teto le co n v ien e a am bas. Su altura es sobrepasada por varios m ontes del P eloponeso.
sistía con tesón , lo hirieron, hasta que surgió una voz d e no se sab e donde: “deja libre al portador de orácu los” .
T is is se p u so a sa lv o lo m ás ráp id am en te p o sib le en el Itom e y refirió el oráculo al R ey, y no m ucho después murió a causa d e sus heridas. E ufaes reunió a lo s m esen ios y íes re v eló la respuesta del o rá c u lo 32:
a una d o n c e lla p u r a , en h o n o r d e los d io s e s in fernales, d e s ig n a d a p o r su erte, d e la sa n g re d e los E pítidas, sa c rific a d la en s a c rific io s n octu rn os.
P ero si fra ca sá is, sacrificad entonces a una de otra sangre, s i e l p a d r e la e n tre g a p a r a el sa c rific io volu n tariam en te.
Cuando el dios reveló esto, al punto fueron sorteadas todas las doncellas de la fam ilia de los Epítidas y la suerte recayó en la hija de Licisco; pero el adivino Epébolo dijo que no se la de b ía sacrificar, pues no era hija de L ic isc o , sin o que la mujer que estaba casada con L icisco, com o no podía tener hijos, ha bía hecho pasar a la m uchacha por suya. M ientras éste con ta ba la historia de la m uchacha, L icisc o se la lle v ó y se pasó a Esparta.
Los m esen ios estaban desanim ados al darse cuenta de que L ic isc o había escap ad o. E n ton ces A risto d em o , tam bién de la fam ilia d e lo s E pítidas, pero m ás ilustre en lo relativo a la guerra y todo lo dem ás, entregó a su hija voluntariam ente pa ra que la sacrificasen. Pero el destino obscurece los asuntos de los hom bres y sobre todo sus propósitos, de la m ism a m anera q u e e l lo d o d e un río e s c o n d e lo s g u ija rro s, p u es cu an d o A ristod em o se esforzab a por salvar M esen ia , le surgió este im pedim ento:
U n m e se n io - c u y o nom bre no d ic e n - estab a enam orado de la hija de A ristodem o y en este tiem po iba ya a casarse con ella. Él, al principio, llegó a discutir con A ristodem o diciendo
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que éste, al haberle prom etido com o esp o sa a la m uchacha, ya no era dueño de ella, mientras que a quien había sid o pro m etid a la m u ch ach a ten ía m ás p oder sob re e lla q ue aq uél. D esp ués, com o v io que esto no tenía éxito, contó una historia desvergonzada: que se había acostado con la m uchacha y que estaba em barazada d e él.
Finalm ente, puso a A ristodem o en tal estado que, fuera de s í por la cólera, mató a su hija, después la abrió y m ostró que no tenía nada en su vientre. E p éb olo, que estaba presente, or denó que algún otro entregara a su hija, pues la muerte de la hi ja de A risto d em o no era para e llo s de n in gu n a u tilid ad , ya que la había m atado su padre y no la había sacrificad o a lo s d io ses que la P itia había ordenado.
Cuando el adivino dijo esto, la multitud d e los m esenios se lan zó a matar al pretendiente de la m uchacha por haber atraí do una m ancha de sangre sin sentido sob re A ristod em o y ha ber h ech o d ud osa la esperanza de salv a ció n para e llo s . Pero este hombre era m uy am igo de Eufaes. E ntonces, Eufaes co n v en ció a lo s m ese n io s de que el oráculo se había cu m p lid o con la muerte de la m uchacha y lo que había hecho Aristodemo era su ficie n te para ellos.
Cuando habló así, afirmaron que d ecía la verdad todos los de la fa m ilia d e lo s E p ítid as, p u es cada uno d e e llo s estab a ansioso por verse libre del temor que tenía por su hija. E llos hi cieron c a s o d e la r e co m en d a ció n d el R e y y d is o lv ie r o n la asam blea, y d esd e ella se dirigieron a hacer sa c rific io s a lo s d io ses y a celebrar la fiesta.
