CHAPTER FIVE: MODEL DESIGN
CONCLUSION: PROPOSED INPUT-OUTPUT MODEL
Qué es amar a Dios
«La voluntad de Dios sea siempre el único refugio de la nuestra, y su cumplimiento, nuestro consuelo». «Preguntamos muchas veces: ¿cómo os encontráis?, a pesar de que vemos a los interrogados en muy buena salud. Permitidme, pues, que sin desconfiar de vuestra virtud y constancia, yo os pregunte por
amor: ¿amáis mucho a Dios, señora? Si lo amáis mucho, pensaréis mucho en Él, hablaréis mucho con Él y de Él, os uniréis a menudo a Él en el Santísimo Sacramento. Que sea para siempre Él nuestro propio corazón».
¿No es delicioso este fragmento de una carta de san Francisco de Sales a la Sra. de Traves? Me
preguntaréis por qué lo traigo a colación. Porque es un modelo acabado de exquisita sencillez y porque contiene en resumen toda la doctrina del Santo sobre esta virtud, que debe caracterizar nuestras relaciones con Dios y que él explicaba así a sus Hijas de la Visitación:
«La sencillez no es sino un acto de caridad puro y simple, sin otro fin que conseguir el amor de Dios; y nuestra alma es sencilla cuando no tenemos otra pretensión en todo lo que hacemos».
Pero San Francisco de Sales hace notar que «no sabernos lo que es amar a Dios. El amor de Dios no consiste en grandes gustos o sentimientos, sino en una mayor y más firme resolución de darle gusto en todo y tratar, lo más que podamos, de no ofenderle; y en rogar para que aumente la gloria de su Hijo. Estas cosas son señal de amor».
Respecto a los que andan buscando «muchos ejercicios y medios para poder amar a Dios», escribe san Francisco de Sales:
«¡Pobres gentes! Se atormentan por encontrar el arte de amar a Dios y no saben que el único arte es amarlo; piensan que se necesita cierta destreza para adquirir este amor y, sin embargo, sólo se encuentra en la sencillez». Para amar a Dios «no hay más arte que... ponerse a practicar las cosas que le son
agradables, pues es el único medio de encontrar y conseguir ese amor sagrado, siempre que esta práctica se lleve a cabo con sencillez, sin turbarse ni inquietarse».
Ahí, precisamente, está la dificultad. Nuestro amor propio lo complica todo e incesantemente tenemos que superar los obstáculos que pone en el camino del puro amor: inquietudes de espíritu, consideración de nuestras miserias, apego excesivo a nuestra voluntad. Todo esto lo supera la sencillez, que nos sitúa en un profundo espíritu de fe, en la paz y en la santa indiferencia.
No atormentéis tu espíritu
Un hecho cierto es que aspiramos al reposo del espíritu y, sin embargo, nos las ingeniamos para no tenerlo, pues nos causa mucha inquietud el temor de los disgustos que puedan sobrevenirnos, o el examen ansioso de nuestra conducta. ¿Hay algo más opuesto a la sencillez cristiana?
¿Por qué temer el futuro? Además de que exageramos muchas veces los posibles peligros, debemos confiar en Dios, que nos da cada día los auxilios necesarios.
«Os recomiendo la santa sencillez. Mirad hacia delante sin fijaros en los peligros que veis lejos, según me escribís. Os parecen ejércitos, y no son más que sauces cortados, y, mientras los miráis, podríais dar un mal paso. Hagamos un firme y general propósito de querer servir a Dios con todo nuestro corazón y nuestra vida y luego no nos preocupemos por el mañana. Pensemos sólo en hacer el bien hoy; y cuando llegue el día de mañana, también se llamará hoy, y podremos pensar en él. Para esto es también necesario tener una gran confianza y resignación en la Providencia de Dios. Tenemos que recoger maná solamente para el día de hoy y no más; sin dudar de que también mañana volverá Dios a mandar maná. Y pasado mañana, y todos los días de nuestra peregrinación».
