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Conclusions and recommendations for future CHAPTER 9:

Edad del jefe Incidencia de pobreza

1991 2000 Hasta 24 años: 28,40 22,20 De 25 a 34 años 24,90 17,10 De 35 a 44 años: 24,40 17,60 De 45 a 54 años: 16,90 14,7 De 55 a 64 años: 12,00 14,70 De 65 años y más: 10,30 15,60 TOTAL: 17,90 16,40

Fuente: Elaborado por el autor en base a información de la Encuesta Continua de Hogares. INE.

¿Cuáles son los determinantes o factores que explican esta fuerte asociación entre edad y riesgo de pobreza?

Un primer factor a considerar es la asociación que existe entre la edad del jefe y las estructu- ras o formatos de familia. En las cohortes etarias más jóvenes predominan las familias con índices de dependencia más altos por la existencia de niños o menores en edades no activas, que están fuera del mercado de trabajo, y que por lo tanto no perciben ingresos. Tanto el índice de dependencia, como la existencia de menores -niños o adolescentes- se reducen y son menores en los hogares con jefes en edades intermedias, para alcanzar su mínima expresión en las edades más avanzadas. Por lo tanto en estos hogares con jefes en edades intermedias y altas mejora la relación entre el número de miembros perceptores de ingresos y el total de miembros del hogar, lo que opera reduciendo el riesgo de pobreza en estos hogares.

Un segundo factor a tener en cuenta es ciertamente el “capital humano”, que en sus compo- nentes de experiencia y calificación laboral aumenta con la edad, lo que conduce a mejoras de carre- ra y posición laboral, y a través de ello a aumentos o niveles superiores de los ingresos derivados del trabajo. Dicho de otra forma, a través del mayor capital humano existe una relación directa entre la edad por una parte, y las oportunidades laborales y de ingreso por la otra.

Un tercer factor operante es lo que la literatura sociológica denomina “capital social”. El capital social de un sujeto comprende el conjunto de los vínculos y relaciones sociales, a través de los cuales se accede a redes sociales, contactos, información, oportunidades de diverso tipo. Es de esperar que dicho capital social aumente o mejore con la edad, es decir, con el monto de experiencia social del sujeto, lo que conduce a su vez a una mejora o a niveles superiores de sus oportunidades, entre ellas las laborales tanto en lo relativo a posibilidad de mantener el trabajo como en lo relativo a las posibilidad de obtener mejoras en la posición laboral.

Finalmente y en cuarto lugar, en lo que es específico para las edades más avanzadas, parece claro que los bajos niveles de pobreza denotan también el impacto aditivo o agregado de la cobertura y transferencias de la Seguridad Social, factor éste que sin duda opera en conjunto con los mencio- nadas precedentemente. Los bajos niveles de pobreza que se observan en el grupo etario superior son entonces un claro indicador del impacto reductor de la pobreza que en nuestro país posee actual- mente el sistema público de jubilaciones y pensiones luego de su reforma en 1990.

La comparación de la evolución de la pobreza en los distintos grupos etarios entre comienzos y fines del período en estudio (1991 y 2000) muestra la ocurrencia de cambios significativos (Véase Cuadro 1). Como es dable observar en el cuadro que comentamos, la incidencia de la pobreza se reduce en forma apreciable y significativa entre los hogares con jefes jóvenes y con edades interme- dias -en el conjunto de los hogares con jefes de menos de 54 años-, pero aumenta entre los hogares con jefes de mayor edad -hogares con jefes mayores de 55 años.

Este aumento registrado en el nivel de pobreza en las hogares con jefes de mayor edad no era esperado en esta investigación y llama la atención. Sobre todo porque ocurre luego de transcurri- do un período en el que se produjo un significativo aumento en las jubilaciones reales, mayor al registrado por los salarios reales, fenómeno que se esperaba debería haber determinado una reduc- ción de la pobreza en estos hogares (en los que las jubilaciones y pensiones son la principal fuente de ingresos) que inclusive debería haber sido superior a la reducción de la pobreza registrada en los hogares con jefes jóvenes o en edades intermedias ( en los que los salarios son la principal fuente de ingresos).

