PROJECT SELECTION BRIEFS AND TA CONCEPT PAPERS
B. Concept and Design
Manuscrito del Hermano Rafael redactado en Oviedo, a partir del 19 de septiembre de 1934
En este momento, la situación personal del Her- mano Rafael es la siguiente.
El día 26 de mayo de 1934, tras cuatro meses de feliz estancia en el Monasterio trapense de San Isi- dro de Dueñas, el Hermano Rafael, por decisión de sus superiores y gravemente enfermo de diabetes sacari- na, debe volver a su casa para recuperar la salud.
Esta época en la que vive fuera del monasterio junto a su familia, durará hasta el 11 de enero de 1.936, en que retornará a San Isidro de Dueñas como oblato.
el que ama a Dios, y todo es fácil para el que lo espera todo de Él.
…Ya se que los renteros se avienen a razones. Bendito sea Dios, me alegro, aunque supongo que aún os darán mucha guerra; pero no os importe. Hay que comprender, y así os será más fácil perdonar. Jesús todo lo perdonaba, todo lo comprendía.
Ya veis, son gente tan apegada a la tierra que no es extraño lo que hagan y digan. Quizás sufran. Pero los extrañados serán ellos cuando un día no lejano ten- gan que dejarlo todo, y no se lleven nada.
Mira, no os vaya a pasar a vosotros lo mismo y viváis para la tierra en lugar de la tierra para vosotros ¡Bueno, cosas de fraile! Lo que sí te digo es que no sé lo que será dejarlo todo a la hora de la muerte, pero lo que es, dejarlo antes de morir, verdaderamente cuesta un poco. ¡Pero después, querida madre, si vieras que bien se vive sin nada y solamente en las manos de Dios!
¡Pobre hermano Rafael!, algunas veces en su silen- cio trapense se acuerda del mundo, pero no del placer o de la diversión, porque toda esa libertad está bien encerrada. El mundo que más cuesta dejar es el que no se puede encerrar porque está en el corazón, y son los afectos, que no mueren pero que, en el encierro con Cristo, se purifican y divinizan, aunque a veces hagan sufrir.
7 de enero de 1938
Una de mis mayores faltas es la impaciencia. Al- gunas veces un hermano, sin darse cuenta, me pone los
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1 de enero de 1938
Me he dado cuenta de mi vocación. No soy religio- so, no soy seglar, no soy nada. Bendito sea Dios, sólo soy un alma enamorada de Cristo. Él no quiere más que mi amor desprendido de todo y de todos.
Bien veo que la voluntad de Dios es que no haga los votos religiosos, ni seguir la Regla de san Benito. ¿He de querer yo lo que Dios no quiere?
Jesús me manda una enfermedad incurable; es su voluntad que humille mi soberbia ante las miserias de mi carne. ¿No he de amar todo lo que Jesús me envíe? Beso con inmenso cariño la mano bendita de Dios que da la salud cuando quiere, y la quita cuando le place. 6 de enero de 1938
Carta a su madre desde la Trapa
Solamente te diré que, con una caridad que no me- rezco, fui recibido de nuevo en el Monasterio. Ya estoy de nuevo con mi pelada cabeza debajo de la blanca capucha del Císter. Quiera el Señor que no me la vuelva a quitar, aunque créeme que su voluntad es mi única Regla y ya me he ido acostumbrando poco a poco a hacer siempre lo que no quiero, ni me gusta… Que ya no sé ni lo que quiero ni lo que me gusta.
Dios es muy bueno conmigo. A medida que pasan los días y los años me voy dando cuenta que la gran misericordia de Dios para conmigo consiste en haber- me enviado esta enfermedad, que es para mí, créeme, mi verdadero tesoro. Estoy muy contento y soy feliz, ¿qué más quieres que te diga? No hay nada difícil para
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APOLOGÍA DEL TRAPENSE
Si alguna vez alguien leyere estas líneas, lo único que le pido es una gran caridad hacia ellas, en las que no debe ver doctrina ni enseñanzas, pues no pretendo tal cosa. Escribo lo que pienso, lo que se me ocurre de una manera sencilla. En ellas estudio mi alma y mis im- presiones.
Soy trapense y como trapense siento, veo y discurro. La ocupación del trapense es la más agrada- ble de todas, la más divina y la más útil: amar a Dios y dejarse amar por Él.
