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La Baja Edad Media es el tiempo de Eloísa y Abelardo, de Leonor de Aquitania y de su hija María de Champaña; de las “cortes de amor”; el tiempo de los “lenguajes secretos”, los personajes legen- darios y las aventuras prodigiosas; es el tiempo de la leyenda del Grial, de los “fieles de amor” y el “reino de la Dama”, de símbolos alquímicos y numéricos, y de trovadores, que entretejen un mundo nuevo y crean espacios literarios. Es también el tiempo de mujeres que escriben y hablan acerca de lo que les sucede en un espacio invisible: el de su experiencia interior.

La mujer perteneciente a las órdenes religiosas, a la nobleza y la alta burguesía, ocupó un papel destacado en la religión, como el poder de importantes abadesas, en la con política con numerosas reinas como Leonor de Aquitania (1122-1204), paradigma de mu- jer con relevancia política y extraordinaria cultura, protectora de trovadores y que durante casi medio siglo hizo y deshizo en la po- lítica europea.

La pérdida de derechos civiles por parte de la mujer no sucede du- rante la Edad Media en buena parte marcada por el derecho germá- nico, sino por la progresiva introducción del derecho romano, que negaba dichos derechos a mujeres y niños.

El misticismo está generalmente relacionado con la santidad. En el Cristianismo se describen manifestaciones físicas sobrenaturales

denominadas milagros, como los estigmas y fenómenos parapsicológi- cos. Mística también designa “el conjunto de las obras literarias escritas sobre este tipo de experiencias espirituales, en cualquiera de las religio- nes”.

Hildegarda de Bingen

Hildegarda de Bingen nació el 16 de septiembre de 1098-1179 en Ber-

mersheim vor der Höhe, conocida también como la Sibila del Rin o Pro- fetisa teutónica. Su vida transcurre en un siglo de ebullición intelectual, religiosa y política. Fue una de las mujeres más extraordinarias de la Edad Media. Gebeno De Eberbach en 1220 recopiló sus escritos profé- ticos, Speculum futurorum temporum, del que se conservan más de cien manuscritos, que dan idea de su extraordinaria difusión.

Poetisa y música que nos ha dejado 78 cantos de alabanza. Visionaria, teóloga, abadesa y médica y a ella le debemos un repertorio sorprendente de las virtudes curativas de la naturaleza.

Confiada a los ocho años al monasterio benedictino de Disibodenberg, se convierte en su abadesa a los treinta años.

Es llamada por el papa Urbano II para que pueda exponer sus visiones ante el Concilio. Es autorizada a exponer su doctrina, y empieza para Hildegarda una intensa etapa de vida pública, y de numerosa correspon- dencia a través de la cual da sus consejos a obispos y reyes. Su vida es, una mezcla de vida activa y de vida contemplativa. Hildegarda monja, vive en el monasterio, pero tiene presentes y conoce perfectamente los problema políticos de su tiempo. Interviene incluso para intentar poner fin al cisma creado por Federico I al nombrar, por su cuenta, a cuatro papas. El Papa le pide que predique, y ella sale, habla, y predica. Además tiene fama de hacer milagros y curaciones y acuden a ella enfermos de todas partes.

Las visiones místicas de Hildegarda se parecen a las de los profetas del Antiguo Testamento. Interpretaba las Sagradas Escrituras a la luz de Dios, aplicándolas a las distintas circunstancias de la vida y son ricas en contenidos teológicos. Hace referencia a los principales acontecimientos de la historia de la salvación, y usa un lenguaje principalmente poético y simbólico.

En ninguna de sus obras o escritos, Hildegarda se atribuye a sí misma ningún mérito, se define como “pobre criatura falta de fuerzas”. Todo lo que sabe y hace, es obra de Dios. Las visiones, las revelaciones, las cu- raciones que realizó, fueron sobrenaturales: “todas las cosas que escribí desde el principio de mis visiones, o que vine aprendiendo sucesivamen- te, las he visto con los ojos interiores del espíritu y las he escuchado con los oídos interiores, mientras, absorta en los misterios celestes, velaba con la mente y con el cuerpo. No he expuesto nada aprendido con el sentido humano, sino sólo lo que he percibido en los secretos celestes“. (Prólogo del Liber Divinorum Operum)

Sus principales obras son un tríptico compuesto por “el Sci vias” o “Co- noce las vías” (del Señor), “el Liber vitae meritorum” o “Libro de vida de los méritos” y el último “el Liber divinorum operum” o “Libro de las

obras divinas”.

Otra de sus obras es la Lingua Ignota (1150?) formada por unas 1000 pa- labras y un alfabeto de veintitrés letras (Litterae Ignotae), de las que solo hay información fragmentaria.

