Si se hace un salto muy lejos en el tiempo hasta el siglo XVI, ¿cuál era el problema? El autor español, muy conoci- do por la Teología moral, Domingo Soto, en el año 1556 ya había enfrentado esta
problemática. Lo que dice es muy para- digmático, por eso se trae a colación una página de su texto titulado De iustitia et
iurae. La pregunta es: ¿uno puede ser
obligado a hacerse cortar un miembro? La respuesta del autor es: “Desde el momento en que la amputación o en la incisión del cuerpo existe un dolor gran- dísimo, desde luego que nadie puede ser obligado porque a nadie se le impone conservar la vida con tanto tormento”. Estamos hablando de un tiempo en el cual no había anestesia, no había ningún otro medio de tipo médico que podría volver vivible una experiencia quirúrgica de este tipo. Ni se lo debe juzgar como un suicida. Es verdadero aquel grito del romano Cayo Mario mientras se le abría la pierna: “La salud no es digna de tanto dolor”. ¿Qué pasaba si uno necesitaba la amputación de una pierna y decía no pueder someterse a ese tipo de interven- ción por carecer de recursos humanos suficientes? Si no se hacía, se moría, no había otra solución. La pregunta de los moralistas era: ¿puede uno consciente- mente caminar hasta la muerte porque piensa que el único remedio posible no es soportable por él por razones serias? Si la vida humana es un bien absoluto, esta opción no es posible porque todos tene- mos el deber absoluto de conservarla. Si es un bien que tiene un límite debemos reflexionar sobre esta cuestión y elaborar soluciones posibles. Hay una doctrina tradicional que se ha desarrollado a lo largo de cuatro o cinco siglos, muy cono-
cida, de alguna manera, por los términos utilizados, de los medios ordinarios y
extraordinarios de conservación de la vida.
Estos autores han hablado de las características de los medios ordinarios y extraordinarios, mas nunca han hecho un elenco detallado de medios, porque prontamente han intuido que un mismo medio en una situación diferente y por una persona diferente podía cambiar sus características. Ésta es una intuición muy importante porque es totalmente válida también para nosotros hoy.
Diremos sólo algunos elementos de cómo estaban connotados los medios ordinarios.
1. Para que un medio pudiera ser consi- derado ordinario era necesario que ofreciera una razonable esperanza de beneficio en su uso, no en sí mismo. 2. Tendrían que ser medios de uso
común, es decir, que normalmente la gente común podría encontrar, tener a disposición y utilizar. Aquí habría una precisión subrayada en latín pero no en español, es decir, no sólo de uso común sino más precisamente de uso común secundum proportionem sta-
tus: (según la condición vital de cada
uno). En ese tiempo era diferente la condición de un religioso que vivía en un convento y de un hombre del siglo, hoy diríamos un laico. Porque, por ejemplo, comer carne, asado, no
era normal para un religioso, era una cosa particular, totalmente extraordi- naria, y por el contrario, para una persona que vivía en el siglo podría ser una cosa más normal. Así que si para conservar la vida fuera necesario comer carne, para un religioso este mismo medio se presentaba como un medio extraordinario en su estado de vida; y para el laico era un medio ordinario. Nótese cómo estos moralis- tas eran realmente muy profundos en su razonamiento.
3. Medios de fácil acceso y empleo que no presentan particulares cargas para el paciente: media non dificilia o
facilia. Estos medios con estas carac-
terísticas, desde un punto de vista de obligación ética, eran considerados sin duda obligatorios para el paciente, quien debía someterse al empleo de estos medios, y también para el médi- co si los tenía a disposición, quien debía utilizarlos.
Con los medios extraordinarios suce- de exactamente lo contrario.
