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El limes germánico

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El limes británico

A partir de Adriano, importa menos conquistar que mantener. El sucesor de Trajano adopta una política exterior de prudencia, que im ­ pone a su sucesor, Antonino. Uno de sus principios fundamentales es cercar el espacio romano tras la línea rígida del limes. En la terminolo­ gía militar del siglo I, el limes designaba los caminos que penetraban en los territorios hostiles situados junto a las tierras del Imperio, cami­ nos militares jalonados con puestos fortificados y dirigidos hacia el ex­ terior y destinados, por tanto, a facilitar ofensivas ocasionales en país bárbaro: el dispositivo no varió en nada desde Augusto a los Flavios. El término significa algo muy diferente cuando, tras Trajano, se renun­ cia a la ofensiva y todos los caminos militares se convierten exclusiva­ mente en vías longitudinales construidas para poner en contacto los sec­ tores de frontera sin solución de continuidad. Limes se hace, entonces, sinónimo de frontera establecida por el hombre, en oposición a ripa, frontera natural; pero, por extensión, acaba, finalmente, por desginar cualquier frontera, natural o artificial.

Adriano es quien, a lo largo de sus muchos viajes a provincias, dis­ pone el establecimiento de este nuevo sistema defensivo, primero en el Rin y, luego, en Britania. Desde allí se extendió a las demás fronte­ ras del Imperio, adaptándolo a las condiciones locales.

En los confines de los Campos Decumates, conquistados por los Fla­ vios en la orilla derecha del Rin (para reducir el ángulo entrante forma­ do por los altos Rin y Danubio), se reconstruyeron en piedra los anti­ guos fuertes de madera y, delante de ellos, se excavó un foso coronado por una empalizada. En contacto con este obstáculo se encontraban los fuertes de pequeñas unidades de vigilancia, con soldados semibárba­ ros, los numeri, apoyadas, a poca distancia, por los campamentos de las unidades auxiliares. Las grandes unidades habían sido desplazadas y concentradas en un espacio más restringido que antes, en el límite con el territorio bárbaro (alrededor de los antiguos campamentos aban­ donados se desarrolló una intensa vida civil).

Igual política se aplicó en Britania. En 121-122, Adriano fue a la provincia para poner fin a la insurrección de los brigantes. El empera­ dor decidió entonces separar los territorios provincial y bárbaro mediante un muro (entre las actuales Carlisle y Newcastle, en el istmo Tyne- Solway), que, desde los Flavios, estaba recorrido por una vía construida por Agrícola. Se construyó una línea de fuertes de 86 millas, al norte de la cual se levantó un muro seguido, bordeado por un foso. Muchas unidades del cuerpo expedicionario tomaron parte en los trabajos. El muro se construyó en piedra por el Este y de tierra en el Oeste, pero, inmediatamente, los elementos de tierra fueron sustituidos por piedras, a la vez que se excavaba, al sur, otro foso, el vallum Hadriani, que deli­ mitaba el territorio militar y el suelo provincial.

Bajo Antonino Pío, las campañas de Q. Lolio Úrbico permitieron extender la frontera hacia adelante, en contacto ya con los Montes de Escocia, de manera que se construyó un nuevo muro en el istmo Forh- Clyde, de tierra con basamento de piedra, longitud de 36 millas y apo­ yado por un gran foso (40 pies de ancho y 12 de hondo). Con Cómodo resultó imposible mantener esta posición, que resultó sobrepasada en varias ocasiones por las tribus del norte. Septimio Severo reimplantó la defensa en la muralla de Adriano, pero con una óptica diferente. Delante del muro (cuyos puntos más importantes se reforzaron, en de­ trimento de los fortines intermedios), en los ejes de penetración, se mul­ tiplicaron los fuertes, dotados con nutridas guarniciones (una cohorte

montada, a veces secundada por una unidad de exploratores, cuerpos

de patrulleros). Así, al crear una zona de vigilancia e intercepción en la que las tribus, estrechamente controladas, tenían que someterse a la jurisdicción romana y suministrar reclutas, Septimio Severo organi­ zaba más racionalmente la frontera e intentaba remediar los defectos del sistema demasiado rígido establecido por Adriano y Antonino Pío.

