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4.4 Conclusions

5.2.1 Computational domain

Parece claro que frente a la posición asumida por el Vaticano II en DV 2 la forma de comunicarse de Dios al ser humano se da de manera mediada por la contextualidad de los hechos históricos. Al afirmar que hay una conexión indiscutible entre hechos y palabras se declara también una unidad innegociable entre el conjunto de experiencias en toda historia de salvación y su proyecto de sentido.

Las Escrituras que se presentan a las generaciones futuras son significaciones de las interpretaciones de los hechos de Dios en la propia realidad vital del hombre y mujer de fe; son las expresiones significativas de las experiencias concretas del pueblo de Dios. Tales experiencias siguen confirmando la manera comunicativa de Dios en las realidades actuales, siguen iluminando la acción interpretativa del pueblo en la historia (las futuras experiencias). Así, la palabra siempre es proclamadora de la obra de Dios en la historia y de las experiencias concretas que surgen de la percepción de esta manifestación divina. De este modo, ya no podemos comprender las Escrituras como un conjunto de verdades doctrinales, sino como expresión de un cuerpo dinámico de experiencias a lo largo de la historia de salvación. Por eso es muy importante no separar las acciones (obras) de Dios en la historia, de las palabras que son significantes de las interpretaciones de estas acciones. La fe es primordialmente experiencia del pueblo que percibe e interpreta salvíficamente las obras divinas en su propia tónica vivencial. Frente al evento, acontecimiento existe una inclinación a interpretar y explicar el misterio presente en la propia realidad.66 Así, es

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fundamental la postura de no disociación de hechos y palabras. El Vaticano II apunta hacia un acercamiento que tiene en cuenta la relación del acontecimiento con su significado: Este plan de revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí,

de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas.67

El Relato Fundamental bíblico es muy importante para el creyente, se presenta siempre abierto para ayudar a seguir descubriendo como acontece la revelación y enriquece el horizonte de interpretación. El texto escrito está en función del gran texto (de la propia existencia) que sigue aconteciendo y que supone interpretación. Esto ciertamente exige una actitud de fidelidad y creatividad: el texto de la gran tradición es el texto del creyente, pero la actitud de ir a la biblia no es solamente para mirar como Dios se revelo sino como Él sigue revelándose. La gran historia muestra como el pueblo de Dios fue estructurando su manera de ser y también como puede continuar siendo. Esto no consiste en una fórmula para ser, sino que nos ayuda a estar abiertos a las nuevas posibilidades de ser. Hay una fusión de horizontes donde la experiencia fundamental cristiana fecunda nuestra experiencia actual, muestra como Dios se reveló y continúa revelándose en la historia. 68 En la biblia hay una dinámica interpretativa y plural, la práctica teológica es un ejercicio interpretativo hermenéutico que siempre estuvo presente en la historia del pueblo de Dios, la relación crítica/dialógica entre experiencia actual y experiencia cristiana fundamental puede favorecer una constante actitud de apertura hermenéutica que es vital para romper/transcender la árida rigurosidad dogmática.69

Estos elementos nos llevan a afirmar que la fe antes que todo es experiencia, solamente después formulaciones de fe. El propio hombre, en esta dinámica de fe, se presenta como portador del espirito/intimidad/dinámica de Dios. Aquí se funda la potencialidad del hombre de hacer nuevas experiencias y de descubrir sentido en la propia vida/historia: Dios que “es” en/con el ser humano impulsando continuamente a la transcendencia en la

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Concilio Vaticano II, Dei Verbum, No. 2.

68 Tomados de los apuntes de clase, Teología fundamental. Profesor Olvani Sánchez, primer semestre. 2013. 69

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realidad inmanente/finita de la vida concreta.Esta fuerza siempre actuante en el ser humano lo capacita para interpretar y descubrir el sentido salvífico en el acontecer de la historia. Por eso no podemos reducir la fe únicamente al humano/finito. El artículo del profesor Olvani nos ayuda a comprender la posibilidad singular de toda tónica revelatoria que está centrada en la constante y gratuita iniciativa de Dios, como puro amor siempre en acto,en la historia y en el propio hombre:

La revelación, y esta es la intuición originante, no nace como palabra dada sino como experiencia vivida; como vivencia creyente del encuentro, en la finitud humana, con el que transciende la finitud, y sin embargo, se dona en ella; donación que “se realiza incorporando la carne y la sangre del esfuerzo humano”. En este horizonte, se asume el desafío de acercar la comprensión de este acontecer de la revelación de Dios a la experiencia real de vida, al mundo de la vida de los hombres y mujeres a los que Dios se ha donado y continúa donándose.70

