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Es casi un lugar común afirmar que Carlton Hayes y Hans Kohn son los padres fundadores gemelos de los estudios académicos modernos sobre el nacionalismo, siguiendo la afortunada expresión de la historiadora Aira Kemiläinen (citada en Hobsbawm, 2012: 3). Hayes y Kohn son considerados generalmente como los primeros en adoptar un posicionamiento neutral hacia el fenómeno nacionalista, intentando llevar a cabo un análisis desapasionado del mismo para definirlo, clasificarlo y explicarlo. Sin embargo, antes de llegar a las aportaciones de estos dos autores es provechoso remontarse a los orígenes de la teorización sobre el nacionalismo, partiendo de la palabra que ofrece la base semántica para esta doctrina, la palabra nación.

El catedrático Álvarez Junco comienza a inspeccionar el vocablo en cuestión desde su etimología, partiendo del antecedente latino, natĭo, -ōnis, que se refería al “conjunto de personas unidas por un origen común, diferente al de la ciudad o el país en

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el que habitaban” (Álvarez Junco, 2005: 17). Este uso permaneció vigente durante el tiempo en que el latín fue la lengua franca de los territorios cultos de Europa. Así, las universidades medievales utilizaban el nombre de nationes para referirse a “los estudiantes que venían de distintos países y tenían sus propios gremios o guildas” (Álvarez Junco, 2005: 17). Una vez consolidadas las lenguas romances como vehículos de cultura, ya en el siglo XVIII, se observa una evolución cierta, al menos en el ámbito español, en el significado de la palabra nación.

El Diccionario castellano de Esteban Terreros, publicado póstumamente en 1787, sigue recogiendo el uso de esta palabra para referirse a un determinado grupo de extranjeros, pero añade ya una referencia a “algún pueblo grande, reino, estado, etcétera, sujeto a un mismo príncipe o gobierno” (Varela, 1999b: 654). Se observa, pues, cierta conexión en clave de soberanía entre un territorio, sus habitantes y su gobierno. Esta acepción resalta ya la polisemia –o confusión terminológica, según se mire– que va a ser un rasgo característico de este término y definitorio de la complejidad inherente a su estudio.

La fecha en que se publica el diccionario de Terreros revela que el término nación ha iniciado ya por entonces el recorrido semántico que lo llevará desde lo meramente descriptivo hacia lo jurídico-político. Este desplazamiento comienza en el siglo ilustrado y al respecto son claves las aportaciones de Jean-Jacques Rousseau, Immanuel Kant, Johann Gottfried Herder y Johann Gottlieb Fichte, de cuyas ideas principales respecto al tema aquí tratado se ofrecerá una semblanza a continuación. Además, en este primer epígrafe se aportará también un somero repaso a las ideas que a lo largo del siglo XIX, y partiendo de los apoyos teóricos proporcionados por el cuarteto de filósofos antedicho, definen la idea de nación, destacando en primer lugar las contribuciones de Friedrich List y su nacionalismo económico, el papel de Giuseppe Mazzini como ideólogo temprano de la unificación italiana, el enfoque liberal de John Stuart Mill y el tratamiento de la cuestión nacional por parte de Karl Marx. Por último, se ofrecerá un acercamiento al concepto de nación en Ernest Renan, tan discutido, y en Lord Acton, tan certero, además de lanzar una mirada a las teorías de dos pensadores decisivos para comprender la evolución de la idea de nación en suelo español, como fueron Antonio Cánovas del Castillo, desde el conservadurismo historicista, y Francisco Pi y Margall, desde el federalismo.

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2.1.1. Los orígenes en Rousseau, Kant, Herder y Fichte

Jean-Jacques Rousseau, el único de los pensadores tratados en este apartado que no viviría para ver los acontecimientos revolucionarios de Francia, en cuyo contexto la nación se convierte en la única fuente legítima del poder político (Özkirimli, 2010: 16), trata de encontrar a lo largo del célebre Du contrat social una forma de organización de las comunidades humanas en la que prevalezca la libertad. Esta se identifica con la obediencia del hombre a sí mismo, lo cual se ha de traducir en el ámbito social por la existencia de un pacto, una asociación asimilable a un ser de carácter colectivo que ha de regirse a través de la voluntad general, la cual simboliza el interés común y es opuesta al concepto de “voluntad de todos”, que representa la suma de intereses privados: “Il y a souvent bien de la différence entre la volonté de tous et la volonté générale; celle-ci ne regarde qu’a l’intérêt commun, l’autre regarde à l’intérêt privé, et ce n’est qu’une somme de volontés particulières: mais ôtez de ces mêmes volontés les plus et les moins qui s’entre-détruisent, reste pour somme des différences la volonté générale.”55 (Rousseau,

1962 [1762]: 252). La propuesta de Rousseau no gira, como es obvio, en torno a un acuerdo entre individuo y regente, ni es tampoco un pacto entre individuos, sino que concibe al conjunto de la comunidad como verdadero sujeto del derecho político.

