estaban las de ayudar a la organización del sistema de salud del país, transmitir la experiencia en el campo de la salud, atención médica y recalificación de enfermeras.

En noviembre de 1965 hice con otros compañeros un viaje al norte del país, a la ciudad de Gamboma y luego a Dolisie, situada hacia el sur. En la primera, que hace

frontera por el norte con el Congo Leopoldville (hoy Kinshasa), se encontraban varios combatientes cubanos que vivían en condiciones difíciles y cuya misión era preparar a las milicias de esa localidad, y a pesar de las situaciones adversas mantenían una alta moral. En ese mismo mes llegué a la ciudad de Dolisie, que es la tercera del país en importancia económica, número de habitantes y extensión.

Allí varios compañeros preparaban a combatientes congoleses y del MPLA. En Dolisie conocí al comandante angolano Hoyi Ha Yenda, quien murió más tarde en el denominado Tercer Frente, en la región de Cassombo, durante el asalto al cuartel de los portugueses en Karipande. En esta localidad visité los almacenes de armamentos del MPLA y me sorprendió la considerable cantidad de medios de combate ligeros, así como de alimentos enlatados donados por la Unión Soviética.

En el curso de la estancia fui al hospital, que adolecía de los mismos problemas o quizás más graves que el de la capital. Estando en la institución médica me encuentro con dos supuestos médicos soviéticos que estaban haciendo, según ellos, vacunación contra la poliomielitis. Hablaban portugués y nos podíamos entender. Al hacerles varias preguntas me doy cuenta de que no son médicos y lo que hacían era controlar el uso de todos aquellos cargamentos, donados por la URSS. Hablamos sobre las vacunas antipolio y les solicito que me donen cinco mil dosis. Me las entregaron gustosamente. Charlamos un rato y cuidadosamente me despedí para no interrumpir su trabajo.

Seguidamente, y en unión de nuestros combatientes, hablé con el alcalde de la ciudad y le expliqué que estaba en posesión de vacunas antipolio. Este pidió que se la suministrara a sus hijos, lo que de inmediato realicé y a la par le solicité permiso para conversar con los profesores de las escuelas y distribuir las restantes dosis entre los alumnos, lo que se hizo hasta donde alcanzaron.

Estando en Dolisie, llegó Risquet e hicimos un recorrido por el norte montañoso de la provincia y en ocasiones no sabíamos si estábamos en Cabinda (Angola) o en territorio congolés, pues no hay fronteras delimitadas. Visitamos un campamento de los patriotas angolanos y me encontré nuevamente con Hoyi Ha Yenda. En Dolisie, este combatiente me había entregado un uniforme, catalejo, brújula y sombrero para cuando fuéramos a la zona de guerra. Todos estos implementos los guardé y doce años después, en 1977, se los entregué al presidente Agostinho Neto, quien los depositó en el Museo Nacional.

Recorrimos toda esa región con varios combatientes cubanos, entre ellos Barthelemy, Moracén y Portuondo. Ahí se preparó y coordinó la parte final de una operación militar a la que se le llamó Operación Macaco, cuyo propósito era atacar un cuartel portugués muy al norte de la provincia de Cabinda, en una localidad llamada Sanga Planicie. La operación no dio los resultados esperados. Participaron en ella los dirigentes angolanos Lucio Lara e Iko Carreira. Risquet y yo regresamos a Brazzaville.

¿Resultaban largos los días en el Congo?

En esta misión no había tiempo para aburrirse. Los médicos nos mudamos para una pequeña casa donde cada uno tenía un pequeño cuartico, y el poco recurso de que disponíamos, aproximadamente veinticinco centavos de dólar diario, nos alcanzaba para comprar la prensa. Entre los galenos hicimos una recolecta y adquirimos un radiecito para escuchar las emisoras locales en francés y adquirir oído en ese idioma.

También empleábamos mucho tiempo en la lectura para conocer la historia, geografía, cultura y costumbres de este y otros países del continente africano. Nos sirvió mucho la biblioteca de la Alianza Francesa. Aprendimos las razones de la poligamia practicada casi unánimemente. La causa y razón de la dote matrimonial. Las formas evolutivas del valor, desde su forma más primaria a la más extendida, y fue en la práctica, recorriendo

algunas aldeas, como pudimos comprender el tema de la mercancía y el valor explicados por Marx en su obra El Capital.

