CHAPTER 7 ARTICLE 2 : SURFACE CHARACTERISTICS AND FATIGUE BE-
7.6 Conclusions
Elías seguramente ha invitado a todos, incluido el rey, a ayunar como parte de las rogativas para implorar a Dios el final de la sequía. Ahora, que el pueblo ha confesado a Yahveh como único Dios, Elías invita a todos a comer y beber. Ajab y Elías suben desde el torrente Quisón a la cumbre del Carmelo (Jc 6,26). El rey se dirige al lugar donde se guardan las provisiones, mientras Elías sube a otra altura superior, desde donde puede contemplar el mar y ver a las nubes que se alzan cargadas de agua. Al separarse del rey, Elías le invita:
-Sube, come y bebe, porque ya se oye el rumor de la lluvia.
Sólo Elías oye el rumor de la lluvia. En realidad aún no hay en el cielo la más mínima nube, que la anuncie. Elías compromete su vida y el nombre de Yahveh al prometer la lluvia antes de que aparezca una señal. Su fe en que Yahveh no le defraudará mantiene viva su esperanza. Arrodillado y, con la cabeza entre las rodillas, sin atreverse a mirar lo que está por suceder, ora con todo su ser para que cese la sequía. Santiago en su carta a los cristianos les dice que “Elías era un hombre de igual condición que nosotros; oró insistentemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Después oró de nuevo y el cielo dio lluvia y la tierra produjo su fruto” (St 5,17-18).
A Fray Eliseo le gusta dramatizar la escena para que no resbale sobre ella sin enterarme. Con voz calma me describe los hechos alargando un poco las palabras para darlas tiempo a atravesar desde el oído a la mente y desde la mente al corazón. Sube, pues, Ajab a comer y beber. Elías le deja y sube con su criado a otra cima del Carmelo. Allí se encorva hacia la tierra poniendo su rostro entre las rodillas. Sin levantar la cara le dice a su criado:
-Sube a aquella roca y mira hacia el mar.
El criado, siempre dócil, sube, mira y vuelve con su respuesta: -No hay nada.
Elías le dice de nuevo: -Vuelve.
Y esto se repite siete veces. A la séptima vez el criado dice:
-Sube del mar una nubecilla como la palma de la mano de un hombre.
A Elías le basta esa señal. Esa nube insignificante es para él el anuncio de una chaparrón inminente. Antes ha sugerido a Ajab que se fuera a comer y beber mientras llegaba la lluvia. Ahora, apenas aparece esa nube casi invisible, al instante, sin esperar más, manda a su siervo que corra a decir a Ajab:
-Unce el carro y baja, que está viniendo la lluvia (1R 18,44).
En un instante se oscurece el cielo con las nubes empujadas por el viento y empieza a llover torrencialmente. Ajab monta en su carro y se dirige a su casa de campo en Yizreel, al pie de los montes de Gelboé. La mano de Yahveh cae sobre Elías que, ciñéndose la cintura, corre delante de Ajab hasta la entrada de Yizreel. Elías, con las alas del viento, el espíritu de Yahveh, recorre a pie los veinte kilómetros que hay entre el Carmelo y Yizreel en menos tiempo que el rey a caballo.
En Palestina la lluvia llega empujada por el viento del oeste y del sudoeste. Hoy se puede uno sentar con Elías, como ha hecho Paul Marie de la Croix, y esperar el milagro: “En una tarde calurosa he observado largo tiempo el punto del horizonte que oteaba el criado de Elías, y en donde vio que subía del mar una nuvecilla, símbolo de la gracia fecunda que la Virgen inmaculada debía enviar sobre la tierra, y me alegré de que estos lugares, tan cercanos al corazón, estén todavía, hoy como ayer, rodeados del silencio y de la más impresionante soledad”.2
En la noche Fray Eliseo me señala en el mapa los lugares donde, según la tradición, ha tenido logar el episodio. Dentro de la hermosa cordillera del Carmelo, que se extiende al
2PAUL MARIE DE LA CROIX, Hauts Lieux Elianiques, en Elie le prophéte selon les Ecritures et les
sudoeste se la llanura de Esdrelón, cubierta de abundante vegetación, el punto que indica la tradición como lugar del sacrificio de Elías es El Muhraqa, en la extremidad sudoriental del monte, a 514 metros del nivel del Mediterráneo. Desde ese lugar se divisa el mar y muy cerca brota el manantial Bir-el-Mansura, de donde se pudo sacar el agua para bañar el altar y alrededores antes de que descendiera el fuego del cielo.
