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Desde todas las épocas, el contar la propia vida siempre levanta interesantes sospechas. Nuestra memoria almacena narraciones cuya estructura no suele respetar ni cronología, ni temporalidad debido al deterioro de nuestros recuerdos y son más bien recreaciones hechas a la luz de una exigencia renovada; pero estas reacciones no son las únicas que interesan. Los estudios psicológicos realizados sobre memoria, especialmente los estudios autobiográficos, han llegado a la conclusión de que las vivencias –consideradas como objetos de comprensión– también despiertan curiosidad y se estructuran en narraciones que pueden no respetar la temporalidad. Los recuerdos están impregnados de la fiabilidad que les otorgan esas recreaciones, pero a la luz de un interés presente. Esto se incrementa en el caso de Contreras que afirma escribir ‘sus recuerdos’ en tan sólo once días, y con analepsis de amplitud tal, que abarca treinta años de su vida. Si bien, también es cierto que, en su caso, no todo es ‘memoria’, son también ‘apuntes’, esto es, memoriales, cartas y papelillos que siempre pudo revisar; de ahí que la fiabilidad sea mayor y se pueda aceptar de Contreras la veracidad que con reiteración pregona. Aunque, por supuesto, somos conscientes de las pequeñas ficciones ornamentales que, si no son relevantes para romper la verdad, sí son necesarias para embellecer el relato. Son las que hacen posible novelar una realidad y otorgar al lector el beneficio de la elección –ficción/realidad–. Roncero López103 dice al hablar de la diferencia entre poesía e historia en la Poética de Aristóteles, que no sólo los teóricos difunden a Aristóteles, también Cervantes en su Quijote (II,3) pone en boca de Sancho Carrasco, refiriéndose a la primera parte recién publicada, que:

El poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.

Y añade:

La autobiografía surge en nuestras letras en el siglo XVI y su primer ejemplo es una autobiografía literaria: El Lazarillo de Tormes. [...], existe una casi perfecta compenetración entre autor y protagonista, iniciada en el anonimato del libro, que, curiosamente, volverá a repetirse en la que se considera última novela del género picaresco, el Estebanillo González. No voy a entrar aquí en las causas que ocasionaron que hubiera de ser un individuo de la clase social más baja el primero que contara su vida (una explicación posible es la de Juan Carlos Rodríguez,

La literatura del pobre, Granada, Comares, 1994, pp. 113.121), pero es un hecho que no

podemos dejar de tener en cuenta.

A continuación, este autor, reflexiona sobre algunos aspectos de tres autobiografías barrocas: Comentarios del desengaño de sí mismo de Diego Duque de Estrada, el Discurso de mi vida de Alonso de Contreras y la Vida y hechos de

Estebanillo González, diciendo de ellas:

Las tres obras participan de un mismo escenario histórico: el de la Europa de las cuatro décadas del siglo XVII. Las tres reflejan las curiosas vidas, narradas por ellos mismos, de tres aventureros que recorrieron parte de la Europa de su tiempo ejerciendo su oficio militar o relacionado con él.

De la obra que nos ocupa, la de Alonso de Contreras, dice:

Es auténtica biografía en la que, como soldado, nos recuerda los principales acontecimientos de su vida desde que nace hasta que lo escribe. Narra linealmente los acontecimientos que le sucedieron sin esconder aquellos actos de los que no se siente demasiado orgulloso. El autor podría haber suprimido ciertos sucesos, pero su supresión habría afectado a la comprensión total del ser humano que pretende presentar todas sus experiencias vitales. Contreras se lamenta de tener que narrar el asesinato de su mujer y su amigo, pero lo narra. Por otra parte, la inclusión de los actos criminales acerca a esta narración a la novela picaresca.

A esto hay que añadir que el problema de toda autobiografía radica en que, la relación que se establece entre el ‘yo pasado’ y el ‘yo presente’, enfrenta dos niveles que conviven en un mismo individuo: el nivel público y el privado. La privacidad de Contreras ‘autor’, irremisiblemente se hace pública cuando éste se identifica con el Contreras ‘narrador’. Pero es entonces también cuando nace lo más íntimo, lo que nunca se descubre ni traspasa la frontera de él como autor: el pacto autobiográfico.

Lo que diferencia a la autobiografía de otros géneros –en especial, los literarios– es la instauración de un pacto, en virtud del cual el lector establece espontáneamente una relación de identidad entre autor, narrador y personaje a través de la forma discursiva yo y la firma (el nombre propio) estampada por el autor en la portada del libro. El intento de Lejeune constituye uno de los esfuerzos más importantes para reintroducir el autor en el ámbito del texto narrativo, puesto que el que dice yo en el relato –sea el narrador o el personaje– es al mismo tiempo el que

vive realmente en el mundo objetivo, el que cuenta su vida y el que ha vivido determinados

acontecimientos en un tiempo anterior. El autor se objetiva, pues, en el relato, mientras que narrador y personaje cuentan con un referente externo que se convierte en garantía de su credibilidad (Ph. Lejeune: 1973, 137-162). 104

En ese momento se producen o pueden producirse narraciones tamizadas que tratan de darnos a conocer hechos del pasado que se mecen entre lo factual y la ficción. También esto lo aceptamos en Contreras, pero no tan al límite como lo sitúa Roncero López, el cual, al hablar de todas ellas, dice que el límite entre lo verdadero y lo fabuloso está muy borroso, y añade:

La dicotomía historia/ficción se presenta ya en la existencia del propio ser humano que escribe su propia vida. 105

A pesar de que las obras literarias de corte autobiográfico poseen un valor artístico o estético que prevalece sobre el rigor de la descripción, sin embargo, en la obra de Contreras ambos valores están muy equilibrados: las referencias históricas son veraces, así como los personajes de los que habla y los lugares a los que hace referencia. Los guiños al lector, incluidas las múltiples aclaraciones que nos regala, otorgan también un alto grado de autenticidad a la obra. Contreras no se frena a la hora de narrar –casi siempre, linealmente– los acontecimientos que le sucedieron, sin esconder algunos de los que se siente menos orgulloso. Si hubiera escondido o enmascarado ciertos sucesos, habría afectado a esa comprensión que pretende para él mismo –ser humano– ansioso de expresar todas sus vivencias. A pesar de no eludir esos relatos que le fueron menos propicios, sí es cierto que se ocupa mucho más de que su honor y honra queden a salvo a todos los niveles: como caballero, como amante, como hijo, como temeroso de Dios, o como servidor de su señor.

104 Véase A. Garrido Domínguez, El texto narrativo, ed. cit., pág. 117. 105 Roncero López, V., ed. cit., pág. 283.

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