La dinámica revelatória supera las fronteras del Cristianismo, el interés por el misterio relacional entre el transcendente y el ser humano parece ser una inclinación propia de las religiones. El ser humano es poseedor de una característica pautada por la inquietud desinstaladora que lo sitúa siempre en una actitud de cuestionamiento frente a la realidad que lo supera. Por eso podemos decir que el acontecer revelatório no es exclusividad de un determinado grupo humano, la potencia de Dios es plena en todo y en todos. La voluntad de revelarse de Dios es total, incluyente y generosa – es presencia, acción constante en todo tiempo y lugar. La autodonacion de Dios es de carácter universal y gratuito. La postura que afirma un Dios que centra su manifestación amorosa/salvífica solamente a un grupo de elegidos debe ser repensada. Esta actitud contradice la libre y plena potencialidad del amor divino que no se detiene en las fronteras de las limitaciones propias de la finitud de la condición humana. Es propio de Dios la infinita libertad/voluntad de darse, no podemos condicionar la amorosa iniciativa divina a conceptos humanos exclusivistas.71

Frente a esto, podemos decir que un planteamiento teológico auténtico y profundo exige el rompimiento con la tendencia de radicalizar el tema revelatorio en perspectivas exclusivas.

70 Sánchez Hernández, Hechos y palabras: hermenéutica de la revelación a la luz del Vaticano II, 48. 71

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No considero que la novedad conciliar, el gran avance dado por el Vaticano II, sea suficiente para exorcizar toda inclinación al exclusivismo católico cristiano. Pero tenemos que considerar que toda dinámica conciliar fue pautada por lineamientos cristianos y que las afirmaciones orientadas por una teología histórica ya inauguran una postura más inclusiva. Las palabras del profesor Olvani son muy iluminadoras para comprender mejor el asunto:

La absoluta inconveniencia del exclusivismo en cualquiera de sus formas requiere, de acuerdo con el dicho, “abandonar la idea de elección como un privilegio divino” o, cuando menos, repensar su contenido semántico. En sentido estricto, no hay elección de parte de Dios, su voluntad de amor y salvación es universal de principio; sin embargo, como su relación con la humanidad no es abstracta sino personal, es fácil que, quien se ha descubierto amado, lo exprese en términos de haber sido elegido.72

Hablamos que todo potencial revelatorio es indiscutiblemente de alcance universal, contrario a toda interpretación exclusivista, pero eso no quiere decir que la persona o grupo que se perciba amado y tocado por la manifestación de Dios no tenga el derecho de sentirse elegido. Es importante considerar que esta posibilidad relacional abierta a todos los seres humanos acontece de manera particularizada. No podemos reducir el campo de los elegidos, pero tampoco negar la revelación como situada en la realidad de cada persona o grupo.73

Esa potencia siempre en acto en todo ser humano necesita ser percibida para poner en marcha un proceso relacional; requiere un “caer en la cuenta”74 como afirma Queiruga en su libro “Fin del cristianismo premoderno”. Este proceso de percibir este Dios que está manifestándose constantemente se da de manera situada y concreta en los acontecimientos históricos. Es el “caer en la cuenta” de la dinámica de Dios que se da dentro del propio ser humano y de su historia. Eso hace que los acontecimientos sean interpretados como empapados por la presencia de Dios. Toda esta percepción produce una genuina necesidad de expresar, testimoniar, comunicar su experiencia (oralidad narrativa). Este proceso va a

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Sánchez Hernández, La pluralidad como principio: anotaciones para una teología fundamental pluralista, 118-119.

73 Tomados de los apuntes de clase, Teología fundamental. Profesor Olvani Sánchez, primer semestre. 2013. 74

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llegar hasta la escritura: “finalmente, la sedimentación en lenguaje escrito cuyo testimonio son los textos bíblicos”.75

Tal comprensión de la revelación nos lleva a romper con la idea de un Dios que habla verticalmente al ser humano anunciando sus verdades de manera inmediata sin considerar la propia realidad del hombre en la historia y su posibilidad de percepción e interpretación. Dios es total amor y siendo amor su acción es plena/constante en la autocomunicación, autodonacion con el fin de salvar el ser humano estableciendo estrecha relación. No hay otra manera de realizar su plan sino hablando el lenguaje humano por la vía histórica/contextual.