El concepto de la voluntad general está básica e íntimamente ligado a la teoría de la legitimidad política defendida por el autor, que consagra la soberanía ejercida por el pueblo como valor absoluto, dominante y situado por encima de los partidos y otros poderes; una soberanía, además, supresora de la voluntad individual en tanto esta es considerada como representante de los intereses privados (Rubio Lara, 1999d: 707).

Por otro lado, en sus Consideraciones sobre el gobierno de Polonia, el filósofo ginebrino establece ciertos criterios para suscitar la devoción ciudadana hacia la patria, entre los que destacan la institución de fiestas, la erección de monumentos o la organización de juegos públicos; destaca, sin embargo, el valor que Rousseau otorga a la

55 “Muy a menudo hay diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general; esta no mira más que el

interés común, mientras que la otra mira el interés privado, y no es más que una suma de voluntades particulares: pero quita de esas mismas voluntades los más y los menos que se destruyen y lo que queda fuera de las diferencias es la voluntad general.” Traducción propia.

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educación nacional como pilar fundamental para la consecución de “una similitud interna del grupo y una diferencia hacia el exterior” (Rubio Lara, 1999d: 708). Se puede observar entonces, desde el punto de vista de las Consideraciones…, el pensamiento de Rousseau como precursor del nacionalismo cultural, aquel que imagina una comunidad política basándose en una supuesta homogeneidad de lengua, historia, religión y/o costumbres.

Sin embargo, este punto de vista, que suele presentar a las naciones como entidades naturales, se contradice con el papel preponderante que el filósofo otorga al Estado como manipulador –director, si se quiere– de conciencias y creador de sentimientos de comunidad a través de la educación. En este sentido se podría hablar de Rousseau, en todo caso, como precursor del nacionalismo político, al ser utilizados por parte de los movimientos nacionalistas los dos conceptos clave del Contrato, la voluntad general y la soberanía popular, los cuales por otra parte no requieren de la existencia de una peculiaridad cultural como condición para el establecimiento de una realidad nacional, como puntas de lanza para su establecimiento y consolidación dentro de las coordenadas ideológicas del liberalismo.

Junto a la base que proporcionan los dos conceptos centrales aportados por Rousseau aparecen otras ideas para apuntalar el edificio teórico que se tratará de poner en práctica tras la revolución de 1789. La primera se refiere al principio de autodeterminación individual y procede de Immanuel Kant, cuya doctrina “convierte al individuo, en un modo nunca contemplado por los revolucionarios franceses o sus precursores intelectuales, en el mismo centro, el árbitro y soberano del universo. A los ojos de esta doctrina no es un mero elemento del orden natural y posesionado, como tal, del derecho a la libertad y a la igualdad; es más bien el individuo quien, con la ayuda de normas que él mismo descubre y se impone, se determina como un ser libre y moral” (Kedourie, 1988: 15). Esta noción abre el camino para que posteriormente, y aplicando la analogía que concibe al conjunto de la sociedad como un organismo vivo, se asuma desde algunos posicionamientos ideológicos que ciertos grupos humanos están en su derecho de autodeterminarse frente a otros grupos.

La tercera contribución fundamental de la filosofía del XVIII que más tarde utilizarían como arma diferentes ideólogos nacionalistas para la culminación de sus intereses políticos viene de Johann Gottfried Herder, quien representa la cara “más

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benévola, amable, inspirada y sensible” del romanticismo en cuanto inspirador del nacionalismo (García Picazo, 1999: 311). El trabajo de Herder, cuya influencia resuena aún hoy, destaca por ser el primero que identifica la nación con la lengua, planteamiento- trampolín para una multitud de grupos humanos que van a terminar reclamando derechos políticos partiendo de la base de criterios puramente culturales. Este fenómeno se dará a lo largo del siglo XIX en el centro y este de Europa, siendo asimismo suscitado en el siglo XX, durante el periodo de la descolonización.

Desde este punto de vista, Herder es en gran medida el creador del concepto que más tarde se denominará nacionalidad, asimilable a la nación cultural; esta idea hunde sus raíces en la concepción de lo popular como algo puro, intacto, auténtico, algo vivo, en definitiva, frente a la rigidez y el refinamiento artificiales e impuestos por la filosofía racionalista. Así, las voces de los pueblos se encumbran como únicas representantes y custodias del espíritu nacional. En Herder se oponen la tradición, la singularidad y la raigambre histórica de cada pueblo –representadas de manera íntima y única por la lengua en la que estos se expresan– a las propuestas de tinte igualitario que se han visto en Rousseau y otros filósofos típicamente ilustrados (Özkirimli, 2010: 13). Este contraste marca ya desde finales del XVIII una separación entre lo que posteriormente se dará en llamar nacionalismo cultural y aquello conocido como nacionalismo político.

