La vida cotidiana también nos da la clave de no pocas cosas, de no pocas actitudes. Por ejemplo, la vida familiar, reproduciendo a ese nivel la vida política, a modo de mil reinos dentro de un reino, donde la Monarquía autoritaria que ejerce el pater familiae es aún más fuerte, más sin freno alguno que el que pueda tener el Rey dentro del reino. Lo cual hace comprender lo que sería para un hijo que el padre fuera padre y rey a un tiempo, un poder sobre otro, un doble monarca, con un peso insufrible, como el que padeció Juana la Loca con Fernando el Católico. Cierto que con Carlos V esa pesadumbre se alivió con las ausencias del Emperador, pero volvió otra vez con Felipe II. ¿Influyó eso en el sentido de ansia de libertad del joven Príncipe, el príncipe don Carlos, el príncipe rebelde que murió en prisión? Será algo que hay que tener en cuenta. También será importante ver en esa estructura familiar y, en general, en la vida de aquella sociedad, la función de la mujer, un papel siempre de segundo orden, como si se tratara de una menor de edad. Y eso también tendría su repercusión en la vida pública, en el mismo gobierno de la Monarquía. Porque ese invencible recelo hacia la mujer haría que Felipe II intentase una y otra vez tener hijos varones, pese a que la sucesión de la Corona estaba asegurada con sus dos hijas, Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, ambas mujeres de gran valía, con el resultado de que, al final, España quedara bajo el gobierno del mediocre Felipe III y que saliera para los Países Bajos, para gobernar lo que quedaba de leal a la Monarquía, aquella Bélgica donde Isabel Clara Eugenia demostraría con creces que tenía un gran talento político. Pero antes de entrar en la vida familiar y en el papel de la mujer, hay que plantearse los rasgos diferenciales de aquella época que más la distinguían de la nuestra. En primer lugar, la carencia de megalópolis, aunque ese término sea relativo. Las casas eran normalmente de una o dos plantas, como máximo de cuatro. No había contaminación urbana, pero tampoco luces nocturnas, de forma que el hombre estaba más inmerso en la Naturaleza, disfrutando —o padeciendo— sus aires limpios y sus tinieblas, los rigores estivales y los crudos inviernos. La dificultad y la lentitud en las comunicaciones hacían muy problemático el remediar los años de malas cosechas, con las
necesarias importaciones; de ahí que con tanta frecuencia hiciese acto de presencia el hambre. El atraso en la medicina traía consigo que las enfermedades hiciesen verdaderos estragos, sobre todo en los niños, de forma que la mortandad infantil era altísima, y de eso no se libraban ni las más altas familias; el propio Felipe II vería morir a cuatro hijos suyos en tierna edad: Fernando, a los siete años; Carlos Lorenzo y María, a los dos, y Diego, a los seis. Estaba, además, el dolor físico, del que no se libraba nadie, por el desconocimiento de eficaces anestesias; de ahí el terror a los sacamuelas, que operaban en vivo, cosa de la que, a lo largo de la vida, nadie se libraba. A ese respecto, los pintores costumbristas nos dan un testimonio de un valor inapreciable. Valga como muestra el cuadro El cirujano, pintado en pleno momento de la extirpación de una especie de tumor en la frente de un paciente que se retuerce desesperado, esa pequeña obra maestra de Van Hemessen que posee el Museo del Prado; un sufrimiento que salpica a los familiares y que, en este caso, supone la conmoción del padre del paciente. Una obra pintada hacia 1555, esto es, el mismo año en el que Carlos V abdica en su hijo Felipe II. ¿Y cómo olvidar que el príncipe don Carlos hubo de sufrir una operación aún más dolorosa? La trepanación que le realizó Vesalio en 1563, tras aquella caída que sufrió en Alcalá, cuando se golpeó tan bruscamente en la cabeza al bajar rodando por una mala
escalera de servicio. Dichas estas generalidades, veamos algo sobre la familia. Lo primero, y contra lo que pudiera creerse, las familias numerosas eran una excepción, y no porque los matrimonios procurasen el control de la natalidad, sino porque la terrible mortandad infantil se encargaba de ello. Piénsese en el mismo modelo de los Austrias mayores, que no pasan, ni el padre ni el hijo, de los tres hijos logrados. Esos son los que tiene Isabel, la Emperatriz: Felipe, María y Juana. Y los mismos Felipe II: Isabel Clara Eugenia, Catalina Micaela y Felipe III. El matrimonio es una acción que realizan a su gusto los padres de los futuros contrayentes, que podían no conocerse. Se daba por sentado que la hija de familia, la doncella, era totalmente ignorante en materia de sexo y que