Otra cosa que aprendí es que no se vende a la mujer. El padre de la novia lo que reclama es una dote que puede ser un animal, un collar de valor u otra prenda, es decir, mercancías que sean cambiables. La razón es que al llevarse el novio a la muchacha, el padre está perdiendo una fuerza de trabajo imprescindible en una producción de subsistencia, donde hay que alimentar a la prole más pequeña, que aún no tiene la edad y fuerza suficiente para trabajar. Lo que paga es la fuerza de trabajo, y si la pareja se separa, la novia regresa al hogar paterno y hay que devolverle la dote al novio.

¿Además de la colaboración médica y militar, Cuba prestó otra asistencia?

Los jóvenes congoleses estudiaban con avidez por las noches, bajo los faroles del alumbrado público, lo que nos llamó la atención. Por esos días llegaba un barco nuestro y se habló con el gobierno para enviar a un grupo de becarios a Cuba. Se escogieron los muchachos, les hicimos un chequeo médico y de laboratorio. El gobierno seleccionó entre los miembros de las milicias y de la organización juvenil a los que tenían cierto nivel escolar. La selección careció de rigor, pues algunos no tenían ni tan siquiera la educación primaria. El 24 de enero de 1966 zarpó de Punta Negra hacia Cuba el buque

Luis Arcos Bergnes, con 264 jóvenes congoleses que cursarían estudios en la Isla del

Caribe, durante varios años y en forma completamente gratuita, desde la primaria hasta la universidad.

Muchos de ellos los volví a ver al cabo de diez años en el Congo, trabajando como médicos, técnicos de laboratorio o ingenieros. Este también resultó un aporte importante para el desarrollo posterior de esa nación.

¿Cómo se hizo la campaña de vacunación contra la polio?

Tan pronto regresé de Dolisie, me llamó el ministro de Salud Pública. Fui con Darío Urra, que se encontraba al frente de la embajada cubana, y al preguntarnos cómo se podía realizar esa campaña en todo el país, le dije que se necesitaba cierto grado de organización y de técnica.

A Risquet le informamos sobre el interés del ministro. En Cuba ya teníamos experiencia en esas campañas y se mandó a buscar al director nacional de Epidemiología, el doctor Helenio Ferrer.

Tras la llegada de el doctor Ferrer a Brazzaville, se le explicó al ministro de Salud cómo se podría realizar la tarea, que se necesitaba la donación de las vacunas y que el país que podría hacerlo era la URSS. El ministro estuvo de acuerdo con todo lo concerniente a la organización de la campaña y con la donación por parte de la Unión Soviética. Y con estas premisas Helenio Ferrer partió hacia Moscú, de cuya nación regresó a los pocos días con las primeras dosis.

Los dirigentes congoleses cooperaron mucho y esto facilitó el trabajo. Los médicos se distribuyeron en las tres principales regiones del país. Las milicias congolesas resultaron determinantes en el éxito de la primera campaña masiva contra la polio en el continente africano, tras dárseles un mínimo técnico.

Por esos días, la Organización de Mujeres Congolesas (que participaba en la campaña) de la ciudad de Kinkala, a unos 80 kilómetros de la capital, nos invita a Julián, a Helenio y a mí a una actividad cultural y seguidamente a una comida. Naturalmente, los congoleses tienen el hábito de comer vian purrí, es decir, la carne descompuesta. La dejaban podrir aunque después la cocinaban. Pregunté el porqué de esa tradición y me explicaron que sus ancestros iban de cacería a largas distancias del hogar, cogían

grandes piezas que debían transportar en caminatas de cuatro o cinco jornadas y al regreso ya llegaban con la carne en estado de descomposición. Como no podían perder la alimentación ni el trabajo realizado, la cocinaban. Este fenómeno a través del tiempo se convirtió en un hábito.

¿Pudieron dar las dos dosis de la vacuna?

Había condiciones para hacerlo, pero se produjo el intento de golpe de Estado del 25 de junio de 1966, que interrumpió la campaña. Lamentablemente no pudimos concluirla, pero se hizo un esfuerzo que ayudó a la gran población infantil.

