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principios del funcionamiento psíquico. De acuerdo con Laplanche y Pontalis (1967: 2004: 300), el maestro vienés indicó que el esquema organizado sobre el principio de placer y principio de realidad, podría aplicarse, aunque en modo diferente, ajustándose a “la evolución de las pulsiones sexuales o la de las pulsiones de autoconservación”. Laplanche y Pontalis difieren en varios puntos, incluso destacan aquellos pasajes en donde el mismo Freud reorientaría dicha propuesta. En primer lugar, resulta inverosímil que las pulsiones de autoconservación y las pulsiones sexuales compartan determinado esquema evolutivo. Las pulsiones de autoconservación se encuentran dirigidas desde el inicio a un “objeto real satisfactorio”, por tanto, sería complicado ubicar esa primera etapa arbitrada solamente por el principio de placer. Y en el otro caso, el contexto analítico constata que el enlace entre fantasía y sexualidad es elemental, esto cuestionaría “la idea de un aprendizaje progresivo

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de la realidad”. En ese sentido, la crítica apunta en buena medida hacia la concepción evolutiva, adjudicada a la inserción de los dos principios, tanto para las pulsiones de autoconservación como para las pulsiones sexuales; por ello, Laplanche y Pontalis (1967: 2004: 300-301) recuerdan un planteamiento notable en donde se cuestiona que si el niño obtiene satisfacción de manera alucinatoria, por qué habría de acudir en algún momento a la búsqueda de un objeto real. La respuesta conduciría a la noción de apuntalamiento, entendiendo que la pulsión sexual se apuntala sobre una función no sexual,20 dicho de otra manera por Laplanche (1970: 2001: 27): “lo que se describe como apuntalamiento es en su

origen un apoyo de la sexualidad infantil en el instinto, si por instinto se entiende esa «función corporal esencial para la vida»”. La opción emblemática para explicar la apoyatura de la pulsión sexual en el instinto, es la oralidad, ésta consta de dos tiempos, succión y «chupeteo». El primero corresponde a la succión del pecho al efectuarse la alimentación, lo que constituye una función, vale decir, “un comportamiento instintivo” concerniente a la nutrición. En este caso, lo que produce la satisfacción no es el pecho, sino la leche en calidad de alimento. Lo que se busca destacar es que mientras se satisface la función nutricia empieza un proceso sexual. Pues cuando se lleva a cabo la alimentación, se presenta “una excitación de los labios y la lengua por el pezón y el fluir de la cálida leche”. Será en un momento posterior en el que se separen el apremio de volver a conseguir satisfacción sexual y la necesidad nutricia, ya que la sexualidad, apuntalada en la función, al mismo tiempo ejerce el movimiento que le conduce a desligarse de la función vital. A

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En Introducción del narcisismo, Freud (1914:2003:84) expresa: “Las primeras satisfacciones sexuales

autoeróticas son vivenciadas a remolque de funciones vitales que sirven a la autoconservación. Las pulsiones sexuales se apuntalan al principio en la satisfacción de las pulsiones yoicas, y sólo más tarde se independizan de ellas; ahora bien, ese apuntalamiento sigue mostrándose en el hecho de que las personas encargadas de la nutrición, el cuidado y la protección del niño devienen los primeros objetos sexuales: son, sobre todo, la madre o su sustituto”. Al respecto, también puede leerse El yo y el ello (1923:2003:33), por el mismo autor. En Laplanche y Pontalis, véase Diccionario de Psicoanálisis (1967: 2004: 300-301), así como Vida y muerte en psicoanálisis (Laplanche, 1970: 2001: 27).

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través del chupeteo se arriba al segundo tiempo de la oralidad, desde éste se accede al autoerotismo (Laplanche, 1970: 2001: 27-30).

Cuando la primerísima satisfacción sexual estaba todavía conectada con la nutrición, la pulsión sexual tenía un objeto fuera del cuerpo propio: el pecho materno. Lo perdió sólo más tarde, quizá justo en la época en que el niño pudo formarse la representación global de la persona a quien pertenecía el órgano que le dispensaba satisfacción. Después la pulsión sexual pasa a ser, regularmente, autoerótica, y sólo luego de superado el período de latencia se restablece la relación originaria. No sin buen fundamento el hecho de mamar el niño del pecho de su madre se vuelve paradigmático para todo vínculo de amor. El hallazgo {encuentro} de objeto es propiamente un reencuentro (Freud, 1905: 2003: 202-203).

Es así como la pérdida del pecho en calidad de objeto parcial, posibilita el autoerotismo. Pero, hagamos algunas precisiones. Laplanche (1970: 2001: 31-32) insistió en que la leche era el objeto real, el objeto de la función, cuya disposición se dirigía hacia la satisfacción. Desde su perspectiva, el objeto que se ha perdido es este objeto real, pero el pecho (fantaseado), vinculado al repliegue autoerótico, es el objeto de la pulsión sexual y remite inevitablemente al objeto de la función que le permitió emerger, entreverado por un simbolismo.

A partir de esto, puede contestarse la pregunta respecto a por qué el niño habría de buscar un objeto real, si era capaz de satisfacerse de manera alucinatoria. La respuesta admisible conmociona la propuesta del esquema con tendencia evolucionista, atribuido en otro momento a las pulsiones de autoconservación y pulsiones sexuales (de acuerdo a la instauración de los dos principios del acaecer psíquico), ya que desde el inicio hay un enlace entre autoconservación y realidad, además, la coyuntura en que surge la sexualidad, converge con el advenimiento de la fantasía y la realización alucinatoria del deseo (Laplanche y Pontalis, 1967: 2004: 301).

De manera entonces que el objeto sexual no es idéntico al objeto de la función, está

desplazado con respecto a este en una relación de contigüidad esencialísima que hace que

nos deslicemos insensiblemente del uno al otro, de la leche al pecho como su símbolo. «Encontrar el objeto sexual es, hablando con propiedad, reencontrarlo», concluye Freud en

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una fórmula que se ha hecho famosa, y que nosotros interpretamos de este modo: el objeto a reencontrar no es el objeto perdido sino su sustituto por desplazamiento; el objeto perdido es el objeto de la autoconservación, es el objeto del hambre, y el objeto que se busca en la sexualidad es un objeto desplazado con relación a ese primer objeto. De ahí, evidentemente, la imposibilidad de recuperar jamás el objeto, ya que el objeto que se ha perdido no es el mismo que se trata de reencontrar (Laplanche, 1970: 2001: 32).

Ésta podría ser otra manera de leer la alienación en los orígenes del aparato psíquico. El repliegue autoerótico se produce al tiempo que se vive la añoranza por el objeto perdido, el cual, se torna inaprehensible, irrecuperable, pues el vestigio que dejó en la vida anímica (en disposición de actualizarse en cada fallido intento por reencontrarlo, debido a que no se logra colmar el hueco), insiste en señalar el extrañamiento que allana el camino para la historia y la construcción del aparato psíquico. En otras palabras, ese primer (des)encuentro, matiza la forma en que se llevarán a cabo los vínculos afectivos posteriores. En este apartado, nos hicimos acompañar por Laplanche y Pontalis en la crítica a la concepción evolutiva atribuida a la inserción del principio de placer y principio de realidad, respecto a las pulsiones de autoconservación y las pulsiones sexuales. Recordamos la importancia del concepto de apuntalamiento de la pulsión sexual sobre la función vital de la alimentación, esto nos condujo después a la noción de objeto perdido.