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Porque los anglosajones, en su mayoría, no han per- dido todavía la devoción al objetivismo, ni han caído en el horror del trabajo. Y saben cultivar un humor ingenioso, a veces ingenuo, nunca insolente. Hermanan la figura y decoro del chiste con el estudio de tipos humanos cómicos, pero vivos. En esto, como en todo, brilla la exquisita corrección del espíritu británico.

Para ser justos e imparciales, declaremos que en España contamos también con algunos caricaturistas que no han olvidado enteramente el arte del diseño: Sileno, Tovar, K-Hito, Echea, Sama, Galindo y otros varios. Adivínase que si se lo propusieran, dibujarían como los mejores artistas ingleses. Pero adolecen de la superstición de la personalidad; ansian, como los lite- ratos, crearse una manera específica, un estilo. Ade- más, no hay que olvidarlo, entre nosotros, los cultiva- dores del lápiz necesitan despachar, para varios perió- dicos, dos o tres muñecos diarios. Cuando apremia la labor, el más cómodo expediente consiste en acudir a ciertos tipos convencionales, estereotipados, vertidos automáticamente en la cartulina. En todo caso, se apli- can con acierto y donaire a la caricatura política, que no deja de tener inconvenientes y contratiempos.

La fotografía.

Salgamos al paso de un prejuicio. Practico el arte de Daguerre desde los dieciocho años y conozco todas las tretas, trampantojos y abusos que con ella pueden cometerse. Y me son familiares las artimañas del cine. Afirmo, pues, basado en dilatada experiencia, que cuan- do cae en manos inhábiles o sospechosas, no existe mé- todo de reproducción más feliz que la fotografía.

Importa distinguir en ésta dos categorías: la foto- grafía documental y la de galería o artística.

La primera, alma del moderno reportaje, no admite ni debe admitir retoques, ni intencionadas simulado-

EL MUNDO VISTO A LOS OCHENTA AÑOS 139 garantía de la conservación indeleble de la copia foto-

gráfica. Todo se ha sacrificado a la comodidad y bara- tura del trabajo. Inspirados en este móvil comercial egoísta, apenas lavan ustedes las pruebas; conque, al cabo de los años, se quedarán los viejos sin retratos de familia. En realidad, los ochentones hemos perdido ya las amadas imágenes de la florida juventud. De mi mocedad sólo conservo copias amarillentas y desvaídas por defecto del lavado. Salváronse no más algunas po- cas, ulteriormente ejecutadas por mí, bien expurgadas del peligroso hiposulfito y convenientemente charola- das al colodión y gelatina.

Por fortuna, el fotograbado y la fototipia han evita- do, en parte, el estrago. Muchos de nuestros políticos, artistas y toreros serán conocidos de la posteridad mer- ced al negro de humo con que se confecciona la tinta de estos métodos modernos de fotocopia (proceder de Meisenbach y similares).

Pero entramos en consideraciones demasiado técni- cas y aburridas para el lector profano. Además, nadie debe hablar demasiado de lo que sabe; porque ello produce tanto placer al que escribe como disgusto al que lee (1). Máxima parecida estampa en su famoso libro La Rochefoucaula {Les maximes et refletions di-

verses, Flammarion, editor, París).

Quedan advertidos los aspirantes a eternizar sus gloriosas efigies. Recurran al fotograbador, poniendo en las manos de éste la prueba menos deformada posi- ble o, si lo prefieren, la más aduladora.

(1) Véase mi Fotografía da los colores, y todos los tratados modernos del sublime arte de Niepre y Dasruerre.

nes. Cuando el ingenuo fotógrafo informador, callejero o al magnesio, nos entrega pruebas pasadas, oscuras

o durísimas, merece perdón; ha sido víctima inocente de la luz, de las distancias invariables y del objetivo. Y gracias si operando al aire libre, el cielo clemente se digna iluminar la escena con un rayo de sol o con di- latada nube blanquecina.

Cosa diferente es el fotógrafo de gabinete. Antaño, o no existía el retoque o se limitaba a suavizar cutis ásperos o manchados, atenuando piadosamente las arru-

gas, de otoñales o de los viejos verdes, sin menoscabo esencial de la anatomía. Pero el fotógrafo de hoy retoca furiosamente; resta muchos años de la edad a los modelos y procede, en fin, como los cirujanos llamados profesores de belleza. A ello obliga la mujer con sus audaces maquillajes, sus pintarrajeos de párpados, ce- jas y labios, y su manía de enrubiarse el cabello hasta el amarillo pajizo o rubio platinado.

Se me objetará que tales artificios representan casos de fuerza mayor para el fotógrafo, que tiene que obe- decer a la clientela presumida y pretenciosa. Confor- mes. Pero, ¿están ustedes bien seguros de haber apu- rado, a fin de embellecer sin deformar, todos los recursos brindados por el arte? ¿Han estudiado ustedes pre- viamente su modelo y advertido cuáles son la actitud y luz más adecuada para disimular defectos?

¿Conocen ustedes teóricamente las enormes diferen- cias que, respecto a la corrección de la imagen, ofrecen

la apertura y distancia focal del objetivo o la separa- ción entre la cámara y el sujeto? ¿Emplean ustedes para hacer desaparecer manchas las placas pancromá-

ticas y los cristales ligeramente amarillos compensado-

res del brutal exceso de acción química del blanco y del azul? ¿No les alarman a ustedes esas bocas hórri- damente negras con que la placa fotográfica común traduce los labios carminados?

Barrunto que han olvidado ustedes también —si lo han sabido— el método inalterable al carbón, única 138

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