Efesios 5:25-33
Al considerar la afirmación que el apóstol hace respecto de los deberes de los esposos hacia sus esposas, estamos prestando atención a la enseñanza referida a nuestro Señor en su relación con la iglesia. Hemos visto su preocupación por ella, su actitud con respecto a ella. Hemos acentuado cómo dicha actitud y preocupación han sido expresadas en la acción, en la práctica. Hemos visto lo que el Señor ha hecho por la iglesia: 'y se entregó a sí mismo por ella'. También hemos considerado lo que aún está haciendo por la iglesia. Lo primero lo hizo una vez para siempre—se dio a sí mismo por ella. Pero no se queda allí; el sigue haciendo algo en la iglesia y por la iglesia.
También hemos analizado la palabra 'santificar' y su significado. El Señor ha apartado a la iglesia para sí mismo. Nosotros somos su 'pueblo adquirido', un pueblo para su posesión propia, peculiar y especial. Somos su esposa. El la ha puesto aparte, él la ha apartado para poder hacer ciertas cosas por ella.
Ahora continuamos a partir de ese punto. La siguiente palabra que encontramos es 'purificar'. 'Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra'. Es
mediante esta palabra 'purificar' que se presenta ante nosotros la idea de lo que normalmente llamamos 'santificación'.
Aquí debemos tener cuidado de notar el contenido completo de esta palabra 'purificar'. Algunas personas querrán limitarlo al hecho de haber sido lavados de la culpa de nuestros pecados. Pero, evidentemente, eso no es suficiente. Ese aspecto ya lo hemos encontrado en la afirmación de que El se dio a sí mismo por la iglesia y la separó. Esa idea implica que hemos sido librados de la culpa de nuestros pecados; sin embargo no estoy dispuesto a discutir con aquellos que desean incluirla en el significado de esta palabra 'purificar'. Ciertamente, Cristo nos purifica de la culpa de nuestro pecado; pero esta palabra nos lleva más allá. Creo poder probar que no se trata de un mero asunto de opiniones. Pablo añade aquí que la purificación es efectuada 'en el lavamiento del agua por la palabra', y este hecho en sí comprueba que se trata de un proceso que va de continuo en continuo. El lavamiento de la culpa del pecado se realiza una vez para siempre. Se trata de una sola operación; pero luego hay una operación continuada, 'para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra'. Esta afirmación demuestra que no se trata solamente de librarse de la culpa, pero el versículo 27 lo establece en forma aun más positiva: "Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha". Estas palabras definen el objetivo último de Cristo: que la iglesia no sólo quedase librada de la culpa del pecado, sino que también quedase total y completamente librada de todo pecado cualquiera sea su forma o tipo. Sin duda Top-lady logra una expresión perfecta de la idea al ponerla de la siguiente manera:
Sé la doble cura del pecado,
De su culpa y poder, déjame librado.
El Nuevo Testamento nunca se detiene en la culpa misma; siempre se extiende también a la idea de nuestra purificación referida tanto al poder como a la culpa del pecado. Por cierto, a esto quiero añadir un elemento más. Esta purificación no solamente se refiere al poder del pecado y a su culpa, sino también a la contaminación que causa. Muchas veces se olvida este tercer aspecto. Verá que muchas sociedades mencionan en sus 'fundamentos de fe' el poder del pecado, ignorando la contaminación que el mismo causa. Sin embargo, en muchos sentidos, lo más terrible de la caída es que ha contaminado toda nuestra naturaleza. En gran parte, el pecado tiene tanto poder sobre nosotros por haber contaminado nuestra naturaleza. Esto es lo que el apóstol describe tan gráficamente en Romanos 7: "Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien". Pues bien, eso es corrupción y no poder. Es una condición previa al poder; su raíz está en nuestras naturalezas contaminadas, mancilladas y arruinadas y llenas de impurezas. Es producto de la caída y por eso el pecado es tan poderoso en nosotros. Por eso no sólo necesitamos ser purificados de la culpa del pecado, no tan sólo de su poder, sino particularmente de esta terrible corrupción de pecado, de toda su impureza y perversión.