Obviamente, este resultado no se explica entonces por la evolución registrada por las jubila- ciones reales. Otro fenómeno social aparece como operante y determinante. No siendo el ingreso, el otro fenómeno que aparece como plausible es el de los cambios en la integración y composición de los hogares. En tal sentido, surge como razonable afirmar que el aumento de la incidencia de la pobreza en los hogares con jefes de mayor edad responde a la difusión en estos hogares de practi- cas y estrategias de fusión o integración de hogares que implicaron un aumento del número de miembros y el desarrollo de unidades domésticas “extensas” y “compuestas”.

Así, entonces, es muy factible que estas prácticas o estrategias hayan tenido un mayor desa- rrollo en los hogares con jefes ancianos que pertenecen a los estratos inferiores de la estratificación social, donde los “otros” miembros u “otros” hogares se integran al hogar con jefe anciano como parte de una estrategia de supervivencia, orientada a la obtención de economías de escala, la reducción de costos fijos, y el simple refugio o “compensación” ante una situación de desocupación o de em- pleos de baja calidad. Obviamente, el supuesto fundamental es que los miembros nuevos o que se agregan al hogar con jefe anciano carecen de ingresos, o que poseen ingresos bajos o limitados. El resultado de ello es que aumenta el número de miembros por hogar, se reduce el ingreso disponible per cápita familiar, y la unidad pasa entonces a ubicarse por debajo de la línea de pobreza.

2. El sexo del jefe del hogar:

Además de la edad, el sexo del jefe del hogar ha sido otra variable a la que en la literatura se ha asignado un papel determinístico significativo en la determinación del riesgo de pobreza. Su inclu- sión como variable determinante ha tenido su uso más frecuente en la literatura de orientación femi- nista, y en especial en la dedicada a la investigación de las diferencias y desigualdades de género que efectivamente existen en los mercados de trabajo.

Toda esta literatura y las investigaciones que ha fundado han postulado y demostrado efec- tivamente que la mujer experimenta un proceso de discriminación que puede catalogarse como múltiple.

Existe en primer lugar un proceso discriminatorio contra la mujer en la que respecta a su acceso al empleo o puesto de trabajo. Así, barreras o limitaciones a la salida de la unidad doméstica o los papeles y roles tradicionalmente asignados en ellas, junto a las barreras o limitaciones en el proceso de selección para los puestos de trabajo determinan una mayor incidencia del desempleo entre las mujeres en comparación con los hombres.

Un segundo proceso discriminatorio es el que opera en relación a la movilidad o posibilidades de carrera y ascenso entre los puestos de trabajo o al interior de la estructura del empleo. Como resultado de ello las mujeres tienden a ocupar puestos de trabajo de menor calidad, jerarquía y remuneraciones. Uno de los efectos más notorios de ello es la fuerte sobre-representación de muje- res que existen en los empleos periféricos, informales y precarios, con sus correlatos de inestabili- dad, desprotección e ingresos insuficientes.

Finalmente, y como resultado de los dos procesos anteriores, las mujeres caen en un tercer proceso discriminatorio relativo éste a su salida del mercado de trabajo una vez que se ha cumplido el ciclo activo, y al estatuto al que pueden aspirar o que efectivamente obtienen cuando se ha pro- cesado tal salida. Los dos procesos discriminatorios mencionados anteriormente determinan así au- sencia de cobertura de la Seguridad Social, o sino el acceso a un estatuto y retribuciones limitados o bajos. El resultado más visible de ello es que las mujeres tienden en términos generales ha obtener pasividades de menores montos en comparación con la obtenidas por los hombres.

La acción de los procesos discriminatorios mencionados conduciría a postular y esperar dife- rencias significativas en la incidencia de la pobreza según el sexo del jefe del hogar, y en particular una incidencia de la pobreza significativamente mayor entre los hogares con jefatura femenina en comparación con los que tienen jefatura masculina.

Sin embargo, la información que se resume y presenta en el Cuadro 2., no confirma esta expectativa. Tal cual puede verse, los resultados son los contrario de lo esperado: los hogares con jefatura económica masculina tienen un riesgo e incidencia de la pobreza superior al que registran los hogares con jefatura femenina. Afirmación que es válida y se mantiene en los dos contextos tempo- rales que comparamos, esto es, los años 1991 y 2000.

CUADRO 2: INCIDENCIA DE LA POBREZA SEGÚN SEXO DEL JEFE DE HOGAR.