Murió el 17 de septiembre de 1179 y fue sepultada en la iglesia de su con- vento de Rupertsberg, del que fue Abadesa hasta su muerte. Sus reliquias permanecieron allí hasta que el convento fue destruido por los suecos en 1632. Actualmente sus restos se encuentran en la iglesia parroquial de Eibingen.

Su biógrafo, Theorich de Echternach, narra así su muerte: «Sobre la ha- bitación en la que entregó su alma a Dios en el primer crepúsculo de la noche del domingo, aparecieron en el cielo dos arcos brillantísimos y de diversos colores que se ensancharon por un gran camino extendiéndose por la tierra en cuatro partes … En el vértice allí donde los arcos se cruza- ban surgió una clara luz en forma de círculo lunar que se ensanchó tanto que pareció apartar las tinieblas de la noche de la habitación … Debe creerse que Dios, con este signo mostraba con cuanta claridad había ilu- minado a su amada en los cielos»

El pensamiento de Hildegarda responde, ocho siglos más tarde, a preo- cupaciones muy actuales: salud psíquica, física, espiritual, ecología. El 7 de Octubre de 2012 el Papa Benedicto XVI le proclamó oficialmente “Doctora de la Iglesia”.

Santa Clara de Asis nació el 16-7-1194 en la ciudad italiana de Asis.

Fue discípula de san Francisco y fundó la Orden de Damas Pobres de San Damián, llamadas Clarisas, rama femenina de la Orden franciscana. Gobernó con fidelidad exquisita al espíritu franciscano hasta su muerte. La pobreza era la pieza angular de su vocación.

Dejó escrito “Cuatro cartas a Inés de Praga” en las que usa un “estilo alto” elegante y un lenguaje florido y elaborado a la manera de la época, según las leyes de la retórica. “Carta a Ermentrudis”, “La Regla” y por

último el “Testamento” en un estilo mucho más sencillo y modesto con un lenguaje menos retórico.

Santa Clara de Asis.

Murió en San Damián, a las afueras de Asís, el 11 de Agosto de 1253. Fue canonizada solo dos años después por Alejandro IV.

“Vete en paz ya que has seguido el buen camino; vete confiada, ya que

tu Creador te ha santificado, custodiado incesantemente y amado con la ternura de una madre con su hijo”.

“Oh Dios, bendito seas por haberme creado”.

Estas fueron las últimas palabras de una gran mística llena de alegría y de amor a Dios y a los hombres.

Matilde de Magdeburgo tuvo una sólida educación en la diócesis de

Magdegurgo. De niña fue “saludada” por el Espíritu Santo. Hacia la edad de 23 años abandonó su familia para exiliarse como beguina en Magde- burgo. Su vida esta rodeada de cierto misterio

sor fue el dominico Enrique de Salle, quien la motivó a redactar “La luz rutilante de la Deidad”.

Mujer apasionada e inquieta. La espiritualidad de la mística no deja de evocar a Dante y al milenarismo, frecuente en la Edad Media.

Matilde de Magdeburgo

En sus escritos denuncia con virulencia los defectos del clero, del Impe- rio y de la orden dominicana. En el ocaso de su vida se retira al convento cisterciense de Helfta.

Dejó escrito este verso:

“Debo, lejos de todas las cosas, darme a Dios,

Que es mi padre por naturaleza, Mi hermano por la humanidad, Mi prometido por el amor”

(La luz rutilante de la Deidad)

Margarita Porete. En el recorrido por las mujeres místicas no se puede

1,310, por una comisión de teólogos. También su obra “El espejo de las almas simples y aniquiladas” escrito en francés antiguo, picardo, fue denunciado y el obispo de Cambrai ordena su quema pública. Se tradujo al latín y otras lenguas y tuvo una amplia difusión. El lenguaje, y el for- mato alegórico de un diálogo entre personajes como el Amor, la Virtud y el Alma, reflejan una familiaridad con el estilo de amor cortés popular en la época, y da testimonio del alto nivel de educación y sofisticación de la Mística.

Margarita Porete

Aunque la mayor parte del libro parece seguir un argumento racional y erudito defiende que el alma debe dejarlo todo, incluso la razón. El “alma aniquilada” es aquella que lo ha abandonado todo excepto a Dios. Una de las características esenciales del libro es su finalidad eminentemente práctica: Marguerite pretende enseñar doctrinas para conseguir la “sim- plificación”, por ejemplo a través de imágenes.

“Él es en plenitud: De Él recibo plenitud”

Hadewijch de Amberes poeta y mística fue una de las primeras escrito-

ras que escribió en la lengua vulgar de su región, neerlandés medio. A su muerte cayó en el olvido y fue en el siglo XIX descubierta de nuevo esta gran contemplativa. Mujer de gran cultura alimentada en particular de San Agustín, san Bernardo y Guillermo de Saint-Thierry, redacta visio- nes, poemas y cartas donde expone su tema predilecto: el amor.