C uando lo s la c e d e m o n io s e s c u dos lacedem onios charon el oráculo que le s había sid o
marchan contra el ¡tome, dado a lo s m esen io s, estaban d esan i-
Muerte de Eufaes. m ados tanto e llo s com o lo s reyes, no
Eligen rey a Aristodem o
atrevién dose en adelante a com enzar batalla. Pero cin c o años d esp ués de la h uida d e L ic is c o d el Itom e, lo s la c ed em o n io s, com o lo s p resa g io s le s fueron fa vorab les, marcharon contra el Itom e. L os creten ses ya no e s -
íaban con ellos. Tam bién faltaron los aliados de los m esenios, pues los espartanos sospechaban de otros pelop onesios y sobre todo de lo s arcadios y de los argivos. L os argivos se d isp o nían a acudir a escondidas de los laced em onios, por iniciativa particular m ás que por una d ecisión p úb lica, m ientras que la exp ed ició n de lo s arcadios había sid o anunciada abiertam en te, pero ni siquiera éstos se presentaron. La fe en el oráculo, en e fe cto , indujo a los m esen ios a arriesgarse sin aliados.
En la m ayoría d e los asp ectos no hubo ninguna diferen- 2 cia respecto a la primera batalla, y la luz del día también enton ces les abandonó cuando luchaban. Sin em bargo, no recuerdan que ninguna de su s alas ni ningún batallón fu esen rotos v io lentam ente, p ues dicen que ni siquiera se m antuvieron las fi las com o las habían form ado al principio, sin o que los m ejo res de uno y otro lado llegaron a las m anos en el centro y a llí tuvo lugar todo e l com bate.
Eufaes, que estaba más animoso de lo que era natural en un 3 rey, atacó despreocupadam ente a los hombres de T eopom po y recibió numerosas heridas mortales. Cuando perdió el sentido y ca y ó , pero tod avía respiraba un p oco, los laced em on ios hi cieron un esfuerzo por arrastrarlo hacia su cam po, pero el ca riño que tenían a E ufaes y los op rob ios que iba a sufrir e x c i taron a los m esen ios, y consideraron mejor entregar su vid a y ser muertos por su rey que abandonar a éste salvándose alguno.
L a caíd a d e E u faes p rolon gó la b atalla e h izo aum entar 4 los actos d e audacia por am bos lad os. M ás tarde se repuso y p udo ver que no habían ten ido la peor parte de la acción , y no m uchos días d espués murió, tras reinar durante trece años sobre lo s m ese n io s y haber h ech o la guerra contra los lace- d em on ios durante todo el tiem po d e su reinado.
C om o Eufaes no tenía hijos dejó e l reino para el que fuera 5 elegid o por el pueblo. C leonis y D am is disputaron con Aristo- dem o, con sid erand o q u e eran superiores tanto en los dem ás asp ectos com o en la guerra. L os en em ig o s habían m atado a Antandro cuando arriesgaba su vida por E ufaes en la batalla.
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Las o p in io n e s de lo s dos a d ivin os, E p éb o lo y O fio n eo eran igu ales, que no debían darse los honores d e É pito y sus d es cendientes a un hombre m aldito, sobre e l que pesaba la muer te de su hija. A pesar de ello , resultó e le g id o y s e con virtió en rey A ristodem o.
E ste O fion eo, ad ivin o d e los m ese n io s, que era c ie g o de n acim ien to, practicaba el sigu ien te m étod o de ad ivin ación : enterándose de lo que le había su ced id o a cada uno en priva do y en público entonces anunciaba e l futuro. Profetizaba de la m anera que h e d ich o. Cuando A ristod em o fue rey, m ostraba celo constantem ente en hacer los favores razonables al pueblo, ten ía un gran re sp eto por las au toridad es y sob re tod o por C leon is y D am is. Cuidaba también las relaciones con los alia d os, en vian do regalos a lo s arcadios p od erosos, a A rgos y a S ición .
En el rein ado d e A ristod em o hacían la guerra m ed iante con tin u as in cu rsio n es en p eq u e ñ o s grupos y correrías en la é p o c a d e la c o se c h a u nos contra la reg ió n d e lo s otros. Con lo s m e se n io s atacaron tdm bién la r e g ió n d e L a c o n ia h o m bres de A rcadia. L o s argivos no con sid eraron co n v en ie n te declarar de antem ano su o d io h acia lo s la c e d e m o n io s, pero cuando se produjo el com bate, se prepararon para tomar par te en él.