También me señala la grande llanura de Yizreel (Jc 6,33; Jos 17,16), llamada también valle de Esdrelón (Jdt 6,33). Este valle está circundado al norte por las colinas de Nazaret y por el monte Tabor, que no es muy alto pero, al estar situado sobre una meseta, produce la sensación de ser una montaña majestuosa. Así le parecía al rey David, que la veía semejante a la excelsa montaña del Hermón, cuando invitaba a ambos montes a exultar por el nombre del Señor (Sal 88,13). Por su forma característica, por su vegetación y por el esplendor de su panorama el Tabor, con sus costados cubiertos de encinas, algarrobos, lentiscos, terebintos y pinos, es un monte único en Palestina (Jr 46,18), célebre además por la victoria que Baraq, sostenido por Débora, logró contra Sísara, (Jc 4,6). En la cima del Tabor, los griegos ortodoxos tienen una capilla dedicada al profeta Elías. Célebres son también, por otro motivo, los montes de Gelboé, que arropan a Yizreel por el este. En ellos fue derrotado y murió el rey Saúl y su hijo Jonatán, el amigo íntimo de David (2S 1). Y, al sur de Yizreel, se extiende la cadena montañosa del Carmelo.
El Carmelo, vuelve a decirme Fray Eliseo, más que un monte, es una cordillera que se extiende en dirección norte-oeste, desde Megiddo hasta el Mediterráneo. Sobre el gran mar se adentra, como un balcón, el promontorio del lado sur, formando la bahía de Haifa. La línea montañosa bordea la costa durante unos 34 kilómetros hasta un punto donde la estrecha línea costera se abre hacia la llanura de Sarón. Sus escarpes nor-orientales, asomándose a la llanura de Esdrelón, siguen el curso del río Quisón durante 22 kilómetros; después la cordillera vuelve atrás y corre aproximadamente por el mismo espacio hacia el mar. En el Cabo, el Carmelo se levanta escarpado desde el mar hasta una altura de unos 170 metros. La altura máxima en toda la cordillera es de unos 550 metros.
La subida al Monte Carmelo, que San Juan de la Cruz convierte en el símbolo del laborioso ascenso del hombre hacia Dios, es difícil por todas sus vertientes. Y sus altiplanicies, cortadas por torrentes y barrancos, no favorecen el paso de un lado a otro. Esto hace del Carmelo un lugar ideal para el retiro y la contemplación. Sus ásperas pendientes pobladas de una frondosa vegetación, sus profundos valles y las amplias vistas sobre el azul del Mediterráneo o el verde de las colinas de Galilea invitan a la oración.
Los ermitaños han buscado esta soledad en todos los siglos, estableciéndose junto a la “Fuente de Elías” en el wadi’ain es-Siah, un valle abierto al Mediterráneo en el flanco oeste del Carmelo. La Fuente de Elías, manantial perenne, ofrecía a los eremitas un lugar con agua todo el año. Y los higos, granadas y olivos añadían cierta variedad a la dieta de sus moradores, que disfrutaban además de la tranquilidad inmensa del mar bajo sus pies.
La geografía enciende el espíritu de Fray Eliseo y, de nuevo, me repite la historia de Elías hecha meditación y anuncio actual. Un solo profeta de Yahveh triunfa sobre cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. El relato nos describe el itinerario de la fe, que lleva desde la idolatría hasta el reconocimiento de Yahveh como el único Dios, capaz no sólo de mandar el fuego y la lluvia del cielo, sino capaz de convertir los corazones. Ante la apelación del profeta (1R 17,21) el pueblo al principio ni siquiera contesta. Está sordo, con el oído cerrado a la voz de Dios. Sin embargo, luego, acoge con agrado el espectáculo de la prueba del fuego (1R 17,24). El desafío de Elías a los profetas de Baal no abre aún el oído, pero sí abre los ojos para contemplar el testimonio. El enviado de Dios sólo es escuchado si él es testigo de lo que anuncia. Elías, arriesgando su vida, da testimonio de la verdad que anuncia. Con su testimonio hace realidad lo que proclama ya con su mismo nombre: Yahveh es mi Dios.
En el rápido correr de los acontecimientos, que atrapan a los hombres, es necesario contemplar el testimonio de vida de los enviados de Dios para poder abrirse a su palabra. Los hombres, turbados por el fluctuar de las ideas y opiniones, tienen necesidad de ver al Absoluto encarnado, y en cierto modo probado por un testimonio de vida. En medio de las realidades fluctuantes y transitorias del mundo, apoyarse sobre la estabilidad de Dios y de su amor, testimoniada en una persona de carne y hueso, es el primer paso en el itinerario de la fe. De este modo Elías marca el camino de la verdad y la vida al hombre de todos los tiempos que “cree más a los testigos que a los maestros, más a la experiencia que a la doctrina, más a la vida y a los hechos que a las teorías”.3
Así, pues, el pueblo sordo y mudo, que no responde a la interpelación de Elías, abre los ojos a la confrontación entre Elías y los profetas de Baal. Y, al ver el fracaso de éstos, “se acerca a Elías” y, finalmente, al ver la respuesta divina a la plegaria de Elías, aclama con entusiasmo a Yahveh, renunciando a la idolatría, dando muerte a los profetas de Baal. Elías se muestra irascible e indomable en su lucha contra la idolatría y contra los adoradores de los ídolos. Elías, solo frente a todos, domina la situación. Es audaz y provocador. No habla, manda con autoridad. En su fidelidad y celo, no soporta la doblez ni los compromisos.
