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Conclusions, Implications, Recommendations, and Summary

en estos otros versos de Horacio:

Allí se reunía un pueblo que se podía contar, pues era pequeño, y no sólo austero, sino decente y discreto. Luego que victorioso empezó a extender sus campos y un muro más amplio a abrazar la ciudad y con vino diurno ser lícito aplacar al Genio en días festivos,

se admitió en ritmos y tonos una licencia mayor

(¿qué gusto podía tener un público mezcla de palurdos de fiesta con gente de ciudad, de horteras con gente de bien?). Así al arte venerable el flautista añadió ampulosidad y pavoneo arrastrándose sin tino por los tablados. Así también a la severa lira le aumentaron los registros y con estilo temerario vino una insólita interpretación, y el contenido, ensalmador de consejos útiles y adivino del futuro, acabó pareciéndose a los sortilegios de Delfos650.

Buena prueba de ello son géneros tales como la comedia nueva de Menandro y la de Plauto y Terencio en Roma, los mimos, los relatos de aventuras y los fantásticos, la novela griega e incluso la romana, aun cuando el Satiricón de Petronio pudiera estar destinado a un público más selecto.

De resultas, en el arte helenístico y romano coexisten dos formas literarias: la poesía culta y la popular651.

Sin embargo, lo más relevante para nuestro estudio es que todos estos cambios políticos, sociológicos, económicos e ideológicos determinan la entronización del amor como

646Cervantes, Don Quijote de La Mancha, edic. del Instituto Cervantes, Prólogo al lector, pp. 10-11.

Recuérdese asimismo la descripciñn que hace Berganza del poeta, el cual “ocupábase en escribir en un cartapacio, y de cuando en cuando se daba palmadas en la frente y se mordía las uñas, estando mirando al cielo; y otras veces se ponía tan imaginativo, que no movía pie, ni mano, ni aun pestaðas; tal era su embelesamiento” (Cervantes, El coloquio de los perros, Novelas ejemplares, edic. de J. García, p. 611).

647Sobre el público femenino y su importancia en la literatura helenística y romana, véase Carlos García

Gual, Los orígenes de la novela, pp. 57-62; sobre la importancia cada vez mayor de la mujer en la vida pública, véase Robin Lane Fox, El mundo clásico, pp. 316-318.

648Tristes, en Tistes. Pónticas, edic. cit., libro II, p. 161. 649

Sátiras, en Sátiras. Epístolas. Arte poética, edic. bilingüe de Horacio Silvestre, Cátedra, Madrid, 2007 (4ª ed.), libro I, sátira 10ª, vv. 72-75, p. 201.

650Arte poética, en Sátiras. Epístolas. Arte poética, edic. cit., vv. 206-219, pp. 553-555. 651Véase F. J. Gómez Espelosín, Introducción a la Grecia antigua, p. 343.

165 tema artístico: “el amor todo lo vence”652

(omnia vincit amor), cantará Virgilio. En efecto, el eros volverá a ser la fuerza todopoderosa de antaño653, mas siempre será tenida como una emoción subjetiva. Así, toda la literatura se puebla de almas en las que estalla el sentimiento erótico y sus efectos, de tal forma que se torna en el laboratorio donde se analiza la pasión amorosa y donde se expone su más variada casuística, que pronto dará la entrada a otros sentimientos tales como el dolor, la angustia o la incomprensión. Carlos García Gual lo ha subrayado con su maestría habitual:

Esta sociedad ociosa se erotiza en la misma medida en que se despolitiza. Se trata de una sociedad burguesa que no puede ya hacer política, que ha sido desplazada casi totalmente de la empresa común, que es ahora monopolio de los príncipes y generales. El individuo ha perdido sus lazos de unión en la salvaguarda de los intereses comunes de la ciudad, y con ello el antiguo patriotismo que animaba las creaciones de la literatura de época clásica. El amor pertenece sólo a la esfera de lo particularmente individual; interesa sólo al individuo aislado; es el refugio de la soledad individual654.

