4. Modelling fishing location choice and spatial behaviour of fishers near a Marine
4.3. Conceptual framework, estimation method and data
El estudio de las unidades lingüísticas desde el punto de vista de las potencialidades depositadas en ellas para servir de instrumento transmisor del contenido y en algunos casos de un enriquecimiento sustancial del contenido de un enunciado debe, desde nuestro punto de vista, completar el análisis de la estructura lingüística. Por lo que se refiere al frasema, se verá cuánta información oculta se contiene en unas formas concretas de la estructura lingüística de un item léxico.
Cada unidad lingüística posee su contenido determinado y potencialmente lleva consigo cierta cantidad de información. El volumen de la información depende de dimensiones, carácter e independencia de la unidad. Es difícil de separar los conceptos de ‘contenido’ de la unidad lingüística, ‘significado’ de esta unidad, ‘informatividad’, contenida en esta
unidad. Pero condicionalmente se puede admitir que el contenido de la unidad lingüística es un conjunto de rasgos (principales y derivados, primarios y secundarios, constantes y provisionales, regulares y ocasionales) de la noción expresada por esta unidad. El significado de la unidad lingüística es una designación condicionada de uno de los rasgos de esta noción (sea motivada o inmotivada). La informatividad de una unidad lingüística es la medida del contenido de esta unidad en una realización concreta.
Para comprender la importancia de separar estos tres conceptos, es preciso ver, aunque brevemente, una cuestión de principio sobre lo esencial del término ‘significado’. Es sabido que la mayoría de las palabras son polisémicas. El conjunto de todos los significados de una palabra suele considerarse la estructura significativa del item léxico, comprendiendo con ello no sólo la interrelación de los significados dentro de la palabra, sino la jerarquía entre estos significados. Los significados que le impone a la palabra el contexto, pueden en ciertas condiciones (el frecuente uso combinatorio en diferentes textos) llegar a ser hechos de esta estructura. La división de significado lexicográfico y contextual en muchos casos es una tarea muy difícil para los lexicógrafos.
En los hechos de la lengua la información actúa solamente en calidad de las realizaciones potenciales de todo el contenido de la unidad lingüística, además en ciertas condiciones, el contenido de la unidad lingüística puede ser ampliado debido a su realización en el discurso. Planteando el problema de esta manera, resulta que la combinatoriedad de las unidades lingüísticas puede ofrecer cierta parte de la información más allá de la que se encuentra en el contenido de esta unidad. Sin embargo, la misma combinatoriedad ofrece una variedad tan grande de realizaciones de contenido que la información puede ser significativa sin la ampliación de este contenido. En otras palabras el contenido de una unidad lingüística se puede presentar como una suma de sentidos del significado léxico-semántico más el significado gramatical (morfo-sintáctico) de esta unidad, lexicográfica y potencialmente posibles.
En aplicación al código que representa la lengua esto significa que cualquier información, si se repite muchas veces, tiene la tendencia de adquirir el estatus de una unidad de la lengua. En algunos casos esta unidad se fraseologiza tanto que se hace legado de los diccionarios fraseológicos que son compendio de consulta sobre el código lingüístico. Incluso en el caso, en que una información de este tipo no obtiene forma de signo lingüístico, el
mismo hecho de repetirse la información reduce al mínimo la necesidad de aplicar esfuerzos para su descodificación y se percibe como algo dado.
En efecto, tales unidades discursivas como:
eso es otra cosa; ni corto, ni perezoso; que quieres que te diga, por decir así, como me explico, a propósito, entonces, ahora bien, Ud. verá, etc.
representan combinaciones de palabras altamente predecibles, esto es, aquellas en las que la combinación sintagmática aporta poca información nueva y a pesar de todo son muy necesarias para una comunicación de tipo ordinario. Son en sí unos modelos lingüísticos hechos, de los cuales se requiere que correspondan completamente al significado que se ha plasmado en ellos por la práctica de su uso social. Este tipo de clichés no lleva consigo ninguna información y agrega a cualquier enunciado el fondo de contraste, sin el cual, como se entiende, no es posible la misma comunicación. Este fondo de contraste tan característico al discurso es una cualidad del habla.
La oposición como un factor estructural de cualquier construcción lingüística se manifiesta no solamente en la relación de lo conocido y lo desconocido, de un ritmo de habla y otro ritmo discursivo, de una u otra modelación entonativa, sino, lo que tal vez sea de mayor importancia, de relaciones semánticas comúnmente observadas y esperadas, o fondo enunciativo, y relaciones semánticas novedosas o que se propone como foco informativo.
