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Conclusion and Future Scope

Performance Scoring of Robust Estimator over different Error Distributions

6. Conclusion and Future Scope

De esta suerte, la noción de una historia universal, de carácter fisiognómico, se amplifica y se convierte en la idea de un simbolismo universal. La investigación histórica, en el sentido que reclamamos aquÍ, se limita a estudiar el cuadro de lo que fue vivo y ahora es pretérito y a fijar su forma y su lógica internas. La idea del sino es la última a que puede llegar. Pero esta investigación, por nueva y amplia que sea, en la dirección que hemos indicado, no puede, sin embargo, constituir mas que un fragmento, base de otra consideración todavía más amplia. Junto a la investigación histórica existe una investigación física que es igualmente fragmentaria y se limita al circulo de las relaciones causales. Pero ni el «movimiento» trágico ni el «movimiento» técnico—si es lícito emplear estos términos para distinguir los fundamentos de lo que es vivido y de lo que es conocido—agotan la realidad del ser viviente.

Nosotros sentimos y conocemos mientras estamos en estado de vigilia; pero también vivimos cuando el espíritu y los sentidos duermen. Aunque las tinieblas de la noche cierren nuestros ojos, la sangre no duerme. Somos mobiles in mobile

— sirvan estos términos de la ciencia natural para expresar por medio de una

imagen lo inexplicable, que en las horas profundas se afirma en nosotros con íntima certidumbre—. Pero la irreductible dualidad del aquí y del allí es dualidad solo para el ser que vive vigilante. Todo movimiento propio tiene expresión, todo movimiento ajeno produce impresión; de suerte que todo cuanto se da en

nuestra conciencia, sea cual fuere su forma: alma y mundo, vida y realidad, historia y naturaleza, ley, sentimiento, sino, Dios, futuro y pasado, presente y eternidad, todo, para nosotros, encierra otro sentido, que es el más profundo. Y el único medio, el medio supremo para hacer comprensible lo incomprensible, consiste en una especie de metafísica, para lo cual todo, sea lo que fuere, tiene la significación de un símbolo.

Los símbolos son signos sensibles, impresiones últimas, indivisibles y sobre todo involuntarias, que poseen una significación determinada. Un símbolo es un rasgo de la realidad que, para un hombre con sus sentidos alerta, designa inmediata y evidentemente algo que no puede comunicarse por medio del

intelecto. Un ornamento dórico, preárabe o prerrománico; la forma de la casa, de la familia, del trato; los trajes y los cultos; el rostro, el porte, la actitud de un hombre y de toda una clase social o de todo un pueblo; la manera cómo los

hombres y los animales hablan y se preparan los alimentos; más aún, el lenguaje mudo de la naturaleza con sus selvas, sus prados, sus rebaños, sus nubes, sus estrellas; las noches de luna, las tormentas, las primaveras, los otoños, las

proximidades y las lejanías, todo es impresión simbólica que el universo produce en nosotros cuando estamos despiertos. Y nosotros percibimos ese lenguaje en las horas de recogimiento. Por otra parte, el sentimiento de una comprensión homogénea es el que, sobre la humanidad universal, reúne y destaca ciertos grupos, familias, clases, tribus y finalmente todas las culturas.

No trataremos, pues, de lo que «sea» un mundo, sino de lo que signifique para quien vive en medio de él. Cuando despertamos a la vida consciente, algo se nos aparece dilatado entre un aquí y un allí. Sentimos el aquí, percibimos el allí. El

aquí es para nosotros lo propio, el allí lo extraño. Es la disyunción del alma y del mundo, los dos polos de la realidad. En la realidad no sólo hay resistencias, que concebimos por modo mecánico como cosas y propiedades; no sólo hay

movimientos, en los cuales sentimos la actividad de otros seres, de unos

numina, que son «como nosotros mismos», sino que hay también algo que, por

decirlo así, anula aquel dualismo. La realidad —el mundo con respecto a un alma —es para cada individuo la dirección proyectada sobre el reino de la extensión; es lo propio que se refleja en lo extraño. La realidad significa el hombre mismo. Un acto tan creador como inconsciente—no soy «yo» el que realiza la

posibilidad, sino la posibilidad la que se realiza por medio de mi—echa el puente del símbolo entre el aquí y el allí vivientes. Súbitamente y con plena necesidad surge del conjunto que forman los elementos sensibles y memorativos, «el» mundo, el mundo que concebimos y que es un mundo único para cada individuo. Por eso hay tantos mundos como seres despiertos y como grupos de seres

viviendo en armonía de sentimientos. En la existencia individual, el mundo, que suponemos único, independiente y eterno—cada uno cree tener el mismo mundo que los demás—, es una experiencia intima, siempre nueva, única, que no se repite jamás.

