Después de la definición de la Inmaculada, Pío IX volvió a convocar a los obispos a Roma con motivo de la solemne canonización de los mártires el Japón en junio de 1862. Pero a diferencia de aquella ocasión el papa se proponía en esta ocasión celebrar un sínodo. El rechazo de una parte del episcopado europeo al sesgo que había tomado su presencia en Roma fue reflejada en las protestas de los obispos Johannes von Geissel de Colonia y Heinrich Förster de Breslau, quienes se preguntaban qué se proponía el papa convocándoles.13 Muchos obispos probablemente conocían la opinión de La Civiltà
Cattolica según la cual su presencia en Roma era requerida fundamentalmente para
conceder mayor esplendor a las ceremonias pontificias.14 En Francia, unos veinte obispos
rehusaron viajar a Roma arguyendo su precaria salud, dificultades financieras o su
11 Discursos de M. Courcelles al obispo de La Rochelle Jean-Baptiste-François-Anne-Thomas
Landriot, 1862, BAV, Indirizzi Pio IX, III, 3335, citado en Horaist, La dévotion au pape et les catho- liques français sous le pontificat de Pie IX (1846-1878), 32.
12 La Civiltà Cattolica 6, n.º 9 (1855): 291.
13 Giacomo Martina, Pio IX (1851-1866), Miscellanea Historiae Pontificiae 51 (Roma: Università
Gregoriana, 1986), 307.
reciente llegada a la diócesis. La actitud de los obispos Colet y Luçon fue particularmente reveladora ya que simplemente adujeron que tenían programada sendas visitas pastorales.15 En Italia, la convocatoria se resintió de las tensas relaciones existentes entre
el Gobierno y el episcopado italiano a raíz de la protesta de veintiún arzobispos ante el ministro de Justicia Barbaroux por haberlos acusado de tener aversión a Italia.16 De este
modo, el Gobierno decidió no concederles el pasaporte de modo que más de un número significativo de obispos, entre residenciales, eméritos y titulares, no pudieron tomar parte en el sínodo.17 Desde las páginas de La Civiltà Cattolica se acusó a las autoridades de actuar
con «tirannesca ipocrisia» y se le recordaba el principio de una Iglesia libre en un Estado libre proclamado por los liberales, así como la declaración en la constitución del catolicismo como la única religión del Estado.18
No obstante, el sínodo arrojó una imagen de unidad de la Iglesia, cuya expresión más elocuente fue una misiva colectiva presentado a Pío IX donde después de comparar los peligros presentes con los de la iglesia primitiva se añadía que nada podía hacerles más felices que asistir al papa. La misiva realizaba una apología del poder temporal ci- tando en distintas ocasiones cinco documentos emanados por el papa después de la anexión de la Romaña, la Umbría y Las Marcas.19 En este sentido, La Civiltà Cattolica pre-
sentó al sínodo como un espectáculo en el cual, por un lado, se patentizaba la unidad del catolicismo y, por el otro, se mostraba la potencia inherente a dicha unidad. Dicha uni- dad fue interpretada negativamente en el periódico satírico genovés Il Rigoletto, que interpretó sarcásticamente la prohibición del Gobierno a algunos obispos para viajar a Roma:
15 Horaist, La dévotion au pape et les catholiques français sous le pontificat de Pie IX (1846-1878), 32. 16 Las diversas cartas fueron firmadas por los obispos de Acerenza y Matera, Bari, Benevento,
Cagliari, Capua, Chieti, Cosenza, Ferrara, Florencia, Ímola, Lanciano, Luca, Mafredonia y Patras Pisa, Rossano, Salerno, Siena, Taranto, Trani y Nazaret y Turín.