Se conservan cuatro manuscritos entre visiones, cartas y poemas: “Dios, amor y amante”.

“El lenguaje del deseo”.

En sus poemas, más de 60, ensalza el Amor místico de Dios. Personifica el Amor en una persona y lo incorpora al lenguaje trovadoresco y caba- lleresco de su época. En versos largos y cortos, plasma la intensidad y emoción del Amor que siente por Dios.

De las 31 cartas que se conservan, unas son tratados de vida espiritual y otras son misivas dirigidas a otras mujeres sobre las que podría haber ejercido cierta autoridad.

Santa Catalina de Siena predicadora y mística, muestra muy pronto fa-

cultades místicas. A los 17 años ingresa en la Orden tercera dominicana. Sus iniciativas políticas fueron numerosas. Su espiritualidad se expresa esencialmente en “el Dialogo”. Estuvo fuertemente marcada por santo Tomás de Aquino, toma de la espiritualidad dominicana la devoción ma- riana y fue influenciada por san Francisco en el cuidado a los abandona- dos.

Fue enterrada en la Iglesia de Santa María sopra Minerva en Roma; su cráneo fue llevado a la iglesia de Santo Domingo de Siena y un pie se encuentra en Venecia.

En 1970 el papa Pablo VI le otorgó el titulo de Doctora de la Iglesia. La vida y el pensamiento de estas mujeres nos transmiten su profundo y

hermoso mensaje que impregno su vida y persiste en su obra atravesando el tiempo hasta nuestros días.

Estoy en mi despacho, “El rincón de las Musas” leyendo un último verso “del lenguaje del deseo”, una rosa solitaria sube hasta la ventana. A través de los cristales veo perfiladas las cumbres nevadas en el horizonte.

Santa Catalina de Siena

Toda el agua que saca el deseo la bebe el amor, y no se sacia. Amor exige al amor

más de lo que la inteligencia entiende.”

La noche se acaba, las luces eléctricas bailan en el alba como velas en el mar.

Tomado de:

Muchas de estas mujeres, tildadas también en senti- do despectivo como hechiceras o magas, fueron en realidad sabias conocedoras de los secretos escon- didos en la naturaleza y de las leyes universales que los rigen. Se nutrieron y recibieron los saberes po- pulares y ancestrales de su cultura contribuyendo a mantener viva la transmisión de la Cosmogonía, pues conocían las analogías que religan los planos del universo, desde los telúricos a los más elevados del empíreo.

Sabían de las propiedades de las plantas, de los minerales y de los ani- males y de su sutil consonancia con los ciclos que describen los astros y las estrellas, y también de otras correspondencias con esferas invisibles del cosmos. Practicaron la ciencia hermética de la Alquimia con la que elaboraban fármacos, ungüentos, pomadas, filtros y elixires. Fueron sa- nadoras, curanderas, comadronas, mujeres medicina o "chamanas", que es como se las denomina en otras culturas y pueblos en los que todavía hoy en día se valora su función sagrada.

Hechiceras romanas

Sus conocimientos no se aplicaban exclusivamente a fines concretos, sino que su acción era sobre todo mágica y teúrgica, en el sentido que los ritos secretos en los que participaban, las invocaciones a las entidades

ctónicas e intermediarias presididas por el Demonio -en especial durante la celebración del Sabath o Aquelarre-, o la confección de amuletos, talis- manes y pantáculos con letras, símbolos numéricos, astrológicos, alquí- micos, etc., eran actividades rituales de un alto poder transmutador con las que se vivificaban las energías que conforman y recorren el Universo, sumándose así a la labor de regenerarlo.

En Europa se las encuentra en todo tiempo y lugar, empezando por las míticas Circe, Medea y Pasífae, con cuyos poderes mágicos ayudarán a diversos héroes en sus hazañas arquetípicas, siempre relacionadas con la búsqueda de la Identidad y la Inmortalidad, aunque también los engañan y entretienen o hasta los desvían de la senda, apareciendo entonces como el símbolo de los obstáculos y pruebas que debe vencer aquel que em- prende una vía de realización espiritual.

Ulises y Circe

Y adaptándose a la geografía y los ciclos de la vida, las brujas o hechice- ras no han dejado de habitar en miles de aldeas de toda Europa, alcanzan- do un gran protagonismo durante la Edad Media y el Renacimiento, mo- mento a partir del cual se inicia una encarnizada persecución que llevará

a la hoguera a millares de estas mujeres temidas y admiradas, y en todo caso muy incomprendidas por un mundo cada vez más desacralizado y hostil hacia formas no oficiales de encarnación de la Sabiduría.