De tal manera, la información es una medida con que el contenido de una unidad lingüística se realiza en el enunciado. Por esto ante los investigadores se plantea la tarea de precisar el contenido de la unidad lingüística en cada uno de los niveles, utilizando con mayor posibilidad las tesis de la teoría de la información que pueden ser transpuestas en los hechos lingüísticos.
La información por los medios lingüísticos empieza con las categorías extralingüísticas y luego pasa las etapas de codificación, enmienda del mensaje, posibles tergiversaciones, obtención, descodificación, ampliación, entendimiento y realización, es decir actuación en correspondencia con la información obtenida. Cada etapa puede ser estudiada por separado, además cada una de ellas va a depender en menor o mayor medida de las cualidades
inmanentes de las unidades lingüísticas, sus posibilidades potenciales y, por otra parte, de los sistemas que tienen algo que ver con una u otra etapa.
En la lingüística la fuente informativa, naturalmente, será el ser humano que comunica algo, en otras palabras el que manda las señales. La verdad es que la interpretación más vasta del término de “información” lleva a que cualquier proceso gnoseológico, o mejor dicho su resultado, en otras palabras, el hecho conocido sobre el mundo objetivo, ya por sí es una información que comprende la transmisión verbal de los hechos de la realidad objetiva ya obtenidos, mentalizados y organizados en la mente humana. De esta manera todo “el equipo” que transmite la información, o mejor dicho que emite las señales es el hombre con su aparato fónico y la escritura.
En la lingüística bajo la capacidad transmisora y las interferencias tenemos que entender, ante todo, los parámetros significativos, es decir, el dominio del ser humano de los símbolos utilizados en la transmisión del mensaje. Todo esto nos acerca a los conceptos del código informativo que comprende un sistema de señales que sirven para la transmisión comunicativa. No es de menor importancia el proceso de descodificación que comprende la recuperación de lo que se comunica para la percepción por el receptor. Para la descodificación de los símbolos lo más requerido es que los símbolos tengan un sólo significado para lo cual es necesario que sean sistémicos.
Siendo extrapolado a la esfera de la lengua, el problema del código y de los procesos de codificación y descodificación adquiere una interpretación especial con la cual los mismos términos obtienen una explicación más amplia. Como ejemplo comparemos en un sentido más amplio el lenguaje cotidiano y el lenguaje poético. Si todas las formas lingüísticas (es decir, fonemas, morfemas, lexemas, frasemas, proposemas, tropos estilísticos) estudiar como símbolos del código lingüístico (y esto se puede hacer), en el lenguaje cotidiano la organización de todas estas formas en un enunciado abastece una descodificación rápida, automatizada y casi adecuada. Este código a veces se llama normalizado o estandarizado. De hecho el receptor del código no se da cuenta que representa por sí un equipo descodificador y que recibiendo un mensaje está traduciendo los símbolos del código lingüístico en el significado que está codificado por el emisor del comunicado.
No obstante, estas mismas formas lingüísticas en la transmisión de la información en el lenguaje poético, no producen el mismo efecto. La descodificación del lenguaje poético no se hace automáticamente, debido a que el código de este rango estilístico del lenguaje literario no es adecuado al código del lenguaje cotidiano. El código poético está cargado de símbolos, como veremos adelante, hay muchas cosas que presentan un código especial que existe paralelamente con el código lingüístico común, como, por ejemplo, la organización rítmica del enunciado, su forma acústica, estructural y composicional, etc.
El lenguaje poético presenta por esto un código específico, en el cual se realizan unos métodos especiales de transmisión informativa y la misma información no se interpreta siempre de igual manera. Por esta razón la teoría de la información sólo con sus tesis más comunes puede aplicarse en la lingüística, debido a que nos da la clave para descodificar los más variados comunicados y no sólo a los que se caracterizan por la frecuencia de su uso.
La frecuencia del uso, la automatización perceptiva, la periodización, la probabilidad resultan conceptos interrelacionados. El famoso proverbio latino
repetitio est mater studiorum de hecho parte de la ley intuitivamente deducida
sobre la periodicidad de los fenómenos. La capacidad de nuestra conciencia de prepararse, después de haber establecido esta periodicidad, para el estado de espera del siguiente fenómeno asegura realmente el automatismo en la percepción, puesto que la descodificación del mensaje es fácilmente predecible.