aceptaba por bueno lo que sus padres le ofrecieran. Aquello que decía la madre de Melibea respecto a los deseos de la hija en cuanto a cuál debía ser su marido: ... si alto o baxo de sangre, o feo o gentil de gesto le mandaremos tomar, aquello será su placer, aquello habrá por bueno...307 Algo que
se trataba de justificar por aquello de que el amor era ciego y en los jóvenes podía ser un
deslumbramiento engañoso. Y dado que nadie quería más a los contrayentes que sus padres, éstos eran los que mejor podían escoger la adecuada pareja para sus hijos; un planteamiento que en el fondo escondía intereses familiares, viendo en el matrimonio de los hijos una operación
socioeconómica que mantuviera las cosas en su sitio. ¿Y las consecuencias? Que lo amoroso, incluido lo erótico, quedara orillado. Con lo cual, la vida amorosa podía brotar en el matrimonio, como le ocurrió a Carlos V, pero lo más fácil era que brotase fuera, con un sinnúmero de
infidelidades; las del varón, por supuesto, mas también las de la mujer, en particular cuando la negra suerte le deparaba un marido ya cascado, como en el novelado caso de El celoso extremeño, y aquí la referencia literaria a Cervantes resulta obligada. Separación, por tanto, las más de las veces, entre vida amorosa y vida matrimonial. Pleberio, el padre de Melibea, divide su vida en dos etapas: la primera, la de la juventud, dedicada al amor; la segunda, ya entrados los cuarenta, en que se conforma con el matrimonio. Por lo tanto, una vez más vemos ese distingo, esa separación, ese cambio: la vida amorosa por un lado, los lazos familiares por el otro: ¡Oh amor, amor!... Herida fue de ti mi juventud, por medio de tus brasas pasé... Bien pensé que de tus lazos me había librado, cuando los cuarenta años toqué, cuando fui contento con mi conyugal compañera...308 Pues bien, ése
era el modelo obligado que debía dar la Corona, donde los matrimonios son auténticas acciones de Estado, como el de Felipe II con María Tudor. Como víctima que sabe el sacrificio al que va, el Rey encarga a Tiziano, con destino a su nuevo hogar de Londres, un cuadro erótico: Venus y Adonis, que hoy podemos admirar en el Prado. Venus trata de sujetar amorosamente a Adonis, que se zafa, bien a su pesar, del amoroso abrazo, en busca de su amargo destino. El escorzo desnudo de la diosa es un espléndido regalo para la vista; sin duda, lo fue para el afligido Rey, camino de su destino, y no es difícil reconocer en el rostro de Adonis el del propio Felipe II, entonces en la flor de la edad, a sus veintisiete años, dejando en Castilla a su amada, Isabel de Osorio, para encaminarse a su destierro londinense. Es evidente, y nadie lo duda, que Felipe II había aceptado su matrimonio con María Tudor como un penoso deber. Tan así era el ambiente, que san Francisco de Borja lo pudo emplear como un argumento ante la pobre Juana la Loca, que por entonces en su cautiverio de Tordesillas daba en no querer practicar vida religiosa alguna: que pensara bien que su nieto había tomado sobre sí la misión de Inglaterra para ayudar a la conversión de aquella tierra, y que de poco serviría su sacrificio si los ingleses tenían noticia de que la Reina, su abuela, tampoco vivía muy
cristianamente309. O sea que era del común sentir que Felipe II se casaba cumpliendo un deber. Era
repetir el caso de Pleberio. De ese modo, el modelo literario —Pleberio— se anteponía al histórico: el padre de Melibea, al hijo del César; el personaje de ficción, al de carne y hueso. También era eso lo que sucedía en otras escalas. Garcilaso de la Vega, nuestro altísimo poeta del Renacimiento, el que cantó como nadie las penas del amor (aquello de «Salid sin duelo, lágrimas corriendo»), es el que desposa por mandato regio (a fin de cuentas, él era un contino, esto es, un noble palaciego) no con el gran amor de su vida, sino con una dama de la reina doña Leonor de Austria, de nombre Elena de Zúñiga, que le llevaría una notable dote y que sería la madre de sus hijos. Así cumplió Garcilaso sus deberes de cortesano, aunque sus amores serían otros, los dirigidos hacia aquella portuguesa de la corte, que había acompañado a la emperatriz Isabel y que rivalizaba con ella en belleza, de nombre Isabel de Freire: Salid sin duelo, lágrimas corriendo. Porque se tenía por
