Commission on Educational Technology Recommendations for statutory changes which are necessary for the board or
CONCLUDING REMARKS
A Venezuela arribó un médico francés quien rápidamente quedó prendado de las actividades en tierras de los llanos sur- occidentales. Su nombre era Fortunato Vautrai. Como ganadero en esas tierras y azotado asimismo por la peste equina de esos tiempos, es otro de los que acude a que lo auxilie el sabio Vargas. Le hace llegar en una carta fechada el 30 de agosto de 1.833, un informe como anexo al cual dio como título: “Observaciones que he hecho sobre las pestes que han padecido y están padeciendo las bestias de estos llanos”.
En el informe relata la sintomatología observada y el tratamiento que se atrevió a poner en práctica. Sobre los síntomas expresa que en la dolencia predominaba: “irritación, inflamación de las patas, hinchazón de la barriga, desgano, pesadez, torpeza, actitud acesante, grandes palpitaciones del corazón, calentura, deslomadera y reacción rabiosa o desesperada, poliuria y evacuación continua”. Cuando fallecen los animales observa el interior del cuerpo y certifica que la lengua y todo el intestino es blanco, la sangre fluidosa rosada abundante, carne aporreada maleada y negra y caderas dislocadas. Termina diciendo que “los perros enferman y mueren al comerla”. (Rodríguez, 1.971, p.f-7). La terapéutica que aplicaba consistía en: sangrías, baños con agua de guásimo, guamache, limón, aguardiente crudo y alcanforado y salmuera”. Como bebida le administraba: “limonada con vinagre, aceite de carbón molido, azufre y salmuera (Ibídem).
Ramón Palacios Fajardo, llanero ganadero, hermano de los próceres de la independencia Manuel y Miguel, médicos ambos, nacido en Mijagual, estado Barinas, escribió un informe al que dio el nombre de: “Razón de lo que me consta sobre las enfermedades de las bestias, que he observado en las que se me han muerto “, que fecha el 27 de septiembre de 1.833. Cuenta en su informe que hay cuatro formas de la peste: 1) hinchazón de la cabeza; 2) hinchazón de las piernas; 3) extenuación y sonsera y 4) deslome. Las describe pormenorizadamente concluyendo, de acuerdo con las observaciones que hace en las necropsias practicadas “que es una enfermedad de la sangre proveniente de la estación seca, pues aunque llueve bastante las sabanas persisten secas y el agua siempre está muy caliente” (Gaceta Médica de Venezuela, N°146, de 20 de octubre de 1.833).
Como medicación Palacios Fajardo repite la recomendación del doctor Vargas, con algún añadido. Administraba como práctica corriente las sangrías y agregaba “los baños con agua de guásimo a los que añadía sal y en las lavativas usaba los mismos preparados de los baños: “la purga con agua de guasimo y sal gruesa, baños con aguardiente crudo, bebedizos de malva, cebada y arroz, terminando con una frotación de orín (sic) y jabón” (Ibídem).
José María Vargas en la misma Gaceta, ya impuesto por la Facultad de Medicina de los informes, contesta el 1° de octubre del mismo año, afirmando que todo conducía a creer que la enfermedad provenía de la influencia de una estación seca y muy calurosa y que consistía en “una grande irritación o inflamación de los órganos de la circulación de la sangre, lo cual causaba los síntomas parésicos descritos.” Vargas recordaba la oportunidad del uso y del modo de empleo del tratamiento por él practicado e insistió en la interferencia que podía ocasionar otro tipo de terapia.
Finalmente recordaba: sería muy de desear que los hombres de luces y práctica de la cría de bestias y que conocen bien el país interior en que
existe, se dedicaran a pensar muy seriamente en el medio de prevenir en lo venidero y ahora mismo, la continuación o repetición de este terrible mal en otras estaciones análogas a las de este año (1.833): el cuidado de las bestias, su refrigeración y el modo de alimentarlas, el tiempo de purgarlas. Se guarda a veces en los corrales o establos en que se les encierra para dormir, el conocimiento de sus enfermedades y los remedios de estas, no son objetos bien entendidos en nuestro país, ¿quién duda que este género de luces es uno de los mas preciosos para los programas de su riqueza y comodidades? (Ibídem).
