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El “lento aprendizaje”

Este ha sido, en líneas generales, el cursus vitae de Norberto Bobbio: una vida que en algunas oportunidades describió como “un continuo, difícil y lento aprendizaje, tan difícil como para dejarme casi siempre abatido y des- contento, tan lento que todavía no fue logrado” (1964, p. 10). ¿Cuál fue su significado histórico específico? En el interior del grupo de pensadores que intentaron conciliar el liberalismo con el socialismo, Bobbio difiere de sus predecesores en varios puntos importantes. Uno de ellos es simplemente su ámbito de investigación específica. Bobbio es un filósofo de vasta formación, que se ha medido con la fenomenología de Husserl y de Scheler antes de la guerra,

guerra, y con el positivismo de Carnap y Ayer al terminar la misma. Sus preferencias epistemológicas personales han sido experimentales y científicas, como lo demuestra el hecho de que siempre se dirigiera claramente contra aquellas inclinaciones que calificaba como “ideología italiana”, congénitamente especulativa y de orientación idealista (1986b, pp. 3-4). A este respecto cabe destacar, entre las obras de Bobbio, precisamente Il profilo ideologi-

co del Novecento italiano, la investigación más relevante

sobre historia intelectual que Bobbio haya realizado: un examen brillante, aunque con frecuencia sensiblemente selectivo. En cierta forma nos hace recordar a Mill, Rus- sell o Dewey. Sin embargo, al contrario de ellos, Bobbio no es un filósofo de gran estatura desde el punto de vista de su originalidad; menos aún un economista, como sí lo fueron Mill o Hobson. Pero si él no ha producido ningún estudio significativo en lógica o epistemología, ética o economía, su familiaridad con las principales tradiciones del pensamiento político occidental –desde Platón y Aris- tóteles hasta Tomás de Aquino o Altusio, desde Pufendorf y Groccio hasta Spinoza y Locke, desde Rousseau o Ma- dison hasta Burke y Hegel, desde Constant y Tocqueville hasta Weber y Kelsen– es sin embargo más grande, no sólo desde el punto de vista del conocimiento histórico sino también en lo que a penetración y profundidad se refiere. Su dominio de la filosofía política está respaldado por su formación en jurisprudencia y por su familiaridad con la ciencia política. Y dado su sentido del compromiso pro- fesional, Bobbio se siente mucho más cómodo de lo que

la historia del marxismo. Su familiaridad filológica con las distintas tradiciones del materialismo histórico no es homogénea: a Marx lo conoce bien como a un clásico, los textos de Kautsky y de Lenin le son conocidos pero de manera más superficial, y cuando analiza Gramsci, por ejemplo, puede llegar a cometer errores sorprendentes. Paradójicamente, sin embargo, esta limitación puede ser juzgada en los hechos como ventaja en el contexto de la cultura de izquierda que dominaba en Italia hasta los años setenta: una cultura casi sofocada por sus referencias al marxismo de manera demasiado exclusiva, lo que condujo a aquellos abusos del “principio de autoridad” que Bobbio había detectado para criticarlos (1976b, p. 25). Su bagaje no marxista, o premarxista, del que hacía uso cuando ha- blaba con Togliatti, lo colocaba lejos de aquella actitud, ayudado también por su temperamento manifiestamente escéptico, democrático y tolerante.

El liberalismo italiano

Otra diferencia respecto de sus principales predecesores la constituyen las coordenadas políticas de Bobbio, en cier- ta medida más complejas que las de los otros. En efecto, Bobbio se coloca en el cruce de tres grandes corrientes de pensamiento en conflicto. Por su formación de fondo y por convicción es un liberal. Pero, con relación al marco europeo, el liberalismo italiano siempre ha sido un fenó- meno aparte. En Inglaterra, madre patria del liberalismo

mínimo y en el libre comercio de la época de Gladstone, pero posteriormente su vocación histórica fue, por así decir, consumada; le quedaba pues poco por hacer como no fuera superar esta fase para entrar luego en su breve epílogo social bajo la dirección de Asquith y Lloyd Geor- ge, y para desaparecer finalmente como fuerza política. En Francia, por otra parte, el liberalismo como doctrina fue una expresión de la Restauración, que teorizaba las virtudes de una monarquía censitaria. Hegemónico en el régimen orleanista, mimetizado durante el Segundo Im- perio, estaba por lo tanto demasiado comprometido como para sobrevivir al advenimiento de la Tercera República, basada en el sufragio masculino irrestricto. En Alemania, el nacional-liberalismo fue tristemente famoso después de su capitulación ante el conservadurismo prusiano de Bísmarck y, como se sabe, abandonó los principios par- lamentarios para adherir al éxito militar contra Austria en 1866; finalmente, después de su abdicación política, fue al encuentro del desastre económico cuando el libre comercio fue desechado por el Segundo Reich. Sin embar- go, en Italia, a diferencia de lo que sucedía en Alemania, la unificación nacional fue lograda no a expensas del liberalismo sino más bien bajo sus banderas. Además, el liberalismo que emerge victorioso del Risorgimento tenía una doble legitimación: la ideología constitucional de los moderados piemonteses, que fijaron la estructura de su hegemonía bajo la monarquía, y la definición secular de un Estado italiano creado en contraste con la voluntad de la iglesia romana.

