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Los teóricos postmarxistas Laclau y Zizek apostarán con fuerza por la teoría lacaniana para dotarse de nuevas herramientas conceptuales que les permitan analizar lo político y lo ideológico. En el caso de Laclau, dicha apuesta comenzó en su obra “Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una

radicalización de la democracia” (1985/1987)29 y fue profundizada posteriormente en “Nuevas

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reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo” (1990/2000). Zizek, por su parte, se sumó al

proyecto teórico lacaniano (después de leer el primer trabajo de Laclau) en “El sublime objeto de

la ideología” (1989/2010) y, posteriormente, en “Ideología, un mapa de cuestión” (1994/2004).

Aunque existen diferencias en el desarrollo teórico de estos dos autores, los conceptos centrales de sus propuestas extraídos de la teoría lacaniana son similares. En cualquier caso, en nuestra exposición nos centraremos en la propuesta de Laclau y de su escuela (formada por un grupo de investigadores de la Universidad de Essex) por haber sido desarrollada desde la ciencia social (con la preocupación metodológica que ello supone), aunque aclarando que la influencia de Zizek en dicha escuela es decisiva. Siguiendo a Engelken-Jorge (2011), resumiremos esta propuesta teórica en cinco puntos.

En primer lugar, la teoría lacaniana afirma la irreductibilidad de la realidad objetiva (mundo pre- lingüístico) al sentido (mundo lingüístico). Es decir, es imposible simbolizar todo lo Real, por lo tanto, todo sistema significante o discurso sufrirá esta falta, será precario. Lacan distinguía entre lo

simbólico, que es el mundo que conseguimos aprehender (la “realidad”) porque ha sido

simbolizado, y lo Real, que es “aquella manifestación amorfa del mundo pre-lingüístico que dinamita los discursos que tratan vanamente de domesticarlo y de conferirle sentido.” (Engelken- Jorge, 2011). En resumen, lo Real no puede ser reducido o traducido a lo simbólico (la “realidad”), pero sí puede ser percibido por el sujeto como una “manifestación amorfa”, pues para tener forma necesitaría ser simbolizado.

El segundo axioma afirma que el sujeto se encuentra “falto” o “fallido” desde que es “arrojado al mundo del lenguaje”. El paso de la percepción inmediata a la percepción simbólica generará una carencia en el sujeto que siempre tratará de recuperar. Éste será el motor del deseo, la necesidad de recuperar una plenitud30 ausente.

Los seres humanos cuentan con identidades “fallidas”, precisamente porque los discursos que les ofrecen las categorías con las que se identifican son estructuralmente incompletos, esto es, se ven siempre expuestos a la contingencia última del mundo. En otras palabras, el mundo no se deja asir, por completo, con los conceptos que nos ofrecen nuestras estructuras de sentido. Estas dislocaciones, si bien pueden mostrar una faz amable (la existencia de dislocaciones significa, en última instancia, que todo discurso, incluso el de pretensiones más totalitarias, siempre podrá verse modificado), también pueden ser interpretadas como fuentes de irritación: las cosas no son como deberían ser o como nuestras estructuras de sentido nos dictan que son. En último término, por tanto, la incertidumbre resulta indeleble. El ansia de “plenitud” aspira, en suma, a restaurar el orden del mundo, a definir un escenario “reconciliado”, en el que no existiese incertidumbre, dislocación ni, en resumen, nada que nos resultase inarmónico. (Engelken-Jorge, 2011)

En este sentido, la ideología es el intento de recuperar dicha plenitud, de saciar esa carencia. La ideología trata de negar la contingencia radical del mundo prometiendo la plenitud futura. Los

30 Laclau pone como ejemplos de esta plenitud el “milenarismo cristiano” o la “sociedad comunista”.

35 discursos ideológicos siempre exigen un conjunto de prácticas sociales31 para poder alcanzar la plenitud. Se trata, en última instancia, de generar sentido y control (mediante la simbolización) ante un mundo contingente que se resiste a ser contralado.

Pero las prácticas sociales u operaciones que se han de llevar a cabo para alcanzar la plenitud, no suelen ser explicitadas por el discurso, sino que aparecen como fantasía o como un contenido

fastasmático, es decir, como un relato sugerido pero explícitamente negado (autocensurado) que

se manifiesta sistemáticamente (sintomáticamente) en forma de metáforas, hipérboles, bromas, chistes o anécdotas que confirman el discurso.

Por otro lado, la ideología generaría un goce en el sujeto, un placer inconsciente provocado por la promesa de plenitud. Por ello, se afirma que el sujeto no sólo es víctima de la ideología, sino que además es cómplice, es decir, disfruta con ella.

El discurso ideológico calma la ansiedad del ser humano ante la incertidumbre. Éste encuentra en la ideología el sustento para sus ansias vagas e indefinidas, pero muy vivas, de “plenitud”; que no se verán negadas, sino postergadas a un futuro no muy lejano, a condición, evidentemente, de que se realicen antes las tareas pendientes. (Engelken-Jorge, 2011)

1.5.1. Conclusiones

Para los autores lacanianos, lo ideológico es la negación de la contingencia última y arbitrariedad de la realidad social. El continuo trabajo de “sutura” del resquebrajamiento traumático (que no se puede tolerar-simbolizar) de lo social. En este sentido, cuando un proletario utiliza el discurso de la

meritocracia escolar32 para explicar (simbolizar) su posición social subordinada (explotada) en la división social de trabajo, estaría haciendo un uso ideológico de dicho discurso, no porque sea falso33, sino porque tiene la función de negar la total falta de control del sujeto (de agencia) sobre la causa fundamental de su posición social, esto es, la clase social de origen, propiedad social que por supuesto es completamente arbitraria e independiente al propio sujeto, pero que gracias a dicho discurso queda dotada de sentido.

Tanto Laclau como Zizek nos presentan un sujeto que, independientemente de su condiciones sociohistóricas, necesita de la ideología para dar sentido a lo Real. El sujeto nunca alcanzará la

plenitud, por lo que nunca dejará de perseguirla consumiendo discursos que la prometan.

31 Ejemplo de estas prácticas necesarias puede ser los diez mandamientos, la eliminación de los judíos o la

expulsión de los inmigrantes.

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Es el discurso más utilizado en las sociedades industriales y postindustriales para explicar y justificar la posición social. Consiste en explicar y justificar la posición social de los sujetos a partir de los méritos académicos que éstos obtuvieron en su paso por el sistema escolar. Este discurso ya está presente en la sociología de la educación francesa de los años 60 y 70 (Bourdieu y Passeron, 2001) y también aparece con mucha fuerza en esta tesis.

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Es cierto que la posición social está muy determinada por el logro escolar, aunque existen otros determinantes como el capital social familiar. Sin embargo, lo que este discurso oculta son los

determinantes sociales del logro escolar, la clase social de origen, presentando la herencia social como mérito individual.

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