El papel que las mujeres han desempeñado en las organizaciones laborales ha ido ganando importancia a lo largo de los años, gracias a su progresiva incorporación a la actividad laboral. Esto se refleja en el aumento de los estudios que, desde el campo de la Psicología, abordan la experiencia de la mujer en las organizaciones. Como afirman Firth-Cozens y West (1993), en el pasado existía la tendencia a suponer que lo que se sabía sobre la experiencia de los hombres en las organizaciones era válido también para las mujeres, pero la experiencia femenina es muy diferente a la masculina.
En este apartado se presentan los diferentes enfoques que desde la Psicología han abordado el tema de la segregación laboral de género que afecta a las mujeres. Mujeres y hombres ocupan posiciones distintas en la organización laboral, situación que puede ser explicada por la presencia de creencias estereotipadas en de las aptitudes y actitudes de ambos sexos, por las valoraciones sociales de las diferencias físicas entre hombres y mujeres, o por las relaciones asimétricas de género que se establecen en el contexto laboral. Estos factores, entre otros, pueden estar determinando la diferente distribución de mujeres y hombres entre las áreas y categorías profesionales.
3.1. Segregación profesional: análisis de las diferencias
La revisión de los datos de participación en el mercado laboral, realizada en el primer capítulo de este trabajo, resalta la discriminación existente contra la mujer. Es un hecho innegable que la mujer ocupa una posición desfavorecida en el mercado laboral, reflejada en unos datos que no mienten: menor tasa de actividad y empleo, menor nivel salarial y mayor tasa de paro. Además, esta situación se repite, en mayor o menor medida, en todos los países de nuestro entorno.
Es bien conocido el hecho de que las mujeres ocupan profesiones diferentes a los hombres, al menos hay un amplio rango de actividades profesionales que se consideran vetadas para las mujeres, donde ellas van a encontrar muchas más dificultades que los hombres para desarrollar su carrera. Además, las profesiones consideradas como femeninas suelen tener una menor repercusión y valoración social que las masculinas. A parte de la segregación horizontal, dentro de las organizaciones las mujeres ocupan posiciones diferentes a los hombres, quienes ostentan la mayor parte de los puestos de alta responsabilidad y toma de decisiones. La discriminación vertical supone una traba más para el trabajo de las mujeres. Los procesos de decisión sobre cuestiones de economía, política y sociedad, que afectan al total de la población, no representan al total de la población, porque más de la mitad de la población mundial, las mujeres, están excluidas de dicho proceso. ¿Por qué el trabajo de las mujeres está limitado a un determinado tipo de tareas y a una menor influencia social?
Recientemente, la Psicología y otras ciencias sociales se han interesado por analizar los factores psíquicos y socioeconómicos que intervienen en las relaciones de género en el ámbito de la actividad laboral (Sarrió, Ramos y Candela, 2004). A partir de los años sesenta se incorpora la variable género a las estudios en este campo, y con la década de los noventa se inicia el análisis de la ausencia de mujeres en puestos de poder, interés plasmado en las teorías del techo de cristal (Davidson y Cooper, 1992; Powell, 1991). Barberá (2000) ha realizado una revisión de las aproximaciones de la Psicología al estudio de la perspectiva de género en las organizaciones laborales, en un intento de explicar las diferencias observadas entre
hombres y mujeres. En su estudio se distinguen tres enfoques básicos de análisis: el diferencialista, el cognitivo y la perspectiva de la psicología social. El enfoque diferencialista clásico como el primer intento de medir los intereses vocacionales específicos en función del sexo (Strong, 1936), en base a habilidades cognitivas y rasgos de personalidad (Hyde y Linn, 1986; Maccoby y Jacklin, 1974). De aquí surge el interés de la Psicología por clasificar a los grupos en función de los intereses vocacionales, que en el caso de la variable sexo, servían para ratificar los diferentes roles sociales masculinos y femeninos. Uno de los resultados más destacados de la línea de investigación iniciada aquí es la descripción de las características psicológicas que configuran la masculinidad, la feminidad y la androginia psicológica.
Una segunda aproximación al estudio de las diferencias de género en el ámbito laboral se ha producido desde la psicología cognitiva, a través del análisis del papel que juegan las creencias estereotipadas de género en las relaciones entre personas dentro de las organizaciones laborales. En esta aproximación, el interés se centra en averiguar cómo se forman los estereotipos, qué funciones desempeñan y cómo se pueden modificar (Barberá, 2000). En el segundo capítulo de este trabajo se ha analizado en profundidad la estereotipia de género, como parte del sistema sexo/género predominante en nuestra sociedad.
