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9. Conclusions and recommendations

9.1 Conclusions

Vamos a realizar una reconstrucción histórica muy breve, siguiendo a Taylor, de las principales articulaciones filosóficas del bien que están en el origen de la identidad moral moderna. La selección que hace al autor es discutible, pero se debe reconocer que constituye una profunda lectura de las principales concepciones éticas que han dado origen a la identidad moral del hombre actual. Desde luego, Nietzsche, Habermas, los posmodernos o Rorty habrían realizado otro tipo de reconstrucción de la ética occidental y habrían incluido a otros autores como los presocráticos o Espinosa y habrían suprimido a otros como Platón y el cristianismo.

En mi exposición analizaré únicamente los trazos más importantes de cada articulación del bien y de la ética, tal y como los expone Ch.Taylor.

a) Platón: el autodominio

Para Platón, ser bueno es lo mismo que ser dueño de sí mismo; el autodominio significa que la parte superior del hombre domina a las inferiores o que la razón se impone a los deseos. Ello implica tres ideas esenciales: la unidad del hombre consigo mismo; la serenidad y el dominio de sí. Platón establece por tanto una moral superior a la anterior; una moral racional más alta que la moral del guerrero o del héroe que lucha y muere en la batalla. En el platonismo se da una visión correcta del cosmos basada en la razón y una visión del Bien como criterio superior que rige todos los bienes que uno debe buscar en su vida. Por otro lado, introduce una novedad conceptual: la interioridad del Bien. El Bien se conoce dentro; no hay que buscarlo en el exterior de uno mismo y es superior con mucho a la riqueza, al honor y al poder. Conocer el Bien lleva casi necesariamente a amarlo y el amor al Bien produce orden y justicia. Por todo eso, la filosofía es el camino de la virtud; se trata de conocer y amar el Bien en sí, la Belleza en sí; se trata de conocer el Bien eterno y el Orden eterno.

Esa idea de autodominio racional del hombre también fue seguida de distinto modo por Aristóteles, para quien se trata de una visión del orden en la felicidad; y posteriormente por los estoicos, para quienes el autodominio racional consiste en controlar las pasiones.

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b) Agustín: "el hombre interior"

Existe una clara continuidad entre Platón y Agustín a través de Plotino. Lo nuevo y original de Agustín es la oposición entre el "hombre interior" y el "hombre exterior". El "hombre exterior" es el corporal, el que tenemos en común con las bestias. En cambio el "hombre interior" es el alma. Y el sendero que nos lleva a Dios está dentro de nosotros. Dios no es cognoscible directamente, a no ser en los éxtasis místicos; pero hay una "luz interior" que ilumina al hombre y esa luz es Dios. Se trata de la luz del alma. No hay que mirar hacia fuera y buscar el bien en las cosas externas; es decir, no hay que buscar el éxito ni el placer, ni la riqueza ni el poder, sino buscar dentro de uno mismo; se debe reflexionar sobre uno mismo y cuidarse del yo, del alma, de nuestra condición moral.

Taylor insiste en este giro hacia la reflexividad radical que inicia Agustín en la filosofía occidental que supuso un precedente mucho más profundo que el simple "cogito" cartesiano de la filosofía moderna. Antes que Descartes y de un modo mucho más radical, Agustín dio un vuelco reflexivo hacia el yo, hacia una condición superior y con ello nos proporcionó una nueva comprensión de las fuentes morales. El paso hacia la interioridad en Agustín fue un paso intermedio hacia Dios. Por eso Agustín intentó demostrar la existencia de Dios por vía reflexiva, apelando a nuestra experiencia en primera persona. Él fue un protocartesiano o un cartesiano “avant la lettre” con su afirmación: Si me engaño, existo. Con eso estableció la certeza de la autopresencia, de la conciencia de sí mismo.

Por otro lado, en toda su filosofía Agustín definió una jerarquización de las verdades: las sensibles y las matemáticas; éstas son superiores a aquellas. Hay que aceptar la existencia de un criterio superior: la razón y las verdades superiores a las verdades humanas: la Verdad de Dios; o Dios como la Verdad. La gran preocupación de Agustín es demostrar que Dios se halla en lo más íntimo de nuestra autopresencia, en lo más profundo de nosotros mismos. En este sentido la diferencia con Descartes es muy significativa. No se trata de una lucha contra el escepticismo como en el caso de la "duda metódica", sino de que la idea de Dios surge con fuerza en la búsqueda del autoconocimiento. Y para ello la base es la memoria; se trata de una “anámnesis”, de un recuerdo, de un rememorar y de una búsqueda de la fuente de luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; entonces aparece Dios. La senda de Agustín a través de la memoria es "desde lo exterior hacia lo interior y desde lo interior hacia lo superior". Todo ello contrasta con el "Menón" de Platón, para quien el conocimiento es recuerdo, rememoración de la vida anterior del alma en el mundo ideal.

