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5.5 Comparison between Two Proposed Tests

5.5.2 On Computing Efficiency

El desierto (4,1-2)

1 Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era

conducido por el Espíritu en el desierto, 2 durante cuarenta días, tentado por el diablo. No comió nada en aquellos días y, al cabo de ellos, sintió hambre.

(i) Todos los movimientos de Jesús, desde el momento de su concepción, responden a la moción guiadora del Espíritu Santo, pero san Lucas lo destaca en particular a partir de este momento. Es el Espíritu Santo el que lo condujo al Jordán, y el que lo empuja con sus impulsos amorosos al desierto, a orar y ayunar, preparándose así para su misión. Es más que evidente, y lo destacaron con fuerza los Padres de la Iglesia, que muchas de las acciones que Jesús realiza durante su vida tienen la finalidad de mostrarnos a nosotros el camino que debemos recorrer en nuestro itinerario espiritual hacia la santidad. Numerosos comportamientos de Cristo son del todo innecesarios para Él, como éste de prepararse para su misión; pero no son fútiles para nosotros, que debemos mirarnos en Él como en nuestro principal espejo.

(ii) Oración y penitencia son parte de la preparación elemental para todas las grandes obras, incluso para las humanas, y, sin duda, para las divinas. Y orar y someterse a la penitencia equivale a atraer la mirada desafiante del diablo quien manifiesta una suprema impotencia en ciertas áreas del mundo espiritual, como, precisamente, estas dos: la de la oración y la de la penitencia. El diablo es fino razonador y gran conocedor, incluso de las Escrituras divinas, como lo demuestra esta pulseada con la misma Palabra. También tiene una voluntad extraordinariamente más fuerte que la nuestra... Pero no puede rezar a Dios, ni adorarlo, ni postrarse ante Él con humildad; ni tampoco puede arrepentirse de sus faltas y tratar de repararlas por el llanto sincero y dolido. Por eso no hay persona que se ponga a rezar o que quiera realizar la más pequeña obra penitencial que no atraiga en torno suyo una legión de pobres diablos que quieran estorbar esas obras que ellos no saben ni pueden hacer, o

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que, al menos, traten de empujar al penitente y rezador a que se envanezca de su noble actitud o se llene de orgullo. Si vas a rezar, vas a luchar. Si tratas de hacer penitencia, entras en combate. Miedos, dudas, distracciones, desconfianzas, sensaciones de inutilidad y sabores de fracaso... se multiplican en los pocos minutos en que un hombre se pone de rodillas, humildemente, delante de su Creador y Padre, o le ofrece una privación y un dolor para expiar sus pecados o para pedir perdón por los de su prójimo.

(iii) El episodio tiene lugar en ―el desierto‖ de Judea. El Antiguo Testamento lo llama yesimón, que quiere decir la devastación. Es una zona que se extiende por un área de 50 por 25 kilómetros. Una tradición localiza el lugar concreto en que estuvo Jesús en el Djebel-Qarantal, a cuatro kilómetros al norte de la actual Jericó. En la cima se alzaba en el tiempo de los Macabeos la fortaleza en que fue asesinado Simón, el último sobreviviente de la dinastía. En el siglo IV San Garitón fundó allí una laura (es decir, una colonia monástica), que está, desde 1874, en poder de los ortodoxos. Es un área de arena amarilla, de caliza quebradiza y de cantos dispersos. Las colinas son como montones de polvo; y la piedra caliza está erosionada y pelada; las rocas están desnudas y puntiagudas; a menudo hasta el mismo suelo suena a hueco cuando lo pisan los pies humanos o los cascos de las caballerías. Deslumbra y reluce con el calor como un horno inmenso. Se precipita hacia el Mar Muerto en una caída de cuatrocientos metros de piedra caliza, pedernal y marga, entre salientes y entrantes y precipicios.

(iv) Jesús elige este lugar para rezar y ayunar, y lo hace durante cuarenta días enteros, como lo habían hecho antes Moisés en el Sinaí (Ex 34,28) y Elías en su camino al Horeb (1Re 19,8). No se trata aquí del ayuno judío, que se practicaba como luego lo harían los musulmanes durante el Ramadán, es decir, sólo hasta la puesta del sol, permitiéndose comer y beber después de ese momento hasta la próxima salida del sol. Los fariseos más celosos, dice Spadafora, ayunaban los lunes y los jueves en memoria del principio y del fin del ayuno de Moisés (cf. Lc 18,12; Taanith 2,9). Jesús ayuna de forma total. Es posible practicarlo de este último modo pero con ciertas condiciones y cuidados, como el ingerir líquidos ricos en vitaminas (jugos) y otras cosas, evitando así daños serios a la salud.

