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Desde mediados de la década del 1960 hasta el presente (2017) el capitalismo contemporáneo a nivel global ha experimentado una profunda transición hacia una fase distinta, caracterizada por tendencia estructural hacia el estancamiento y una mayor frecuencia de crisis. De hecho, las causas y consecuencias de la crisis actual mantienen un carácter general y se encuentran atravesada por una multiplicidad de factores interdependientes, que modelan los ritmos del propio proceso de acumulación capitalista a escala global y local (Estrada Álvarez, 2009).

La crisis en general del capitalismo, que se manifestó multidimensionalmente en los distintos desequilibrios económicos, políticos, ecológicos, biológicos, energéticos, sociales e ideológicos, ha generado en las últimas tres décadas una respuesta global del sistema en lo que conocemos como neoliberalismo (Gambina et al., 2011). En América Latina y el Caribe, la época de hegemonía neoliberal suele coincidir con la instauración de regímenes dictatoriales en las décadas de los ’70 y ’80, con un grado mayor de profundización, ya en el

marco de sistemas democráticos formales, en los años de la década de 1990. El agotamiento económico, social y político del modelo de industrialización de posguerra, junto con las nuevas condiciones de la economía mundial, forzaron a la burguesía a un arduo proceso de reconversión de sí misma y del Estado, siempre dentro del capitalismo. La vuelta de una democracia liberal luego del disciplinamiento alcanzado sobre las clases populares generó la transición a un orden legitimado bajo el consenso de los sectores dominantes.

El neoliberalismo ha posibilitado la adopción de un nuevo régimen de acumulación capitalista sobre la base de la reestructuración de las dinámicas de los países centrales, que ha afectado a los países no centrales, en muchos casos económicamente dependientes. Las clases hegemónicas dentro de este sistema han desplegado una estrategia de acumulación basada en una serie de programas económicos y planes de políticas públicas como la estabilización económica, la flexibilización, desregulación, liberalización y privatización de los factores de producción (capital y trabajo) bajo la sujeción del poder del mercado y de un “Estado neoconservador” muy diferente al “Estado de Bienestar” anterior (García Delgado, 1994; Puello- Socarras, 2008).

En la amplia bibliografía reciente sobre temas sociales se suele expresar que la reestructuración del modelo de “Estado de Bienestar” resultó la principal razón para explicar los niveles de desocupación y marginalidad consecuentes de las políticas económicas neoliberales. Sin embargo, esta visión otorga ciertos rasgos idealistas al capitalismo de Estado ocultando en los problemas del propio modelo keynesiano y generando una visión optimista de un capitalismo benévolo que actuaría redistribuyendo los beneficios de los sectores dominantes. En este sentido, es importante considerar que la reconversión del capitalismo continuó siendo un problema económico- político y que la hegemonía del capital implicaba generar conseso sobre las necesidades de paliar las sucesivas crisis.

Como explica Rolando Astarita, los cambios cualitativos que se han producido en las últimas décadas poco tienen de innovadores en términos de intercambio global, pero sí “en la generalización planetaria del modo capitalista de extraer excedente (relación capital –trabajo) con la consecuente proletarización y subsunción real al capital de amplias masas”(Astarita, 2006:206-207). El autor menciona además otras manifestaciones en la mundialización del capital: consolidación de una clase capitalista y de intereses de capital internacional en los “países atrasados”; crecimiento de las exportaciones de bienes manufacturados de estos mismos países; aumento de la inversión directa extranjera con una acentuación de las políticas pro- mercado, pro- capital y disciplinamiento a la ley de valor; el crecimiento del capital financiero y de nuevos instrumentos de crédito; las diversas formas de globalización con mercados protegidos, inversiones restringidas y diversas formas de introducción del capital y por último la acentuación de la ley fundamental del modo de producción capitalista (Marx, [1868] 2002) donde se procura que cada producto contenga el máximo posible de trabajo impago con la consecuente búsqueda de parte del capitalista de acelerar los ritmos de trabajo y reducir el valor de la fuerza de trabajo (Astarita, 2006).

El actual ciclo histórico marcado por la intensificación de la acumulación capitalista ha puesto de manifiesto una serie de contradicciones esenciales que se expresaron en situaciones políticas relacionadas a nivel mundial. Sin lugar a dudas los cambios ocurridos luego de la segunda guerra mundial (1945) y los posteriores procesos de Descolonización y manifestación de Movimientos Sociales tanto políticos como

culturales en la década de 1960 configuraron un escenario con transformaciones profundas pero al mismo tiempo con continuidades en la dinámica de la economía mundial. El desarrollo de la energía nuclear, la rivalidad entre potencias hegemónicas (como EEUU y la URSS), la Revolución China, los movimientos revolucionarios en América Latina y el Caribe (principalmente el desarrollo de la Revolución Cubana en 1959), el triunfo de la Revolución Vietnamita, el desarrollo del Movimiento de Países No Alineados, la caída del llamado Estado de Bienestar, como expresión de la intervención y la distribución estatal, el déficit energético manifestado por la crisis del petróleo, la constitución del programa neoliberal y la restauración capitalista en Rusia y China, la intervenciones continuas en Medio Oriente, la caída del Muro de Berlín y la desarticulación del campo socialista en diferentes países, junto con la hegemonía del modo capitalista de producción constituyen algunos de los procesos que incidieron en la configuración de una realidad social compleja. El imperialismo constituye la expresión acabada de esta fase capitalista que posibilita una estructura global asimétrica y de dominio de un conjunto de países sobre otros (Romero Wimer, 2016). Ante este panorama comenzó a generarse a nivel mundial un importante porcentaje de inestabilidad laboral con altas tasas de desempleo involuntario, segmentación de los mercados de trabajo, heterogeneidad de las formas de empleo y creciente precarización, lo que contribuyó a fragilizar las relaciones laborales limitando las capacidades de los sujetos para generar cohesión social. Dentro de este marco las metamorfosis de la cuestión social (Castel, 1997) tuvieron relación directa con las transformaciones económicas de las grandes empresas y su incidencia en las formas de contratación laboral, entre otros aspectos.

En América Latina, el sector informal urbano tuvo su constitución y desarrollo durante los procesos de migraciones rurales y de transición desde las economías primario- exportadoras hacia la industrialización sustitutiva de importaciones (ISI). La crisis del modelo fordista implicó una mayor racionalización empresarial (para enfrentar la caída en las tasas de ganancias) que se tradujo en crecimiento del empleo no registrado y precario en la región. De esta forma, los instrumentos de disciplinamiento y control de la fuerza de trabajo implican modalidades de trabajo precarizado que estimulan la disminución de costos (Novick et. al., 2008).

Estas perspectivas anticipaban las teorías sobre el carácter estructural del desempleo en los tiempos actuales y la importancia que tiene el no-empleo y los supernumerarios, dentro de una caracterización más compleja de los asalariados (Castel, 1997; 2012). Entre las tendencias más importantes que se están produciendo en el mundo del trabajo actualmente, puede percibirse como fundamental la reducción del obrero manual- fabril estable, para dar lugar a un fraccionamiento más intenso, con una explotación de las mujeres mucho más acentuado. Esta afirmación, no implica de modo alguno, el “fin del proletariado”, como vaticinaban los intelectuales sobre los estudios de trabajo, sino más bien el creciente aumento del asalariado y del proletariado precarizado a escala mundial, en régimen de tiempo parcial o temporario, en condiciones de polivalencia y/o multiactividad (Antunes, 2013).

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