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Otro desarrollo conceptual original de Agustín se refiere a la voluntad, al deseo, que para Platón dependía totalmente del conocimiento racional. Por ello, Agustín habla de dos amores, uno superior y otro inferior. Y además insiste en que cada persona se convierte en cierto modo en aquello que es objeto de su amor; si solamente amas lo terrenal te conviertes en un "materialista" y si amas a Dios, te "divinizas". Lo que sucede es que el tema de la voluntad en Agustín está relacionado directamente con el problema del mal, con el "pecado original". El hombre no puede seguir el bien que conoce y en cambio hace el mal que sabe que no debe hacer. La voluntad es débil o es fuerte y la voluntad puede ser buena o mala. La frase de Pablo de Tarso es retomada por Agustín: Hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero. A este propósito conviene recordar lo que se decía en un capítulo anterior sobre el pensamiento de Donoso Cortés y su interpretación agustiniana del mal y del pecado original.

En definitiva, Agustín crea el lenguaje de la interioridad que es plenamente actual y, según Taylor, emparentad con la perspectiva e identidad de los modernos101

. Agustín inventó el

"protocogito" antes que Descartes, aunque éste introdujo una concepción de la filosofía que puso al conocimiento como eje de toda la construcción filosófica.

c) Descartes: la concepción "representacional" del conocimiento

Descartes es un seguidor moderrno de S.Agustín, pues aunque se apoya en él, da un giro radical a la interioridad agustiniana. El autor francés coloca las fuentes morales dentro de nosotros. Su concepción "representacional" del conocimiento y de las ideas significa que todo lo real extramental lo conozco dentro de mí, en mis ideas. Dentro de mí hay una certeza de lo real que únicamente se basa en las ideas claras y distintas. La evidencia se convierte en el criterio de verdad de mis ideas y de mis juicios. Por otro lado, el dualismo platónico es cambiado aquí por un mecanicismo de la materia y del cuerpo.

El sentido del verbo "cogitare" que proviene del latín "cogere" (coger, recoger, ordenar) es retomado por Descartes en un sentido mucho más radical; se trata de construir un orden interno en nuestra mente con nuestras ideas; el mundo exterior es reconstruido en el interior de nosotros mismos. Y en cuanto a las fuentes de la moralidad, su modernidad es total, ya que coloca dentro

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de nosotros las mismas fuentes de la moralidad. El orden del mundo ya no es objetivo en sí mismo, sino que debe adecuarse al orden de mis representaciones, de mis ideas. El mundo exterior comienza a perder su "encantamiento"; ya es visto como una simple máquina, incluyendo el mismo cuerpo humano que es pura extensión y meras medidas cuantificables. La nueva ontología cartesiana afirma que el ser racional ya no consiste en atenerse al orden del mundo, sino que puede construir parámetros racionales acordes con ideas evidentes, claras y distintas.

En cuanto a la ética, Descartes se inspira mucho en el estoicismo. La prudencia debe regir nuestra conducta y en todo momento debe primar la hegemonía de la razón, la "autarquía", el autodominio mediante el cual hay que controlar los sentidos y los deseos. Dominar las pasiones es controlar esas emociones del alma a fin de preservar la unión del alma con el cuerpo, la supervivencia del organismo. Toda la teoría ética de Descartes gira ya en torno a la interiorización de las fuentes morales: la dignidad del ser racional que es el ser humano. La virtud por excelencia será para Descartes la generosité que va a ser una transformación de la base motivacional en orden a la ética del control racional. De la ética del "honor" se pasa a la "ética de la generosidad". Se trata de convertir la ética del honor y de las sociedades guerreras en la ética de la generosidad guiada por el control racional del ser humano. La dignidad humana se convierte en el corazón de la moral cartesiana

El concepto de racionalidad que instaura Descartes es "procedimental", ya que se basa en el análisis de procesos y de parámetros para alcanzar la verdad. Por eso Taylor señala: El cambio de

sustancia a procedimiento, de órdenes encontrados a órdenes construidos representa una enorme interiorización en relación con la tradición platónico-estoica de la ética. Sencillamente, el proyecto cartesiano debe mucho a sus raíces agustinianas y a la creciente importancia que esta tradición concedió a la interioridad.102

La modernidad de Descartes respecto a Agustín se cifra sobre todo en que con Descartes se pasa de la dependencia total del ser humano respecto a Dios a la certeza autosuficiente y a la certeza de Dios como un paso más en el camino de la certeza del yo. Por todo ello, señala Taylor, no se puede decir que Descartes sea ni un deísta ni un descreído, pero sin embargo abrió la senda de la autosuficiencia del hombre moderno y de la autonomía de la razón que finalmente desembocarían en la increencia moderna sobre el cristianismo.

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d) Locke: el "yo puntual"

Si con Descartes, advierte Taylor, la idea del "sujeto" se desvincula de un orden objetivo fuera de la mente, con Locke esta idea es llevada a su máxima expresión. Para el autor inglés se cambia ya totalmente el sentido de la "experiencia sensible e interior", puesto que, por ejemplo, "tener un dolor de muelas" es considerado como una idea que está en la mente y que es producida por las propiedades primarias del órgano o del objeto. Con ello se ha cambiado totalmente el sentido de "tener experiencias" y de "experimentar".