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No parece que Jesús usase de ningún método ni control; simplemente ayunó de modo total. Según Ricciotti, los evangelistas pretenden presentar el episodio como un hecho absolutamente sobrenatural, un ayuno milagroso. Es posible. De hecho san Lucas parece querer indicar que el hambre solo asaltó a Jesús al terminar el tiempo de ayuno. Como no tenemos más datos que los escasos que nos dan los evangelios, no podemos conjeturar mucho al respecto; solo tomar las cosas como están relatadas, las cuales, además, solo pueden tener por fuente al mismo Jesús, de quien debe, seguramente, provenir este relato hecho a sus discípulos; ningún otro testigo estuvo allí. Al advertir el hambre, el demonio ve llegado el momento de tantear quién es ese hombre que se presenta ante sus ojos con tanta sencillez, pero a la vez, rodeado de tanta maravilla. Algunos autores entienden que Mateo y Lucas no pretenden hacer un relato completo sino compendiado, y que pueden interpretarse las tentaciones como tenidas durante todo el tiempo del ayuno, y además puramente interiores, como una instigación del demonio puramente espiritual, sin apariciones, ni diálogos externos, ni transportaciones físicas o imaginarias… En fin, es posible que puedan entenderse las cosas en ese sentido; no destruye lo esencial del hecho, ni tergiversa el relato; es una exegesis perfectamente católica. Pero la tradición que entiende los hechos del modo en que están literalmente relatados, goza a su favor un mayor flujo de representantes.

Las tentaciones (4,3-13)

3 Entonces el diablo le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra

que se convierta en pan”. 4 Jesús le respondió: “Esta escrito: No sólo de pan vive el hombre”. 5 Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; 6 y le dijo el diablo: “Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. 7 Si, pues, me adoras, toda será tuya”. 8 Jesús le respondió: “Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto”. 9 Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; 10 porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. 11 Y: En sus manos

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te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna”. 12 Jesús le respondió: “Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios”. 13 Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno.

(i) El relato de san Lucas difiere del de san Mateo en el orden de las tentaciones. Muchos dicen que el de Mateo parece preferible, pero ahora comentamos a Lucas, por lo que nos ceñiremos a su relato. Las tres tentaciones son una obra maestra de la psicología diabólica y expresan magistralmente la psicología de la tentación humana. En su gradación, estas tentaciones manifiestan los diversos pensamientos interiores por los que el hombre se siente tentado de evitar el misterio de la cruz en su vida, el camino directo hacia la santidad. Están tan bien elaboradas que ellas solas resumen todo el universo de las posibles tentaciones humanas. En tal sentido, Jesús las padece para dejar sentado de forma ejemplar el modo en que debemos nosotros resolver esas mismas tentaciones cuando se presenten en nuestra vida, porque tarde o temprano las experimentaremos tal cual aparecen aquí o ligeramente modificadas. A su vez retoman las grandes tentaciones en las que Israel sucumbió en su historia pasada; razón por la cual, algunos Padres vieron en las victorias de Cristo, la reparación de las caídas de su pueblo.

(ii) En la primera tentación (―si eres el Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan‖) la intención del demonio es más que evidente: no quiere otra cosa que averiguar su condición de verdadero taumaturgo e incluso su relación filial con Dios Padre. En el plano puramente literal, incita a Cristo a que se valga del poder que él supone que Dios le ha concedido –aunque no está totalmente seguro aún– para calmar su hambre, es decir, sus necesidades naturales y terrenas. Israel perdió una batalla en este mismo terreno pidiendo a Dios, en el desierto, milagros para calmar su hambre y su sed, como prueba de que Él estaba con ellos. Israel siempre cayó en la tentación de identificar la presencia protectora de Dios con la bendición material, con el triunfo material y con la abundancia material. Todos los que hoy en día siguen siendo, como dice san Pablo, judíos carnales –aunque les chorree agua bautismal por los cuatro costados– siguen equiparando la bendición y la protección divinas con el éxito material de sus empresas, y el abandono divino

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con los fracasos humanos. Dios está con nosotros si nos va bien; y ya no nos ama si nos va mal. Estas personas, si Dios pusiese su divino poder a su disposición, lo usarían para solucionar sólo sus problemas terrenales: sus cosechas, su trabajo, su economía, sus riquezas, su hambre. En el fondo han caído en la tentación de pedirle a Dios que llene sus estómagos o que convierta en pan las piedras. Jesucristo sabe muy bien la insidia que se oculta en las palabras del diablo: usar a Dios para tapar nuestros agujeros materiales, es, en el fondo dejar en segundo lugar a Dios. A Dios lo usamos cuando corremos a Él porque lo necesitamos; nos acordamos de Él si las papas queman; y le pedimos pero no le damos: no le damos el corazón, ni la vida, ni la pureza, ni nuestro tiempo, ni la oración. Pero para pedir somos mandados a hacer. ―El que no llora no mama...‖; este es el dicho que más nos gusta. Por eso responde Nuestro Señor: ―Está escrito: no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios‖. El pan es importante, pero no es lo más importante. ―Dios, primer servido‖, decía Santa Juana de Arco.