Por último, la psicología social ofrece una tercera aproximación al estudio de la perspectiva de género en las organizaciones laborales, a través del análisis de la estructura organizacional y la toma de posición ocupacional de hombres y mujeres, por una parte, y en la cultura organizacional y el valor simbólico de los significados compartidos, por otra. Desde la perspectiva de la estructura organizacional, Kanter (1977) mantiene que los comportamientos y actitudes laborales reflejan las diferencias entre hombres y mujeres, como resultado de las diferentes posiciones ocupacionales desempeñadas por ambos sexos. El problema de esta teoría es que no tiene en cuenta el hecho de que las mujeres generalmente ocupan puestos más bajos dentro de la organización laboral, lo que supone ya un punto de partida desigual.
Por otra parte, la perspectiva de la cultura organizacional argumenta que las diferencias en comportamientos y actitudes laborales entre hombres y
mujeres se deben a las creencias, significados, normas y valores propios de la organización. Las personas y las organizaciones deben ser analizadas teniendo en cuenta la cultura en la que están inmersas (Fagenson, 1993). Muchas investigaciones mantienen la hipótesis de que la cultura organizacional está dominada por los hombres, e impregnada de los valores masculinos (Davidson y Cooper, 1992; Marshall, 1995; Pallarés, 1993; Sánchez Apellániz, 1997), hecho que supone una importante traba para el desarrollo profesional de las mujeres. La cultura organizacional tiene consecuencias directas sobre el comportamiento y actitudes de las personas, con un alto valor simbólico que trasciende el nivel individual para mantener las desigualdades entre hombres y mujeres. De los factores generales del entorno que determinan la evolución en el ámbito laboral, aquellos que más han influido en el retraso de la igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres son los político-legales y los sociológico-culturales (Berenguer et al., 1999).
Nicolson (1997) se refiere a la cultura masculina predominante en las organizaciones laborales como “contexto tóxico” para las mujeres, por el choque cultural que para ellas supone al inicio de su carrera profesional. Las consecuencias de la “intoxicación” pueden llegar a ser patológicas y comprometer la salud de las mujeres que sufren los perjuicios del patriarcado, tanto de forma directa, por medio del sexismo y el acoso sexual, como de forma indirecta, como el hecho de ignorar las responsabilidades familiares o ciertos estilos de interacción social.
Las teorías revisadas analizan las características de la organización, como la estructura interna de niveles o posiciones ocupadas por ambos sexos, o la cultura organizacional, en cuanto a las creencias estereotipadas sobre el papel que hombres y mujeres deben desempeñar en el seno de una organización y los intereses vocacionales. Pero seguimos planteándonos la misma pregunta, ¿por qué hombres y mujeres desempeñan un papel tan diferente en el mercado laboral? De acuerdo con las perspectivas anteriores, las desigualdades entre los sexos se deben a la cultura o estructura organizacional, o bien a que hombres y mujeres tienen intereses vocacionales distintos, o por la existencia de estereotipos que dictan lo que unos y otras deben hacer. Pero, ¿cómo surgen esas diferencias?
Quizá la respuesta la encontremos en los procesos de socialización. Nicolson (1997) afirma que muchas personas consideran que, para una mujer, la carrera profesional es algo inadecuado y antinatural, cuyas aspiraciones de éxito profesional pueden llegar a ser juzgadas como socialmente indeseables. Barberá (2000) sostiene que la división del trabajo se basa en la situación generalizada de desigualdad social de las mujeres respecto de los hombres. Para entender la posición desigual que mujeres y hombres ocupan en las organizaciones laborales, debemos analizar la socialización de género y su repercusión en las expectativas de chicos y chicas.
El proceso de socialización es tan contundente que incluso las mujeres mismas se convencen de su supuesta inferioridad respecto a los hombres. El aprendizaje de las diferencias de género puede provocar que incluso una mujer altamente motivada y con éxito profesional tienda a pensar que las mujeres son menos capaces que los hombres (Tajfel, 1978), como también argumenta la teoría de la profecía autocumplida de Merton (1948). El proceso de socialización produce una separación de los mundos sociales de niños y niñas, dando lugar a dos culturas diferentes (Archer, 1989). Si esto es cierto, es fácil pensar que las diferencias entre hombres y mujeres van a ser habituales en su vida adulta, y en todos los ámbitos de la misma, incluyendo el ámbito laboral. El proceso de socialización, cualitativamente diferente para niños y niñas, está fundamentado en la masculinidad y la feminidad. Los principales medios de presión son el castigo de la feminidad y la elevación de la masculinidad en los niños (Nicolson, 1997). En palabras de Archer (1989), la masculinidad es como un club cuya entrada pueden conseguir los niños a cambio de diferentes cosas. El requisito general para la admisión consiste en no ser afeminado y en ser duro. Además, a las niñas se les permite en mayor medida la trasgresión de las normas de su género, como por ejemplo al adoptar actitudes masculinas, pero a los chicos no.
