Chapter 5 Development of the conceptual model
5.2 Conclusions of the literature research
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aguda la relación entre la ciencia y la religión. Es un siglo de debates e innovaciones religiosos intensos y muy variados que, ciertamente, no pueden simplificarse en el famoso grito de batalla de Voltaire, Écrasez
l'infáme. aplastad la infamia de la religión organizada.
Veamos en primer término esa idea tan característica de la Ilustra ción: la importancia de la tolerancia religiosa. Aunque en el siglo xvii
se habían alzado algunas voces, sobre todo en Inglaterra y Francia, a favor de la tolerancia, sería el siglo xvm el que habría de presenciar las polémicas y las decisiones determinantes al respecto. De hecho, en términos de religión, el siglo de la Ilustración puede considerarse enmarcado por dos importantes medidas de tolerancia: en 1689, el parlamento inglés aprobó en Gran Bretaña la Ley de Tolerancia, que redujo notablemente (aunque no eliminó del todo) las penas lega les contra quienes no adhirieron a la iglesia de Inglaterra, en espe cial católicos y disidentes; en 1787, la monarquía francesa promulgó decretos que permitían una tolerancia limitada y cierta reducción de las restricciones civiles a los protestantes. Entre estos dos decretos hubo un largo periodo de luchas y discusiones sobre el tema.
¿Por qué el tema de la tolerancia religiosa hubo de despertar pasio nes tan violentas y un debate tan continuado durante la Ilustración? Esto ocurrió en gran medida porque este movimiento también fue heredero de la Reforma en un sentido diferente del que planteaba Hegel. Fue heredero, no sólo de su potencial legado de libertad inte lectual, sino también de los conflictos políticos y militares generados por los intentos de Lutero de reformar la iglesia católica en el siglo xvi. A partir de entonces, y hasta la paz de Westfalia, en 1648, los estados cuyos dirigentes tenían convicciones políticas opuestas habían combatido entre sí, al menos en parte, para imponer sus convicciones religiosas a sus oponentes. Al mismo tiempo, a medida que estallaban los conflictos entre los estados, dentro de éstos prolifcraba la disen sión religiosa. Los países católicos, como Francia, crearon minorías protestantes combatidas. Los estados protestantes, como Inglaterra, perseguían a los católicos y tuvieron que enfrentarse, dentro de sus propios confines, a una proliferación de sectas protestantes mutua mente hostiles. Ese conflicto religioso interno fue terreno fértil para la intervención extranjera. Tanto en el campo protestante como en el católico se afirmaba que el error no tenía derechos, y que quienes detentaban opiniones religiosas que diferían de las del monarca rei nante eran sujetos desleales cuya existencia misma ponía en peligro la unidad y la estabilidad del estado y de la sociedad. En gran medida,
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el esfuerzo de la Ilustración por manejar la cuestión de la tolerancia religiosa fue asimismo un intento de confrontar su pasado inmediato y de influir sobre sus resultados futuros. Los pensadores de la Ilus tración lidiaban con un pasado lleno de intolerancia religiosa con la misma urgencia con la cual, a finales del siglo xx, la gente se enfren taba a las cuestiones planteadas por el Holocausto.
