Según consigna un estudio antecedente, aún a principios de la década de 1970; cuando el peso de la población rural en Misiones todavía superaba al de la urbana, cuando la cosecha de yerba mate enfrentaba anualmente situaciones de escasez de mano de obra, generaba uno de los empleos agrícolas mejor remunerados de la región y atraía a trabajadores migrantes de otras provincias y países limítrofes; sólo el 17% de los cosecheros empleados poseía una parcela de tierra, de los cuales el 49% eran ocupantes, el 17% tenían su parcela en Paraguay y el 6% no la cultivaba (Flood, 1972: 80-87). Esto en una provincia cuya estructura agraria se caracteriza por el amplio predominio numérico de la pequeña y mediana explotación, y cuya frontera agrícola continúa expandiéndose sobre territorios vírgenes. Tradicionalmente entre los cosecheros de yerba mate la cantidad de campesinos semiproletarios ha resultado poco significativa y actualmente su importancia resulta todavía menor. Esta fracción social tampoco se halla conformada estrictamente por “campesinos sin tierra”. En la historia de sus luchas no existen demandas por este recurso o semejantes. En términos generales puede decirse incluso que sus miembros carecen de una mayor “cultura campesina” o tradición considerable como agricultores. Durante el trabajo de campo un cosechero de Misiones alcanzó a manifestar que “El tarefero [el cosechero de yerba mate] siente el orgullo de
ser tarefero, y los hijos quieren ser tareferos también como los padres” (Entrevista con
cosechero, Eldorado, 2000). Estas características hablan de una particular población agrícola cuyos habitus se hallan disciplinados casi exclusivamente en la asalarización. En buena mediada esta peculiaridad se relaciona con una circunstancia histórica fundante: la conformación del proletariado cosechero de yerba mate en la región no resulta del proceso de diferenciación o de descomposición de un campesinado parcelario; ni siquiera proviene, en sus orígenes, de algún otro tipo de población
sedentaria dedicada a la agricultura. El presente capítulo se remonta a la génesis histórica del proletariado altoparanaence examinándola al mismo tiempo en tanto proceso que establece una de las principales condiciones de posibilidad objetiva para la institución de un mercado de trabajo rural en la región; y en tanto proceso fundante de algunas orientaciones y disposiciones de comportamiento práctico que caracterizarán en adelante a los miembros de la fracción asalariada cosechera de yerba mate.
Contemporáneamente, en el sentido común o sentido comunitario de Misiones, el autoempleo personal o familiar en la producción agrícola –especialmente en la orientada hacia el mercado- tiende a percibirse como un “asunto de colonos”13, al tiempo que el trabajo asalariado para las cosechas resulta atribuido a otro grupo socio- cultural específico. En este aspecto, superpuesta y entrelazada con la diferenciación de clase, se observa una distinción que opera socialmente en base al reconocimiento de fronteras étnicas y contribuye a definir en función de ellas las diversas formas de inserción de los agentes sociales en la actividad agraria provincial. Un descendiente de colonos inmigrados desde Europa, si resulta desclasado rara vez pasa a integrarse definitivamente al proletariado cosechero. A su vez, tampoco los miembros de este proletariado tienden a orientar sus aspiraciones de ascenso social en el sentido de convertirse en productores agrícolas independientes14. Es que en Misiones la conformación de estas dos fracciones sociales agrarias no resulta de un proceso de diferenciación desarrollado a partir de una misma población campesina. Antes bien ella adopta la forma de un “encuentro” entre dos poblaciones con diferentes rasgos de etnicidad, diferentes habitus y recursos, los que se tradujeron a su vez en distintos roles sociales y, por supuesto, también en diferencias de status. Durante el trabajo de campo en la provincia, refiriéndose específicamente a su propia posición en la sociedad regional, los cosecheros coincidían en definirla del siguiente modo: “el tarefero es el
más pisoteado, el que está por abajo de todos” (Entrevistas con cosecheros, Apóstoles,
1999 y Oberá, 2001). Ser “el más pisoteado” o “el que está por debajo de todos” parece,
13 Sobre la noción de “colono” como categoría socio-cultural en la Argentina, véanse los clásicos trabajos
de Archetti y Stölen (1975) y de Bartolomé (1975 y 2000), o también los más recientes de Baranger (1978) y de Schiavoni (1998).