En la frontera oriental, la organización de la frontera adquiere un aspecto muy distinto. Roma debe hacer frente a las poblaciones del de­ sierto, los Saraceni, y el reino parto. Unos y otros eran adversarios m ó­ viles, adeptos a las incursiones rápidas a larga distancia. Convenía, igual­ mente, adaptarse a las condiciones naturales del medio desértico. Las legiones eran impotentes frente a un enemigo móvil y huidizo, por lo que raramente fueron acontonadas en primera línea con excepción, desde Septimio Severo, de las legiones de la provincia de Mesopotamia, acam­ padas en Nísibe y Singara y con la misión de bloquear el acceso a Siria y Armenia. Las funciones de vigilancia y policía se atribuyeron a los des­ tacamentos montados, muy numerosos.

El limes oriental, cuya articulación conocemos gracias a las prospec­

ciones aéreas (aunque es difícil separar los elementos del sistema co­ rrespondientes al Bajo Imperio de los preexistentes), estaba organizado en torno a ciertas grandes arterias establecidas antes del reinado de Adria­ no: el padre de Trajano, legado de Siria, había hecho trazar la ruta de Palmira a Dura y éste, tras las conquista de Arabia, unió Siria y el Mar Rojo mediante un dispositivo torreado. Desde Adriano se edificó una sólida línea defensiva, apoyada en los macizos montañosos del Líbano y del Antilibano y que iba desde Bostra (en Arabia) hasta Amida (en Armenia, territorio en disputa, pero de capital importancia estratégi­ ca). El limes cortaba diagonalmente los caminos de trashumancia de los nómadas y las rutas comerciales. El control de los puntos de agua en el desierto se confió a las unidades ligeras.

En Africa, en donde Roma no se enfrentaba con un Estado sólida­ mente organizado, importaba, antes que nada, precaverse contra los bárbaros del desierto, controlar la trashumancia de los pastores y aislar los grandes macizos montañosos del Tell, en los que se habían refugia­

El limes oriental

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do los insumisos. Como en Oriente, el limes se adaptaba al adversario, móvil y rebelde a toda sedentarización. Gracias a numerosos trabajos, en gran parte arqueológicos, se hace posible definir esta zona fronteri­ za, que cuenta con aspectos muy originales. Aproximadamente, el ex­ tremo del avance de la ocupación romana coincide con el de las regio­ nes en que es posible practicar una economía agrícola. A lo largo del siglo I d. de C ., la necesidad de defender el Africa Proconsular (a la que estaba unida Num idia, territorio militar), cuya producción cerea- lística, por sus ricos suelos, era indispensable para la buena marcha del servicio de la annona, impuso el control de los caminos de trashuman-

cia. La construcción del camino Tacape-Capsa-Ammaedara (Gabés-

Gafsa-Haidra) respondía a este objetivo y permitió dominar, aunque no sin graves dificultades, la revuelta de Tacfarinas (bajo Tiberio). A la vez, la agricultura ganaba nuevos espacios, arrancados a los pastores.

Los avances más decisivos se dieron bajo Trajano y, sobre todo, con Adriano, quien, por dos veces, realizó giras de inspección (122, 138).

