Normalmente, los 65 años han sido considerados como la puerta de entrada a la etapa de la vida denominada como “vejez”, sobre todo, en los países más desarrollados. De esta manera, este criterio se convierte en una construcción social que difiere de unos momentos históricos a otros e, incluso, de unos países a otros. La vejez es una definición social y “un viejo es lo que la sociedad dice que es un viejo” (López, 1998, p. 13).
El hecho de que se utilice la edad como una forma de organización de la sociedad lleva a que ésta asigne a los diferentes grupos de edad roles distintos, con normas y expectativas diferentes que no siguen, necesariamente, las reglas de los procesos de envejecimiento fisiológico general.
En nuestra sociedad occidental y desarrollada, este criterio ha servido durante décadas como marcador para identificar a los "ancianos" en los estudios que requieren una clasificación estadística de la población (Denton y Spencer, 1997), así como, también, para establecer la edad convencional para la jubilación. Por otro lado, la duración del ciclo vital ha aumentado notablemente durante las últimas décadas en las sociedades occidentales. Tanto el concepto de jubilación como el aumento de la población mayor de 65 años provocan cambios importantes en el concepto social de la vejez.
El concepto de vejez se define de varias formas. De manera simplificada, generalmente se asume como un proceso multifactorial que se caracteriza por la pérdida progresiva de las funciones, acompañada de un incremento de la morbilidad y la disminución de la fertilidad con el avance de la edad (Reyes y Castillo, 2011). Por su parte, Rodríguez, Hernández y Gutiérrez (2015) definen la vejez como la suma de todos los cambios que se producen en el ser humano con el paso del tiempo y que conducen a un deterioro funcional y a la muerte. Es un proceso continuo, progresivo y complejo que se produce una vez culminada la etapa de crecimiento, desarrollo y reproducción y que se caracteriza por el
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deterioro progresivo de las funciones orgánicas y la disminución de la capacidad de adaptación a los cambios.
La OMS define el envejecimiento del individuo como: “un proceso fisiológico que comienza en la concepción y ocasiona cambios en las características de las especies durante todo el ciclo de la vida; esos cambios producen una limitación de la adaptabilidad del organismo en relación con el medio. Los ritmos a que estos cambios se producen en los diversos órganos de un mismo individuo o en distintos individuos no son iguales” (OMS, 2009, p.12).
Para Alvarado y Salazar (2014), el envejecimiento es un proceso continuo, heterogéneo, universal e irreversible que determina una pérdida progresiva de la capacidad de adaptación. Se construye durante todo el ciclo vital y en el influyen múltiples factores, no solo genéticos, sino también sociales e históricos del desarrollo humano. Consideran que la interpretación actual del proceso de envejecimiento está más alejada de la edad cronológica y tiene mayor estructuración desde lo individual y lo social. Por su parte, Lolas (2017) considera que es un proceso biológico y biográfico, cuya mayor característica es el cambio y depende de factores fisiológicos, puesto que no todos los sistemas y órganos envejecen de igual manera; y psicológicos, pues la forma de afrontar las limitaciones y dificultades puede variar. Para González y de la Fuente (2017), el envejecimiento se inicia una vez que ha culminado el proceso de óptima funcionalidad, y es secundado por el deterioro de la misma.
Si bien se suele utilizar los 65 años para marcar el inicio de la vejez, a efectos biológicos, la vejez viene marcada por la declinación de las actividades somáticas y mentales que caracteriza el envejecimiento como: universal (propio de todos los seres vivos), progresivo (es un proceso acumulativo), dinámico (está en constante cambio, evolución), irreversible (no se puede detener, ni revertirse y es definitivo, hasta el momento), declinante (las funciones del organismo se deterioran en forma gradual hasta conducir a la muerte),
MARCIA GALINA ULLAURI CARRIÓN
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intrínseco (ocurre en el individuo aunque está influido por factores ambientales), heterogéneo e individual (no sigue un patrón establecido, cada especie tiene su propia característica de envejecimiento y varía de un sujeto a otro y para los diferentes órganos de la misma persona).
Además de ser un proceso biológico, por su naturaleza vital, y psicológico, por su naturaleza subjetiva, el envejecimiento es un proceso histórico cultural, por su naturaleza social. La vejez está asociada no solo a cambios en el funcionamiento de los sistemas del organismo y a como los sujetos asumen la vida, sino también porque la sociedad los cataloga como tales y le atribuye determinados roles y conductas a partir de valores históricamente construidos (Arrubia, 2016).
Que la vejez sea una construcción social comporta, también, la imagen social predominante que se tiene sobre las personas mayores. Esta imagen social ha sufrido cambios a lo largo de la historia y, también, en las distintas culturas. Así, por ejemplo, hay culturas, como la oriental, donde las personas mayores son la máxima autoridad; y otras, como la cultura occidental actual, en las que las personas con mayor poder son las de mediana de edad con valores dominantes del modelo joven. Las personas mayores no sólo han perdido poder de influencia al jubilarse, sino que el resto de la sociedad considera a la vejez como un período marcado por el deterioro y la involución provocando que los otros grupos de edad (jóvenes y adultos de mediana edad) tengan como uno de sus miedos fundamentales el hecho de envejecer.
Actualmente se acepta que esta concepción de la vejez como etapa de declive es errónea. A medida que envejecemos se producen cambios en las diferentes capacidades (físicas y psicológicas); pero estos cambios no son unidireccionales, ni universales, ni irreversibles. Mientras unas capacidades pueden declinar, otras se mantienen o, incluso, pueden mejorar (López, 1998).
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