La hechicera no es mala ni buena según la juzga la moral, sino que se mantiene ajena a todo sistema encasillador que pretenda aprisionar el Conocimiento del Cosmos en estrechos límites racionales o dogmáticos. Ella se ha entregado sin reservas a encarnar en su existencia los misterios paradójicos que cada ser porta en su interior, y que pasan por vivir la muerte en vida y renacer de las cenizas, sometiéndose a un orden cós- mico convulso que armoniza los opuestos con el soporte de los símbo- los sagrados que aprende de sus antecesoras y que descifra en el Libro de la Vida que se abre en su corazón. Tiene conocimientos de botánica, zoología, mineralogía, farmacopea; estudia la ciencia de los ritmos de la naturaleza, observa el cielo y las revoluciones de los astros, cuyas ener- gías atrae con el poder del lenguaje, emitiendo sortilegios y palabras de poder con las que sana, hechiza o maldice, pero por encima de todo las emplea como vehículos de identificación con las fuerzas o energías que ellas mismas nombran. Asiste a los enfermos de cuerpo y alma, atiende a las parturientas, participa en el amortajamiento de los muertos. Se mueve siempre en el fino hilo entre la vida y la muerte, los venenos y los reme- dios, la enfermedad y la curación.

La bruja vuela muy alto. Venciendo el miedo y la pequeñez, la pereza y la comodidad, busca y promueve las rupturas de nivel que la adentran en estados de la conciencia extraordinarios, no aptos para mentes cobardes, pacatas o recatadas. No la atraen los falsos brillos de las apariencias, sino que con furor y a veces violencia penetra los misterios de la Naturaleza y sus leyes inmutables, siempre atizada por el fuego o la pasión de Eros o Amor. Bebe elixires espirituosos y otros altamente venenosos, se unta con sustancias enteógenas que borran los pesados contornos de su cuerpo y de su psiqué individual, y viaja por espacios internos de la conciencia más reales, universales, compartidos por todos aquellos que participan de este viaje arquetípico.

han precedido, hembras que han experimentado en y con el alma del ser humano y del mundo, vinculando lo que repta con lo que vuela, los nú- menes de la tierra con los del cielo, las potencias del inframundo con las energías del empíreo. Investiga sin cesar en el interior de la cabaña, a la lumbre de la débil luz del fuego o del candil, en la fronda del bosque, a la vera de la fuente, descifrando las señales que le hablan de las realidades de un "más allá" que está dentro de su ser, para lo cual se somete con perseverancia a una constante purga y purificación. Vive entre el orden y el desorden, el equilibrio y el desequilibrio, la violencia y la armonía presente tanto en sí misma como en todo lo que la rodea. Es el sujeto y el objeto de sus experimentos; ella es el caldero donde cuece toda la obra, disolviendo y coagulando la sustancia del pensamiento, que ora adopta tintes horrorosos y ora apacibles, tal cual la trama del universo, tejida de luces y sombras, de opuestos que nunca dejan de conjugarse.

Ser desprendido, no se queda nada para sí; no la mueve salvar su pellejo humano que sabe sometido a la ley de la caducidad, sino que su interés se orienta en respirar y ser una con el latido del universo; busca cono- cer y transitar por los indefinidos espacios invisibles, liberándose de las cadenas de la moral, del dogma, de la razón, de los egos y las miles de posesiones mentales insignificantes. Su labor, empero, es sumamente pe- ligrosa, de alto riesgo, no sólo por el acecho de los que temen o rechazan su libertad y por ello la persiguen y hasta aniquilan, sino porque decidir jugar el juego de la existencia es tarea repleta de obstáculos, trampas, luchas de todo tipo y a distintos niveles que se deben lidiar con grandes dosis de valentía, inteligencia y estrategia, y sobre todo Fe y Amor. Pero ella camina por el estrecho sendero que bordea el abismo, ritmándose a la danza de las fuerzas cósmicas e invocando a todas las potencias, siguien- do sin descanso el empinado ascenso que la hará salir de la rueda de la vida, para lo cual es indispensable que dramatice día tras día los misterios de la Vida y de la Muerte.

El rito nuclear en el que participa es el Sabath, tan incomprendido como mal interpretado. Palabra de origen hebreo que significa "cesar", "guar- dar reposo", "descansar" y "sábado" alude al rito teúrgico en el que las concelebrantes vivifican la auténtica liberación o jubileo, la salida de la rueda de la vida y de la muerte y la experiencia de lo no limitado por nada. La bruja acude a la cita, en un lugar secreto del bosque, donde se reúne con sus acólitas para olvidarse de su condición meramente humana y entregarse a las sagradas cópulas con las energías ctónicas, imagen invertida de las celestes, muriendo entonces a su condición temporal y emprendiendo un viaje por planos de la conciencia libres del espacio, del

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