1. Medios que ya no están más en grado de procurar un real y significativo beneficio para el paciente, que no tie- nen spes salutis, esperanza de efica- cia, de lograr una curación real. 2. Medios que comportan para el
paciente una carga proporcionalmen- te grave o una cierta “imposibilidad moral” para su uso. Tal vez la imposi- bilidad no es física porque el medio
está aquí, su empleo no causa un gran dolor. Entonces no hay una real impo- sibilidad física para emplearlo, pero puede configurarse una imposibilidad moral. Por ejemplo, surge un miedo incontenible para utilizar este tipo de medio o una sensación de repulsión interior tal que la persona queda como bloqueada frente a la utiliza- ción de este medio. Entonces no tiene la imposibilidad física, pero tiene una imposibilidad moral interior que, de hecho, le impide el empleo de este medio. Si eso ocurre, es un elemento, dirían los autores antiguos, de extraordinariedad. Estos medios, desde el punto de vista ético, no son obligatorios como los medios ordina- rios, pero tampoco están prohibidos. Son simplemente lícitos; es decir, es posible utilizarlos. Es una libre elec- ción de la persona. Si la utiliza no hace un mal, si no la utiliza tampoco. Cada vez, en cada situación particular yo voy a elegir qué hacer, si someter- me o no al empleo de este tipo de medio de conservación de la vida, si tiene una de estas características. 3. Per se, son medios lícitos considera-
dos en sí mismos, en general, en línea de principios. Pero per accidens, es decir, en algunos casos y por razones extrañas al medio mismo, podrían devenir su empleo obligatorio moral- mente. Por ejemplo, si son la única posibilidad para el paciente de cum- plir otros deberes éticos mucho más
importantes, como por ejemplo debe- res de caridad o de justicia. Hemos escuchado algunos ejemplos que nos ha comunicado el profesor Maglio, por ejemplo, cómo antes de morir se necesita cumplir con otros deberes humanos que habían quedado pen- dientes hace mucho tiempo. Si el empleo de cierto medio normalmente extraordinario constituye la única manera que el paciente tiene para poder cumplir estos deberes, en este caso, con motivo de estos deberes y no del empleo del medio, se convier- te en un medio siempre extraordina- rio, pero cuyo uso se hace obligatorio. Ésta es la doctrina general que he sin- tetizado totalmente. Hay más de 47 ó 48 autores que han hablado de esto, todos en latín.
¿Qué dice el Magisterio en tiempos más recientes? Entre los principales docu- mentos que han hablado de alguna manera de este tema, cabe recordar con particular referencia el discurso de Pío XII donde da respuestas, algunas importan- tes, en expresiones sobre la reanimación (1957). También hay que mencionar el documento que el P. Bochatey citó en la charla precedente, la Declaración “Iura et
Bona” sobre eutanasia. En el encuentro
con nosotros, a propósito del Congreso sobre el estado vegetativo, Juan Pablo II refirió su discurso a este problema.
En síntesis, en todos estos documentos
fundamentalmente hay una sustancial acogida y reconfirmación, por consecuen- cia, de la doctrina tradicional, del conteni- do de la doctrina sobre medios ordinarios y extraordinarios. Al mismo tiempo, en estos documentos más recientes del Magisterio se constata la creciente com- plejidad de las situaciones clínicas, a razón del rápido y continuo desarrollo de las ciencias médicas. Está subrayada en parti- cular la posibilidad de adoptar una nueva terminología, de abandonar los términos “medio ordinario y extraordinario” para desplazarnos y movernos hacia los térmi- nos “proporcionados y desproporciona- dos”, porque parecería que estos nuevos términos están más adaptados al continuo desarrollo y avance de las posibilidades médicas. Entonces, si un medio es propor- cionado, ya el término llama la atención a la consideración de múltiples factores. No es una determinación estática, sino que se presenta como una descripción más diná- mica, porque la proporción exige la consi- deración de muchos factores -por lo menos dos, porque si hay una proporción hay factores que se confrontan-.
Por honestidad intelectual, cabe des- tacar, asumiendo toda la responsabilidad de lo dicho, que a lo mejor, quien ha extendido este texto no ha considerado muy bien lo que ocurrió con los autores antiguos, porque en realidad en la consi- deración de estos autores todo este razo- namiento ya estaba presente en los tér- minos “ordinario” y “extraordinario”.
Entonces, la nueva terminología no añade nada a la vieja consideración. Tal vez la novedad no es una novedad sino sólo una novedad superficial, aparente.