Algo de esto empezó a cambiar cuando Westfalia puso fin a un prolongado periodo de conflictos bélicos en Europa, conocidos como la guerra de los treinta años, algunas de cuyas principales cau sas se podían enconuar en la enemistad entre los estados católicos y los protestantes. El año 1648 marcó el final de la guerra entre estados con el propósito de imponer convicciones religiosas. Algu nos gobernantes aún habrían de tratar de forzar la uniformidad religiosa dentro de sus propios límites porque, desde luego, el pro longado conflicto de religiones anterior a 1648 no había logrado la homogeneidad religiosa dentro de ningún estado. Pero la nueva situación internacional implicaba que las confesiones y las dinastías no se oponían ya tanto en materia religiosa. En el siglo xvm , los estados se enfrentaban cada vez más a decisiones reales respecto de si debían continuar esforzándose en pro de la unidad confesional dentro de sus propias fronteras o tolerar la diversidad religiosa y, de ser así, hasta qué punto habrían de hacerlo. Al mismo tiempo, una creciente marea de opinión contemplaba con repugnancia la devas tación y el caos provocados en el pasado por los conflictos religiosos entre y dentro de los estados. El conflicto y la inestabilidad, ¿no eran un precio demasiado alto por la uniformidad religiosa? También se señalaba en forma creciente que en ningún caso la fe religiosa podía ser impuesta; se la entendía, cada vez más, en términos de algo que no debía dominar la vida del hombre como un poder extranjero, sino que tenía que surgir libremente de fuerzas interiores, como la conciencia y la razón. Por ello carecían de sentido los intentos por imponer la uniformidad a la fuerza.
No obstante, y pese a esta creciente marea de opinión en favor de la tolerancia religiosa, que se evidencia, por ejemplo, en el Traite de la
tolérame [ Tratado sobre la tolerancia), de Voltaire, de 1763, para muchos
gobernantes no era fácil emprender pasos decisivos para implantarla de manera legal. la tolerancia religiosa, que nos parece tan eviden temente aceptable, hacía surgir en realidad muchos problemas rela tivos a la naturaleza del estado y la monarquía que no eran fáciles de resolver. La victoria para la tolerancia no fue, por eso, inmediata ni
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veloz, como muestra el siglo que tr anscurrió entre la Ley de Toleran cia en Gran Bretaña y los decretos de tolerancia en Francia.
Para muchos, causaba tantos inconvenientes como los que resol vía. ¿Cómo podía considerarse realmente leales a sujetos de una fe diferente de la del dirigente o la iglesia establecida? ¿Cómo podían prestar un juramento verosímil? ¿En qué medida la extensión de la tolerancia religiosa cambiaría la naturaleza del estado y de la monar quía? Esta última era una pregunta especialmente importante en una época en la cual la gran mayoría de los estados eran gobernados por monarquías cuya legitimidad emanaba, al menos en parte, de sus afir maciones de fidelidad a una determinada iglesia. Por dar sólo unos cuantos ejemplos, el rey de Francia, cuyos súbditos incluían un núme ro considerable de protestantes, juraba, como parte de la ceremonia de coronación, extirpar la herejía. El monarca inglés era la cabeza secular de la iglesia de Inglaterra. El rey de Prusia era ¡tummus episcopus de la iglesia luterana. De manera que lo que estaba en juego con la lucha por la tolerancia religiosa apoyada por el estado era una transi ción enü e la idea de que un estado monárquico también involucraba necesariamente una comunidad uniforme de fieles y la de un estado impersonal en el cual las lealtades religiosas pudiesen separarse de la lealtad al estado mismo: en otras palabras, la transición de un orden político característico del anden regí mea otro más típicamente moder no. No era una opción demasiado atractiva, por ejemplo, para una monarca como María Teresa de Austria, que veía que su papel era el de actuar como una reina específicamente católica y que estuvo dispuesta a deportar a muchos miles de personas protestantes de Bohemia a fin de seguir procurando la creación de un estado católico uniforme.
Era una cuestión en torno de la cual había, entonces, gran amplitud de puntos de vista. María Teresa y su hijo y sucesor José II, por ejem plo, sostenían firmes ideas opuestas sobre la tolerancia, que reflejaban ideales diferentes respecto de la naturaleza de una política moderna y, por consiguiente, del papel del gobernante. José quería ser capaz de definir a sus súbditos al margen de su preferencia religiosa; María Teresa, una política que todavía tenía algo que ver con el ideal de una cristiandad unificada que se había resquebrajado con la Reforma. Ambos se oponían porque poseían dos cosmovisiones diferentes.s 8
8 José II le escribió a María Teresa, en junio de 1777, “con la libertad de religión