En un estudio llevado a cabo por Broverman et al. (1970), en el campo de la psicología asistencial, encontraron que la masculinidad se asociaba a independencia y autonomía, mientras que la feminidad se asociaba a colaboración, actitud maternal y dependencia. El desarrollo de los roles de género, determinado por la transmisión cultural, se produce por varios
canales de socialización: la familia, el grupo y la escuela (Weitzman, 1979), que mantienen los privilegios de la masculinidad (Archer, 1989). Una situación aparentemente paradójica es la transmisión de la supremacía de lo masculino desde un ámbito, el familiar, donde el agente primario de socialización es la mujer. Chodorow (1978) ha tratado de explicar esta situación, argumentando que la mujer transmite a sus hijas el rol de madre, por su capacidad reproductiva. En este sentido, el rol maternal significa interés por los demás, proporción de alimento, vigilancia y dependencia de quien mantiene a la familia, pero no significa ambición, inteligencia y competitividad. Así, las capacidades psicológicas implicadas en estos significados se transmiten de generación en generación. Pero el proceso de transmisión no es sencillo, porque supone que la madre espera que los hijos sean sustitutos del marido, y las hijas de la madre, de forma que la masculinidad y la independencia se fomentan en los chicos y la feminidad y actitud maternal se estimula en las chicas.
Las raíces de estas creencias socialmente compartidas alcanzan a las mujeres y a las empresas, determinando sus funciones y posibilidades. Como resultado del proceso de socialización, los condicionante normativos, imágenes, símbolos e ideologías influyen en la subjetividad y limitan el desarrollo de las potencialidades de los individuos (Bonilla y Martínez- Benlloch, 2000). La identidad del yo es un producto de la socialización, formado a partir de generalidades simbólicas del sistema social y de un proceso posterior de diferenciación e individualización que permite cierta independencia de los sistemas sociales (Benhabib, 1995; Woodward, 1997). Tal y como se planteó en el capítulo 2 de este trabajo, la identidad de género surge a partir de las diferencias biológicas patentes en la anatomía, diferencias que permiten la asignación sexual, el reconocimiento del otro y la construcción de la propia imagen. Por lo tanto, un hecho biológico se convierte en un fenómeno social que permite la intromisión de las creencias culturales.
El proceso de construcción de la identidad de género puede determinar los objetivos profesionales de los y las jóvenes estudiantes. La socialización otorga roles diferentes a hombres y mujeres, y a ellas las deja fuera de la vida pública y la producción, y en el caso de que trabajen, lo hacen principalmente en actividades relacionadas con su rol asistencial. Para la
mayoría de las mujeres que trabajan, los puestos desempeñados constituyen una prolongación de su rol maternal (Osborne, 1993). El trabajo que desempeñan las mujeres, sea remunerado o no, supone tareas de cuidado de los demás, características subyacentes a las actividades de amas de casa, madres, limpiadoras, secretarias, enfermeras, profesoras o asistentes sociales. Además, el trabajo femenino raramente es realizado por un hombre, en cuyo caso suelen adoptar posiciones de poder alejadas del propio servicio (Webb, 2000).
En resumen, podemos afirmar que los procesos de socialización, que resultan diferentes para hombres y mujeres, dejan a ambos sexos en posiciones de partida desiguales para iniciar la carrera profesional. El mundo laboral se rige por los valores masculinos de independencia, autonomía y competitividad. En un mundo laboral donde la cultura organizacional dominante es masculina, las mujeres ven mermadas sus oportunidades de desarrollo y éxito profesional, quedando relegadas a actividades profesionales relacionadas con su rol social maternal, carente de poder e influencia. El papel diferente que hombres y mujeres desempeñan en el ámbito organizacional se ve reflejado en unas relaciones asimétricas que delatan la función discriminatoria del género en este contexto.
3.2. Asimetría genérica en el ámbito profesional
Ser hombre o mujer supone modos de estar en el mundo diferentes. La forma en que interpretamos el comportamiento o las actitudes de una persona puede variar, dependiendo de su sexo y según las normas dictadas por la sociedad. Las relaciones entre los sexos en el seno de las organizaciones laborales no están regidas por las mismas normas. Los procesos de socialización generan una polarización de los mundos sociales de hombres y mujeres, diferencia que explica la distribución desigual de los roles sociales y la división sexual del trabajo, fundamento principal de la discriminación sexual.