En e l q u in to añ o d el < r e in a d o > de A ristod em o, s e d isp u sieron a lu -
Batalla de Itome char en una b atalla -p r e v ia d eclara c ió n - , pues estaban exh au stos por la duración d e la gu erra y su s g a sto s. E n tonces lo s aliad os ayudaron a am bos, a los laced em on ios solam en te los corintios de entre los p elo p o n esio s, y a lo s m e. sen io s los arcadios con todo su ejército y tropas escogid as de lo s argivos y d e los sic io n io s.
L os laced em onios confiaron el centro a lo s corintios, a los h ilotas y a todos lo s p eriecos que le s acom pañaban en la e x p ed ició n , m ientras que e llo s y lo s reyes se colocaron en las
alas en una form ación profunda y apretada co m o no lo había sid o antes.
Las d isposiciones para la batalla de A ristodem o y sus hom- 2 bres fueron éstas. Para todos los arcadios o m esenios que eran de cu erpos robustos y espíritus v a lien tes y no tenían armas poderosas e lig ió las armas más efectivas y com o la lucha era inm inente, los co lo có con los argivos y los sicion ios; extendió m ás la lín e a de batalla para no ser rod ead os por lo s en em i g o s, tom ó p recaucion es para que estu v iesen form ados con el m onte Itom e a su s espaldas y nombró j e f e d e éstos a C leonis. É l y D a m is se quedaron atrás con la in fan tería ligera, unos 3 p o co s honderos o arqueros, pero la m ayoría de las tropas e s taban preparadas física m en te para lo s ataques repentin os y para las retiradas y ligeramente armados: cada uno tenía coraza o escu d o, y lo s que carecían de esto se cubrían con p iele s de cabras y de ovejas y con otras p ieles de anim ales salvajes, so bre todo los arcadios de las montañas que se cubrían con p ie le s d e lo b o s y de osos.
Cada uno llevaba muchas jabalinas y algunas lanzas. E llos 4 estaban al acecho en un lugar del Itom e donde debían ser m e nos visib les.
L os hoplitas de los m esen ios y d e su s aliados sostuvieron el prim er ataque d e lo s laced em on ios, y tras éste se com por taron valien tem en te tam bién en lo dem ás. Eran inferiores en núm ero a los en em ig o s, pero sien d o tropas esco g id a s, lucha ban contra la m asa del p ueblo y no contra tropas esco g id a s com o ello s, por lo cual les hicieron frente m ás fácilm ente du rante m ucho tiem po por su ardor y su exp eriencia.
E ntonces el ejército ligero de los m esen ios, cuando le s fue 5 h ech a la señal, marcharon a la carrera contra los laced em o n io s y, ro d eán d olos, le s lanzaron jab alin as a su s fla n c o s, y los que tenían mayor audacia corrían hacia ellos y los herían de cerca.
L o s la c e d e m o n io s, v ie n d o q ue se le s p resen tab a un s e gundo e inesperado p eligro al m ism o tiem po, sin em bargo no
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se inquietaron, y v o lv ién d o se hacia la infantería ligera inten taron rechazarlos, pero com o escapaban sin dificultad a causa de su ligereza, provocaron $1 d escon cierto de los laced em o- n ios, y com o co n secu en cia de él tam bién su rabia.
L os hom bres por naturaleza son esp ecialm en te m uy v io le n to s frente a lo in m erecid o. A s í e n to n c es, lo s espartan os que habían recibido ya heridas y todos lo s que por haber ca í do lo s más próxim os eran lo s prim eros frente al ataque de la infantería ligera, salían al encuentro de ésta, cuando veía que iba contra e llo s, y, en su rabia, la p ersegu ían a m ayor distan cia, cuando se retiraba. La infantería ligera d e los m esen ios, com o había em pezado al principio, cuando lo s en em ig o s per m anecían q uietos en el lugar, hería y disparaba, y cuando la perseguían se adelantaba huyendo y atacaba de nuevo cuando intentaban retroceder.
Esta táctica se llevab a a cabo en d iferen tes p untos d e la form ación de lo s en em ig o s. L os h op litas d e lo s m ese n io s y de sus aliados, entretanto, atacaban m ás fieram ente a los que le s hacían frente. Fin alm ente, los la c ed em o n io s, d e sfa lle c i d o s por la d uración d el com b ate y las h erid a s, y al m ism o tiem po con fu n d id os por la infantería lig era m ás d e lo a co s tumbrado, rom pieron las filas, y cuando se pusieron en fuga, las tropas ligeras le s causaron m ales m ayores.
