CONCLUSIONS AND RECOMMENDATIONS
6.1 Conclusions
Finalmente, debemos fijarnos en las entidades de no mercado de la economía social (asociaciones y fundaciones, principalmente). Según Paloma de Villota (2007), en las enti- dades del tercer sector persiste la desigualdad de género, igual que en los sectores público y privado. En cuanto que las mujeres son mayoría en los trabajos voluntarios y remunerados de las entidades principalmente de acción social, se reproduce un fenómeno de segregación horizontal según el tipo de actividad, siendo la acción social una actividad típicamente feme- nina de cuidado de las personas.
En una recopilación de diferentes estudios de ámbito nacional, se constata que el tercer sector está fuertemente feminizado, siendo las mujeres mayoría tanto en el personal em- pleado como en el voluntario. En concreto, estos estudios cifran entre un 57 % y un 75 % la
presencia femenina en el voluntariado social en los diferentes años,4 mientras que para el
año 2000 la proporción era de un 67,8 % de mujeres en el personal remunerado.
Personal voluntario y empleado en el tercer sector
Fuente: diferentes estudios de ámbito nacional (De Villota, 2007)
No obstante estas cifras, hay que hacer mención también a los estudios que ponen de manifiesto el techo de cristal para las mujeres dentro de estas organizaciones. En el mismo artículo se cita un estudio italiano del 2002 donde se muestra que solo el 30 % de entidades del tercer sector contaban con mujeres como directivas. Además, basándose en un estudio sobre la desigualdad salarial, pone de manifiesto cómo en las entidades del tercer sector, si bien no de forma tan pronunciada, persiste la desigualdad de género en las remuneraciones del personal laboral (De Villota, 2007).
4. Entre el primer y último valor existe un intervalo de seis años, en el cual la presencia masculina en el voluntariado habría aumentado de forma considerable. Este hecho es analizado, entre otros, en el estudio de Fátima Perelló para el caso valenciano (Perelló, 2007).
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Por otro lado, en una investigación sobre el sector del voluntariado en la Comunidad Valenciana (Perelló, 2007) se constata también que las mujeres, a pesar de su mayoría nu- mérica, realizan mayoritariamente las funciones menos prestigiosas y de menor visibilidad social, al tiempo que acceden de forma desigual a la dirección o la gestión de las entidades. La hipótesis de partida del estudio fue
el grado desigual de implicación y participación en las entidades de voluntariado social, por parte de hombres y mujeres, guarda una estrecha relación con las adscripciones sociales de género, el uso desigual del tiempo y la asimétrica distribución del trabajo doméstico-familiar no pagado (Perelló, 2007: 76).
Fátima Perelló apunta que el sector del voluntariado implica un ámbito de institucionali- zación de la gratuidad social en la producción de bienes y servicios para el bienestar social, siendo al tiempo un espacio a medio camino entre la esfera pública y la privada y, por tanto, un espacio «en el que ensayar procesos de transformación y cambio de muy diversa índole, algunos de ellos vinculados a la participación ciudadana y las relaciones de género» (Pere- lló, 2007: 76).
El potencial reside en la experiencia y experimentación subjetiva de las mujeres
implicadas en el voluntariado. Así, por ejemplo, frente al tradicional rol del trabajo de cuidados en la esfera privada, en el tercer sector la acción social voluntaria adquiriría connotaciones políticas de ciudadanía activa, ya que
las funciones afectivas, de cuidado, de satisfacción de las necesidades de los otros salen del ámbito privado del hogar para instalarse en las organizaciones que componen el espacio solidario de lo privado-público (Perreló, 2007: 80).
No obstante, no dejamos de lado la situación desigual en el voluntariado que apuntamos al principio y que viene determinada en buena medida por la mayor carga de responsabili- dad doméstica-familiar de las mujeres y la mayor predisposición de los hombres a ocupar los cargos simbólicos de poder y representación en el espacio público, en este caso en las entidades del tercer sector (Perelló, 2007: 83-84).
Conclusiones
– Se reproduce en el conjunto del sector la segregación horizontal y vertical, así como condiciones más precarias de trabajo, si bien de forma menos evidente que en el conjunto de la economía. En el caso de las entidades de no mercado (tercer sector), se reproduce la división sexual del trabajo, con un fuerte componente de voluntariado femenino. Este hecho se asocia al trabajo femenino reproductivo y de cuidados, si bien realizado desde la esfera pública, a través de entidades organizadas, con carác- ter voluntario o remunerado.
– No obstante, el sector de mercado de la economía social, si bien minoritario en términos cuantitativos, se manifiesta como una fuente sostenida y creciente de creación (o man- tenimiento) de empleo para las mujeres, al menos en términos iguales o ligeramente
145 superiores al resto del mercado de trabajo (exceptuando el empleo público). A esto hay
que sumar el empleo mayoritariamente femenino de las entidades de no mercado (ter- cer sector).
– En todo caso, se pone de manifiesto el potencial de la economía social para la pro- moción socioeconómica de las mujeres, si bien queda mucho trabajo por hacer en materia de políticas de igualdad, sensibilización, etc. Esto se muestra como una fuen- te potencial de inserción laboral de las mujeres, en un contexto de organizaciones formalmente más democráticas y abiertas a la participación.
– El hecho del contexto sociocultural se manifiesta como componente principal de los obstáculos para conseguir esta meta. Por ello, se hacen necesarias estrategias com- plementarias o alternativas para conseguir ese objetivo y que la economía social y, especialmente, el tercer sector no se conviertan en un ámbito funcional al sistema económico, en el sentido, por ejemplo, de sustituir de forma más precaria los servicios públicos debido al desmantelamiento del Estado de bienestar. Si no, una vez más, serán las mujeres quienes, de forma más precaria, sustituyan la economía pública por una economía no lucrativa de los cuidados, reproduciendo las desigualdades y la división sexual del trabajo, o se encuentren en nichos de mercado no lucrativos, terciarizados y de autoexplotación.
– Por tanto, es importante tener en cuenta que, para tener éxito en las estrategias de igualdad de género en la economía social, deben ponerse en práctica de forma deci- dida los principios y valores de la economía social (democracia interna, fomento de la igualdad, compromiso con el entorno, etc.), al tiempo que se incide sobre el conjunto de la sociedad, junto a otros agentes sociales, con el objetivo de crear un entorno más fa- vorable a los valores solidarios y cooperativos y de igualdad entre mujeres y hombres.