A la capacidad de nuestra conciencia de precisar la periodicidad de los fenómenos no se le ha dedicado la atención que merece en psicología, fisiología y lingüística. Empero precisamente la periodicidad de los fenómenos yace en la base de la intuición. Divisar en la intuición lo que está depositado como resultado de la experiencia, es decir, como resultado de la periodicidad de los fenómenos, significa reconocer en la intuición el derecho de ser uno de los argumentos en la descripción natural del fenómeno investigado.
Entonces ¿en qué se basa la capacidad de nuestra conciencia de percibir la periodicidad de los fenómenos? Resulta que en la isocronía relativa de los períodos entre dos fenómenos de un mismo tipo. La tipicidad se entiende aquí en el sentido más amplio de la palabra, es decir, el mismo tipo de las unidades
de ritmo, construcciones sintácticas, estructuras morfológicas, medios estilísticos, combinaciones léxicas y acústicas, etc.
Todo esto tiene una relación directa e inmediata con las unidades de los niveles lingüísticos en primer lugar. La repetividad de las unidades, el tiempo y la distancia entre estas unidades repetitivas, la experiencia observadora sobre su carácter y su funcionamiento de causa y consecuencia aumenta el volumen informativo, por una parte, y favorece a la elaboración de su espera, por otra. No solamente indicamos que la repetividad de las unidades rítmicas en la organización métrica del lenguaje poético es percibida por la conciencia del receptor incluso poco conocedor en la poesía, sino, digamos también, el ritmo estructural de un mismo tipo en la palabra derivada o en la combinación modelada.
No cabe ninguna duda que la lengua tiene capacidad no solamente de automatizarse y desautomatizarse, no solamente de formar sus símbolos, siguiendo el principio de predecibilidad, sino construir también esta consecutividad simbólica de tal manera que cada uno de los elementos posteriores sea completamente impredecible, no solamente utilizar el código ya elaborado por la lengua, sino poder crear un código nuevo, no solamente emplear su propio medio en la descodificación del enunciado, sino emplear el código de una esfera colindante del conocimiento.
Podemos así llegar a la conclusión de que la automatización, como resultado de la frecuencia del uso y la predecibilidad, como resultado de la periodización, en alguna medida, o mejor dicho, en algunas condiciones, son inferencias en la recepción informativa.
No se sabe por qué razones, pero se considera que las gramáticas normativas y diccionarios ya han definido todas las posibles combinaciones de los símbolos lingüísticos para poder descodificar cualquier enunciado. Pero en realidad esto no es así. Hasta ahora, por ejemplo, no existe un código para descifrar un documento diplomático adrede enmascarado, en el cual queda la posibilidad de entender su doble sentido. Hasta ahora no existe un código para descodificar unas obras poéticas, lo que lleva a un variado entendimiento de un mismo enunciado. Hasta ahora no se ha elaborado el código, con cuya ayuda se podría reproducir adecuadamente el carácter fónico del discurso completado por la mímica, gestos y por los medios paralingüísticos.
Paulatinamente se llega a la conclusión de que en algunos tipos de enunciados deben de ser elaborados unos códigos, con la ayuda de los cuales
una descodificación adecuada supone la posibilidad de una interpretación doble o tal vez más de un comunicado. Se puede suponer que el enunciado está pensado precisamente en este plano polisemántico y el que lo emite calcula que lo interpretarán de la manera que conviene al emisor.
Como se ve de tal suposición, la teoría de la información ofrece las bases para considerar que el objeto del análisis puede ser no solamente la frecuencia del uso de uno u otro hecho, sino su raridad, peculiaridad.
El académico ruso A.N.Kolmogórov considera que la entropía lingüística se compone de dos entidades: cierto volumen significativo, es decir, la capacidad de la lengua de transmitir en el texto una información de un largo concreto y la flexibilidad de la lengua, es decir, la posibilidad de transmitir un mismo contenido con unos cuantos medios del mismo valor. Esta segunda capacidad de la lengua humana es la fuente de la información poética. A estas indudables tesis hay que añadir otra capacidad de la lengua que demuestra su flexibilidad, a saber, la capacidad de una realización simultánea de dos mensajes que siguen paralelamente y comprenden el contrapunto informativo.
La información contenida en los tipos de textos, donde está presente la doble realización del plano significativo, tiene tendencia a crecer, lo que está asegurando la posibilidad de analizar el tipo de relaciones más y más diversas tanto orgánicas, como asociativas que surgen en el proceso de mentalización (descodificación) del enunciado. En esto se basa la perentoria informatividad de las obras de arte y en particular las del arte literario. El valor informativo de las verdaderas obras literarias nunca baja.