Hay diferentes aproximaciones teóricas al análisis de las condiciones sobre las que se fundamenta la asimetría y jerarquización genérica, dependiendo de si conceden mayor importancia a los factores internos o
externos (Saltzman, 1989): enfoques biologicistas y socioculturales. La perspectiva biologicista argumenta que el desarrollo de funciones y características psicológicas diferenciales en ambos sexos está fundamentado en la determinación biológica de la especie. Desde esta perspectiva, se ha utilizado el sexo como razón explicativa de las diferencias psicológicas y conductuales observadas entre hombres y mujeres, dando lugar al reduccionismo biologicista característico del androcentrismo de las ciencias y la discriminación social por razón de sexo (Pastor, 2000). La perspectiva sociocultural considera que la desigualdad es resultado de un proceso de construcción histórico. Los enfoques que contemplan la dimensión psicosocial del sistema sexo/género destacan los factores sociales en la discriminación sexual. Desde la perspectiva social, los aspectos estructurales que sería necesario cambiar para transformar las estructuras generadoras y reproductoras de la discriminación son: la organización jerárquica respecto al sexo de la economía y la sociedad, los sistemas ideológicos de pensamiento (ideología de la maternidad, la heterosexualidad y la agresividad masculina), y la asimetría en el desempeño de los papeles sociales, producto de la división sexual del trabajo. Se produce así un giro teórico y metodológico en la investigación psicológica a partir de la vinculación de la categorización sexual con la construcción social del género. Actualmente, las relaciones de género se explican por los significados atribuidos al sexo, más que las características biológicas funcionales.
Los procesos de socialización transmiten, a través de los agentes sociales, principalmente la familia, el sistema educativo y los medios de comunicación, los valores de la masculinidad y la feminidad, para que sean incorporados y reproducidos por las personas, generando de esta forma un sistema de regulación social que determina los estilos de vida, expectativas, actitudes e identidades sociales diferenciales de hombres y mujeres. Los agentes de socialización reproducen, regulan y mantienen los criterios normativos a través de la distribución de papeles y la evaluación de las características asociadas a su desempeño, lo que produce un distinto tratamiento por razón de sexo.
Como resultado del proceso de socialización se produce una polarización de los espacios sociales y de la vida psíquica, provocando la exclusión de
las mujeres de la vida pública y de la toma de decisiones, y la organización de su desarrollo psicológico en un contexto de exclusiones y oposiciones. Las relaciones de género entre hombres y mujeres se ven afectadas por la situación de subordinación/dominancia de ambos sexos (Glick y Fiske, 1999), y organizadas por los estereotipos de competencia/eficacia versus interdependencia (Eagly y Mladinic, 1993), o instrumentalidad versus expresividad (Spence, 1999). El resultado es una valoración asimétrica y jerarquizada de las características propias de la masculinidad y la feminidad, de forma que las características masculinas se consideran superiores y opuestas a las femeninas. Esta desigual deseabilidad social de los estereotipos de género refleja las relaciones jerarquizadas entre los dos grupos sexuales, y la supremacía de lo masculino.
La organización de la vida social alrededor de distinciones entre hombres y mujeres, resultado de la polarización de género, reduce el potencial de la diversidad humana (Pastor, 2000). Dicha polarización se manifiesta en tres niveles: institucional, psicológico e ideológico (Bem, 1993; Fernández, 1992; Izquierdo, 1998):
- A nivel institucional, la polarización promueve la reproducción del poder del hombre al dicotomizar el mundo social en dos mundos, uno masculino, relativo al trabajo y la esfera pública, y otro femenino, relativo al cuidado de la casa y los niños. La rígida división sexual de las esferas pública y privada hace difícil la participación en ambas, generando jerarquía sexual y dominación masculina del poder económico y político.
- A nivel psicológico, la dicotomización de la identidad en categorías masculinas y femeninas favorece la reproducción del poder.
- A nivel ideológico, el discurso cultural racionaliza la desigualdad, fundamentándola en la diferencia sexual, y valorando la competitividad y la jerarquía sexual.
Las diferentes posiciones ocupadas por hombres y por mujeres en la función reproductora han configurado la desigual distribución de los roles sociales, fundamento de la división sexual del trabajo, que determina los espacios ocupados por ambos sexos (Martínez-Benlloch y Bonilla, 2000).
Las mujeres han ocupado el espacio doméstico, y los hombres el espacio público, con las consecuencias que ello conlleva para el desarrollo personal y profesional de ambos sexos. La división sexual del trabajo y el papel relevante de la mujer en la reproducción y crianza de los hijos han contribuido al mantenimiento de la segregación sexual. La discriminación sexual se comprende a partir del sistema sexo/género, como proceso socio- afectivo-cognitivo, en el que intervienen factores individuales, simbólicos e institucionales. La posición de ambos sexos en las organizacionales laborales es asimétrica, pero también lo es su presencia, significado y representación.
Como las asimetrías de género se fundamentan en las relaciones de dominación, el cambio debe partir de la transformación de la dinámica de las relaciones de poder a nivel de la socialización, los recursos de la esfera social, productiva y del conocimiento, y la esfera política, en el ejercicio de derechos, libertades y toma de decisiones (Pastor, 2000). Por tanto, la