El pecado penetra la trama misma de la naturaleza humana; nuestras naturalezas se han envilecido, dividido y pervertido. ¡Cuan importante es comprender que esto es cierto en cada uno de nosotros! No es que por naturaleza seamos neutrales para luego ser tentados desde afuera. ¡No! Hemos 'nacido en pecado', somos 'formados en iniquidad'. "En pecado me concibió mi madre", esa es la enseñanza de las Escrituras (Sal. 51:5). Al comienzo de su segundo capítulo el apóstol ya había afirmado esto con toda claridad al decir: 'Estabais muertos en vuestros delitos y pecados'. Luego menciona 'la voluntad de la carne y de los pensamientos'. Esa es otra forma de describir esta 'ley en mis miembros'. Esto no es sólo poder, esto es una infección, verdaderamente, como ya he dicho, es una corrupción. Es corno un torrente que viene contaminado en su misma fuente en vez de contami- narse a lo largo de su curso. Es de esto de lo que debemos estar purificados antes de poder ser presentados por el Señor a sí mismo 'como una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante; sino que fuese santa y sin mancha'.
efectúa 'en el lavamiento del agua por la palabra'. Aquí tenemos una frase importante y muy difícil —una frase que muchas veces ha sido mal entendida y mal interpretada. Muchas personas ven aquí la enseñanza de lo que ellos llaman 'la regeneración bautismal'. Según esta enseñanza somos librados y purificados totalmente del pecado mediante el bautismo. Este fue un error que durante los primeros siglos se introdujo a la iglesia; el error es perpetuado por la enseñanza de la Iglesia Católico-romana; y por otras formas de catolicismo, incluso hasta los días de hoy. No voy a entrar a todos esos detalles. Creo que es una interpretación completamente artificial de las palabras, la imposición de un significado sobre ellas, que si las considerásemos naturalmente, tomando el valor que tienen a primera vista, ellas nunca habrían sugerido semejante interpretación. Por supuesto, esa interpretación fue introducida para satisfacer las ansias de poder de la iglesia y todos aquellos que aún la enseñan, cualquiera sea su forma de catolicismo, siguen siendo culpables del mismo error. No se trata aquí de alguna operación mágica que tiene lugar durante el bautismo, ni se trata de la fórmula particular que se utilice durante él. Algunos han acentuado este último aspecto afirmando que lo importante es la palabra pronunciada por el hombre que está bautizando al niño, y que la fórmula es la que suple el poder y su eficacia. Repito, eso no es sino sacerdotalismo; no es sino una forma de implementar la autoridad del sacerdocio.
Pero entonces, ¿qué enseña esta palabra? Obviamente aquí hay una referencia al bautismo, al hecho y al acto del bautismo. Por supuesto, eso no nos sorprende porque aquí estamos tratando con personas que antes eran paganas. Son personas que escucharon el evangelio, lo creyeron, y luego, antes de ser admitidas en la iglesia, tenían que ser bautizadas; habiendo sido bautizadas eran recibidas en la membresía de la iglesia cristiana. Por eso, pensaban en el bautismo como en algo cuyo propósito era representar esta purificación, esta liberación de un reino y el 'traslado' a otro reino. Por eso, ahora encontramos al apóstol Pablo expresándolo al escribir a la iglesia de Corinto: "¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis 3'do justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios" (1 Co. 6:9-11). Allí vuelve a utilizarse la misma idea del 'lavamiento'. El apóstol dice, "ustedes eran así; ya no están en esa condición; ahora son santos en la iglesia—han sido lavados". Uno de los propósitos del bautismo es representar ese cambio.
El pensamiento del apóstol Pedro en 1 Pedro 3:20, 21 es muy similar. Allí se refiere a los espíritus encarcelados, "los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo, quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios". Allí se encuentra con suficiente claridad la idea que estamos considerando en esta declaración a la cual estamos dedicando nuestra atención. El bautismo es una figura, una representación simbólica de lo que el Señor Jesucristo hace por nosotros en este proceso de la santificación. Por lo tanto, el objeto del bautismo es representar eso y sellarlo en nosotros sobre nuestras mentes y nuestros corazones. No es más. El bautismo en sí y por sí mismo no hace nada. El mero hecho de ser bautizado no nos cambia en absoluto. Esa es la idea errónea de los sacramentos. El término técnico utilizado por los católico-romanos, y toda la enseñanza católica es que los sacramentos actúan y son eficaces 'ex opere operato'. En otras palabras, que los sacramentos actúan en y por sí mismos independien- temente de cualquier actividad de parte de los recipientes. El hecho en sí del bautismo le otorga la regeneración a un niño o a un adulto.
