Las consideraciones de los padres conciliares sobre la importancia y el valor de la historia en Vaticano II, hacen redescubrir a través de las reflexiones eclesiológicas que la Iglesia existe para asumir la historia y convertirla en historia de salvación en el mundo. Esto implica que si la Iglesia cristiana es necesariamente un traditum del depósito de la fe, es primeramente un traditum de Jesucristo en la historia y el mundo. Como sacramento universal de redención, en la universalidad humana de tiempo (historia) y lugar (mundo), la Iglesia asume el mundo real, en situación de pecado y de redención, como un mundo creado por Dios, destinado a la perfección en Él. En efecto, la dimensión providencial histórica de la actividad humana nos lleva a aclarar la naturaleza y la misión universal de la iglesia que quiere aportar la luz de la Revelación en la actividad humana. En el Concilio Vaticano II, el término que caracteriza la naturaleza y la misión de la Iglesia en el mundo es “sacramento de salvación”. Dice la Lumen Gentium: “la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano”.42 De hecho, la expresión “sacramento universal de salvación” se encuentra repetidas veces en los documentos conciliares, como indicativo de su gran importancia para comprender la naturaleza de la Iglesia y de su misión en el mundo de hoy.43
El término sacramento ha transitado por varios modos de comprensión que han constituido una enorme riqueza de matices. Básicamente, hay dos dimensiones que forman la realidad del sacramento: una espiritual e invisible; y otra, social y visible. La función principal de la dimensión social y visible es llevar a la captación de la dimensión espiritual e invisible. Aunque el sacramento no se reduce a la visibilidad del signo, es, sin embargo, necesario que esté presente el elemento sensible para lograr la experiencia de lo suprasensible. Estas dos dimensiones se sitúan siempre en el ámbito del significado, pues presuponen siempre un código socialmente admitido de comunicación. Así la Iglesia como sacramento de salvación en la historia y el mundo, se refiere a Cristo como al misterio que realiza el don
42 Lumen Gentium, n°1
de la salvación al género humano; y a partir de allí, se va identificando todos los momentos fundamentales de su vida como misterios. A través de toda su existencia, su vida, su muerte y resurrección Cristo llevó a cabo la obra de la redención.
En cuanto a la Iglesia como sacramento de redención, se trata de la coexistencia, sin confusión ni separación, del elemento humano con el divino, de lo eterno con lo temporal, de lo invisible con lo visible.44 El misterio de Cristo sigue haciendo historia a través del misterio de la Iglesia. La presencia divina en ella la constituye en un auténtico locus theologicus, en el que sobreabunda la gracia. La Iglesia como signo e instrumento, como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu, es al mismo tiempo la continuidad visible y la manifestación de Cristo, salvador del mundo (signo); y la institución salvífica por la que Dios mediante la Palabra y los sacramentos salva al mundo (instrumento).45 En esta forma, el misterio de la salvación de Dios que se realiza en la historia hace presente el designio salvífico entre todos.46 El Vaticano II ha permitido redescubrir las dimensiones festivas, simbólicas de la fe a través del acto sacramental que son justamente un encuentro personal entre el creyente y el Cristo glorioso, lugares teológicos en que se anticipa la vida de gracia en presencia del Dios salvador, como se dará en la plenitud de su Reinado. También, el ser humano en su actividad en el mundo, lejos de descuidar la respuesta y compromiso personales, debe revalorizar considerablemente la dimensión social y comunitaria de la praxis sacramental. Contra el individualismo exacerbado y destructivo, el ser humano ha de nutrir la convicción de la dispensación sacramental de la salvación para todos los hombres.
Al hablar de la Iglesia como sacramento, como signo visible de la salvación por medio del Espíritu Santo enviado por Cristo, el Concilio Vaticano II propone una de sus grandes contribuciones como respuesta al mundo de hoy desde los aportes correctivos de la modernidad: una Iglesia abierta a la historia y al mundo, en virtud de la misión, tendrá siempre la obligación de preguntarse continuamente por su fidelidad respecto a su misión en el mundo. En esta misión se manifiesta el carácter salvífico de la Iglesia, puesto que la