Hay una escala de conciencia ascendente que comienza en los primeros atisbos de una visión obscura e infantil—en los cuales ni existe un mundo claro para un alma, ni un alma cierta de sí misma en un mundo—y llega hasta los grados supremos de esos estados perespiritualizados que sólo conocen los hombres de las civilizaciones llegados a su plena madurez.

En esa escala ascendente va desarrollándose al mismo tiempo el simbolismo, desde el contenido significativo de todas las cosas, hasta la aparición de signos aislados y precisos. No sólo en los momentos de abandono, en que me entrego al mundo lleno de obscuras significaciones, como hacen los niños, los sonadores, los artistas; no sólo cuando estoy despierto, bien que sin concebir el mundo con la atención tirante del pensador o del hombre de acción—atención que aun en la conciencia del verdadero pensador o del hombre de acción es más rara de lo que se cree—, sino siempre, continuamente, mientras quepa hablar de vida despierta en general, voy entregando a lo que está fuera de mí el contenido de todo mí mismo, desde los momentos en que recibía las primeras impresiones de una vaga realidad ambiente, que era casi como un sueño, hasta después de haber construido la noción rígida del universo mecánico, que con sus leyes y sus

números clasifica y enlaza ordenadamente aquellas impresiones. Aun en el reino puro de los números hay simbolismo; y justamente del mundo numérico

proceden esos signos que el pensamiento tortuoso llena de significaciones inefables: el triángulo, el círculo, el siete, el doce.

Tal es la idea del macrocosmos, de la realidad como conjunto de todos los

símbolos de un alma. Nada puede eximirse de esta propiedad de ser

significativo. Todo lo que existe es símbolo. Desde la apariencia corporal: rostro, estatura, gesto, porte de los individuos, de las clases sociales, de los pueblos—en

donde siempre se ha reconocido el simbolismo—hasta las formas del

conocimiento, matemática y física, que se suponen eternas y universales, todo es símbolo, todo manifiesta la esencia de un alma determinada, con exclusión de cualquier otra.

La mayor o menor afinidad entre los mundos particulares que viven los hombres de una misma cultura o de una misma comunidad espiritual es la que les

permite comunicarse, mejor o peor, lo que ven, lo que sienten, lo que conocen, es decir, lo que ellos han plasmado en el estilo propio de su realidad personal,

mediante los recursos expresivos del lenguaje, del arte, de la religión, por las palabras, las fórmulas, los signos, que, a su vez, son también símbolos. Este es el obstáculo infranqueable que se opone a que dos seres puedan realmente

comunicarse algo o comprender realmente las manifestaciones de su vida. El grado de congruencia que haya entre sus dos mundos de formas será, en efecto, el que determine el punto en donde la comprensión acaba y se convierte en ilusión y engaño. Sólo muy imperfectamente podemos comprender las almas india y egipcia—que se manifiestan en sus hombres, costumbres, deidades, palabras, ideas, edificios, actos—. Los griegos, que carecen de sentido histórico, no podían tener el menor vislumbre de las otras almas. Véase con qué

ingenuidad creían hallar sus propios dioses y su propia cultura en los dioses y culturas de los otros pueblos. Pero nosotros mismos, cuando en algún filósofo extraño traducimos las palabras αρχμ, atman, tao, por voces corrientes de nuestro idioma, ¿qué hacemos sino inyectar en la expresión ajena nuestro

propio sentimiento cósmico, de donde emana el sentido que nosotros damos a

las palabras? Y cuando interpretamos los rasgos de un retrato egipcio o chino ¿no acudimos sin vacilar a nuestra experiencia occidental de la vida? En ambos casos somos victimas de una ilusión. El hecho de que las grandes obras artísticas de las culturas pretéritas sigan siendo vivas— «inmortales»— para nosotros, es una de esas ilusiones que sólo se mantienen por la unanimidad con que

equivocamos su sentido. Asi se explica, por ejemplo, la influencia que tuvo el Laocoonte sobre el arte del Renacimiento y Séneca sobre el drama clásico de los franceses.