Fray Eliseo parece que esta noche no desear ir a descansar. No se cansa de comentar la historia que me ha mostrado durante el día. Elías es un profeta singular. Su palabra no sabe de discursos ni recomendaciones morales. Sus intervenciones son frases breves y ásperas, como latigazos. “Azote de Israel” (1R 18,17), le llama Ajab. Y como un latigazo le va a llegar un poco más tarde la requisitoria: “¿Has matado a un hombre y ahora te apropias de su heredad?” (1R 21,19). Y lo mismo le sonará a Ocozías, sucesor de Ajab, el exabrupto: “No dejarás vivo el lecho” (2R 1,16). Elías suscita admiración y temor, pues lo que predice, se cumple. El es tan vulnerable como Ajab y como Ocozías, a quienes se enfrenta, pero sostenido por el envío de Dios no teme a nadie. Abandonado a sí mismo, es débil hasta dejarse morir echado al pie de una retama. Pero, llevado y sostenido por el espíritu de Dios, es un fuego que arde y quema toda falsedad e hipocresía.
Gregorio ve en Elías el modelo de la vida ascética solitaria y la figura singular del combate contra la idolatría. Gregorio enumera seis figuras de santidad, que Dios ha suscitado a lo largo de la historia de la salvación. A esos personajes ha seguido Basilio: Abraham, Moisés, Samuel, Elías, Juan Bautista y Pablo. Después de presentar a los tres primeros, introduce a Elías, hablando del rey Ajab y de su esposa Jezabel: “Muchas generaciones después de esto, aquel esclavo de una mujer dada a la molicie, abandonó las leyes patrias a causa de ella, y se dejó arrastrar al error de la idolatría, haciendo caer en ella al pueblo israelita. Entonces Dios mostró a Elías dotado de una fuerza curativa capaz de contrarrestar la magnitud de la enfermedad de los hombres. Varón que descuidaba el cuidado del cuerpo, de rostro enjuto, que se hacía sombra con la abundancia de sus cabellos, solitario en su forma de vida, venerable en su rostro serio, adusto en su mirada, con una piel de cabra cubría sólo aquello de su cuerpo que es más decoroso ocultar, mientras que exponía el resto a la intemperie, sin preocuparse ni del frío ni del calor. Elías, elevado ante el pueblo, primero devolvió la salud a Israel con el azote del hambre, pues corrigió el desorden del pueblo con este castigo como si fuera un bastón; después, con el fuego divino enviado sobre el sacrificio, extirpó la enfermedad de la idolatría”.
Fray Eliseo se calma y, antes de despedirnos para ir a dormir, sonríe y me narra uno de los muchos Midrás que conoce de memoria. Es un Midrás que pone una nota cómica en la trágica escena del Carmelo. No se preocupa mucho del final de los sacerdotes de Baal, degollados en el torrente Quisón, pero sí se fija en la suerte de los dos toros ofrecidos sobre los dos altares. Para ser absolutamente neutral Elías propone a los profetas de Baal que elijan dos toros gemelos y que se sortee cuál ha de sacrificarse en honor de Baal y cuál ofrecerse a
Yahveh, Dios de Israel. El que toca en suerte a Elías no opone ninguna resistencia, sino que le sigue dócilmente. En cambio el otro se niega con todas sus fuerzas a seguir a los adoradores de Baal. Elías se acerca a él y el toro le explica las razones de su rechazo:
-Mira, nosotros somos gemelos, nacidos de la misma madre, alimentados juntos, hemos pastado en los mismos campos y reposado a la sombra de los mismos árboles, ¿por qué ahora yo debo ser discriminado? Dime, ¿por qué mi hermano es ofrecido al Dios eterno y yo a un ídolo inerte? ¿Por qué mi hermano debe santificar al Dios vivo y verdadero mientras yo provocaré su cólera? Dime, ¿te parece justo esta discriminación?
Elías comprende al toro. Tiene razón, pero ya no se puede interrumpir la escena que ha montado. Por ello trata de convencer al pobre toro:
-No te preocupes, también tú santificarás el nombre de Dios. Ambos habéis vivido y moriréis en su servicio.
El toro no se siente muy convencido, pero acepta cuanto le propone Elías, aunque con una condición:
-Comprendo que no te puedes volver atrás después de haber desafiado a los sacerdotes de Baal, pero debe quedar claro que yo no voy al altar de Baal voluntariamente. Si tengo que ir, serás tú quien me pongas en sus manos.
A Elías no le queda más remedio que condescender y entregar a los sacerdotes el toro que les ha correspondido. Un día, siglos después, San Pablo nos aclarará las razones del toro, al decirnos que “la creación espera ansiosamente la revelación de los hijos de Dios, pues ha sido sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió. Y ahora vive en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo” (Rm 8,19-23).
Y ya, mientras se aleja, Fray Eliseo me cita un apotegma de Abba Isidoro de Pelusia, quien decía: “Vivir sin hablar es mejor que hablar sin vivir. Porque una persona que vive rectamente nos ayuda con el silencio, mientras que una que habla demasiado, simplemente nos aburre. Sin embargo, la perfección está en que las palabras y la vida vayan de la mano”