SOBRE EL MUNDO
Claramente se ve la incompatibilidad del amor a Dios con el espíritu del mundo. Por eso, cuando oigo decir que es lo mismo servir a Dios en el claustro que en el mundo, no puedo por menos que sonreírme, pues veo claramente que el mundo es un enemigo de Dios, y con un enemigo de Dios no se puede hacer ningún pac- to, por pequeño que sea, ni ninguna concesión, porque si se le concede como uno, al poco tiempo se toma co- mo dos, después como tres y, por último, estamos to- dos llenos de él. El espíritu del mundo se filtra en todas partes y, sin darse cuenta, entra en la familia, domina la sociedad, los juicios y las opiniones, las ideas e, incluso, el modo de ver a Dios. Se filtra hasta en los conventos, y el que se deja influenciar por él no se da cuenta.
Pero, en resumidas cuentas, ¿qué es el mundo y cuáles son sus peligros? El escritor inglés Padre Fáber lo define admirablemente en su libro «El Criador y la criatura»: “Es un infierno sobre la tierra, una cosa a la que ha sido negada la sonrisa de Dios; es una peste, una influencia, una atmósfera. La Escritura le llama mundo; la misericordia de Dios no penetra en él. Vivi- mos en medio de él, lo respiramos, obramos bajo su influencia, somos engañados bajo sus apariencias, y sin apercibirnos de ello, adoptamos sus principios. Tiene voz dulce, maneras graciosas, modo de presentarse in- sinuante y un aspecto lleno de belleza y atractivo. En algunas ocasiones suele mostrarse digno, pronunciará máximas sabias sobre la decencia pública. Algunas ve- ces, con buenos principios en los labios, discute con pedantería sobre la vocación religiosa de una joven; dice muy bellas cosas acerca de Dios y de la santidad, recomendando una prudente demora, etc.”.
Cuando yo decidí irme a la Trapa, no fue por te- mor al mundo, ni entristecido al ver que todo lo que él me daba era mentira y engaño No era un desengañado, en primer lugar, porque para desengañarse hay que es- tar engañado, y a mí el mundo no me engañó nunca; y, en segundo lugar, apenas empiezo a vivir, pues los veintiún años no creo que sean de una experiencia tal para que diga con voz sonora: me voy al claustro por- que soy un desengañado de la vida, y con el semblante compungido me retire a la soledad monástica para llo- rar mis pecados. No hay nada de eso.
llevaba una hora de rodillas ¿Y la oración? No la hice. Estuve pensando en mí mismo, en mis sufrimientos personales, en los recuerdos del mundo. ¿Y Jesús? ¿Y María? Nada. Sólo tengo egoísmo, poca fe y mucha so- berbia. ¡Tan importante me creo! ¡Tanto me considero!
Señor, ten piedad de mí. Sufro, sí, pero quisiera que mi sufrimiento no fuera tan egoísta. Quisiera, Se- ñor, sufrir por los olvidos de los hombres, por los pe- cados propios y ajenos, por todo, mi Dios, menos por mí... ¿Qué importo yo en la creación? ¿Qué soy delante de Ti? ¿Qué representa mi vida oculta en la infinita eternidad? Si me olvidara de mí mismo, mejor sería Señor.
No tengo nada más que un refinado amor propio, y vuelvo a repetir, mucho egoísmo.
31 de diciembre de 1937
Me voy dando cuenta de que la virtud más práctica para tener paz en la vida de comunidad es la humildad. La humildad delante de Dios nos da confianza, pues la humildad es conocimiento de uno mismo, y ¿quién que se conozca de verdad puede esperar algo de sí mismo? Sería un loco si no lo esperase todo de Dios.
La humildad llena de paz nuestro trato con los hombres. Con ella no hay discusión, ni envidia, ni ofen- sa posible. ¿Quién puede ofender a la misma nada? Le pido encarecidamente a María que me enseñe aquello en lo que fue maestra: humilde ante Dios y ante los hombres. “Hágase"
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alejados. Sólo Dios, sólo Dios, sólo Dios. Ése es mi único pensamiento.
Sufro mucho..., María, Madre mía, ayúdame.
26 de diciembre de 1937
Mientras no aprenda a dominar todo mi “sistema nervioso" en la vida de comunidad, no sabré jamás lo que es aprender a mortificarme.