Los esfuerzos de los médicos para intervenir en auxilio de un problema agudo como lo era el agotamiento de la ganadería por causa de graves epizootias, así como las frustradas intenciones de muchos años, dirigida a la creación de escuelas en donde se enseñara la Medicina Veterinaria, demostraron que el problema era de largo plazo y traía consigo la angustia y la desesperanza con quienes tenían invertido su capital de trabajo en esta empresa. Si a ello le sumamos el que los galenos comienzan a desilusionarse por sus fracasos, o en todo caso, por sus precarios triunfos en contra de estos flagelos, nos explicamos las nueva aparición de brujos, rezanderos y yerbateros. Los conocimientos en estos aspectos eran tan pobres que los que se suponían entendidos comienzan a divulgar y hasta recomendar la práctica de una clínica que hoy tiene que parecer descabellada y sin el más mínimo rigor científico.
Cuando se pone en evidencia la propagación de la hidrofobia, supuestos conocedores del mal llegan hasta preguntarse si en realidad la enfermedad existía. Un autor anónimo se atreve sugerir en un escrito publicado por el Cojo Ilustrado en base a los comentarios en boga, que no había creencia más firmemente arraigada que la de que cuando los perros rabiosos muerden, las personas mordidas rabian a su vez y si no se acude pronto al remedio expiran en medio de una agonía espantosa. Pero es el caso que ahora llega la ciencia y declara que la hidrofobia es un mito, el microbio de la hidrofobia no se ha encontrado
porque no existe “. Se descarta la mordedura de un perro como causante de la transmisión y se asegura que lo que puede producir es la enfermedad conocida como tétanos, “cuyos síntomas son idénticos, a los que generalmente se atribuyen a la hidrofobia”. Hace mención de un médico norteamericano apellidado Rose que había presentado una memoria ante la Asociación Neurológica Americana, en donde aseguraba entre otras cosas: “no vacilo en hablar de la hidrofobia como una enfermedad puramente imaginaria, sin más realidad que las supuestas brujerías por las cuales se quemaba la gente no hace mucho”. Llegaba al colmo de preguntar: “si no existe la hidrofobia, ¿Qué explicación tiene el famoso invento de Pasteur, su antitoxina su obra y sus resultados? Se llegaba incluso a recomendar la aplicación de un supuesto tratamiento contra el tétano que consistía en “operar inmediatamente al enfermo. Se le administraba un anestésico que detuviera los espasmos y entonces se abría un pequeño agujero en el cráneo y se introducía por él una aguja hueca y larga que llegara a las meninges del cerebro y se inyectaba una antitoxina”. (El Cojo Ilustrado. Año XIII, V.2, pp., 44-46).
Ya en 1.788 se conocía en Caracas y sus alrededores “la mal de rabia” (sic). En consecuencia,” el gobernador se dirigió a los corregidores de Chacao. El Valle, Macarao, Petare, etc, impartiéndoles severas ordenes: “perro vagabundo que se encontrase suelto debía eliminarse; además a los dueños a quienes se les comprobase no tenerlos encerrados ni atados se les castigará en forma de multa” (Archila, 1966, p.29).
Resultaban inauditos los comentarios aparecidos en el artículo del autor insertado en El Cojo Ilustrado, acerca de la rabia. Louis Pasteur (1.822-1.895), desde 1.885 había comprobado la eficacia de un tratamiento preventivo, cuando había inoculado con éxito al niño Joseph Meister, quien había sido mordido por un perro rabioso. En los comentarios aparecidos en El Cojo Ilustrado parecen de menor carácter científico que los de un gobernador del Distrito Federal, dados a conocer un siglo antes y que hemos citado ut supra