Es necesario superar la influencia dualista que es pautada por la idea de una separación entre Finito e infinito; en esta concepción hay un gran abismo entre transcendencia e inmanencia, el absoluto salta este abismo algunas veces para revelar sus verdades sobrenaturales de manera autoritaria.76 Es urgente proclamar que Dios está radicalmente inmerso en la finitud/inmanencia, que su presencia no es un añadido externo sino realidad en nosotros y en la historia. La inmanencia, la realidad natural está impregnada de lo sobrenatural. Podemos fundamentar este tema con la reflexión del Profesor Olvani:

Una vía distinta de comprensión arranca por repensar la comprensión de lo “sobrenatural”. Para esto, es preciso superar el planteamiento dualista que concibe la naturaleza como un estado acabado, sobre el cual llega la gracia, como algo extrínseco y estrictamente sobre-natural.77

Este modo singular de comunicación de Dios exige de la tarea teológica una profunda apropiación del propio hombre y de la historia como lugares de interpretación del actuar divino en los contextos de hoy. La revelación y salvación en perspectiva histórica demandan una fe pautada en la creencia en el plan salvífico que se da en la historia. En esta perspectiva, como afirma Alberto Parra, “la formación en la fe deja entonces de ser simple asunto de instrucción, de aprendizaje de una doctrina, repetición conceptual de un

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Sánchez Hernández, Hechos y palabras: hermenéutica de la revelación a la luz del Vaticano II, 52.

76 Tomados de los apuntes de clase, Teología fundamental. Profesor Olvani Sánchez, primer semestre. 2013. 77

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catecismo de enunciados”78

. La fe es ante todo experiencia, y solamente después, se convierte en fórmula de fe. De este modo la dinámica eclesial no puede ser pensada como cuestiones dogmáticas carentes de campo vital, sin las prácticas pastorales concretas, comprometidas y emancipadoras. La Iglesia se presenta como un cuerpo de testigos de un Dios que sigue realizando su promesa de salvación en la historia y en los distintos contextos.

Alberto Parra, en el capítulo tercero de su libro “Textos, contextos y pretextos”,79

llama la atención en algunas tendencias que niegan/contradicen el carácter histórico de la revelación. El providencialismo falso que resulta en una gran conformidad delante de la propia realidad. Dios que actúa con su fantástico/mágico providencialismo legitimando la actitud pasiva y resignada del sujeto frente su propio contexto/realidad. El teleologismo donde el mundo ya está destinado a un fin impuesto y determinado por Dios. No hay razones para luchar, transformar, construir; el ser humano se presenta casi como una marioneta en las manos de Dios. Todo está decidido (fatalismo histórico), no hay responsabilidad de los seres humanos frente a los acontecimientos; todo ya parece estar trazado. La visión apocalíptica de la historia que tiene el peligro de alienar el compromiso humano despreciando la realidad existente. Puede condicionar toda existencia en la espera del acontecimiento último; no es necesario el perfeccionamiento de este mundo. El

positivismo histórico que lleva a una postura atrapada en el pasado y cerrada al dinamismo

histórico; la conservación contra la novedad. El idealismo histórico las ideas sofocan las iniciativas históricas de transformación. Hay una supervaloración de inclinaciones filosóficas y especulativas que no ayudan en el protagonismo del pueblo. Es una actitud pautada por el intelectualismo y carece de praxis efectiva. El Materialismo histórico que hace al hombre vulnerable frente al sistema de producción impulsado por la lógica de mercado y de consumo; un determinismo económico. Cierta dialéctica de la historia que carece de una visión de interconexión de las etapas históricas.80

El profesor Parra termina hablando de las impugnaciones de la historia mencionando un tipo de impugnación que niega la posibilidad de la experiencia religiosa de la revelación en

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Parra, Textos, contextos y pretextos, 93.

79 Cfr. Ibíd., 96. 80

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la historia. Esta negación es el secularismo: desprecio y rechazo de toda manifestación religiosa afirmando su invalidez.81 Quizás esta postura es proveniente de una respuesta reaccionaria delante de comportamientos teocráticos y de una teología demasiada vertical objetiva/doctrinaria, aplicada:

Estigmatiza toda dimensión religiosa como falsa consciencia histórica, quimera, proyección sociológica de las ansias históricas insatisfechas. Tal postura es una evidente reacción contra las teocracias, los clericalismos y los teologismos que en todo el tiempo pretenden erigir “verdades” de la revelación y de la fe por sobre las ruinas de la autonomía de la historia y del mundo, de las ciencias y de las artes, de los saberes y de las praxis transformadoras.82

La teología, si quiere colaborar honestamente, debe estar conectada con el horizonte vital promocionando una praxis cristiana que no sea solamente formulaciones intelectuales. Debe ser promotora de una revelación y de su dinámica salvífica que no se da sin contexto y sin historia.

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