Pobre hermano Rafael, de corazón demasiado sen- sible para las cosas de las criaturas. Sufres al no ver amor y caridad entre los hombres. Sufres al no ver más que egoísmo. ¿Qué esperas de lo que es miseria y barro? Pon tu ilusión en Dios y deja a la criatura porque en ella no hallarás lo que buscas.
Pero, ¿y si Dios se oculta? Qué frío hace entonces en la Trapa. La Trapa sin Dios no es más que una reu- nión de hombres.
Son días de Navidad y sólo tengo una enorme sole- dad. Una pena muy honda. Nadie en quien reposar, enfermo y débil. ¡Ah, Señor, y muy poca fe! Dios mío, eres muy bueno... Tu misericordia perdonará mis ol- vidos, pero es tanto, Señor, lo que sufro, que mi fla- queza no lo podrá resistir. No veo más que mi miseria y mi alma mundana con poca fe y sin amor.
Llegaré, Señor, hasta donde Tú quieras, pero da- me fuerzas, y el socorro a su debido tiempo; mira, Señor, lo que soy.
29 de diciembre de 1937
Una hora de oración sin un pensamiento de Dios. Apenas me di cuenta. Sonaron las cinco en el reloj y ya
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La vida me acariciaba y Dios me mimaba. El mundo no me engañaba porque no podía. Yo veía claro, porque tenía a Dios de mi parte; soy un carácter alegre y era feliz. Gozaba con la música y con la naturaleza; no he tenido apenas tiempo de conocer el mundo. Lo vi de cerca y nada más; eso es todo, y sin embargo, me fui a la Trapa, ¿por qué? Según el mundo no tenía motivos pues el mundo cree... Bueno, el mundo cree muchas co- sas que son falsas, pues yo no necesitaba ni he nece- sitado cambiar mi carácter ni volverme tétrico para ser un buen trapense.
AÑORANZA DEL MONASTERIO
Sin embargo, qué difícil me es expresar ahora que estoy en el mundo, después de ser trapense, la impre- sión que me causa. Son tantas las cosas que me produ- cen motivos de meditación. Llevo ya unos meses fuera de mi Monasterio; veo, observo y callo, pero en mi alma, que desde hace algún tiempo se ha vuelto muy sensible, se renuevan las impresiones sin cesar. Es tan distinta en todo la vida que me rodea…, en la manera de obrar, de pensar y de opinar, los intereses no son los mismos, Dios parece que está lejos, al menos eso me parece a mí, aunque así no sea.
Pero, no es que Dios se aleje, sino que los hombres están tan ocupados en sus mezquinos intereses que po- co a poco le van olvidando. Dios es para ellos una cosa de segunda categoría.
Mi oración es tan débil y desabrida, que no sé si llega a Dios. De todas maneras, no por eso dejo de dirigírsela.
En la paz y en el silencio del templo, mi alma se abandonaba a Dios. Veía pasar por delante de mí todas las miserias y todas las desgracias de los hombres, sus odios y sus luchas, y pensaba que si este Dios que se oculta en un poco de pan no estuviese tan abandonado, los hombres serían más felices, pero no quieren serlo.
En estos momentos estoy triste, ¿por qué no de- cirlo? Quizás a causa de mis sentidos, influenciados por la tarde gris de esta húmeda ciudad; quizás sea mi alma, al ver mis pecados y los de mis hermanos. Me acordaba de la salmodia en la Trapa, veía a mis her- manos los monjes cantado delante de Dios y yo me veía separado de ellos, y solo. Me veía débil y flojo en mi amor a Dios. Quisiera ser santo, pero no puedo.
INJUSTICIAS QUE GENERAN ODIO Y OSCURIDAD
Y tanto los pobres como los ricos son hijos de Dios, todos tienen las mismas miserias y los mismos pecados, pero algún día, cuando Dios juzgue, ¡qué sorpresas nos vamos a llevar! La desesperación del que tiene hambre se puede justificar, pero el egoísmo del que tiene dinero, eso no tiene perdón.
Si los de arriba olvidan a Dios, ¿por qué nos extrañamos que se rebelen los que están abajo? No hay que predicarle al pobre paciencia y resignación, sino que es al rico al que hay que decirle que si no es