Más lamentable todavía es volver sobre sí mismo, fruto de nuestro amor propio «que, so capa de bien, busca complacerse en la vana estima de nosotros mismos».
Convengamos de antemano en que por lo menos es cosa inútil:
«Por tanto, no os examinéis tan cuidadosamente sobre si estáis o no en la perfección... No examinemos eso, puesto que, aunque fuéramos los más perfectos del mundo, nunca debemos saberlo ni conocerlo, sino tenernos siempre por imperfectos. Nuestro examen no debe nunca tratar de conocer si somos imperfectos, pues jamás debemos dudar de que lo somos».
Además, esto impide seguir buscando serenamente la perfección, por el nerviosismo, la agitación y la inquietud que nos ocasiona.
«Me parece que os veo agitada con mucha inquietud en la búsqueda de la perfección. Dejaos gobernar por Dios, no penséis tanto en vos misma... Os mandaría, en primer lugar, que tengáis una general y universal resolución de amar y servir a Dios lo mejor que podáis, pero que no perdáis el tiempo en examinar e indagar detalladamente cuál es la mejor manera de hacerlo. Es una impertinencia propia de
vuestro carácter perspicaz y agudo, que quiere tiranizar vuestra voluntad y dominarla con supercherías y sutilezas».
¡Ay! Estas sutilezas del espíritu ¡qué perjudiciales son para la sencillez de nuestra vida interior! «Quisiera tener un buen martillo para quitar filo a vuestro espíritu, que es demasiado sutil en lo tocante a vuestro progreso. Os he dicho muchas veces que hay que ir de buena fe a la devoción, `grosso modo' como se dice. Si obráis bien, alabad a Dios; si hacéis mal, humillaos. Sé bien que el mal hecho a propósito no lo queréis y los otros males nos sirven solamente para humillarnos. No temáis, pues, y no andéis picoteando en vuestra pobre conciencia; de sobra sabéis que después de tantos esfuerzos sólo podéis pedir su amor a Quien no desea de vos más que el vuestro ».
Así es. Sirvamos a Dios «sin mañas ni sutilezas», con sencillez de corazón, aunque con la inevitable imperfección inherente a nuestra naturaleza.
«Sabéis que, en general, Dios quiere que le sirvamos amándole por encima de todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos... Esto basta, pero hay que hacerlo de buena fe, sin artimañas ni sutilezas, como se hace en este mundo, donde no reside la perfección; a lo humano y en el tiempo, esperando hacerlo un día a lo divino y angélico y según la eternidad. El apresuramiento, la agitación en el esfuerzo, de nada sirven; el deseo es bueno, pero que sea sin agitación. Os prohíbo expresamente la agitación, madre de todas las imperfecciones»."
¿Cómo pretendemos avanzar si, en lugar de fijar la mirada en la meta, caminamos preocupados por ver dónde ponemos el pie para evitar pasos en falso? ¡Qué trabajos nos imponemos! ¡Y cuánto mejor caminaríamos si estuviéramos menos preocupados por la perfección y más confiados en la divina Bondad!
«Vuestro camino es muy bueno, mi querida hija, y sólo tengo que deciros que al andar medís demasiado vuestros pasos, por miedo a tropezar. Hacéis demasiadas reflexiones sobre las salidas de vuestro amor propio, que son sin duda frecuentes, pero que no serán nunca peligrosas, si, tranquilamente, sin
enfadarospor su inoportunidad ni asombraron por su frecuencia, decís `no'. Caminad con sencillez, sin desear tanto el descanso del espíritu; y ese descanso será mayor...
Queridísima hija, fijad arriba vuestras miradas, con una total confianza en la bondad de Dios; sin inquietud, sin examinar tanto los progresos de vuestra alma, sin querer ser tan perfecta».