En las Escrituras no hay tal enseñanza. El bautismo es, como dice Pedro, 'una figura'; es una representación dramática. Por supuesto lo mismo ocurre con la Cena del Señor. No creemos que el pan sea transformado en el cuerpo mismo de Cristo. Se trata de una representación. Efectivamente, el Señor dice: miren este pan; cuando se reúnan para comerlo, que ese pan les recuerde y les represente en forma figurada mi cuerpo roto. Y lo mismo ocurre con el vino; 'esta copa es el nuevo
pacto'. Esa es nuestra respuesta a los católico-romanos que afirman que el vino es transformado en sangre. Ellos afirman que debemos tomar literalmente estas palabras. Bien, si lo toma literalmente, lo que nuestro Señor dijo fue 'esta copa'; no dijo 'este vino', dijo 'esta copa es el nuevo pacto en mi sangre', demostrando así que es simplemente representativo y simbólico.
Lo mismo ocurre con el bautismo. ¿Qué representa el bautismo? Evidentemente representa que somos lavados de la culpa del pecado. Allí estábamos; éramos pecadores y estábamos en pecado bajo la ira de Dios. De eso hemos sido librados por nuestra fe en el Señor Jesucristo, mediante lo que él hizo por nosotros. El bautismo nos recuerda esa liberación. En segundo lugar nos recuerda que somos purificados del poder y de la contaminación del pecado. Es una especie de 'lavamiento', una representación simbólica de un proceso purificador. Esa idea también está incluida. Y en tercer lugar, expresa todo el concepto de nuestra introducción a Cristo mediante el Espíritu Santo. Recuerdan que Pablo, escribiendo a los corintios (1 Co. 10) afirma que los israelitas fueron bautizados en (unión a) Moisés mediante la 'nube' que permanecía sobre ellos.
Los israelitas no fueron sumergidos en la nube; la nube se mantuvo sobre ellos. De la misma manera el bautismo representa el hecho de que somos introducidos a Cristo mediante el Espíritu Santo. Esa es la idea completa que Pablo tiene en mente aquí—nuestra unión con Cristo. 'Somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos'. ¿A qué se debe esto? Se debe a que 'somos bautizados por un Espíritu e introducidos a Cristo'; de modo que el bautismo también representa eso. ¡Entonces aquí tenemos su significado! Es una representación simbólica externa de tres aspectos que el apóstol acentúa en forma tan prominente en esta sección particular.
Es obvio entonces, que el principal propósito de Pablo aquí es mostrarnos como Cristo está purificando a la iglesia y preparándola para sí mismo; y que lo hace a través del Espíritu Santo. Evidentemente no fue una casualidad que cuando el Señor, en ocasión de su bautismo, estaba en medio del Jordán, el Espíritu Santo descendiera sobre él en forma y aspecto de una paloma. De modo que en un bautismo siempre hemos de pensar en ese aspecto, en la venida del Espíritu Santo a nosotros y sobre nosotros, para introducirnos a Cristo y proceder con su obra y el proceso de la santificación.
Con esto ya es suficiente para la consideración de la frase y sus términos individuales. Es una frase muy difícil y siempre ha causado bastante discusión—'el lavamiento del agua'. Pero por supuesto, el término verdaderamente importante aquí es 'la palabra'. "Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra". O bien, si le ayuda un cambio en el orden de la frase, 'para que él pueda purificarla mediante la palabra, a través del lavamiento de agua'. El elemento vital aquí es la expresión 'por la palabra' que debería ser relacionada a la palabra 'purificar'. El bautismo es una representación de ello, pero no es sino una representación. La misma obra de santificación es obrada por o a través de la Palabra, y el Espíritu Santo realiza esta obra en nosotros con la instrumentalidad de la Palabra. Es de suprema importancia que los cristianos se apropien y entiendan esta verdad. El instrumento utilizado por el Espíritu Santo en nuestra purificación es 'la Palabra'.