14 Más bien ellos aspiran al mejoramiento de su situación como obreros rurales o, en todo caso, a obtener
alguna forma de inserción en el mercado laboral urbano. En este último sentido, en diversas conversaciones mantenidas con miembros de esta fracción social, se tornó perceptible que los mismos atendían especialmente a las posibilidades de migrar a Buenos Aires o ciudades de similar envergadura.
sin embargo, un atributo demasiado amplio como para provenir exclusivamente de una ocupación. Pero resulta más razonable cuando se piensa también en la posibilidad inversa: que los miembros de alguna población fuertemente oprimida y de muy bajo
status hayan sido empleados desde el comienzo para cosechar yerba mate en la región,
siendo transferidos sus atributos sociales al oficio, asociándose aquellos a éste y, así, resultando luego pasibles de ser aplicado a todo individuo que se desempeñe como cosechero, más allá del grupo poblacional del que provengan. El trabajo asalariado en el agro de Misiones todavía exhibe algunas características que permiten considerarlo como un empleo étnicamente o “racialmente tipificado” (en el sentido de Reich, et. al., 1973). De acuerdo con la teoría sociológica radical sobre los mercados de trabajo, la comprensión de esta clase de “tipificaciones” requiere de una indagación histórica que la examine en tanto resultado de un proceso social, atendiendo a las fuerzas económicas y políticas que actuaron en tal sentido. En el presente capítulo, y también en el que le sigue, se contemplará desde sus orígenes históricos un proceso de esta índole. Un proceso donde el sometimiento político, la opresión cultural, pero sobre todo la violencia abierta en diferentes formas, aparecen como potencias económicas de primer orden, despojando a una población regional, con etnicidad definida, de la capacidad de reproducir autónomamente su existencia material y transformando radicalmente su modo de vida, luego estigmatizándola socialmente y, por último, durante el período que culmina en la institución del mercado de trabajo rural en la región, disciplinando a través de métodos coactivos las orientaciones y disposiciones propias de buena parte de su descendencia en un sentido acorde a las necesidades del empleo asalariado.
En torno a este punto, pero también en términos más generales, aquí se parte de estudiar al mercado laboral “como un proceso, como una institución social, con actores,
sujetos con historia, con identidades que pueden influir en las características peculiares del mismo” (Aparicio, 1994). Actores y sujetos también colectivos, con
historias actualizadas en las tradiciones, identidades y disposiciones que portan, modifican, reproducen y transmiten de generación en generación; actores con historias colectivas perpetuadas en los estereotipos, roles, capacidades y funciones que les son atribuidos socialmente a estos sujetos. Como sugiere Bourdieu, refiriéndose precisamente a la comprensión sociológica de los comportamientos económicos, resulta necesario indagar “en las profundidades oscuras de un habitus históricamente
constituido” (Bourdieu, 2001: 23. Énfasis en el original). Bajo la apariencia de lo
socialmente dado, vive lo históricamente constituido. Desde sus “profundidades oscuras” laten continuidades, interrupciones, resignificaciones, quiebres y resurgimientos. Es preciso esclarecer la constitución de aquellas disposiciones que orientan las prácticas tanto de trabajadores como de empleadores, que las hacen aparecer como “posibles” en los escenarios de interacción, que confieren cierto carácter “esperable” o “regular” a las acciones recíprocas desplegadas en el marco de determinado espacio de relaciones; en este caso, un mercado de trabajo agrícola.
En relación con el empleo asalariado urbano, el generado por las actividades agropecuarias tradicionalmente se ha caracterizado por su mayor precariedad, por la difusión del pauperismo entre los trabajadores, por la informalidad de los vínculos laborales, por los bajos salarios, las penosas condiciones de trabajo, habitacionales y de transporte, por la instrumentación de mecanismos extrasalariales de expoliación, la presencia de formas más o menos encubiertas de trabajo infantil, etc. De ahí que el espacio de relaciones de intercambio de fuerza de trabajo rural conforme, en relación al urbano, un mercado laboral inscripto en el llamado “segmento secundario”. No obstante, en comparación con otros mercados de trabajo agrícola de la Argentina, el yerbatero parece representar uno de los casos donde la presencia de estos elementos ha adquirido mayor dramatismo contemporáneamente. En particular, desde el principio de la década de 1990, y sobre todo durante su segunda mitad, la situación laboral y de vida de los cosecheros de yerba mate experimentó un rápido y profundo deterioro. Como parte de este proceso comenzaron a resurgir en el funcionamiento regular del mercado laboral yerbatero algunas prácticas y mecanismos cuya difusión difícilmente hubieran podido “tener lugar” en otros contextos sociales regionales. Durante el trabajo de campo, cosecheros entrevistados en diferentes puntos de la provincia se han referido a aquella tendencia utilizando una misma expresión: “estamos volviendo a estar como los
mensú”. Más adelante se verá “como estaban los mensú”, es decir, se comprenderá
mejor el objeto de esta referencia. Aquí será subrayado que con semejantes representaciones discursivas los actores sociales refieren, por una parte, a la existencia de una discontinuidad entre el período reciente y el inmediatamente anterior, pero al mismo tiempo identifican antecedentes históricos de su nueva situación y la reconocen inscripta en una tradición regional que los atraviesa.