Así, a pesar de las «pequeñas sacudidas y tropiezos» que acompañarán nuestro caminar, permaneceremos unidos a Dios, yendo hacia Él decididamente, con el corazón abierto de par en par a la confianza y al gozo.«Simplificad vuestro juicio, no hagáis tantas reflexiones ni réplicas, sino avanzad con sencillez y confianza...Mientras veáis que Dios os conduce, por la buena voluntad y la resolución que os ha dado de servirle, caminad con decisión, y no os asombréis de los pequeños sobresaltos y tropiezos que tengáis; no os disgustéis por ello, siempre que de vez en cuando os arrojéis en sus brazos y lo beséis con el beso de la caridad. Caminad con alegría, con el corazón lo más dilatado que podáis; y si no lográis ir siempre
alegremente, al menos hacedlo con valor y confianza».
Quizá tendremos que luchar contra el error demasiado frecuente que atormenta nuestro espíritu y nos obliga a preguntarnos si en la mayoría de las ocasiones no hubiéramos debido actuar de modo diferente de como lo hicimos.«En cuanto podáis, haced perfectamente lo que hacéis, y, una vez hecho, no volváis a pensar en ello, sino en lo que os queda por hacer. Id con sencillez por el camino de nuestro Señor, sin atormentar vuestro espíritu».'
Esta es una costumbre que debemos adquirir si queremos evitar muchos disgustos de conciencia y romper desde el principio una peligrosa serie de imperfecciones y faltas, fuente del malestar que experimentan muchas almas.
«No os disgustéis o al menos no os turbéis por haberos sentido turbada; no os alteréis por haberos alterado; no os inquietéis por haberos inquietadado por esas molestas pasiones; recobrad el ánimo y poned vuestro corazón suavemente en las manos del Señor, suplicándole que os lo sane». ''
Como prudente director de conciencia, san Francisco de Sales insiste en este punto por el empeño que tiene en alertar contra una tentación tan contraria a la sencillez y a la cual están particularmente expuestas las almas delicadas y generosas.
El mecanismo de esas penosas complicaciones, que dejan el corazón abatido y extenuado, lo explica así el obispo a la Sra. de Chantal:
«Cuando esta bagatela se presenta en vuestro espíritu, se inquieta y no quisiera verla pues teme que no se le vaya jamás. Y ese temor quita la fuerza al espíritu, le deja pálido, triste y tembloroso; ese temor le
disgusta y además genera en él otro temor más, que produce un espanto mayor; todo ello es causa de muchas dificultades y estorbos para el espíritu. Teméis el temor, y luego teméis temer al temor. Os disgustáis por el disgusto y luego os disgustáis de haberos disgustado por el disgusto. He visto a muchos que habiéndose encolerizado, encima se encolerizan por haberse encolerizado. Todo eso me recuerda los círculos que se forman en el agua cuando se tira una piedra en ella: primero uno pequeño y de él sale otro mayor y luego otro mayor... ».
Para evitar los `círculos viciosos', lo mejor es no dar importancia a esos `embrollos': distraerse, descansar, y sobre todo crecer en la confianza, con la certeza de que nunca pretendemos sino la gloria de Dios. «¿Qué remedio, mi querida hija? Primero, la gracia de Dios y luego no ser tan delicada... burlaos de esos `embrollos', no os agitéis pensando que tenéis que rechazarlos con violencia; burlaos de ellos, distraeos trabajando, procurad dormir bien... Y mucho ánimo, hija mía, pues no tenemos más deseo que la gloria de Dios, ¿no es cierto? Así es, al menos, dándonos perfecta cuenta. Porque si viéramos otros deseos
distintos, los arrancaríamos enseguida de nuestro corazón. Pues entonces, ¿por qué nos atormentamos? ¡Viva Jesús, hija mía! A veces me parece que estarnos llenos de Jesús, pues al menos no tenemos vo- luntad deliberada que sea contraria. Y no lo digo con arrogancia, hija mía, sino con espíritu de confianza y para animarnos».