Pero es Ovidio, el “célebre cantor de los tiernos amores”655, quien, una vez más, nos brinda la información más sabrosa sobre la dimensión universal del erotismo como tema, en el repaso histórico que efectúa a la literatura griega y romana en el libro II de sus Tristes, a fin de demostrar al Princeps que no es el único que ha cantado al amor, “pero sí el único que ha sido castigado por haberlo hecho”656

. Después de mencionar a los poetas mélicos, para mientes el autor de los Fastos en dos de los escritores más relevantes del primer helenismo: Calímaco y Menandro: “ni a ti, hijo de Bato [Calímaco], te perjudicñ en nada el haber confiado con frecuencia tus amores al lector en tu poesía. No hay pieza del encantador Menandro que no contenga alusiones al amor, y éste suele ser leído por jñvenes y doncellas”657. Se detiene a continuación en Homero, en la tragedia ática, en el drama satírico y en los procaces relatos milesios de Aristides, destacando que “todas estas [experiencias amorosas contadas] están confundidas con las obras de doctos autores, expuestas al público gracias a la generosidad de nuestros generales se hallan a disposiciñn de todos”658

. Y da el salto a la literatura latina, donde cita al «lascivo» Catulo; al teórico de los poetae nouvi, el gramático Catón; a Tibulo, maestro en enseñar «tretas amorosas»; al «dulce» Propercio y otros muchos más, para terminar arguyendo a Augusto que hasta el gran Virgilio fue seducido por las sonrisas de Afrodita: “el afortunado autor de tu Eneida llevó «al héroe y sus armas» a un lecho tirio, y ninguna otra parte de la obra se lee más que el pasaje de la unión de ese amor ilegítimo. Y este mismo autor había cantado antes, durante su juventud, al modo bucólico los amores de

652Bucólicas. Geórgicas. Apéndice Virgiliano, edic. cit., bucólica X, p. 220. 653

Sirvan como botón muestra estos hermosos versos de Tibulo: “Se dice también que el mismo Cupido nació en el campo / en medio de rebaños y de yeguas indómitas. / Allí se ejerció por vez primera en el arco que aún no conocía: / ¡ay de mí, qué diestras tiene él ahora sus manos! / y no ataca como antes al ganado: se jacta de haber herido / a muchachas y de haber dominado a varones audaces. / Éste hizo perder al joven sus bienes, éste obligó a un anciano / a pronunciar ante el umbral de una airada, palabras que harían enrojecer; / bajo la guía de éste, burlando con sigilo a sus custodios dormidos / una joven llega sola, a oscuras, junto a su amado, / y, estremecida de miedo, tantea con los pies el camino / y su mano explora, antes, las oscuras sendas. / ¡Ah, desdichados a quienes este dios toma con violencia, pero feliz / aquél para quien Amor, plácido, sopla suavemente” (Tibulo, Elegías, edic. bilingüe de Hugo Francisco Bauzá, libro II, elegía 1ª, vv. 67-80, pp. 66-68).

654

Los orígenes de la novela, pp. 110-111. No obstante, es fundamental todo el capítulo que dedica García Gual al tema, intitulado “El amor romántico” (pp. 95-114). Véase también Manuel Fernández-Galiano, “El amor helenístico”, en El descubrimiento del amor en Grecia, pp. 205-227.

655

Tristes, en Tristes. Pónticas, edic. cit., libro IV, elegía 10ª, p. 286.

656Ibídem, libro II, p. 163. 657Ibídem, p. 164. 658Ibídem, p. 173.