Si esta información no se complementa con algunos datos nuevos, unas características nuevas, unas observaciones nuevas sobre el funcionamiento de un fenómeno, y en particular sobre su naturaleza, este tipo de la información pierde su valor y pasa al tesauro, es decir, al depósito de la información, obtenida anteriormente y asociada con el concepto de la experiencia acumulada.
Para asimilar la información, es decir para que la información se deposite como un ingrediente de la experiencia acumulada se requiere tiempo y una múltiple repetición.
Basándose principalmente en la flexibilidad lingüística, cada enunciado significativo (o insignificativo) pasa por el análisis desde los puntos de vista de relaciones y vínculos colindantes (y distantes) de unos elementos con otros
que se refieren asociativa y formalmente. Es necesario recordar que la forma se la puede observar junto con su significado, su funcionamiento y posibilidades potenciales solamente después de aislarla. Esto se hace parando el movimiento de un enunciado lingüístico y observando la forma primeramente fuera del contorno, aplicando para esto toda la experiencia del análisis de los fenómenos aislados y luego en su contacto lineal. Precisamente así se hace en este trabajo el análisis de la unidad lingüística como el frasema con el fin de aclarar lo que es depositado y acumulado en estas unidades ontológicamente y lo que les da la posibilidad de actuar en calidad de símbolos del código.
Resulta que mientras más estructurado es el mensaje, es más comprensible, más redundante y menos original. Aquí aparece la noción de símbolo. Los símbolos son unas combinaciones de unos elementos conocidos, correlacionados con un significado concreto que comprende el uso discursivo de cualquier unidad lingüística. Una de las condiciones obligatorias es su regularidad, bajo la cual hay que entender la repetición de unas mismas unidades sistémicas en un determinado espacio prolongado y fijado por el tiempo.
La percepción de la regularidad se efectúa realmente de una manera inconsciente e instantánea. Nuestra conciencia está preparada de antemano a la percepción regular y reconoce lo que viene en adelante, partiendo de lo que tuvo lugar en el pasado (si este pasado es conocido para ella). Todo esto se basa en una “espera matemática” que presenta por sí una expresión exacta del grado de regularidad o interrelación del fenómeno. Esta espera del futuro a base del pasado se realiza en la mente sobre la base de datos considerablemente más pobres que desde el punto de vista de la lógica matemática tendrían que ser necesarias para la toma de decisiones. En efecto, parece que la percepción del grado de regularidad (por más pequeña que sea) surge enseguida, cuando aparece la espera del fenómeno posterior por analogía con lo que había pasado.
Para la descodificación de los símbolos hay una condición indispensable que es la monosemia de los símbolos y su carácter sistémico. El significado monosémico se revela en el uso discursivo y la sistematicidad proviene de que muchas cosas del discurso, es decir, del eje sintagmático, paulatinamente pueden depositarse (y efectivamente se depositan) en la lengua, es decir, en el eje paradigmático. Para poder adquirir la capacidad de expresar algo, el signo
debe de llevar consigo unas asociaciones tanto de forma como de contenido. Esta capacidad es contener en sí cierta informatividad y, como lo hemos mencionado antes, todavía no es la información como tal. Esta se hace así solamente cuando se organiza en un sistema de señales, cuya condición de formar un sistema es la repetividad.
De tal manera la forma es informativa y pierde su valor, si se repite y se hace automática, es decir se convierte en el código para la descodificación del contenido, y por otra parte, si altera la espera, es decir no ha llegado a ser automática en el uso y por sí misma necesita el código para el contenido que contiene. La necesidad del código repercute en tal término como la predecibilidad.
Bajo la predecibilidad se entiende la capacidad de prever la llegada del elemento comunicativo que seguirá detrás de los elementos transmitidos. En alguna medida la misma predecibilidad es la capacidad de ver el futuro de algún fenómeno partiendo de su pasado.
Esta definición tan común de la predecibilidad tiene que ser modificada un poco respecto a la lengua o mejor dicho respecto al habla. La predecibilidad no es sólo la capacidad del receptor de prever algún elemento consecutivo, sino esperar este elemento en relación con la experiencia lingüística, acumulada en la comunicación. Esta experiencia acumulada (el tesauro) desempeña el papel decisivo en la predecibilidad. Y debido a que la