Él mismo tuvo esta tentación, que desapareció inmediatamente, como el humo; porque en cuanto la advirtió, la rechazó sin prestarle atención:
«Nunca en mi vida había tenido yo el menor asomo de tentación contra mi profesión pero el otro día, sin pensar en eso, se me ocurrió una, entró una en mi espíritu. No consistía en desear no ser eclesiástico, eso hubiera sido demasiado grosera; sino que un poco antes, hablando con personas de confianza, dije que si yo estuviera todavía libre y fuera heredero de un ducado, con todo elegiría el estado eclesiástico porque lo amo sobremanera; y me vino entonces una lucha si sería o no así, que duró algún tiempo. Me parecía ver al enemigo allá abajo, en el fondo de la parte inferior del alma, que se hinchaba como un sapo. Yo me burlé y ni siquiera consentí en pensar si pensaba en eso; se esfumó enseguida y no volví a verlo. La verdad es que estuve a punto de turbarme y hubiera echado todo a perder, pero reflexioné que no merecía yo tener una paz tan grande que el enemigo no se atreviera a mirar de lejos mis defensas»."
Por lo tanto, es preciso no consentir en ese volver sobre nosotros mismos y levantar nuestro corazón por la confianza. Es la urgente recomendación del obispo:
«Permaneced en paz, mi queridísima hija, y no analicéis tanto los sentimientos de vuestro corazón; despreciadlos, no los temáis y elevad a menudo vuestro corazón con una total confianza en Aquél que os ha llamado al seno de su amor de predilección».
Todo esto nos será tanto más fácil cuanto más firme sea nuestra voluntad de agradar a Dios.
«El que está atento a agradar amorosamente al Amante celestial, ni quiere ni tiene tiempo de volver sobre sí mismo, pues su espíritu tiende continuamente hacia donde el amor le lleva».
Y si alguna vez vuelve sobre sí, esta «reflexión» la purifica enseguida y se convierte en un testimonio de delicadeza extrema, que no tiene otro motivo sino el de agradar al divino Esposo.
«¡Oh, qué sabias y prudentes son las verdaderas amantes del Amante celestial! ¿Sabéis lo que hacen? De vez en cuando vuelven sobre sí mismas para asegurarse de que su atuendo y sus galas espirituales están en perfecto orden, que no les falta ninguna perla de virtud, y que todas sus ricas joyas resplandecen vivamente. ¡Qué purificada queda así esta reflexión sobre sí mismas, qué sencilla y qué preciosa es!, pues no tiene otro fin que contentar y agradar al divino Esposo»
No debemos contemplar nuestro corazón, sino el de Dios, objeto infinitamente amable de nuestro amor. Nos seducirá por sus encantos.«No os preguntéis si vuestro corazón le agrada, no lo hagáis; más bien examinaos para ver si su Corazón os agrada a vos. Y, si le miráis, es imposible que no os agrade, porque ¡es tan dulce, tan suave, tan condescendiente, tan enamorado de sus miserables criaturas, con tal que ellas reconozcan sus miserias, tan cariñoso para con los desgraciados, tan bueno con los arrepentidos!
¿Cómo no amar este Corazón regio, paternalmente maternal para con nosotros?».
El amor a nuestra debilidad y la cordial confianza en Dios
Ciertamente, somos «miserables» y «pobres criaturas». La sencillez es la que nos hace aceptar nuestras miserias y amar la debilidad, puesto que por esas mismas miserias se manifiesta la misericordia de Dios y se consolida nuestra confianza en su indulgente bondad.No nos irritemos a la vista de nuestras miserias.
Soportémoslas con dulzura; sepamos utilizarlas para que concurran a nuestra santificación por la humildad en que ellas nos ejercitan.
«Permaneced en paz y soportad pacientemente vuestras pequeñas miserias. Pertenecéis a Dios sin reservas, Él os guiará. Si Él no os quiere liberar tan pronto de vuestras imperfecciones, es para hacerlo con más provecho, para que os ejercitéis más en la humildad y arraigaros así mejor en esta querida virtud».
