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Conclusions and Implications for Clinical Practice, Policy, and Future Research

Del mismo modo que el tipo complaciente se aferra a la creencia de que los demás son «buenos» y continuamente se halla desconcertado con la evidencia contraria, el agresivo, por

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Acercarse, oponerse y alejarse de los demás

su parte, da por hecho que los demás son hostiles y se niega a admitir cualquier evidencia en contra. Para él, la vida es una lucha de todos contra todos en la que el diablo se lleva al últi­ mo. Sólo se permite ciertas excepciones con muchas reservas y en contadas ocasiones. Esta actitud es, a veces, manifiesta pero más a menudo está encubierta tras un ligero barniz de cortesía, buena voluntad y compañerismo. Y cuando el otro no tiene la menor duda de quién es el que manda, este deseo de hacer creer a los demás que es una buena persona puede apa­ recer combinado con una buena dosis de benevolencia. Todos estos factores manifiestan, sin embargo, una necesidad neuró­ tica de afecto y aprobación puestos al servicio de objetivos agresivos.

Sus necesidades se justifican en una visión darwiniana del mundo según la cual el pez grande se come al chico y sólo so­ brevive el más apto. La supervivencia depende, en gran medi­ da, de la civilización en la que se vive pero, en cualquier caso, la ley suprema que caracteriza a este tipo es la búsqueda infle­ xible del propio beneficio. Por consiguiente, su necesidad pri­ maria consiste en controlar a los demás. Pero las variaciones en el tema del control son infinitas. Puede tratarse de un ejer­ cicio manifiesto del poder o puede consistir en una manipula­ ción indirecta de sobreprotección de los demás; puede asumir la forma de un forzamiento descarado o puede distinguirse por ser el poder que se oculta detrás del trono o un acercamiento que tiene lugar por vía del intelecto (en cuyo caso implica la creencia de que la razón y la previsión permiten controlarlo todo). De todos modos, la forma particular que asuma el con­ trol dependerá parcialmente de sus habilidades personales.

Al mismo tiempo, este tipo necesita también descollar, lo­ grar algún tipo de éxito, de prestigio o de reconocimiento, una lucha, por otra parte, fomentada por una sociedad competitiva como la nuestra en la que el éxito y el prestigio van de la mano del poder. Al mismo tiempo, la afirmación en el mundo, la aclamación externa y la supremacía también contribuyen a crear una sensación subjetiva de fortaleza. Así pues, al igual

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que ocurría en el caso del tipo complaciente, también en este caso el centro de gravedad está puesto en el exterior de la per­ sona, sólo difiere el tipo de afirmación que el individuo desea de los demás. Pero, de hecho, ambas conductas son igual de fútiles. A fin de cuentas, el desconcierto que experimenta cuando descubre que el éxito no pone fin a la inseguridad sólo demuestra una gran ignorancia psicológica pero esta misma expectativa pone de manifiesto la ignorancia de toda una so­ ciedad que, a pesar de ello, sigue creyendo ciegamente en el valor absoluto del éxito y del prestigio.

Otra característica propia de este tipo es la necesidad de ex­ plotar a los demás, de burlarse de ellos y de utilizarlos para su propio beneficio. Toda relación es considerada desde el punto de vista de su posible beneficio, tenga que ver con el dinero, con el prestigio, con los contactos o con las ideas. La misma persona está convencida, consciente o semiconscientemente, de que todo el mundo hace lo mismo y, por lo tanto, lo único que cuenta es hacerlo más eficazmente que los demás. Las cualidades que desarrolla son casi diametralmente opuestas a las del tipo complaciente. Se convierte así en un tipo duro y fuerte (o, al menos, eso es lo que parece). Este tipo considera que los sentimientos, tanto propios como ajenos, son «mera sensiblería». El amor, para él, desempeña un papel desprecia­ ble. Esto, sin embargo, no significa que no se enamore, tenga

asuntos o se case, sino simplemente que lo más importante es

tener una pareja eminentemente deseable, alguien cuyo atracti­ vo, prestigio social o dinero puedan contribuir a engrandecer su situación. Tampoco ve razón alguna para mostrarse consi­ derado con los demás. «¿Por qué debería cuidarles? ¡Que cada cual cuide de sí mismo!» Su respuesta al viejo problema moral de qué es lo que haría si naufragase y se encontrara en una bal­ sa en la que sólo uno pudiera sobrevivir es incuestionable ya que, por supuesto -según dice- no sería tan estúpido ni tan hi­ pócrita como para no salvar su propia piel.