Locke defiende una teoría mecanicista del mundo exterior y del mismo conocimiento humano cuyos presupuestos fundamentales son la creencia en un orden antiteleológico, sin finalidades, tanto en el campo del conocimiento como en el de la moral y la creencia en que no existen ideas innatas ni nada parecido.

La novedad de Locke es que propone una desvinculación completa de la mente y del yo. Para él, la mente es totalmente pasiva y receptiva. Su concepción de la mente y de sus procesos es totalmente atomista y reificante. Lo único que hace la mente es juntar materiales y construir con ellos algo mediante asociaciones. La mente es "un cuarto oscuro”, "una sala de recepciones", "una página en blanco". Las ideas se asocian como los átomos en la Naturaleza y funcionan mediante mecanismos meramente asociativos. No hay ideas universales ni abstractas capaces de explicar racionalmente las realidades del mundo.

En el campo de la moral Locke se alza contra la tradición de los platónicos, aristotélicos y estoicos. El autor inglés plantea una teoría hedonista del bien y del mal desde un punto de vista antiteleológico. La determinación de la voluntad tiene su origen en el malestar del deseo, según Locke. Para él, las personas están invariablemente impulsadas por sus más íntimos deseos.103

Con ello Locke se inserta en la tradición del "voluntarismo teológico" de Ockham y la vincula con el hedonismo, ya que une el placer y el dolor al cumplimiento o no de la ley, una ley de la que el supremo legislador es Dios. El concepto de "hábito" que era tan importante para Aristóteles ha cambiado totalmente con Locke. Ahora se trata de entrelazar elementos sin ninguna conexión objetiva entre sí y sin ninguna inclinación natural

El "yo puntual" de Locke es un yo real, pero "sin extensión"; es decir, es capaz de fijar todas las cosas como objetos y no ser ninguno de ellos. Es capaz de poder configurarlos y ajustarlos. En definitiva, no se trata de una sustancia, no se trata de la identidad personal, sino de la conciencia, de la toma de conciencia de las acciones pasadas, remotas e incluso de encarnaciones en otros cuerpos diferentes. Al final, la persona es concebida como un agente inteligente capaz de

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hacer una ley y de ser feliz y desgraciada. La identidad personal se convierte en la responsabilidad moral del yo desde una perspectiva jurídica y moral.

La influencia de esta concepción del "yo puntual" de Locke en toda la Ilustración europea y hasta nuestros días se pone de manifiesto, según Taylor, en que se mantiene el ideal de libertad e independencia de un yo desvinculado y de una razón procedimental. Hoy día se piensa en el yo como un sujeto desvinculado y en la razón como algo puramente procedimental; en la filosofía moderna el yo es considerado como un sujeto que ejerce un control instrumental. En nuestros días se exige, dice Taylor, una postura reflexiva, una reestructuración radical de nuestra identidad. La reflexión moral tradicional es un vuelco hacia un orden objetivo, mientras que la reflexión moral moderna es un vuelco hacia un orden subjetivo, que se convierte en un proceso de autoobjetivación.

En la filosofía actual, yo tengo que ser consciente de mi actividad, de mis procesos de habituación y se me pide que los objetive. Por eso, insiste Taylor, en la sociedad moderna se habla mucho de las disciplinas de autocontrol en lo económico, en lo moral y en lo sexual. Y todo ello produce una clara paradoja en la filosofía moderna que consiste en que la objetividad radical que se muestra en la tercera persona (él, ella, ellos, ellas) y ello sólo es posible desde una subjetividad radical (de un yo, de un nosotros). Es el giro del yo hacia el yo; lo que él denomina la reflexividad

radical.

e) Montaigne: la condición humana

Este autor francés es uno de los mejores antecedentes de la autoexploración moderna, porque, como señala Taylor, no busca la naturaleza universal y fija del hombre, sino que su análisis se basa en que cada hombre lleva la forma entera de la condición humana104. Por eso su

autodescripción es una revelación de la condición de todo hombre: la condición humana. El lema de los antiguos había sido “vivir conforme a la Naturaleza”, dentro de sus límites, desde dentro. Ahora con Montaigne se trata de la autoaceptación del límite humano: que nada sea sobrehumano ni infrahumano. Contra el rigorismo moral e intelectual se debe luchar por la aceptación de lo que somos. Para Montaigne, en contra de Descartes, el ser humano individual es irrepetible y único y cada uno debe autoexplorarse y autodescubrirse. No tiene por qué someterse cada yo original y único al orden universal del "cogito" cartesiano.

Montaigne escribió sus "Ensayos" al perder a su amigo La Boétie; y a partir de su propio texto planteó el conocimiento de sí mismo, su identidad. Por eso, señala Taylor, analizando la obra

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de Montaigne, la búsqueda del yo para aceptarse a uno mismo... ha llegado a ser uno de los

temas fundamentales de la cultura moderna. 105 De este modo, el tema de la interioridad de

Agustín lo retoma Montaigne y resurge también con los jesuitas y con los puritanos. Así, Calvino insiste de nuevo en ello y es patente su influencia en toda la novela inglesa de los siglos XVII y XVIII y en la obra de Rousseau en sus "Confesiones".

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