Esta querida virtud, nos es, en efecto, sumamente preciosa; nos hace vencer uno de los mayores obstáculos para la unión divina, al domar nuestro orgullo y echar por tierra la exagerada estima que tenemos de nosotros mismos. Nos muestra lo que somos ante Dios, en toda nuestra miseria y pobreza. «Pero, ¿qué es la humildad? ¿Es el conocimiento de esta miseria y pobreza? Sí, dice san Bernardo -le explica san Francisco de Sales a la baronesa de Chantal-; pero ésa es la humildad moral y humana. ¿Y qué es entonces la humildad cristiana? Es el amor a esta pobreza y debilidad al contemplar la de nuestro Señor. ¿Sabéis que sois una débil y pobre viuda? Pues amad vuestra ruin condición; gloriaos de no ser nada, alegraos, puesto que la bondad de Dios se va a servir de esa miseria para ejercitar su misericordia. Entre los mendigos, los más miserables y con mayores y más terribles llagas son los mejores mendigos, por ser más aptos para conseguir limosnas. Nosotros sólo somos mendigos, y los más miserables son los mejores, la misericordia de Dios los mira con agrado» por tanto, de nuestras flaquezas, pues, como le gustaba repetir al Santo, «nuestra miseria es el trono de la misericordia de Dios» .
Así pues, «la virtud de la humildad consiste en el conocimiento verdadero y en el reconocimiento
voluntario de nuestra debilidad. Y la cumbre de esta humildad consiste en no solamente reconocer nuestra debilidad, sino en amarla y complacerse en ella; y esto, no por falta de valor y generosidad, sino para exaltar aún más a la divina Majestad y estimar mucho más al prójimo al compararlo con nosotros mismos».
Para ilustrar esta doctrina en la que tan manifiestamente se complace, san Francisco de Sales nos da numerosos ejemplos, tanto en la Introducción como en sus cartas.
«Yo hago una tontería que me humilla; bueno. Doy de bruces en el suelo, y me dejo llevar por una cólera desmesurada: estoy pesaroso de la ofensa que he hecho a Dios, pero a la vez me alegro de que por ella se vea cuán vil, abyecto y miserable soy. Sin embargo -prosigue-, aunque amemos la debilidad que se sigue del mal, tenemos que remediar ese mal. Procuraré no tener un cáncer en la cara, pero si lo tengo, amaré la humillación que me acarrea. Y, en lo tocante al pecado, hay que guardar esta regla aún más. Si he caído en esto o en aquello, estaré triste, pero he de aceptar de corazón la humillación que se sigue; y si se pu- dieran separar estos dos sentimientos, me quedaría gustoso con la humillación y rechazaría el mal y el pecado. Pero, teniendo en cuenta la caridad, a veces tendremos que ocultar nuestra debilidad para edificar al prójimo. En ese caso, la tendremos que ocultar de la vista del prójimo para que no se escandalice, pero no de nuestro corazón, pues servirá para edificarle».
Si deseamos «saber cuáles son las mejores humillaciones», el obispo nos responde: «Son aquéllas que no hemos escogido nosotros y que nos son menos agradables; y aún mejor, aquéllas por las que no sentimos ninguna inclinación. Hablando claro: las de nuestra vocación y profesión. Por ejemplo: esta mujer casada escogería cualquier otra debilidad menos las que le causan sus deberes de casada; aquella religiosa obedecería a cualquiera menos a su superiora; y yo preferiría ser reprendido por una superiora religiosa que por un suegro en mi casa».
Aquí se nos muestra el «doctor» de la sencillez, tanto más perfecta cuanto más nos somete a la voluntad de Dios. Y añade: «Os digo que, para cada uno, la propia humillación es la mejor; las que elegimos nosotros quitan mucho mérito a la virtud».Esta es una enseñanza difícil de comprender, y que solamente Cristo puede darnos la gracia de practicar:«¿Quién me dará la gracia de amar mucho nuestra debilidad, mi querida hija? Nadie, sino Aquél que amó tanto la suya que, para conservarla, quiso hasta morir».