166 Fílides y de la tierna Amarílide”659

. Pero tampoco se deja en el tintero las representación públicas de los festejos y festividades:

¿Qué hubiera ocurrido si hubiese escrito mimos que divierten con obscenidades, que contienen siempre el delito del amor prohibido, en los que con frecuencia aparece el amante elegante y la astuta casada engaña a su necio marido? Esto lo contemplan jóvenes doncellas, matronas, hombres y niños, y asiste a ellos una gran parte del Senado. Y no siendo suficiente manchar los oídos con palabras indecentes, los ojos están habituados a soportar muchas cosas vergonzosas: cuando el amante consigue burlar al marido mediante algún nuevo procedimiento, se le aplaude y se le concede la palma en medio de estrepitosas aclamaciones. Y cuanto menos moral es el teatro, tanto más lucrativo para el poeta y tanto más caras compra el pretor piezas tan escandalosas. Examina los costes de tus juegos, Augusto, y podrás ver que te han costado mucho la gran cantidad de celebraciones de este tipo. Tú los contemplaste y tú has ofrecido los espectáculos con frecuencia (¡hasta tal punto tu generosa majestad está presente en todas partes!) Y con tus propios ojos, de los que se beneficia el mundo entero, has contemplado condescendiente adulterios sobre la escena660.

Este triunfo absoluto del amor, que invade todos los géneros literarios, pero principalmente la poesía lírica, se consigna magistralmente en las alegorías míticas que describen al dios niño desfilando por las calles de Roma cual si fuera un general romano que muestra ostentosamente ante sus conciudadanos las victorias cosechadas en el campo de batalla. Si Propercio traspone la gloria del oficial a su gloria como poeta:

¡Oh, que le vaya bien a todo el que entretiene a Febo en las armas! Avance con tenue pómez acabado, el verso

con el que la celeste Fama me eleva desde la tierra, y la, de mí nacida, Musa triunfa con caballos coronados, y conmigo en el carro se pasean los pequeños Amores y la turba de escritores que siguen mis ruedas661,

Ovidio, por el contrario, hace vencedor a Cupido:

Entrelaza con mirto tu cabellera; por bajo el yugo las palomas de tu madre; tu padrastro en persona de dará el carro que más te convenga, e irás de pie sobre él, mientras la gente aclama tu triunfo; y guiarás con buen tino el tiro de aves. Irán tras de ti, prisioneros, jóvenes y muchachas. Tal desfile constituirá para ti un triunfo magnífico. Yo mismo, tu última presa, mostraré la herida que me hiciste hace poco, y llevaré cadenas recientes, cautiva mi voluntad; la Sensatez irá tras ti, con las manos atadas a la espalda, y el Pudor y todo lo que supone un obstáculo para la milicia del Amor. Serás de todos temido: la gente, tendiendo hacia ti sus brazos, cantará con voz fuerte: ¡Hurra, victoria! Te acompañarán las Caricias, el Extravío y la Locura, cortejo que siempre te ha seguido. Ese es el ejército con que dominas a los hombres y a los dioses; si te desprendes de tales ayudas, quedarás inerme. En medio del triunfo, te aplaudirá tu madre, regocijada, desde la cima del Olimpo y arrojará pétalos de rosas delante de ti, Tú, adornando tus alas con piedras preciosas y con piedras preciosas tus cabellos, irás sobre ruedas de oro, vestido de oro también tú662.

659Ibídem, p. 183. 660Ibídem, pp. 181-182. 661

Elegías, edic. bilingüe de F. Moya y A. Ruiz de Elvira, libro III, elegía 1ª, vv. 7-11, p. 399.

662Amores, en Amores. Arte de amar. Sobre la cosmética del rostro femenino. Remedios contra el amor,

edic. cit., elegía 2ª, pp. 214-215. En épocas posteriores el Amor seguirá siendo invencible en el combate, mas tendrá que hacer frente a poderosos enemigos; así, por ejemplo, en el Libro del buen Amor se verá abocado a una lucha sin cuartel contra doña Cuaresma, pero el día de la Pascua de Resurrección don Amor paseará su triunfo ante laicos y religiosos y asentará sus reales en un prado donde erigirá una lujosa tienda, a su mesa se sentarán doce caballeros que no serán sino los meses del año, y allí, como si de una prefiguración de don Juan se tratase, recitará las victorias cosechadas en España (1067-1314); en los Triunfos de Petrarca, en cuya primera parte, dividida en cuatro capítulos, se presenta al Amor victorioso, emulando de entrada la imagen ovidiana de los Amores, termina por se derrotado por la Castidad de Laura primero y por la pura visión de Dios, símbolo del triunfo de la Eternidad, después; en las quijotescas bodas de Camacho tendrá que luchar a brazo partido con el Interés, cosechando un fracaso ante ese flamante y «poderoso caballero» que es el dinero (II, XX), pero el