Esta es la enseñanza esencial del Nuevo Testamento en cuanto a la santidad y la santificación; es algo que el Espíritu Santo obra en nuestro interior utilizando la Palabra. Y que acentuemos que se trata de un proceso. Es una purificación progresiva hasta que quedemos libres de toda mancha, o arruga o cosa semejante; libres de toda mancha hemos de ser totalmente santos. Hay personas que enseñan que en realidad el cristiano es una persona salvada, pero que continúa en sus pecados. Mientras él 'habite en Cristo' será guardado de cometer pecado, pero que no hay cambio en cuanto a la contaminación con el pecado. Se atenderá a esto recién en la hora de la muerte. Pero, evidentemente, de acuerdo a esta enseñanza, eso es un error. Aquí leemos de un proceso de purificación; un proceso que continúa. A medida que una persona continua viviendo la vida cristiana debería haber cada vez menos de esa contaminación del pecado en él; a medida que este proceso continua él debería ser paulatinamente santificado. No sólo queda capacitado para resistir el poder del pecado; el cristiano es llevado paulatinamente a un estado final de perfección. Y esto es hecho por medio de la Palabra. 'Por la Palabra'.
generalmente son obradas en y a través de 'la Palabra'. Por eso siempre es peligroso separar al Espíritu Santo de la Palabra. Muchas personas lo han hecho así y entonces con frecuencia surgieron graves excesos, En efecto, la separación virtual del pueblo llamado cuáqueros de la fe cristiana se debe precisamente a esto; ellos pusieron tanto énfasis en la 'luz interior' que pasan por alto la Palabra. Ellos tienden a decir que la Palabra carece de importancia; lo que importa es esa luz interior. Finalmente llegaron al punto donde quedaron más o menos enajenados de las doctrinas del Nuevo Testamento, siendo el Señor Jesucristo apenas necesario a su sistema. También hay otros que han acentuado al Espíritu Santo a tal extremo que lo han separado de la Palabra. No quieren ser enseñados, no quieren recibir la instrucción; en cambio, viven en un reino de sentimientos, emociones y experiencias. Propician un éxtasis que con frecuencia los conduce sólo al 'naufragio de su fe', y más allá, a graves excesos de inmoralidad y fracaso. La Palabra y el Espíritu Santo generalmente van juntos. La Palabra ha sido dada por el Espíritu y él utiliza su propia Palabra. Es el instrumento que utiliza. No estoy negando que el Espíritu pueda hablarnos directamente; pero estoy afirmando que eso es algo excepcional. Y voy más allá y afirmo que cualquier cosa que podamos considerar obra del Espíritu en nuestro interior siempre debe ser probada por la Palabra. El Espíritu Santo nunca hará nada que contradiga a su propia Palabra. De modo que somos exhortados a 'probar los espíritus', a 'poner los espíritus a prueba', a 'someter los espíritus a un examen'. No todos los espíritus son de Dios y por eso se necesita prueba, un examen de cualquier espíritu en particular. ¿Qué cosas proveen tal prueba? La Escritura. De modo que esta obra es hecha por el Espíritu, pero es hecha a través y por medio de la Palabra.
Permítanme establecer más este punto porque es de vital importancia. Para demostrar sin dejar lugar a dudas que toda la obra del Espíritu en la vida de un creyente es hecha por medio de la Palabra, comencemos con nuestra regeneración. Santiago lo expresa de esta manera: "Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas". La Palabra. Nuevamente, es Santiago quien lo expresa de esta manera: "El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas" (Stg. 1:21, 18). Pedro enseña lo mismo: "Siendo renacidos no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre" (1 P. 1:23). La regeneración es obra del Espíritu Santo, pero él la realiza mediante la Palabra—'siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios'. Es la Palabra que, usada por el Espíritu, nos da esta nueva vida. Y nuevamente, consideren lo que Pablo dice en 1 Tesalonicenses 2:3: "Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como pa-