Cada mañana, todos los ministros y misioneros que éramos parte de nuestro ministerio en Brooklyn nos reuníamos en el primer piso para un tiempo de oración, alabanza y estudio bíblico. Debido a que vivíamos en una unidad que era parte de una hilera de apartamentos en un edificio, nuestra unidad se unía directamente a las de nuestros vecinos por ambos lados. Cada unidad tenía tres pisos, y todo el mundo sabía que las personas que vivían allí en una de las unidades al lado nuestro eran adictas a drogas.
Una mañana, estábamos todos sentados en el suelo, alabando y adorando al Señor. Yo estaba tocando mi guitarra y disfrutando de un tiempo maravilloso, cantando y regocijándome. Mis ojos estaban totalmente cerrados y yo estaba perdido en la presencia de Dios. De repente y en forma inesperada, alguien me derribó al piso con un golpe a la cabeza, y quedé viendo estrellas por el golpe. Cuando abrí mis ojos ¡vi a uno de nuestros vecinos drogadictos parado sobre mí, con un cuchillo de carnicero de 12 pulgadas!
¡Bienvenido a Brooklyn! (Después supe que él había entrado por la puerta de atrás, había corrido directamente hacia mí, y me había golpeado con una buena patada de karate a la cabeza.) Obviamente endemoniado, aquel muchacho continuó gritándome y diciendo obscenidades; y lo más sorprendente, seguía tratando de apuñalarme con el cuchillo que traía; pero había una poderosa fuerza invisible que restringía su mano. Después de fracasar muchas veces en tratar de clavar el cuchillo en mi pecho, se frustró y finalmente se fue.
¡El Señor me ayudó! Yo estaba indefenso y sin protección, pero mi Señor me ayudó. (¡Yo dudo que tú estuvieras leyendo estas líneas hoy si Dios no me hubiera ayudado!) Leemos en el Nuevo Testamento que la vida del apóstol Pablo fue amenazada muchas veces, pero él reconoció que el Señor era siempre su Ayudador:
Sólo por eso los judíos me prendieron en el templo y trataron de matarme. Pero Dios me ha ayudado hasta hoy, y así me mantengo firme, testificando a grandes y pequeños.
—Hechos 26: 21-22 (nvi)
Más tarde ese mismo día, estaba en mi habitación que daba a la calle Lincoln Road, y de repente veo a mi agresor, el vecino endemoniado, caminando por la acera. Entonces, oí claramente una voz que me dijo, “ve y habla con él”.
Inmediatamente respondí: “Te reprendo, Satanás. ¡Apártate de mí!” Pero oí aquella voz por segunda vez, insistiendo, “ve y habla con él”.
Esta vez yo sabía que era el Señor (y no el diablo), así que de forma reacia salí para hablar con él. Pero antes de que pudiera decirle nada, él se acercó a mí como un manso corderito, y me dijo: “Por favor, perdóname. No sé qué fue lo que me sucedió esta mañana, pero en verdad lo siento”. Bueno, yo sabía muy bien lo que se apoderó de él—era el diablo— ¡pero no sentí que éste fuera el mejor momento para darle un estudio bíblico en demonología! Así que nos dimos la mano, y le aseguré que todo estaba perdonado.
Pero Dios obra en maneras extrañas. Cuando tenemos enemigos, las Escrituras nos enseñan a amarlos y a perdonarlos; no debemos buscar la venganza ni pagar mal por mal; pero también Dios dice: “Dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: MIA ES LA VENGANZA, YO PAGARÉ, dice el Señor” (Romanos 12:19, rvr60) y “No toquen a mis ungidos, ni hagan daño a mis profetas” (Salmo 105:15).
El rey Herodes aprendió esta lección de una manera difícil. Él ordenó que el apóstol Santiago fuera ejecutado, y luego de eso, encarceló al apóstol Pedro; pero no pasó mucho tiempo para que un ángel del Señor lo hiriera a él, ¡y expirara comido por gusanos! (Hechos 12: 1-23). ¡Realmente no es bueno desafiar a los siervos de Dios!
Como un mes después del incidente del cuchillo, tarde una noche, hubo un grave incendio en el edificio, justo en la unidad de al lado nuestro. Muchos de los residentes quedaron atrapados en el tercer piso. Escuchamos gente gritando y clamando por ayuda, y pudimos ayudar a rescatarlos por la escalera de incendios. Gracias a Dios que nadie perdió la vida, pero el edificio de al lado se vació completamente, ¡y Dios dispersó así a todos aquellos adictos a drogas que eran nuestros vecinos! Desde ese día en adelante tuvimos paz. ¡Tú no puedes inventarte esto!
Recuerdo que solíamos cantar en Brooklyn una canción tomada del Salmo 124—y las palabras del salmista parecían resonar ahora con más fuerza en nuestros corazones, al ver cómo la poderosa mano de Dios nos protegió allí en Lincoln Road:
Si el SEÑOR no hubiera estado a nuestro favor— diga ahora Israel—si el SEÑOR no hubiera estado a nuestro favor cuando los hombres se levantaron contra nosotros, vivos nos hubieran tragado entonces cuando su ira se encendió contra nosotros; entonces las aguas nos hubieran anegado, un torrente hubiera pasado sobre nuestra alma, hubieran pasado entonces sobre nuestra alma las aguas impetuosas. Bendito sea el SEÑOR, que no nos ha entregado como presa de los dientes de ellos. Nuestra alma ha escapado cual ave del lazo de los cazadores; el lazo se rompió y nosotros escapamos... Nuestro socorro está en el nombre del SEÑOR, que hizo los cielos y la tierra.
—Salmo 124:1-8 (bla)
En una nota más ligera, uno de los ministros que estaba con nosotros allí en Brooklyn tenía un hijo de sólo tres años que le encantaba cantar esta canción que les mencioné. Pero él sustituía algunas de las palabras por las suyas propias, y era muy gracioso escuchar su versión infantil que decía:
En lugar de…
Mi alma escapó como un pájaro del lazo del cazador… Él cantaba...
Mi alma escapó, como un pájaro, de los caracoles en la flor.
(Nota: La palabra “lazo” en inglés es “snare” que suena casi como la palabra por caracol en inglés, “snail”; y “cazador” en inglés es “fowler” que suena casi como la palabra por “flor” en inglés, “flower”.) ¡Gracias a Dios que Él nos ha librado de “los caracoles en la flor—the snails on the flowers!” (¡A veces el humor se pierde en la traducción!)