(iii) La segunda tentación es una arremetida más espiritual; apunta al apetito de dominio que el demonio cree presente en todo hombre: ―Llevándole a una altura le mostró en un instante todos los reinos de la tierra; y le dijo el diablo: «Te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, porque a mí me ha sido entregada, y se la doy a quien quiero. Si, pues, me adoras, toda será tuya»‖. Si el demonio se sirvió de una visión imaginaria o no, poco importa; igualmente aquello de ―todos los reinos‖ no debe ser interpretado materialmente como una visión de todos, sino de los reinos, basta con los representativos.

(iv) El diablo, padre de la mentira, dice aquí lo que considero una media verdad. O una verdad presentada opacamente. Es probable, como lo ha entendido la tradición teológica que da crédito a sus palabras, que el ángel bueno que fue el demonio antes de su caída tuviera como misión el rectorado del mundo o quizá la custodia de los poderes. Su pecado no anuló su relación con el mundo pero sí el modo de hacerlo, pues pasó a ser su corruptor. Ese ―doy el poder y la gloria a quien quiero‖ adolece de la referencia esencial a Dios: si Dios me lo permite por sus designios más altos que los míos… Pero es cierto que a veces Dios se lo permite, a menudo para castigo de

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los que buscan afanosamente la gloria terrena, porque esta se vuelve, más tarde, su propio castigo. Su poder es real, pero más limitado de lo que da a entender. Y también es cierto que el precio que cobra por este servicio es una cierta adoración o pleitesía. No siempre se trata de un culto satánico explícito (aunque a veces sí); más bien consiste en pagar el tributo de hacer del poder un fin y no un medio, o un medio de un fin injusto y no del único fin que puede tener el poder y el mando, que es el servicio de los demás.

(v) La respuesta de Jesús es muy interesante porque no gasta tiempo en poner en su lugar estos principios de dudosa teología que el demonio maneja con deliberada imprecisión; va directamente al meollo: sólo Dios es Dios, y por tanto, solo a Él se puede y debe adorar y rendir culto. En comparación con esta mentira sustancial de pretender un acto de adoración sin ser Dios, todo lo demás son errores de segundo plano. Y se lo afirma con esa Escritura de la que el demonio hace alarde de magistral manejo cuando quiere, pero siempre cambiando el curso del agua para que vaya a su molino.

(vi) La tercera tentación tiene por escenario el pináculo del templo de Jerusalén. San Mateo la menciona en segundo lugar, y parece ser ése el más adecuado, pues el intentar directamente la propia adoración, objeto de la anterior, parece corresponder más bien al último paso en toda tentación. ―Le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el alero del Templo, y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: A sus ángeles te encomendará para que te guarden. Y: En sus manos te llevarán para que no tropiece tu pie en piedra alguna»‖. Este tentar a Cristo para que pida un milagro inútil es diferente del de la primera tentación. En la primera el demonio lo incita a buscar un milagro para saciar una necesidad; en esta, en cambio, Jesús no tiene ninguna necesidad de bajar del pináculo del templo. ¿Y por qué lo sube al alero del templo y no a una roca de las que abundaban en el monte donde se encontraban? Porque el templo estaba abarrotado de judíos y en el desierto Jesús estaba solo. El demonio sugiere a Cristo hacerse reconocer como Mesías por su pueblo –y especialmente por el poder sacerdotal que ministraba el culto del templo– con un gran golpe de escena, milagroso, en el que se viera con claridad que las profecías se cumplían en él. El demonio lo invita a lograr su fin mesiánico

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evitando el camino doloroso de la cruz. Este será, precisamente, el

modo en que el Anticristo hará creer a los hombres que él es el Mesías: por medio de golpes de escena, de falsos milagros, de montajes mediáticos. Los caminos de Dios son radicalmente distintos.

(vii) ―Jesús le respondió: «Está dicho: No tentarás al Señor tu Dios»‖. Tentar a Dios quiere decir ponerlo a prueba; y a Dios se lo pone a prueba cuando se duda de Él. Se le pide un signo antes de lanzarse a lo que nos pide, porque uno no se fía completamente de sus palabras. Jesús se fía totalmente del Padre y de los planes divinos. El camino de la Cruz es el acto de fe más radical que Dios puede pedir a un hombre: creer que logrará el triunfo por medio de la derrota, que la vida se esconde en la muerte, que la exaltación se consigue en el ocultamiento al mundo, que se posee cuando se renuncia, que se alcanza la libertad haciéndose esclavo de todos… es un acto de fe en la palabra de Dios. ―Confiado en tu palabra arrojaremos nuevamente las redes‖. El demonio le sugiere a Jesús: pide un signo del amor divino antes de dejarte matar, para asegurarte que vale la pena hacer lo que tienes que hacer‖. Jesús le responde: ―no dudes nunca de Dios‖.

(viii) ―Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno‖. Toda tentación, dice Lucas, porque estas tres resumen la quintaesencia de toda tentación: la material, la espiritual y la satánica. Después de esto, el demonio se va, porque se dio cuenta que no era su tiempo… pero que si este era el Mesías, habría más adelante un tiempo oportuno. Debía asechar y esperar. Y eso hizo.

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