C alcu lar e l núm ero d e lo s la c e d e m o n io s m u ertos en la batalla no fue p o sib le, pero yo e sto y persuadido d e que eran m uchos. La retirada a casa fue tranquila para los dem ás, pero para lo s corin tios hubo de ser d ifícil, p u es, ya intentasen p o nerse a salvo por S ición o por A rgos, era igu alm en te a través d e un país en em igo.
A lo s la c e d e m o n io s les apenaba 12 la derrota q ue habían su frid o, pues
Oráculos habían m uerto en b atalla m uchos e im portantes hom bres, y estaban d es anim ados resp ecto a toda esperanza sobre la guerra. Por esto enviaron em isarios a D elfos. Cuando ésto s llegaron, la Pitia le s d io esta p r o fe c ía 33:
F ebo no solam en te orden a cu id a r d e las accion es d e lucha [co n la mano, sino que p o se e la tierra de M esen ia con engaño un pueblo, y con las m ism as a rte s con la s que com en zó se rá tom ada.
A nte esta profecía, los reyes y los éforos se esforzaron por 2 inventar estratagem as, pero no pudieron. E llo s, im itando las a c c io n e s de O d iseo en I li ó n 34, en viaron a c ie n hom bres al Itom e para enterarse de lo que estaban maquinando, pero apa rentem ente com o desertores. Su destierro había sido sen ten cia d o p ú b lica m en te. A l lle g a r é s to s , al punto lo s d esp id ió A ristod em o, d icien d o que los crím en es de los laced em on ios eran recien tes, pero sus artimañas antiguas.
L os la ced em o n io s, al fracasar en la em presa, intentaron 3 por segunda v e z romper la alianza m esenia, pero al oponerse lo s are adiós -p u e s lo s em bajadores fueron antes a ver a é s t o s - suspendieron su marcha a A rgos.
A ristod em o, al enterarse d e lo q ue estaban haciend o los laced em on ios, en v ió em isarios a preguntar al dios, y la Pitia le s vaticinó:
Un dios te concede la gloria d e la guerra: p ero con los engaños 4 ten cu idado no sea que una en gañ osa y o d io sa em boscada
[ d e E sp a rta e s c a le
33 Cf. Dio d o r o, VIII fr. 13; 2 ; Eu s e b io, P raep. Ev. V 2 7 , I. Se refiere al engaño de Tém eno (cf. IV 3, 5).
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las bien ajustadas murallas -p u e s su A res es m ás p o d e r o s o - y la co ro n a d e los co ro s te n d rá a m a rg o s h a b ita n te s cu a n d o p o r a lg u n a c ir c u n s ta n c ia d o s s a lg a n d e la em -
[b o s c a d a ocu lta. F in alm en te e l d ía sa g ra d o no v e rá e ste fin
h a sta qu e e l d e s tin o a lc a n c e a lo s qu e han c a m b ia d o su [ n a tu r a le z a 35.
Entonces A ristodem o y los adivinos no sabían interpretar lo que se les decía, pero no muchos años después el dios había de mostrárselo y llevarlo a cumplimiento.
Otras c o s a s co m o éstas su ced ieron en este tiem p o a lo s m esenios: cuando L icisco estaba viviendo en Esparta, la muer te sorprendió a su hija, la que se había llevado con él al huir de M esene. C om o iba frecuentem ente a visitar e l sepu lcro de su hija, jin e te s arcadios acech ánd ole le capturaron. L levad o de nuevo a Itom e y conducido a la asam blea alegó en su d efen sa que no había traicionado a su patria m archándose, sin o que había creído lo que había d icho el ad ivin o resp ecto a su hija, que no era legítim a.
A l hacer esta d efen sa no dio la im presión de q ue d ecía la verdad hasta que lle g ó al teatro la que en ton ces ejercía e l sa ce rd o cio d e Hera. É sta c o n fe só que era la m adre d e la m u chacha, que se la había dado a la mujer d e L icisc o para que la h iciera pasar por suya. “A hora”, dijo, “ ven go para revelar el secreto y para cesar en m i sacerdocio”. D ijo esto porque estaba estab lecid o en M esen ia que si uno d e los h ijos d e una sacer d otisa o de un sacerdote m oría antes, e l sacerd ocio p asase a
35 La corona de los coros hace referencia a una superficie redonda para las