Con frecuencia puede efectuarse una terapia significativa de manera muy, muy simple, por más que a la labor terapéutica parezca enrome. Un año, en la facultad médica en que yo enseñaba asumió un nuevo decano, quién me llamó a su oficina y me dijo: “Soy el nuevo decano y traje conmigo a un estudiante que es mi protegido. Este protegido mío es una joya por donde se lo mire, el estudiante más brillante con que me topé jamás. Tiene dones innatos para la patología; comprende esta materia a la perfección y le interesa todo lo referente al microscopio, pero odia a los psiquiatras. Y su lenguaje es muy mordaz. A usted lo insultará de mil maneras; aprovechará cualquier oportunidad que se le presenta para fastidiarlo.”
“No se preocupes, decano”, le contesté, “yo sabré cómo manejarlo.”
“En ese caso”, continuó el decano, “sería usted la primera persona que lo hace.” Y así fue que el primer día de clase me presenté ante los alumnos y les dije que yo no era como los restantes profesores de medicina. Otros profesores de temas médicos pensaban que los curso que ellos dictaban eran los más importantes la carrera. En mi caso era totalmente diferente. Yo no pensaba una tontería como ésa. Ocurría simplemente que yo sabía que mi curso era el más importante de todos.
La clase tomó esto con simpatía. Continué diciéndoles: “A aquellos alumnos a quienes apenas les interesa la psiquiatría, les ofreceré un alista de alrededor de cuarenta textos adicionales para leer; a los que tengan bastante interés en la psiquiatría les daré una lista de alrededor de cincuenta textos; y a los que estén verdaderamente interesados, les daré unas sesenta lectura adicionales.”
Luego les pedí que escribieran un resumen sobre un cierto compendio de psiquiatría, y aunque entregaran sus resúmenes el lunes siguiente.
leer su resumen”, le dije, “puedo advertirle que ha cometido dos errores: no le ha colocado la fecha ni lo ha firmado. Por lo tanto, lléveselo y entréguemelo el próximo lunes. Y recuerde: hacer el resumen de un libro es como describir preparados microscópicos.”
Conseguí que me hiciera una de las mejores reseñas de libros que jamás tuve en mi vida. El decano me preguntó: “¿Cómo diablos hizo para convertir a ese pagano en cristiano?”
Lo había tomado totalmente de sorpresa.
Erickson pudo haber considerado la hoja en blanco como una tentativa de insultarlo, y su máxima era: “nunca hay que devolver un insulto.” No obstante, negándose a ver como un insulto la conducta de ese alumno, lo tomó por sorpresa. Al señalarle que había cometido “dos errores” mantuvo frente a él su posición de autoridad.
Y al insinuarle que se fijara en las similitudes entre preparar la reseña de un libro y describir preparados microscópicos, aplicó ciertos principios didácticos esenciales; motivar al alumno y vincular sus nuevos aprendizajes con los que ya hizo en el pasado. Simulando que aloja en blanco era, en efecto, una reseña, Erickson ponía en juego además el principio de “unirse al paciente”. Lo veremos aplicar muy literalmente este principio en el próximo relato.
RUTH
El director del Hospital de Worcester me comentó un día: “Me gustaría que alguien encontrara el modo de manejar a Ruth.” Inquirí quién era Ruth. Se trataba de una pequeña de doce años, muy bonita y cautivante. Uno no podía dejar de simpatizar con ella. Tenía una manera simpática de comportarse. Pero a cada nueva enfermera que aparecía en la sala sus compañeras le advertían:
“Ten cuidado con Ruth; mantente a distancia. Te romperá el delantal o el vestido, o te fracturará un brazo o un pie.”
Las nuevas enfermeras no podían creer que esa dulce y atractiva criatura de doce años fuese capaz de eso. Y Ruth se acercaba a una de ellas y le pedía: “¿No podrías, por favor, traerme un helado y algunos caramelos de la confitería?” La enfermera iba y lo hacía; Ruth aceptaba el helado y los caramelos, y le agradecía muy amablemente.
Enseguida, con un solo golpe de Karate le quebraba el brazo, o tiraba de su vestido hasta rompérselo, o le daba un feroz pisotón o un aparad en las canillas. Conducta estándar, rutinaria, de Ruth. Ella disfrutaba enormemente al hacerlo. También le encantaba arrancar periódicamente el empapelado de las paredes.
Le dije al director del hospital que se me había ocurrido una idea, y le pregunté si podía hacerme cargo del caso. Escuchó mis planes y me contestó: “Creo que eso va a funcionar, y sé cuál es la enfermera que se pondrá muy contenta de ayudarlo.”
Un día me llamaron repentinamente: “Ruth está otra vez de parranda”, me dijeron. Fui a la sal. Ruth había destrozado el empapelado de las paredes. Yo desgarré las sábanas de la cama, y pedí ayuda a Ruth para romper la cama misma. También hicimos añicos los vidrios de las ventanas. Antes de acudir a la sala había hablado con el ingeniero del hospital; hacía frío; le sugerí a Ruth: “Saquemos el medidor de vapor de la pared y rompamos el caño.” Me senté con ella en el suelo y empezamos a tirar del caño, hasta conseguir que el medidor se viniera abajo.
Miré en torno de la habitación y le dije: “Aquí ya no hay nada más que podamos hacer. Pasemos al otro cuarto.” Ruth me inquirió: “¿Está seguro de que debe hacer esto, doctor Erickson?” “Claro que estoy seguro”, le contesté. “Es divertido, ¿o no? Al menos para mí lo es.” Mientras avanzábamos por el corredor en dirección a la otra habitación nos topamos con una enfermera allí parada. Al pasar junto a ella me le abalancé y le arranqué el uniforme y la pollera que tenía debajo, de modo que quedó en corpiño y bombacha.
Ruth dijo: “Doctor Erickson, no debería haber hecho eso.”
Corrió al cuarto de donde veníamos y trajo las sábanas rotas, envolviendo con ellas a la enfermera. Era una buena chica, a pesar de todo. En realidad, lo que hice fue mostrarle cómo era su comportamiento. Por supuesto, la enfermera del corredor, una veterana, disfrutó del episodio tanto como y. todas las demás enfermeras estaban horrorizadas por mi conducta y también el resto del personal. Sólo el director y yo coincidimos en que había sido correcta.
Ruth me igualó los tantos huyendo del hospital; quedó embarazada, dio a luz una criatura y la entregó para ser adoptada por otros. Luego retornó voluntariamente al establecimiento y se convirtió en una buena paciente. Un para de años más tarde pidió ser dada de alta y comenzó a trabajar como camarera de un restaurante. Conoció a un joven, se casó con él y quedó embarazada. Por lo que llegó a mis oídos, el matrimonio fue lo bastante feliz, como para tener dos hijos. Ruth fue una buena madre y una buena ciudadana.
Con frecuencia a un paciente puede producírsele un choque que lo haga abandonar su mal comportamiento. Y esto es válido tanto para neuróticos como para psicóticos.