CHAPTER 4: SYNTHESIS
4.8 Concluding thoughts
En su libro Monjes, mercenarios y mercaderes: la red secreta de apoyo a los contras, el periodista Roberto Bardini indica al año 1977 como fecha de inicio de la intervención militar argentina en Nicaragua. Ese año se produjo en Managua la reunión de los Ejércitos Americanos, oportunidad en la que Anastacio Somoza Debayle condecoró al General Roberto Viola y al almirante Emilio Eduardo Masera, comandantes en jefe del Ejército y de la Armada de Argentina, e integrantes de las cúpulas del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional que había asumido de facto el gobierno argentino el 24 de marzo del 1976. Como fruto de las buenas relaciones entre el Ejército Argentino y la Guardia Nacional de Nicaragua se firmó un acuerdo en el que la Argentina concedió “un préstamo de 10 millones de dólares, el envío de suministros militares y el adiestramiento de guardias nacionales en la escuela de suboficiales ‘Sargento Cabral’, en Campo de Mayo, a 40 kilómetros de la capital argentina.” [Bardini. 1988 103]. Según el autor, el intercambio incluyó demás el desembarco en Nicaragua de “media docena de asesores en guerra psicológica y especialistas en interrogatorio” [Bardini. 1988: 104].
Es de destacar que este buen entendimiento entre el General Eduardo Viola y Anastasio Somoza se produjo al margen de los deseos e intensiones del gobierno de los Estados Unidos. Las relaciones entre las autocracias y dictaduras latinoamericanas con la Administración Carter no pasaban por su mejor momento debido a su política internacional estadounidense centrada en la defensa de los derechos humanos. El ex canciller argentino, Oscar Camilión, confirma esta versión y sostiene que el General Viola no tenía la intensión de colaborar con los Estados Unidos en una operación militar en Centroamérica15.
Sin embargo, otro actor clave de esta historia brindó un panorama muy diferente en donde el general Viola aparece directamente comprometido con el proyecto “Contra”. En su artículo titulado “Los secretos de la guerra sucia continental de la dictadura”, la periodista María Seoane cita el testimonio del entonces embajador norteamericano, Raúl Castro, quien se reunió con Viola en vísperas del arribo a Buenos Aires de la CIDH. En un documento secreto de la embajada estadounidense en Buenos Aires fechado en Junio
15 El periodista Horacio Verbitski no coincide con esta versión de los hechos pues entiende que cuando Viola ya ocupaba el cargo de Presidente, la intervención en Centroamérica fue uno de los puntos de sus acuerdos con Reagan, durante la visita del entonces primer mandatario argentino a Washington entre los días 17 y 20 de marzo de 1981, oportunidad en la que también se entrevistó con el vicepresidente y experto en inteligencia, George Bush.
de 1979 y dirigido al secretario de Estado de ese país, Viron Vaky, Castro relata su encuentro con el general Viola:
“Durante toda la reunión Viola me repitió que su intención al querer verme era hablar de Nicaragua. De hecho, hablamos de Nicaragua. Me dijo que el gobierno argentino (GOA) compartía la opinión nuestra sobre Nicaragua, pero que temía que enviar una fuerza militar de paz no fuera aceptable para los países latinoamericanos. Su razonamiento se refería a que los países latinoamericanos tenían problemas internos y que cada país temía que se estableciera un precedente si se enviaban unidades militares para resolver problemas internos. Viola dijo que el problema nicaragüense no podía resolverse a través del diálogo y requería detener la infiltración de tropas y armas a través de la frontera de Panamá y Costa Rica. Viola dijo que esto se podría hacer sólo con una fuerza militar de paz […]. Me pareció que tanteaba la posibilidad o esperaba que yo le diera alguna justificación para enviar una fuerza de paz a Nicaragua, que incluyera a la Argentina.” [Diario Clarín, 24/03/2006]
Según Seoane, Viola en realidad tanteaba sobre el envío de una fuerza militar. El general argentino no argumentaba ya en favor de una fuerza legal de paz, sino que sondeaba la disposición de los Estados Unidos para avalar una fuerza paramilitar y clandestina liderada por la Argentina.
Más allá de estos matices respecto del rol del general Viola, lo cierto es que la relación entre las fuerzas de seguridad argentina y nicaragüense era muy estrecha. En su libro
Con los contras el periodista Christopher Dickey explica cuáles eran, según él, las motivaciones de los militares argentinos:
“Cazaban guerrilleros del ERP y de Montoneros que se habían unido a los sandinistas. Proveyeron archivos que mostraban las estructuras de las organizaciones subversivas que habían operado en Argentina, perfiles de personalidad de varios integrantes de los distintos grupos guerrilleros, los métodos operativos empelados por los terroristas que habían llegado a América Central.
Pero cuando los argentinos vieron que los Somoza habían ordenado a sus jets privados que fueran a Managua, concluyeron que era el momento de partir también pata ellos. Lo hicieron en uno de los últimos vuelos comerciales, bajo nombres supuestos.” [Dickey. 1987: 53]
“En 1980 [los militares] habían triunfado en la Argentina, pero los hombres que lidiaban esta guerra eran ambiciosos. Actuaban como si hubiesen descubierto una gran verdad, la solución final para el comunismo y querían aplicarla más allá de sus fronteras. Ya no era sólo una cuestión de cazar viejos enemigos. Se veían a sí mismos llenando una brecha estratégica dejada por Carter. Se veían a sí mismos obligando a retroceder a los soviéticos en la nueva guerra mundial que ya había empezado; una guerra sin fronteras.” [Dickey. 1987: 94].
Todo indica que la decisión de poner un pie en Nicaragua fue una idea concebida por los altos mandos del Ejército en virtud de sus buenos vínculos de solidaridad con el régimen de Somoza. Pero el dato fundamental a subrayar es el hecho de que los militares argentinos comenzaron a operar por su propia cuenta y auspicio en la región de América Central a partir de 1977. Y lo fue de ese modo durante tres años hasta que Ronald Reagan firmó la autorización oficial NSDD-17 del 16 de noviembre de 1981 para que la CIA interviniera de modo directo en el conflicto centroamericano. Hasta entonces, según Bardini:
“…los asesores militares argentinos en América Central habían actuado por iniciativa propia, en forma clandestina y solitaria. A partir de entonces lo hicieron en forma descubierta y sin disimular su satisfacción” [Bardini. 1988: 116].
III.3. Nicaragua bajo la mirada del Águila: de la cautela de Carter a la guerra de baja