44 Ver Boff, Y la Iglesia se hizo pueblo, 29-35. 45 Ibid., 20.
salvación consiste fundamentalmente en esa intimidad con Dios y esa comunión entre los seres humanos. El reinado de Dios en la tierra, hecho realidad en Jesús verdadero Hombre y verdadero Dios, sigue realizándose en la misma Iglesia establecida por Cristo en el Espíritu; y esto a pesar de las imperfecciones inevitables de sus estructuras históricas. La Iglesia es sacramento de salvación en el sentido de que prolonga, en el tiempo y en el espacio, la presencia salvadora de Jesús entre los humanos. A través del cuerpo histórico y perceptible de la Iglesia, el Hijo del hombre sigue haciendo visible lo invisible en la historia. Esto significa que tanto la organización externa de la Iglesia como su vida activa deben llevar a ser humano a percibir la presencia de Jesús en el mundo. Como manifestación de la obra de la salvación divina aquí en la tierra, la Iglesia ha de ser instrumento dócil al Espíritu del Señor de igual modo que la humanidad de Cristo con la persona del Verbo: Cristo vive en ella y la anima con su Espíritu.
A pesar que más adelante retocaremos otros aspectos del presente tema (ver cap. IV, n. 5), para cerrar este apartado, sacaremos algunas conclusiones parciales como consecuencias para la vida concreta de la Iglesia sacramento de salvación en el mundo – o más bien de cara al mundo –. En primer lugar en virtud de su misión apostólica, la Iglesia debe anunciar, a través de la señal de su unidad en Cristo, el advenimiento del Reino de Dios y la salvación de toda la humanidad, Para ello, como signo sacramental de la soberanía de Dios, la Iglesia ha de manifestarse, ha de escuchar las llamadas de las parábolas del Reino de Dios y ponerlas en práctica. En segundo lugar, dado que el misterio de la Iglesia se inscribe en el misterio mismo de Cristo, su presencia en el mundo ha de llevar a todos a la comunión de Dios con el género humano. De cara a la historia, la Iglesia está invitada a caminar con el género humano en la búsqueda de la verdadera felicidad. De este modo, vivifica la esperanza de la liberación para aquellos que padecen situación de pecado y de opresiones de toda índole. De igual forma asegura la consolidación de la comunidad humana según el designio de Dios a través de la justicia, de la paz, y de relaciones justas y fraternas.
En fin de cuentas, una de las funciones principales de la Iglesia es llevar a la captación del sacramento en el mundo, a pesar que éste no se reduce solamente en signo visible, es, sin
embargo necesario para tener elementos concretos para lograr la experiencia suprasensible de los sacramentos. A menudo, el signo sacramental puede parecer un instrumento caduco e imperfecto que no revela en plenitud la acción misericordiosa de Dios. En este caso, cada vez que la Iglesia en su propia búsqueda de auto-conversión para someterlo todo al servicio de la instauración del reino de la vida, se da cuenta de que su misión de testimonio en medio del mundo a evangelizar no se está cumpliendo visiblemente, ella misma se debe preguntar la revisión y cambio de sus estructuras caducas.
En América latina, las reflexiones de la V Conferencia de Aparecida han sido claras en cuanto a ello. Los pastores en Aparecida constatan que “la Iglesia Católica en América Latina y El Caribe, a pesar de los factores positivos o esperanzas de la pastoral orientada hacia el encuentro con Jesucristo – tales por ejemplo: la animación bíblica, la renovación litúrgica, la promoción humana en diversos campos, una organización eclesial diversificada, etc. –47; sin embargo “observamos que el crecimiento porcentual de la Iglesia no ha ido a la par con el crecimiento poblacional (…); lamentamos, algunos intentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contrarias a la renovación del Concilio Vaticano II (…); constatamos el escaso acompañamiento dado a los fieles laicos en sus tareas de servicio a la sociedad (…).48 Por eso, toma la decisión de “impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia (…) en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe”.49 De este modo la Iglesia quiere un nuevo modo de estar en el mundo, es decir, “una redefinición de la tarea de la iglesia en el mundo en el que no sólo está presente forma parte hasta un punto que tal vez no sospechaba hace tiempo”.50 En esta forma podemos constatar una invitación a la iglesia latinoamericana a redescubrirse como misterio y como signo eficaz de su misión terrena en el mundo.
47 Celam, Documento conclusivo de Aparecida, no 98. 48 Ibid, no 100.
49 Ibid., no 365.