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Los símbolos, puesto que son cosas ya realizadas, pertenecen al reino de la extensión. Todos, aun los que designan un producirse, son algo producido y no algo produciéndose. Por lo tanto, tienen limites rígidos y obedecen a las leyes del espacio. Todos los símbolos son sensibles y extensos. La palabra «forma» indica algo que se extiende en la extensión, sin exceptuar—como veremos—las formas interiores de la música. La extensión, empero, es la nota que caracteriza el hecho de «estar despierto», hecho que constituye sólo un aspecto de la existencia

Por eso los rasgos de la conciencia despierta activa—cuando sentimos o cuando comprendemos—son ya pretéritos en el momento mismo en que los percibimos. Sobre impresiones sólo podemos re-flexionar, como decimos con giro

significativo. Pero lo que para la vida sensible de los animales es sólo pasado, para la inteligencia del hombre, sujeta a palabras, es pasajero. Pasajero o

transitorio no es solamente lo que acontece—en efecto, no es posible revocar un acontecimiento—, sino también toda especie de significación. Estudiemos el sino de la columna: en el templo-sepulcro de los egipcios las columnas forman una hilera que acompaña al caminante; en el períptero dórico rodean el cuerpo del edificio, apresándolo como en una garra; en la basílica preárabe sostienen el espacio interior; en la fachadas del Renacimiento dan expresión al impulso dinámico. La significación que fue, no vuelve nunca a ser. Lo que penetra en el reino de la extensión encuentra al mismo tiempo su principio y su fin. Entre el

espacio y la muerte existe una profunda conexión que ha sido sentida desde muy

pronto. El hombre es el único ser que conoce la muerte. Todos los demás seres se hacen viejos, pero con una conciencia circunscrita al presente, con una

conciencia que debe parecerles eterna. Viven sin saber nada de la vida, como los niños, en los primeros años, cuando la concepción cristiana los considera aun «inocentes». Mueren, y ven la muerte, pero no saben de ella. El hombre

despierto, el hombre propiamente dicho, cuya inteligencia funciona

independientemente de la vista—por la costumbre de hablar—es el que tiene, además de la sensación, un concepto de la transición, esto es, una memoria para el pasado y una experiencia de lo irrevocable. Nosotros somos el tiempo [58]; pero también poseemos una imagen de la historia, y en esta imagen el

nacimiento aparece como el otro enigma, parejo al de la muerte.

Todos los demás seres viven la vida sin vislumbrar sus límites, esto es, sin

conocer su problema, su sentido, su duración y su fin. Muchas veces el despertar de la vida interior de un niño se verifica en relación de identidad profunda y muy significativa con la muerte de algún pariente. El niño comprende súbitamente el cadáver sin vida, que se ha convertido en materia y espacio, y al mismo tiempo se siente a sí mismo como ente aislado en un mundo extraño y extenso. Tolstoi ha dicho una vez: «Del niño de cinco años a mí no hay más que un paso; del recién nacido al niño de cinco años hay una distancia aterradora.» En ese momento decisivo de la existencia, cuando el hombre se hace hombre y conoce su inmensa soledad en el universo, es cuando despunta en su corazón el terror cósmico, bajo la forma puramente humana de terror a la muerte, al limite del mundo luminoso, al espacio rígido. He aquí el origen del pensamiento elevado que, en sus principios, no es sino una meditación de la muerte. Toda religión, toda ciencia natural, toda filosofía tiene aquí su punto de partida. El lenguaje de todo gran simbolismo va unido al culto de los muertos, a la forma del

enterramiento, al adorno de la tumba. El estilo egipcio se inicia en los templos- sepulcros de los Faraones; el antiguo, en la decoración geométrica de los vasos funerarios; el árabe, en las catacumbas y los sarcófagos; el occidental, en las catedrales, donde a diario se repite el sacrificio de Cristo entre las manos del sacerdote. El terror primigenio es el origen de todo sentimiento histórico: en la antigüedad, por la adhesión al presente henchido de vida; en el mundo árabe,

por el bautismo, que reconquista la vida y supera la muerte; en el mundo fáustico, por la penitencia que nos hace dignos de recibir el cuerpo de Jesús y con él la inmortalidad. La solicitud vigilante por la vida, que aun no ha pasado, es la que inspira la solicitud por el pasado. Un animal tiene futuro solamente; el hombre conoce también el pasado. Toda nueva cultura despierta con una nueva «intuición del mundo»; esto es, con una súbita visión de la muerte, como el misterio del universo que contemplamos. Cuando hacia el año 1000 se extendió por Occidente la idea del fin del mundo, era que acababa de nacer el alma

fáustica de este paisaje.