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Habida cuenta, pues, de la universalización del amor como tema en la época helenística y romana, en lo que sigue nos detendremos someramente en aquellos textos y autores que nos parecen los más representativos en función de nuestros intereses. No seguiremos, sin embargo, un orden cronológico, sino, más bien, genérico, tomando como referencia uno de los tópicos literarios más característicos de la época, la recusatio. Así, en primer lugar, analizaremos el eros de la Musa gravis, centrándonos en El viaje de los

Argonautas de Apolonio de Rodas y en la Eneida de Virgilio, si bien, en función de la

relación que establece con los amores de las dos grandes epopeyas cultas de la antigüedad, entre uno y otro intercalaremos el carmen 64 de Catulo: el epilio de Las bodas de Tetis y

Peleo. En segundo lugar, repasaremos el amor de la Musa tenuis, con especial atención a la

elegía erótica de Propercio. Por último echaremos un vistazo panorámico a ese género tardío, bastardo y omnívoro “de quien nunca se acordñ Aristñteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón [...], que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento”663

: la novela.

-APOLONIO DE RODAS: EL VIAJE DE LOS ARGONAUTAS.

Como suele ser harto frecuente en la Antigüedad, de la vida de Apolonio de Rodas apenas se conoce nada y lo poco que se sabe cae en el terreno de la contradicción y de la especulación664. Parece seguro que nació en Alejandría, siendo el poeta más ilustre que dio la gran metrópoli cultural del helenismo, en el primer decenio del siglo III a. C.; que fue el tutor del príncipe Tolomeo III Evérgetes y que, en consecuencia, desempeñó el cargo de director de la biblioteca del Museo, lo que explicaría su vasta erudición, aproximadamente hacia la mitad de la centuria y por un tiempo no superior a veinte años (la fecha tope es 246 a. C., pues es el año en que es sucedido en su cargo por Eratóstenes); que se retiró a Rodas quizá hacia el final de su vida, donde cosechó los méritos suficientes como para adquirir la ciudadanía rodia, de ahí su apelativo; que fue escritor: cultivó la poesía alejandrina a la moda, el epigrama, en hexámetros compuso poemas sobre la fundación de algunas urbes, entre las que figura su ciudad natal, y dejó doctos escritos de crítica sobre poetas de renombre, como Homero y Hesiodo, si bien no se han conservado de estas obras literarias y filológicas sino algunos fragmentos mínimos665; y, por fin, que es el autor del texto por el que es reconocido y recordado en la actualidad: El viaje de los Argonautas, el único ejemplo de poesía épica griega que se nos ha transmitido de un largo período de tiempo, el que media entre el orto en el siglo VIII a. C. y el ocaso, allá por el siglo III d. C., es decir entre Homero y Nono de

perdedor en la alegoría será sin embargo el vencedor en la realidad de la ficción y el pobre Basilio se desposará, delante de Camacho el rico, con Quiteria (II, XXI); el mismo Cervantes, en el Persiles (II, XVI), pondrá en boca de su locuaz protagonista masculino un sueño en el que desfilan, en una empedrada isla, la Sensualidad, la Continencia, la Pudicicia y la Castidad, que será la que, bajo la apariencia de Auristela, resulte victoriosa, de forma que el amor casto venza al sexual.

663Cervantes, Don Quijote de La Mancha, edic. del Instituto Cervantes, Prólogo al lector, p. 17.