Las aportaciones de Herder sobre la relación –la identificación, más bien– entre lengua y nación son asumidas y reajustadas por Johann Gottlieb Fichte, quien acuña un concepto de la alemanidad56 basado en la lengua, que es allí donde “se manifiesta la naturaleza del hombre […]; los alemanes son, además, los únicos que se han conservado a lo largo de la historia con su lengua originaria, […] Esta característica y la peculiaridad histórica de cómo los alemanes han construido y entendido la relación entre el Estado y la libertad individual ofrecen, según Fichte, la base de la misión de los alemanes en el mundo” (Abellán, 1999a: 260). Estas ideas, producidas en el momento histórico de la ocupación de los Estados alemanes por parte de las tropas napoleónicas y plasmadas en sus Discursos a la nación alemana, representan un modo de concebir la nación que presenta al propio pueblo como portador de una misión que cumplir, enfrentado necesariamente al resto de grupos humanos. Es evidente que la aplicación radical de las

56 Alemanidad es la traducción que el investigador propone para el vocablo Deutschheit, utilizado por Fichte

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ideas de Fichte en otros contextos ofrecería al nacionalismo alemán más recalcitrante una plataforma excelente para su desarrollo y lo definiría de forma explícita a lo largo del siglo XIX y principios del XX.

El siglo ilustrado deja, pues, a través de estos autores, conceptos clave para el desarrollo posterior de las comunidades humanas en términos de organización y convivencia. Voluntad general, soberanía popular, autodeterminación, identificación entre lengua y nación y misión universal del propio pueblo son los símbolos que se han sembrado en el Setecientos; se ha preparado el terreno, pues, para la generalización de la doctrina de tendencia nacionalista a lo largo de la siguiente centuria y, subsidiariamente, para los acontecimientos que se presentarían de forma tan dramática en las dos guerras mundiales del siglo XX, debidamente preparadas y espoleadas por una propaganda nacionalista de carácter, foco y ámbito ya esencialmente distintos a aquellos bajo los que se desarrollaron las ideas de nación acuñadas en la época ilustrada.

2.1.2. Voluntades unificadoras, enfoque liberal y aportación marxiana

La figura de Georg Friedrich List se alza como la del primer representante del nacionalismo económico. Su doctrina está atravesada por dos principios: el rechazo de las teorías liberales de Adam Smith y la asunción de las realidades nacionales como hechos irrechazables. Por un lado, List piensa que el librecambio solo funciona mientras los países donde se aplica están en un mismo nivel de desarrollo económico; sin embargo, las naciones que parten de una posición más retrasada van a sufrir para establecerse como actores competitivos en una economía libre.

En segundo lugar, el bienestar que las naciones puedan alcanzar siempre estará en función de su mayor o menor grado de unidad en lo relativo a lengua, territorio, costumbres y, antes que nada, sistema económico: “Eine Nation, um sich als solche zu behaupten, muß vor allem trachten, ihre ökonomische Organisation zu vervollständigen, und um mit Konsequenz und Erfolg nach diesem Ziel streben zu können, muß sie allererst über ihre nationalökonomischen Bedürfnisse im klaren sein.”57 (List, 1971 [1844]: 93).

57 “Una nación, para afirmarse a sí misma como tal, debe sobre todo dedicarse a completar su organización

económica y, para aspirar a esta meta con coherencia y éxito, debe en primer lugar tener conocimiento de sus necesidades nacional-económicas”. Traducción propia.

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Así, List concibe el crecimiento económico como “un proceso orgánico y que, como tal, está necesitado de protección” (Maldonado Gago, 1999: 434). Desde este posicionamiento ideológico, el economista suabo se convierte en el defensor principal de un Zollverein entre los diferentes Estados de la Confederación Germánica, una unión aduanera que echara abajo los antiguos aranceles y permitiera al conjunto de la nación alemana, según él la concebía, un crecimiento económico sólido que le permitiera ponerse a la altura de los demás países europeos.

La nación, entonces, ya no se concibe únicamente como una comunidad de personas unidas por vínculos culturales o sujetas a determinados derechos políticos, sino que también se observa como espacio delimitador de la acción económica de ciertas entidades que hasta entonces han tenido únicamente carácter estatal, y no nacional en un sentido moderno. Las aportaciones de este autor van a tener un eco particular en las doctrinas nacionalistas ibéricas, como se verá, que apostaron por la creación de una unión aduanera en el conjunto de la península para favorecer precisamente el crecimiento económico de Portugal y España, sin perder de vista las potencialidades que el campo político podría ofrecer dicha unión, tal y como se vio en el caso de Alemania, cuya fortaleza económica y política tras la unificación dirigida por Prusia tanto debió al Zollverein imaginado por List.