El hombre primitivo, atónito ante la muerte, quiso conjurar y penetrar, con todas sus fuerzas de su espíritu, ese mundo de la extensión, esas reglas

indeclinables y siempre presentes de la causalidad, esa omnipotencia obscura que de continuo le amenazaba con aniquilarle. Esta defensa instintiva yace en las profundidades de lo inconsciente; pero siendo ella la que propiamente crea, separa y opone una o otro el alma y el mundo, es también la que señala el comienzo de la vida personal. Empiezan a actuar el sentimiento del yo y el sentimiento del mundo, y toda cultura, la interna como ]a externa, la actitud como la producción, no es sino la sublimación de este «ser hombre» en general. A partir de este momento, lo que resiste a nuestras sensaciones ya no es

simplemente una «resistencia», una cosa, una impresión, como creen los niños y los animales, sino también una expresión. Las cosas no son realmente reales en el mundo; tienen también un sentido, que depende de cómo nos «aparecen» en nuestra intuición del mundo. AI principio, no tenían mas que una referencia al hombre; ahora el hombre posee también una referencia a ellas. Ahora se han convertido en símbolos de su existencia. La esencia de todo simbolismo auténtico— inconsciente e íntimamente necesario—tiene su origen en el conocimiento de la muerte, que nos descubre el misterio del espacio. Todo simbolismo significa una defensa. Es la expresión de un profundo temor, en el doble sentido de la palabra; en efecto, su lenguaje de formas nos habla a un tiempo mismo de hostilidad y de respeto.

Todo producto es transitorio. Transitorios son los pueblos, las lenguas, las razas,

las culturas. Dentro de pocos siglos no habrá cultura occidental, no habrá alemanes, ni ingleses, ni franceses, como en tiempo de Justiniano no había ya romanos; y no porque la serie de las generaciones humanas se hubiese acabado, sino porque no existía ya la forma interior de un pueblo, la que había reunido a un gran número de generaciones en un gesto común. El civis romanus, uno de los más vigorosos símbolos de la existencia antigua, no duró, como forma, mas que unos siglos. El mismo Protofenómeno de las grandes culturas habrá

desaparecido algún día, y con él, el espectáculo de la historia universal, y el

hombre mismo, y la vida animal y vegetal en la superficie de la tierra, y la tierra y el sol y el universo de los sistemas solares. Todo arte es mortal, y mortales son no sólo las obras, sino las artes mismas. Llegará un día en que habrán cesado de existir el último retrato de Rembrandt y el último compás de Mozart, aun cuando siga habiendo todavía lienzos pintados y partituras grabadas; será

capaces de entender el lenguaje de esas formas. Transitorio es todo

pensamiento, todo dogma, toda ciencia, que dejan de existir tan pronto como se extinguen las almas y los espíritus en cuyos mundos sus «eternas verdades» parecieron necesariamente verdaderas. Transitorios han sido los mundos estelares, que contemplaban los astrónomos del Nilo y del Eufrates; en efecto, eran mundos para aquellos ojos, y los ojos nuestros—también transitorios—son harto diferentes. Sabemos eso. Un animal nolosabe, y lo que no sabe no existe en la intuición de su mundo circundante. Pero cuando desaparece la imagen del pasado, desaparece asimismo el anhelo de dar a lo transitorio un sentido más profundo. Y así puede expresarse la idea del macrocosmos humano con las palabras a que toda nuestra exposición ulterior ha de estar dedicada: Todo lo

transitorio es un símbolo.

Esta noción nos conduce insensiblemente al problema del espacio, pero dándole un sentido nuevo y sorprendente. Su solución—o, más modestamente, su

interpretación—sólo es posible cuando se ha llegado a este punto; como el problema del tiempo no se puede comprender hasta que se ha llegado a la idea del sino. Tan pronto como despertamos, la vida dirigida por el sino se nos

aparece en la vida sensible como la sensación de la profundidad. Todo se dilata en torno nuestro; pero todavía no es el «espacio»; todavía no es algo que esté firme y fijo, sino un continuo dilatarse desde el fugaz aquí hasta el fugaz allí. La experiencia íntima del mundo se refiere exclusivamente a la esencia de la

profundidad— de la lejanía o alejamiento—cuya, dirección designamos en el

sistema abstracto de la matemática con el nombre de «tercera dimensión», junto a la longitud y la latitud. Esta trinidad de elementos coordenados es desde luego engañosa. No hay duda de que en la impresión de espaciosidad, que nos produce el mundo, esos elementos no son equivalentes y mucho menos

homogéneos. La «longitud» y la «latitud», que sentimos y vivimos seguramente como unidad y no como suma, constituyen —dicho sea con precaución—la mera forma de la sensación.

Representan la impresión puramente sensible. La profundidad, en cambio, representa la expresión, la naturaleza; con ella empieza «el mundo». Esta

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