664De la biografía de Apolonio de Rodas se conservan dos Vitae que acompañan a los manuscritos del

poema, el importante léxico bizantino de la Suda y el fragmento de un papiro que contiene una lista de los bibliotecarios de Alejandría, que pueden ser consultados en la Introducción de Mariano Valverde Sánchez a su trad. de los Argonáuticas, Gredos, Madrid, 1996, pp. 7-90, en concreto pp. 7-9. Véase también Albin Lesky, Historia de la literatura griega, pp. 759-768; Carlos García Gual, Introducción a su trad. de El viaje de los Argonautas, Alianza, Madrid, 2004, pp. 7-46, pp. 8-11.

665Mariano Valverde acompaña su edición de la epopeya de Apolonio de Rodas con los fragmentos

168 Panópolis666.

Aunque existen muchas dudas al respecto, acaso el acontecimiento más sobresaliente de su vida no sea otro que su relación con el poeta de Cirene, Calímaco, puesto que sus divergencias poéticas podrían esconder la clave de que abandonara la capital del Egipto tolemaico rumbo a Rodas. Resulta que al “bibliotecario alejandrino le gustaba la arqueología, la cadencia del hexámetro, los epítetos de sabores arcaicos, la geografía fabulosa, y, sobre todo, Homero era su poeta”667

, lo que le llevó a componer un poema épico sobre la antiquísima saga de los tripulantes de la Argo a contrapelo de las directrices literarias del momento, que se decantaban por la obra breve en perjuicio de la extensa de acción continuada o cíclica, cuyo máximo exponente era precisamente Calímaco, aunque Teócrito tampoco le iba en zaga. Sea como sea, lo relevante del caso es que es muy probable que Apolonio, cuando dirigía la biblioteca, elaborara una primera versión de su poema que leyó en público, ganándose la animadversión de su contemporáneo, que igual pudo ser su maestro; unas críticas adversas por las que decidió renunciar a su cargo y marchar a la isla de los rodios, donde enseñaría gramática y donde, conforme a sus convicciones poéticas, corregiría su poema hasta imprimirle la extensión y la forma que tiene la versión que se ha conservado en los manuscritos. Con todo, El viaje de los Argonautas no alcanza su significación sino en el marco del helenismo, en función tanto de su forma como de su fondo, así como por su ideología, el mundo que describe, el carácter humano de sus protagonistas, la erudición que rodea la narración, el gusto por escenas de sabor costumbrista o realista y el detallismo preciosista.

Como sostiene Albin Lesky, “la poesía en todas sus formas se ha ocupado de la leyenda de los Argonautas, y la historia local de muchos pueblos se apoya en ella”668

. En efecto, el dilatado viaje por «el líquido camino» de los héroes tripulantes de la Argo, la nave divina construida por Atenea con madera de pino del monte Pelión, en pos del Vellocino de Oro se remonta a una época tan antigua que es ya cantada por Homero en la Odisea cuando a su cauto e inteligente protagonista, Ulises, le advierte la maga Circe del siempre difícil paso que es bordear las Rocas Errantes, ya que “tan sñlo logrñ doblar aquellas rocas una nave surcadora del ponto: Argo, por todos tan celebrada, al volver del país de Eetes; y también a ésta habríala estrellado el oleaje contra las grandes peñas, si Hera no la hubiese hecho pasar por su afecto a Jasñn”669

. Lo cual viene a significar que el armazón mítico de la leyenda sería de dominio público en el momento de la composición de los poemas homéricos, cuyos protagonistas son de una generación posterior respecto de los argonautas670, por lo que es más que razonable pensar en la posibilidad de que existieran poemas orales sobre la nave y la

666Véase Luis Gil, “La épica helenística”, en Estudios sobre el mundo helenístico, José Alsina ed.,

Universidad de Sevilla, Sevilla, 1971, pp. 91-120.

667Carlos García Gual, Introducción a su trad. de El viaje de los Argonautas, p. 10. 668Historia de la literatura griega, p. 761.

669

Homero, Odisea, edic. de Antonio López Eire, trad. de Luis Segalá y Estalella, Espasa Calpe, Madrid, 1991 (18ª ed.), canto XII, p. 253.

670No deja de ser indicativo, de hecho, que tanto Virgilio como Horacio citasen la saga de los

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