Por último, en torno a este mismo punto resulta pertinente recordar, además, que así como las orientaciones y disposiciones de los sujetos sociales se constituyen en la temporalidad, también se conforman, adquieren consistencia y en gran medida se fijan a los contextos localizados donde ellos desarrollan sus interacciones; en otras palabras, se consolidan en las “sedes” materiales de la acción recíproca, en los espacios físicos que se “habitan”. En este sentido podría decirse que en las regiones también cristalizan usos y tradiciones particulares. Si la perspectiva sociológica sobre los mercados de trabajo había subrayado el carácter espacialmente fragmentado y la relativa autonomía geográfica que asume el funcionamiento de los espacios de relaciones de intercambio de capacidad laboral; coincidentemente también la teoría sociológica contemporánea ha venido poniendo cada vez más en relieve la importancia de examinar el carácter espacialmente “situado” de las acciones, las prácticas y las instituciones sociales en general. En tal sentido, por ejemplo, Bourdieu propone el concepto de “lugar”, “El
lugar puede definirse decididamente como el punto del espacio físico en que están situados, ´tienen lugar´, existen, un agente o cosa” (Bourdieu, 1999: 119. Énfasis en el
original). En relación al espacio físico, el “tener lugar” asume aquí el significado de “hacer posible que exista” en un sentido sociológico; pues el autor resalta la estrecha vinculación entre el espacio físico y aquellas disposiciones adquiridas y transmitidas a través del tiempo por las prácticas de los agentes sociales que lo habitan: “Propiamente
hablando, se puede ocupar físicamente un hábitat sin habitarlo, si no se dispone de los medios tácitamente exigidos, comenzando por un cierto habitus. Si el hábitat contribuye a formar el habitus, éste hace lo mismo con aquél, a través de los usos sociales, más o menos adecuados, que induce a darle” (Ibid.: 123). De modo muy semejante, también
Giddens afirma que “es indispensable considerar la manera en que conviene a la teoría
social abordar –en concreto, no en filosofía abstracta- lo ´situado´ de la interacción en tiempo y espacio” (Giddens, 1984: 143), propone para ello el concepto de “sede” y el
método de la “regionalización”, “Sedes denotan el uso del espacio para proveer los
escenarios de la interacción, y a su vez los escenarios de interacción son esenciales para especificar su contextualidad [...]. Sedes proveen buena parte de la ´fijeza´ de las instituciones situadas” (Ibid.: 151. Énfasis en el original). Asimismo, el autor resalta “el carácter rutinizado de la vida diaria” (Ibid.: 144) y afirma que “la historia es la estructuración de sucesos en un tiempo y un espacio a través de la interacción continua
de obrar y estructura: la interconexión de la naturaleza mundana de la vida cotidiana con formas institucionales que se estiran por inmensos recorridos de tiempo y espacio
[...]. Contextualidad significa tanto espacio como tiempo, y en este punto podemos
atender a la relación entre geografía y sociología” (Ibid.: 384).
En suma, tanto las fracciones sociales como los escenarios físicos o regiones habitadas por ellas, adquieren, portan y transmiten atributos sociológicos constituidos a través de la temporalidad; así también, susceptibles de ser comprendidos genealógicamente. Al decir de Bourdieu, “puesto que el mundo social está presente en
su totalidad en cada acción ´económica´, es preciso dotarse de instrumentos de conocimiento que, lejos de poner entre paréntesis la multidimensionalidad y la multifuncionalidad de las prácticas, permitan construir modelos históricos capaces de dar razón con rigor y parsimonia de las acciones e instituciones económicas, tal como se presentan a la observación empírica” (Bourdieu, 2001: 16. Énfasis en el original).
Aquí se comenzará por examinar el modo específico en que se constituyen en la sociedad regional condiciones para la emergencia de un mercado laboral agrario; al mismo tiempo, se dejará ver cómo la labor de cosechar yerba mate aparece desde sus orígenes identificada con cierta población regional de muy bajo status, en tanto étnicamente oprimida. Desde luego, una indagación acerca de los procesos subyacentes a lo social constituido en Misiones que en vez de centrarse, por ejemplo, en las fracciones sociales de agricultores propietarios focalice, en cambio, en los cosecheros de yerba mate; no sólo habrá de internarse por fuerza más hondamente en el tiempo, sino también, cabe advertir, habrá de iluminar profundidades bastante más tenebrosas.