¿Desarrolló usted alguna otra misión?

Sí, Risquet me dio también la tarea de ayudar al grupo del movimiento de liberación del Congo Leopoldville. Su jefe era Mukwidi, un revolucionario lumumbista que se había trasladado a Brazzaville tras la persecución en su país. En Brazza el grupo se organizó con el propósito de regresar a su patria y unirse a Mulele.

En la capital congolesa atendimos políticamente al grupo, les suministrábamos literatura, alimentos. Hicimos muy buenas relaciones. Hacían prácticas de tiro y de caminatas.

Teníamos una incertidumbre sobre la existencia de Mulele, pues nos decían que estaba vivo y luchando. Necesitábamos una prueba de esta aseveración y fue así como les dimos recursos para que enviaran a uno de sus hombres con cámara fotográfica a contactarlo. No tuvimos respuesta hasta el quinto hombre enviado, que al regreso trajo fotos y una carta de Mulele, las cuales fueron posteriormente publicadas en la revista

Tricontinental.

En el curso del tiempo esa gente desapareció. La última información que tuvimos fue que después de su preparación en Cuba entraron a su país a través de la ciudad de Gamboma, situada al norte del Congo Brazza. En el año 1999, en un viaje que realicé a la República Democrática del Congo (antiguo Zaire o Congo Leo), localicé a los sobrevivientes de aquel grupo y me narraron en detalle todo lo sucedido. La mayoría de ese grupo y su jefe Mukwidi, murió combatiendo en 1971. Nosotros habíamos partido a finales de 1966 y él continuó la lucha.

¿Cómo se desarrollaba la vida cotidiana?

Vivíamos en una casa modesta donde nos repartíamos las tareas cotidianas de la higiene. Existía una disciplina consciente. Hacíamos análisis de temas del país, internacionales o científicos, sin dejar de lado el carácter alegre que identifica al cubano. El juego de ajedrez era cotidiano. La atención a la salud de los combatientes era trabajo prioritario de los médicos, así como la recreación formaba parte del trabajo de todos los que componían el mando. Se daban actividades festivas sin bebidas; con juegos de mesa, charlas de algún visitante del país y de dirigentes de los movimientos de liberación, como Amílcar Cabral y Agostinho Neto.

Todos estos factores ayudaron a mantener en alto la moral del combatiente y jugó un papel muy importante en su conducta y en su estado sicológico, pues hay que tomar en cuenta la lejanía de la patria y los recuerdos de las familias. Durante este tiempo también nos encargamos de la preparación de enfermeros congoleses para que nos ayudaran en la prestación del servicio.

Cuando el 25 de junio de 1966 estalla el intento de golpe de Estado de los paracomandos dirigidos por el entonces capitán Marian N’Gouabi contra el presidente Massamba Debat, le propongo a Risquet incorporar a nuestras fuerzas al grupo de Mukwidi y de Hoyi Ha Yenda. Nos dieron una batería de morteros y fusiles. La misión era impedir a los paracomandos sublevados pasar por una carretera que partiendo de su cuartel llegaba a la ciudad.

Después arribó Moracén, que tenía más experiencia, y pasé a ser su segundo al mando. Hicimos una exploración, montados en un jeep para ver dónde podíamos emplazar los morteros. Íbamos Moracén, Mukwidi y yo. Cuando nos dimos cuenta, estábamos en el portón de entrada del campamento de los paracomandos, por lo que tuvimos que dar marcha atrás. Al regreso nos detiene en la carretera el teniente Kim (jefe de la unidad de blindados y quien pertenecía a la jefatura de los que estaban opuestos al golpe), junto con el jefe de los paracomandos y cabeza del golpe de Estado, N’Gouabi. Este último se portó muy bien en el sentido de no darle importancia al asunto, no así el teniente Kim, que para sorpresa nuestra quiso detener a Mukwidi. Le impedimos detener a Mukwidi y aceptamos arreglar el asunto en el campamento de los cubanos.

Fuimos hacia allá N’Gouabi, Kim, Moracén y yo. En este lugar conversaron con Risquet, dieron sus quejas y se fueron. Pienso que a partir de aquí la sublevación