La tendencia a la reunión de territorios que representa Georg Friedrich List en el ámbito económico, y que procuró en gran parte las bases para el éxito de la Confederación Germánica, se observa también, desde una óptica política, en el otro gran proceso de unificación que se dio en Europa durante los años centrales del siglo XIX: el caso italiano. Entre los nombres más significativos que se encuentran a la hora de estudiar el proceso de unificación de Italia destaca especialmente el de Giuseppe Mazzini, quien dota ya a las reivindicaciones nacionalistas de un carácter netamente doctrinal y no tan filosófico como las nociones aportadas por un Herder o un Rousseau. El nacionalismo de Mazzini surge en un contexto histórico en el que los diferentes reinos y ducados de la península Itálica gozaban de completa autonomía y no se adivinaba en el horizonte ningún tipo de movimiento de tendencia centrípeta. Esta es activada a través de las propuestas del partido-asociación liderado por Mazzini, la Joven Italia, que abrirá el camino de la unificación–completada más tarde por el liberalismo monárquico– siguiendo dos ejes: el principio unitario y el republicanismo.

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Ambas condiciones para la creación del Estado italiano nacían de una suerte de camino intermedio entre el nacionalismo de raíz germana, basado en criterios objetivos, y el subjetivismo que conformaba el hecho nacional según las proposiciones nacionalistas de origen francés. Así, Mazzini defiende un modelo mixto basado tanto en la existencia de un marco jurídico común como en la tradición histórica. Las teorías de este perfecto rebelde, sin embargo, están envueltas en cierta ambivalencia y confusión, ya que en ellas “la conveniencia y la forma de aplicar el principio de las nacionalidades no resulta deducible de unos criterios generales adecuadamente estructurados” (de Blas Guerrero, 1999b: 467). El activismo nacionalista de Mazzini fracasó en gran medida al estar dirigido únicamente a las élites y no contemplar los problemas de las clases más bajas, especialmente del campesinado.

Contemporáneo casi absoluto de Mazzini (1805-1872) fue John Stuart Mill (1806- 1873), considerado el padre del liberalismo político moderno. En la esencia de su pensamiento está la defensa de los derechos individuales, y sin embargo su idea de nación se presenta, al menos en sus inicios, cerca del organicismo de raíz alemana. Los factores que dan lugar a la creación de una nacionalidad son, para Mill, la identidad de raza y origen junto con la comunidad de lengua y religión, aunque por encima de ellos se encuentra la “identity of political antecedents; the possession of a national history, and consequent community of recollections; collective pride and humiliation, pleasure and regret, connected with the same incidents in the past.”58 (Mill, 1865: 120). Esta suma de

factores que componen la nacionalidad hace necesaria para la consecución de un sistema político verdaderamente libre la creación de entidades estatales cuyos límites coincidan con los de la nacionalidad: “It is in general a necessary condition of free institutions, that the boundaries of governments should coincide in the main with those of nationalities.”59 (Mill, 1865: 121-122). Sin embargo, dos importantes limitaciones restringen la aplicación de este principio de manera absoluta y desaforada, siendo el primero la geografía, que no permitiría la formación de Estados nacionales en lugares donde convivieran diversas nacionalidades –naciones de carácter cultural–. En segundo lugar, la fusión de

58 “Identidad de antecedentes políticos; la posesión de una historia nacional, y la consecuente comunidad

de recuerdos; orgullo colectivo y humillación, placer y arrepentimiento, conectado con los mismos incidentes en el pasado”. Traducción propia.

59 “Generalmente es una condición necesaria de las instituciones libres que las fronteras de los gobiernos

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nacionalidades era observada por Mill como un beneficio para el común de la humanidad, en tanto significaba la absorción de un grupo nacional por otro de cultura superior (Özkirimli, 2010: 25).

Estos límites respecto a la identidad cuasi-absoluta entre nacionalidad y Estado nacional son los que otorgan al pensamiento de John Stuart Mill a este respecto el cariz liberal que impregna el conjunto de su obra. La diversidad de nacionalidades conviviendo en unos mismos territorios y los beneficios derivados del predominio de los grupos más desarrollados culturalmente sobre los más débiles –lo que le llevó a amparar el colonialismo– son realidades que obligan al pensador inglés a defender la validez de la conceptualización de la nación como ente político y no cultural (Rubio Lara, 1999c: 480).

Para cerrar este apartado, en el que se ha englobado hasta el momento a tres

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