Mientras que el tipo complaciente tiende a ser conciliador, el tipo agresivo, por su parte, hace todo lo posible por ser un

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buen luchador. Y por ello invierte toda su atención y su astu­ cia en demostrar que está en lo cierto. Se encuentra a sus an­ chas cuando se siente acorralado entre la espada y la pared y no tiene más alternativa que luchar. A diferencia del compla­ ciente, que teme la victoria, el agresivo es un mal perdedor que sólo acepta el triunfo. No admite los errores más que cuando es absolutamente necesario y lo contrario le parece una mani­ festación imperdonable de debilidad, cuando no de una rema­ tada locura.

Su visión de un mundo hostil contra el que debe luchar le lleva a desarrollar una aguda sensación de realismo. Nunca será tan «ingenuo» como para no advertir cualquier manifesta­ ción de ambición, orgullo o ignorancia en los demás o cual­ quier cosa, en fin, que pudiera obstaculizar el logro de sus ob­ jetivos. Además, la sociedad competitiva en la que vivimos fomenta este tipo de atributos -en lugar de otros más decen­ tes- lo cual parece justificar su postura como la única verda­ deramente realista. Esta actitud, no obstante, es tan unilateral como la del complaciente. Otra faceta de este realismo es el énfasis en la planificación y en la previsión y este tipo, como buen estratega, valora cuidadosamente todas sus posibilidades, la fuerza de su adversario y sus posibles errores en cada nueva situación que le toca vivir.

Este tipo siempre está impulsado a afirmarse como el más fuerte, el más astuto o el más preparado y, en consecuencia, trata de desarrollar la eficacia y la competencia necesaria para ello. El celo y el talento que pone en su trabajo pueden con­ vertirle en un empleado muy estimado y conducirle al éxito en sus propios negocios. Sin embargo, el absorbente interés que parece tener en su trabajo es parcialmente falso porque para él el trabajo es sólo un medio para alcanzar un fin. Ni le gusta lo que hace ni disfruta con ello, un hecho, por otra parte, con­ gruente con su intento de desterrar los sentimientos de su vida. Pero esta represión de todo sentimiento constituye un arma de doble filo. La represión, por una parte, le capacita para funcio­ nar como una máquina bien engrasada que produce infatiga­

blemente los bienes que le proporcionarán más poder y más prestigio. Desde este punto de vista, los sentimientos pueden convertirse en un obstáculo que podría llevarle a retroceder avergonzado ante los métodos que suele utilizar para lograr el éxito, apartarle del trabajo y de las personas útiles para sus propósitos y llevarle a disfrutar de la naturaleza, del arte o de los amigos. Por otra parte, sin embargo, la esterilidad emocio­ nal que acompaña a la represión de la emoción afectará tam­ bién a la calidad de su trabajo y necesariamente terminará so­ focando su creatividad.

Pero el tipo agresivo también es una persona perfectamen­ te inhibida. Nuestra civilización parece no sorprenderse tanto ante la inhibición de las emociones, una inhibición que afecta a la amistad, el amor, el afecto, la comprensión empática y la alegría desinteresada. Así pues, aunque ciertamente el tipo agresivo pueda expresar sus deseos, dar órdenes, manifestar su enojo y defenderse, ello no significa, sin embargo, que esté menos inhibido que el tipo complaciente.