17 La Civiltà Cattolica 13, n.º 2 (1862): 621-2. 18 La Civiltà Cattolica 13, n.º 2 (1862): 746.
19 La Civiltà Cattolica 13, n.º 2 (1862): 718-35. Se citó una vez las alocuciones Ad gravissimum (20 ju-
nio 1859), Maximo animi (26 septiembre 1859) y Ubi primum (17 diciembre 1860), así como dos veces tanto la encíclica Nullis Certe Verbis (19 enero 1860) como la carta apostólica Cum catholica Ecclesia (26 marzo 1860).
Se però essi furono privi di tanta felicità, si procureranno almeno quella di unire l’omaggio della loro colossale venerazione, di loro pecorina obbedienza, di loro tradizionale poltroneria e birichina imbecillità a quello dei fratelli nell’Episcopato che accorsero da tutte le parti del mondo, come rappresentanti di tutti i popoli dell’universo, compresi gl’indigeni del Madagascar e gli adoratori della gran lucertola.20
La premonición realizada por La Civiltà Cattolica según la cual el sínodo de 1862 iba a permitir reproducir la gigantesca de la asamblea 1854 fue confirmada en su momento por el historiador alemán Ferdinand Gregorovius:
The Pope is at the summit of bliss; he intends to hold a formal Council and promulgate several canon laws. No bishop comes with empty hands. Clergy also of every grade are flocking to Rome ; it is a great clerical festival; priests are found in every hotel, in every cafe, every street and every church. It is a clerical army of occupation, led by twenty-eight saints who wing their way to heaven.21
La afluencia de obispos extranjeros también llamó la atención de la prensa liberal que la interpretaría, como hizo La Nazione de Florencia, como una manifestación de la potencia del papado: «È bastata una parola del Pontefice, perchè preti e prelati di ogni paese e di ogni nazione, di ogni parte del globo accorressero intorno a lui.» 22 Resulta
señaladamente elocuente que en las páginas de La Civiltà Cattolica se afirmase que con una presencia tan numerosa de obispos en Roma por el solo motivo de una canonización, el efecto había sido superado por su causa.23
Los obispos manifestaron a Pío IX que ante el sufrimiento de la Iglesia contemporá- nea nada resultaba tan elevado y deseable como la demostración que ellos mismos estaban ofreciendo de su veneración y devoción al papa, realizada con una sola voz y un solo corazón.24 Por primera vez, los obispos expresaban colectivamente un pensamiento
ya manifestado por algunos individualmente. Las páginas de La Civiltà Cattolica reflejaron ese escenario de creciente devoción al papa a través de una imagen muy elocuente, que bien podríamos calificar de premonitoria:
20 Il Rigoletto (3 julio 1862): 30. La cursiva es del original.
21 Ferdinand Gregorovius, The Roman Journals of Ferdinand Gregorovius, 1852-1874, ed. Althaus
Friedrich, trad. Gustavus W. Hamilton (London: G. Bells & Sons, 1911), 158, entrada del 25 de mayo de 1862.
22 La Nazione 176 (1867).
23 La Civiltà Cattolica 13, n.º 2 (1862): 514. 24 La Civiltà Cattolica 13, n.º 2 (1862): 718-9.
Anzi rendiamo l’immagine anche più moderna e concreta: collocate sulla Sede di Pio IX, fra quelle ovazioni così schiette e sincere, non compre col danaro, nè violentate col terrore, quell’uomo cui la viltà degli adulatori disse pocanzi divino; fate che assiso sotto l’immensa cupola vaticana ottenesse spontanei gli inchini di mille popoli, l’assenso di milioni d’intelletti, gli aplausi, la devozione, i tesori, il sacrifizio personale, offerti a gara dai nomi più illustri, dai popolani anche più povere, dai militari più generosi, dai giovani più eroici: immaginate cha da uno di costoro dipendesse muovere con un cenno tumulti di popolo contro gli oppressori, eserciti in armi contro gl’invasori, usando per ogni dove un impero quasi asoluto sopra le coscienze e un organismo di gerarchia disteso sopra tutta la terra.25