La Legión III Augusta, que había pasado desde Ammaedara a Theves­

tis, fue llevada más al oeste, a Lambaesis. Una vasta red de vías estraté­ gicas cerró, desde los Montes Chotts hasta los Hodna, la frontera meri­

dional (vía Capsa-AdMajores-Thabudeos), cercó el Aurés, zona de di­

sidencia, y unió Lambaesis con el Mediterráneo (ruta por Sitifis-Sétif

y Saldae-Bugía). Finalmente, para vigilar mejor las rutas trashuman­

tes, se establecieron numerosos fuertes en avanzada sobre el limes (Ge­

mellae), que sirvieron como punto de apoyo a ulteriores avances. Con

los Severos se produjo un nuevo avance de la zona de ocupación y se lanzaron al corazón del desierto nuevos tentáculos: el campamento de Dimmidi marcó, en esa zona, el límite del avance romano; estuvo ocu­ pado hasta Gordiano III, con el que se amagó un primer repliegue y una transformación del sistema defensivo (creación del fossatum, foso que materializa la frontera y separa la zona de ocupación romana y el desierto). En Mauritania Cesariense la ocupación fue menos intensa. Con los Antoninos, los macizos del Tell (Hodna, Bibans, Titteri, Uar- senís y Montes de Tlemcén) quedaban fuera del limes y la vigilancia de las Llanuras Altas se confiaba a las tropas de Numidia. Sólo con los Severos los puestos romanos rodearon estos macizos montañosos y avan­ zaron hasta el desierto, mientras que en Tripolitania, Roma inten­ taba controlar las rutas del Fezzán.

El conocimiento del lim es africano ha sido renovado por el em pleo sistem á­ tico de la fotografía aérea. V caseJ. BA- RADEZ, Fossatum Africae. Recherches

aérienne sur l'organisation des confins sahariens à l ’époque romaine, Paris,

1949.

Concebido de este m odo, el limes africano cubría con sus mallas una zona muy profunda. Estaba calcado sobre la red de vías naturales, determinado por los ejes del relieve y los puntos de agua (la mayor par­ te de los fuertes vigilaban un paso natural o un oasis). Un buen ejem ­ plo es el castellum de Dim m idi, especie de castillo asentado en una zo­ na premilitar: situado cerca del oasis y del punto de agua, permitía vi­ gilar todos los pasos de una pista caravanera que, desde el desierto, iba hacia la zona de ocupación del sur del Aurés. En el centro del dispositi-

vo se encontraba la legión del Lambaesis, pero, en el borde del desier­ to, había estacionado un importante número de unidades auxiliares y

numeri. En su mayor parte eran unidades de jinetes (alae miliariae, co­

hortes equitatae). Entre ellas hay que hacer lugar especial a la «guardia

siria» (j. CARCOPINO): Chalcideni (de Calcis, en Siria), en Gemellae,

Palmyreni en Dimmidi y Sebasteni (de Sebaste, en Palestina) en Mau­

ritania Cesariense. Estas unidades, reclutadas entre pueblos de los que los de las ciudades de Siria eran los más aptos para defender una fron­ tera en la que no se encontraban desambientados, dieron nacimiento a aglomeraciones con predominio de elementos orientales (abundancia de antropónimos semitas) y del panteón sirio.

La ocupación militar fue acompañada de una valorización del sue­ lo. Alrededor del Aurés se multiplicaron, en el siglo II, los estableci­ mientos de veteranos. Estos participaban, cuando era preciso, en las ta­ reas de defensa, siendo sus hijos excelentes reclutas, pero también ex­ plotaban las tierras de las que eran possessores. Como los colonos de los grandes fundos imperiales, disfrutaban del ju s colendi fruendique

heredique sue reliquendi. Agrupados, inicialmente, en vici (aldeas), ob­

tuvieron para sus comunidades derechos políticos cada vez más amplios:

el vicus de Lambaesis, conocido como tal en el 163, se titula respublica

en el 166, hacia 197, municipio de derecho latino y, por último, colo­ nia a fines del siglo III. La prospección aérea ha permitido localizar es­ tos islotes agrícolas centuriados y la arqueología las numerosas huellas de establecimientos rurales (muretes para combatir el arroyamiento, de­ pósitos de agua naturales o artificiales, diques, almazaras de todos los tamaños). Así, en las mismas puertas del desierto, el limes africano apa­ rece como una zona de civilización original.

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