CHAPTER 3: CONCEPTUAL MODEL
3.1 Conceptual Model Development
Ya se ha señalado que cuando los menores no acompañados llegan a España, el Estado tiene la obligación de cuidarlos hasta que alcanzan la mayoría de edad y delega su protección en distintas asociaciones o fundaciones. En los centros y los pisos de acogida se les enseña el español y se les busca un instituto o taller (en fun- ción de su edad) para facilitar su futura inserción sociolaboral. Un caso ilustrativo es el de este menor marroquí:
Después de pasar por el Grupo de Menores de la Policía Nacional y por el Centro de Primera Acogida de Hortaleza (Madrid), fue derivado a un piso de acogida en el que aprendió habilidades sociales y acudió a clases de español en una ONG. Además, le buscaron un Taller de Garantía Social, especializado en menores inmigrantes, en el que aprendió un oficio y al final del mismo le pro- porcionaron unas prácticas para tener una experiencia elemental al finalizar su periodo de aprendizaje.
El menor mostró desde el primer momento mucho interés por aprender y, con este comportamiento positivo y los informes favorables de sus profesores de español y del taller, pasó pronto a una segunda etapa en la que aprendió a interiorizar un conjunto de habilidades sociales necesarias para cuando abandonara el piso de acogida al alcanzar la mayoría de edad. Sin embargo, en esta segunda etapa de aprendizaje, en la que se consolida y mejora lo ya aprendido, bajó su buen comportamiento ya que creía que lo sabía todo, que no necesitaba más ayuda, que ya era autosuficiente y podía vivir por su cuenta.
Esto sucede muy a menudo puesto que en esos momentos conviven con otros menores que están en su mismo grado de aprendizaje y que les explican cómo deben actuar para eludir obligaciones como las tareas domésticas en el piso, la asistencia al taller o a las clases de español. Tal vez sea éste el momento más com- prometido para estos menores porque empiezan a tener amigos de fuera de su ámbito habitual, inician una vida más independiente e incumplen normas como el regreso al hogar de acogida a la hora fijada o la realización de actividades con sus educadores para evitar que sólo se relacionen con sus compatriotas.
Es en este periodo intermedio cuando los menores deciden el camino que van a seguir: continuar sacando partido de los recursos que les facilitan al ingresar en el centro o empezar una vida por su cuenta.
El menor marroquí cuyo caso se ha empezado a explicar antes atravesó por este momento crítico y llevó una vida independiente, algo dispersa, que pronto sus educadores y él mismo pudieron encauzar de nuevo. En aquel momento, después de casi un año en el piso de acogida, con su taller prácticamente fina- lizado, a punto de iniciar sus prácticas y con un grado de conocimiento del español aceptable, estaba preparado para iniciar la tercera fase de su educa- ción social.
Además de presentar sus papeles para solicitar el permiso de residencia, se le enseñó a manejarse de una manera más profunda en la vida social adulta: cómo buscar trabajo (por medio de llamadas telefónicas, enviando currículos por correo electrónico o dejándolos en centros de trabajo), cómo desenvolverse en una entrevista de trabajo, qué tipos de contrato existen y en qué consiste una nómina. Aprendió las distintas maneras de buscar piso, las características del contrato de arrendamiento, cómo empadronarse y cómo lograr la tarjeta sani- taria. En definitiva, interiorizó todo aquello que necesitaría cuando tuviese que valerse por sí mismo.
Una vez que hubo cumplimentado esta última fase de su educación con éxito, pasó a un Programa de Vida Independiente, en el que muy próximo ya a la mayoría de edad tuvo más independencia y responsabilidad. En este Programa se le ayudó a buscar una habitación en un piso compartido y se le asignó un dinero semanal para su subsistencia que tuvo que administrar. Ya no tenía educadores que le dijeran lo que debía hacer, aunque una persona supervisó la adaptación a su nueva vida, que fue positiva.
Entre las dificultades más habituales que los educadores sociales encuentran en este recorrido hacia la integración están los problemas para convencer a los menores de que entreguen su pasaporte con el fin de gestionar su permiso
de residencia, ya que temen ser devueltos a sus países (su mayor preocupa- ción durante el periodo de tutela), a pesar de que es indiferente pues entre los que fueron repatriados en 2006 algunos había facilitado este documento y otros no.
El miedo a la repatriación afecta a su estado de ánimo (se vuelven muy ariscos o suelen estar de mal humor), a su descanso (no duermen por la noche o pernoctan fuera del piso) y a sus obligaciones diarias (entran en una de- presión que les induce a abandonar sus talleres, a sus clases, a incumplir sus tareas dentro del piso...). Estos sentimientos de temor se acrecientan en los meses finales del periodo de tutela y llega a convertirse en su preocupación principal.
Esto le sucedió también al menor marroquí cuyo caso hemos explicado en la fase final del programa de inserción social, por lo que durante semanas se encontró en un continuo estado de estrés, depresión y nerviosismo. En estas situa- ciones el papel del educador es complejo puesto que, por una parte, los menores suelen desconfiar de él, ya que creen que no les ayudará si acuden a buscarlos para repatriarlos, pero también es la referencia para estar informados sobre la solución a sus problemas.
Estas preocupaciones se intentan superar por medio del aprendizaje de habi- lidades sociales. Suele trabajarse bastante la afectividad, para que el menor recu- pere la confianza en el educador. Así, intenta tranquilizarlo explicándole que no le van a dejar solo si van a buscarlo para repatriarlo, que existen salidas para aquellos chicos a quienes se les ha intentado devolver a sus países de origen pues a la mayo- ría de ellos no se les repatrió.
Por otra parte, se trabaja también la capacidad de comprensión en aquellos momentos en que el menor está más nervioso y tiene alguna discusión con sus compañeros de piso o sus educadores. Una vez que los menores han asumido su situación de inmigrantes irregulares con posibilidades de ser repatriados, todo el proceso es más sencillo. Es entonces, poco antes de cumplir los 18 años, cuando se les deriva al Proyecto de Vida Independiente, en el que se les busca un alojamien- to y ellos mismos gestionan su vida cotidiana.
Al menor marroquí al que hemos hecho referencia, cuando estaba en este Proyecto de Vida Independiente, y tras haber culminado con éxito todas las etapas anteriores, se le concedió el permiso de residencia. Pese a ello, estuvo a punto de ser repatriado a Marruecos y sólo la intervención del equipo de meno- res de CEAR-Madrid lo impidió (intervención que no tuvo éxito en el caso de un amigo suyo que recorrió con él todo este proceso y que también tenía permiso de residencia).