A LE JA R SE DE LO S DEM ÁS

Este tipo experimenta la necesidad crucial de establecer una distancia emocional con respecto a los demás o, dicho más correctamente, ha tomado la determinación consciente de no comprometerse con los demás en el amor, en la lucha, en la cooperación y en la competición. Es como si dibujara a su al­ rededor un círculo mágico y no permitiera que nadie penetrara en él. Éste es el motivo por el cual se «aleja» de los otros. En todo caso, el carácter compulsivo de su necesidad se manifies­ ta en la reacción de ansiedad que experimenta cuando siente que el mundo invade su terreno.

Todas las necesidades y cualidades que desarrolla este tipo están orientadas a satisfacer la necesidad de no comprometer­ se. Una de sus necesidades más importantes es la autosuficien­

cia, que se manifiesta de manera positiva -como ocurre en el

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tipo agresivo- en una poderosa inventiva. No obstante, a pesar de esa similitud, el espíritu que les anima es muy diferente, ya que, mientras que para el agresivo se trata de una condición imprescindible para abrirse camino en un mundo hostil y de­ rrotar a los demás, para el distante, en cambio, el ingenio es, como para Robinson Crusoe, la única actividad que puede compensar su aislamiento y permitirle sobrevivir.

Una manera más precaria de mantener la autosuficiencia consiste en restringir consciente o inconscientemente las pro­ pias necesidades. Comprenderemos mejor los diversos movi­ mientos en esta dirección si recordamos que el principio sub­ yacente que mueve a este tipo humano es el de no permitir que nada ni nadie termine convirtiéndose en algo imprescindible, lo cual pondría en peligro su aislamiento. Para él es mejor no tener nada ni nadie que le importe mucho. Una persona distan­ te puede ser realmente capaz de disfrutar, pero cuando su gozo depende, en algún modo, de los demás, prefiere renunciar a él. Quizás pueda disfrutar de una noche ocasional con pocos ami­ gos pero, en general, le desagrada el gregarismo y las diver­ siones sociales. Del mismo modo, también elude la competen­ cia, el prestigio y el éxito, y tiende a restringir sus comidas, sus bebidas y muchos de los hábitos vitales, manteniéndolos a un nivel que no le exija un gran dispendio de tiempo y energía ganar el dinero suficiente para satisfacerlos. Al mismo tiempo, considera la enfermedad como una humillación que le obliga a depender de los demás. No suele admitir lo que dicen los otros sobre un determinado tema sino que insiste en conocerlo de pri­ mera mano. Así, por ejemplo, más que aceptar lo que otros han dicho o escrito sobre Rusia o sobre este país (en el caso de ser un extranjero) querrá verlo u oírlo por sí mismo. Esta actitud podría contribuir a desarrollar una extraordinaria independencia interna si no estuviera tan cargada de una absurda indiferencia que le lleva incluso a negarse a preguntar por una determinada dirección cuando se halla en una ciudad desconocida.

Otra necesidad muy acentuada es la necesidad de intimi­ dad. Es como alguien que se encontrara en un hotel y raras ve­

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ces quitara de la puerta de su habitación el cartel de «No mo­ lesten». Hasta los mismos libros pueden convertirse en una in­ trusión procedente del exterior. Cualquier pregunta sobre su vida interna puede desconcertarle y tiende a correr un tupido velo de secreto en tomo a sí mismo. Un paciente me dijo una vez que a los cuarenta y cinco años de edad todavía sentía del mismo modo la omnisciencia divina que había experimentado cuando su madre le dijo que Dios podía ver a través de las per­ sianas y descubrirle mordiéndose las uñas. Se trataba de un pa­ ciente extraordinariamente reticente sobre cualquier detalle -aun los más triviales- de su vida personal. El distante puede irritarse mucho si los demás le «dan por sentado» porque ello le hace sentir como si le pisotearan. Como norma general, pre­ fiere trabajar, dormir y comer solo. A diferencia de lo que ocu­ rre con el tipo complaciente, le desagrada compartir cualquier experiencia y los demás suelen molestarle. Puede escuchar música, pasear o hablar con los demás pero, en realidad, sólo disfruta realmente más tarde, de manera retrospectiva.