vergonzoso e inmoral que el hombre buscara placer en el matrimonio. Eso lo habían sentenciado ya los moralistas más sesudos, como lo haría nada menos que Luis Vives, nuestro pensador más destacado de la época imperial, respondiendo al sentir de aquella sociedad: A través de la esposa, ¿qué es lo que se busca? Eso se cuestionaba el valenciano universal, y al punto añadía su reflexión, que parecía dictada por el sentido común: No creo yo que sea un placer feo o fugaz... Claro que el matrimonio también deparaba sus sorpresas, y entre ellas, acaso la mayor, la del enamoramiento. Aquí de nuevo hay que acudir a las cumbres, por ser donde encontramos testimonios irrecusables. La diplomacia española negoció la boda de Carlos V con la princesa de Portugal buscando afianzar la paz y con el señuelo de una cuantiosa dote, como sólo podía otorgarla entonces la corte de Lisboa; sin embargo, tan prosaicos principios desembocaron en un matrimonio enamorado desde el primer momento. En otros casos, el juego amoroso fue tan ardiente, que destruyó la parte más débil, que —no hay que dudarlo— lo era el varón, como le ocurrió al príncipe don Juan, el hijo de los Reyes Católicos. El propio Felipe II se inició en el amor con su primera esposa, María Manuela de Portugal, y la danza de aquella joven pareja en Tordesillas, a petición de su abuela la reina Juana, fue una de las pocas alegrías de aquella desventurada mujer. Y sabemos que el Rey acabó
subyugado por la gracia exquisita de su tercera esposa, Isabel de Valois, la flor de París, que también enamoró al desdichado príncipe don Carlos. En todo caso, el matrimonio se concertaba de acuerdo con normas precisas, siendo tres las más imperiosas: primera, la de «cada oveja con su pareja»; después, ya señalada, la de que era algo tan serio que debía quedar a cargo de los padres o, en su caso, de los representantes de la anterior generación, y la tercera, que había que tener en cuenta los intereses económicos; de ahí que tantos segundones, que se adornaban con sus ilustres apellidos, buscasen esposas con sustanciosas dotes. Algo que, a otra escala, también regía en el mundo rural, cuando se procuraba que los nuevos matrimonios reportasen la unión de tierras próximas. Y cuando las cosas no iban así, al punto los transgresores sufrían las consecuencias. Que Garcilaso de la Vega se atreviese a ser el padrino de la boda secreta de su sobrino homónimo con una dama de la alta nobleza le valdría el duro castigo del destierro en una isla del Danubio. Que Gonzalo Yepes, el padre de san Juan de la Cruz, se enamorase en Fontiveros de una hermosa pero humildísima mujer, de oficio tejedora, hasta el extremo de casarse con ella, provocaría el repudio familiar y que se quedara sin recursos, hasta el punto de que el hambre entrase en el nuevo hogar, acabando él mismo por ser la primera víctima de una vida llena de penurias. Esa estructura familiar, montada en principio como un negocio, con su contrato estipulado en términos muy precisos, se constituía como un pequeño reino en el que los padres se convertían en reyes absolutos. En líneas generales, se repartían las funciones: el mundo exterior quedaba para el varón, para el pater
familiae, donde proyectaba sus empresas, llevaba a cabo sus tratos o, simplemente, volcaba sus
ocios; mientras que el hogar era el dominio de la esposa, como administradora de aquel territorio, que debía gobernar en ausencia del marido, quedando bajo su mandato hijos, criados y esclavos, aunque guardando las distancias. No se permitían familiaridades ni con los mismos hijos. El idioma lo reflejaba. Los padres tuteaban a los hijos, pero ese trato no era recíproco: éstos debían tratar respetuosamente a los padres. Incluso en un hogar que se nos antoja tan abierto como el del
Caballero del Verde Gabán, el hijo tratará al padre con el mayor respeto: ¿Quién diremos, señor, que es este caballero que vuestra merced nos ha traído a casa? Ante cuya pregunta, el padre le
contestará: No sé lo que te diga, hijo...; háblale tú... Ahora bien, el pater familiae también tratará ceremoniosamente a su esposa: Recibid, señora, con vuestro sólito agrado, al señor don Quijote de la Mancha310. Un doble lenguaje, marcando las jerarquías, que también encontramos entre el ciego y
su lazarillo. Recordemos el divertido lance de las uvas: —Lázaro —dice el ciego—, engañado me has. Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres. —No comí —dije yo—; mas ¿por qué sospecháis eso? Respondió el sagacísimo ciego: —¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas...311 Por lo tanto, un doble lenguaje, ceremonioso hacia arriba —o