La autosuficiencia y la intimidad son sus necesidades más sobresalientes. Desde su punto de vista, la necesidad de inde­ pendencia es un valor positivo, lo cual, en determinado modo, es cierto. A pesar de todas sus defectos, sin embargo, la perso­ na distante no es un autómata conformista. Rechaza la compe­ tencia y esta actitud, junto a su distanciamiento de todo tipo de lucha competitiva, le confiere una cierta integridad. El error aquí está en considerar que la independencia constituye un fin en sí mismo ignorando el hecho de que el valor de la indepen­ dencia sólo depende de lo que se haga con ella. Su indepen­ dencia, como todo el fenómeno de desapego del que forma parte, está orientado negativamente, ya que está dirigido a que los demás no le influyan, le coarten, le aten o le obliguen.

También debemos señalar que la necesidad de sentirse su­ perior está íntimamente ligada al desapego. Las expresiones «torre de marfil» y «espléndido aislamiento» evidencian que, incluso en el habla común, el desapego y la superioridad son

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dice que es muy probable que nadie pueda permanecer aislado sin ser particularmente fuerte y competente y sin sentirse es­ pecial. Pero cuando ese sentimiento de superioridad se desmo­ rona provisionalmente -ya sea por un fracaso concreto o por un aumento de los conflictos internos- le resulta imposible permanecer aislado y suele salir de su reclusión en una bús­ queda desesperada de afecto y protección. Este tipo de oscila­ ciones suelen salpicar su biografía. A los diez o a los veinte años quizás tuviera algunas amistades pero, en general, suele vivir completamente aislado, sintiéndose parcialmente seguro. Quizás tejiera fantasías sobre un futuro en el que lograría rea­ lizar cosas excepcionales pero esos sueños naufragaron y ter­ minaron estrellándose contra los escollos de la realidad. Tal vez en la escuela fuera indiscutiblemente el primero pero al llegar a la universidad tropezó con la competencia y retroce­ dió. Sus primeros intentos de establecer relaciones amorosas también fracasaron y comprendió, a medida que crecía, que sus sueños no llegaban a materializarse. En ese momento el aislamiento se convierte en algo insoportable. Se siente consu­ mido por un deseo compulsivo de intimidad, relaciones sexua­ les o matrimonio, y está dispuesto a someterse a cualquier in­ fam ia con tal de ser amado. Sólo cuando se siente considerablemente más fuerte descubre con gran alivio que es mucho mejor «vivir solo y disfrutarlo». La impresión es que tan sólo ha vuelto a su despego anterior pero lo cierto es que ahora, por vez primera, se encuentra lo suficientemente seguro como para admitir -incluso ante sí mismo- que lo que quiere es permanecer aislado.

La necesidad de superioridad de la persona distante tiene ciertos rasgos característicos. Aborrece la competencia y real­ mente no quiere sobresalir si ello le exige realizar algún es­ fuerzo. Siente, más bien, que los tesoros que se esconden en su interior deberían ser reconocidos sin necesidad de que él hicie­ ra esfuerzo alguno de su parte, que su oculta grandeza debería ser advertida sin que él hiciera nada al respecto. En sus sueños, por ejemplo, aparecen tesoros ocultos en algún remoto lugar

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que los expertos de todas partes acuden a visitar. Como toda noción de superioridad esta historia también contiene elemen­ tos reales, ya que el tesoro oculto simboliza la vida intectual y emocional que custodia celosamente en el interior de su círcu­ lo mágico.

Su sentimiento de superioridad también se expresa en la sensación de ser alguien único, una consecuencia directa de su deseo de sentirse separado y distinto de los demás. Quizás se considere a sí mismo como un árbol que se yergue en la sole­ dad de la cumbre de una montaña mientras contempla cómo los árboles del bosque que se extiende en el valle se estorban mutuamente. Ahí donde el complaciente observa a sus seme­ jantes preguntándose en silencio «¿me querrán?» y el agresivo se pregunta «¿en dónde radica su fortaleza?» o «¿cómo puede serme útil?», la principal preocupación de la persona distante es «¿interferirá conmigo?», «¿querrá influir sobre mí?», o, por el contrario, «¿respetará mi soledad?».

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