en la misma cumbre—, confianzudo hacia abajo, hijos incluidos. Es cierto —y acaso sea una característica de la sociedad hispana— que los criados viejos también pueden tomarse semejantes familiaridades con sus amos, secuela sin duda de los años en que los tuvieron, cuando eran niños, bajo su cuidado. Pero, en general, no cabe duda de que nos encontramos con el idioma al servicio
de una sociedad fuertemente jerarquizada, empezando por la misma vida familiar. En esa sociedad, ¿cuál era el papel de las mujeres? El de una menor de edad. Según una tradición milenaria, que no se ha desvanecido hasta nuestros días, la mujer era un ser inferior al que no había que dar
demasiadas funciones, porque sería incapaz de acometerlas. Las propias, las tareas del hogar, o desempeñándolas o dirigiéndolas; entonces ya estaba atareada. Los problemas empezarán cuando esas tareas terminaban. Seguramente se dedicaría a chácharas con poco fundamento; así al menos pensaba Luis Vives, quien se pregunta: ¿De qué cosas hablará? ¿Hablará siempre? ¿No se callará nunca? Porque si se dedicara a pensar, acaso fuera peor, pues: Veloz es el pensamiento de la mujer y tornadizo por lo común y vagoroso y andariego y no sé bien a dónde la trae su propia lubricada ligereza...312 Interminables serían las citas en cuanto al mal concepto que se tenía de la mujer; baste
recordar que el anónimo autor del Viaje de Turquía una de las pocas cosas por las que alababa a la sociedad turca era porque la mujer estaba tan orillada y marginada como a su juicio debía estarlo; o bien al propio fray Luis de León, que en su obrita La perfecta casada llegará a decir que la mujer era de su naturaleza ... flaca y deleznable más que otro animal y de su costumbre y ingenio una cosa quebradiza y melindrosa...313 No es de extrañar que santa Teresa tuviera este desahogo en su
Camino de perfección, un desahogo, por cierto, censurado por la Inquisición: ... que no hagamos
cosa que no valga nada en público ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto... Y añade la Santa en su queja a Dios: ... no lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez y no como los jueces del mundo, que como son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa...314 Aunque quizá lo refleje aún mejor esa
degradada posición de la mujer la brutal anécdota que nos refiere Esteban de Garillay y Zamalloa —otro contemporáneo de Felipe II, que muere en 1599—, al relatar la reacción del condestable de Castilla ante un correo que le llevó la noticia de que su hija había parido dos niñas, una viva y la otra muerta. El correo, conforme la costumbre, pidió albricias al Condestable, que mandó darle 50 ducados (lo que era una bonita suma), pero advirtiéndole: Mirad que estos 50 ducados no os los doy por la viva, sino por la muerta315. Eso tenía su correspondencia en el mundo laboral, al que la mujer
no accedía más que a los trabajos más humildes: lavandera, hilandera y, por supuesto, criada, en un servicio doméstico del que normalmente no recibía más que techo y comida, y la promesa de algo para su dote si salía para casarse, aunque, las más de las veces, para donde iba era para la mancebía, después de ser seducida por el hombre de la casa (el padre o los hijos varones), con el añadido de verse vituperada por ello por el ama de la casa; otra realidad cotidiana que llegó hasta la España de ayer mismo, y bien reflejada por la literatura de la época. ... con una saya rota de las que ellas —las dueñas— desechan, pagan servicio de diez años. Es Areusa, una antigua criada que «había
mejorado», dejando aquel oficio por el de ramera, la cual sigue recordando a su vieja ama: E cuando creen cerca el tiempo de la obligación de casallas, levántales un caramillo que se echan con el moço o con el hijo o pidenlas celos del marido o que meten hombres en casa o que hurtó la taça o perdió el anillo... Lo que da pretexto al ama para echar a la calle a la criada, deshonrándola: ... danles un ciento de açotes e échanlas la puerta afuera, las haldas en la cabeça, diziendo: allá irás, ladrona, puta, no destruirás mi casa e honra...316 La estructura familiar tiene su reflejo en la comida
y en la vivienda; en la comida, donde hay dos platos, el de los señores y sus hijos y el de los criados, y aun en el seno familiar, el amo será el amo: «cuando seas padre —según el dicho popular —, comerás sopas». Cierto, el servicio hará trampas en esto como en la paga, cobrando su propio