Este éxito singular fue de tal magnitud que tornó su- perflua en Italia, durante largo tiempo, la realización de una “agenda liberal normal”. El nombre del liberalismo fue casi completamente identificado con la construcción de la nación y con la causa del Estado laico, tanto que sus estadistas y sus intelectuales padecieron sólo una ligera presión en lo relativo al mejoramiento de la honestidad electoral o al mejoramiento de una ulterior libertad política. Este fue el país donde el régimen oligárquico e intrigante de Giovanni Giolitti, con su gran componente de violencia represiva y de corrupción cooptativa, se definió liberal hasta la gran guerra; el país donde el mayor teórico del liberalismo económico, Vilfredo Pareto, invocaba el terror blanco para destruir el movimiento obrero y desembarazar- se de la democracia parlamentaria; donde el gran filósofo Benedetto Croce, paladín del liberalismo ético, exaltaba las masacres de la Primera Guerra Mundial y aprobaba el ascenso al poder de Mussolini. Sin embargo fueron, entre otras cosas, deformaciones como éstas las que permitieron, paradójicamente, la sobrevivencia y la conservación de la credibilidad del liberalismo italiano para gran parte de este siglo. En ningún país el destino del liberalismo fue tan polimorfo y contradictorio. En efecto, precisamente porque sus ideales clásicos fueron al mismo tiempo objeto de ensalzamiento y escarnio, el liberalismo en Italia logró mantener su poder normativo radical que en cambio había perdido en otros lados, y habría de ser capaz de mezclarse con los modelos más inesperados y más apasionados en oposición al orden establecido. El mismo Bobbio es un

figuras como Giolitti y Pareto con respeto y admiración; respecto de Croce, a veces, ha tenido una actitud cercana a la veneración: “una de las más complejas, inspiradas y meditadas visiones de la historia de este siglo” (1986c, p. 92). La impronta del historicismo crociano es particular- mente muy fuerte para ciertos aspectos de su reflexión. Sin embargo destaca también la indiferencia teleológica- filosófica de Croce respecto de todos los valores institu- cionales del liberalismo político que a él en cambio le son caros, la distancia en la que Croce se sitúa respecto de la agenda práctica de una democracia moderna que, a su juicio, en cambio, exige la fundación atemporal de dere- chos naturales, un concepto que para Croce es un anatema (1955, pp. 253-68). La forma típica de liberalismo propia de Bobbio es por lo tanto esencialmente una doctrina de las garantías constitucionales para la libertad individual y para los derechos civiles según la tradición empírica de Mill y que asocia en particular con Inglaterra. Para él las figuras más grandes en Italia son aquellos pensadores que podrían ser considerados cercanos a esta tradición, vale decir, figuras menos célebres como Carlo Cattaneo, defensor de Milán contra los austríacos en 1948, como Luigi Einaudi, y como Gaetano Salvemini, quien en 1924 no se plegó al fascismo.

De Ruggiero y Gabetti

lidad en el panorama global del siglo XX. Sin embargo, todo el interés de su pensamiento deriva del encuentro del liberalismo político clásico –a través de la particular experiencia italiana– con otras dos tradiciones teóricas. La primera está representada por el socialismo, y también aquí el contexto italiano es determinante. Cuando hacia finales de los años treinta Bobbio asumió un compromiso de iz- quierda, entró en un campo intelectual y político fecundo y que poseía características únicas. Y en las condiciones caleidoscópicas de la sociedad italiana después de la Pri- mera Guerra Mundial, en la que tantos elementos sociales e ideológicos fueron mezclados en formas insólitas, el libe- ralismo en lugar de marchitarse adquirió colores nuevos e impresionantes. Fue en aquellos años, por ejemplo, cuando apareció en Italia el único estudio completo y erudito de todo el liberalismo europeo del siglo pasado, la Historia

del liberalismo europeo de Guido De Ruggiero, una obra

no sólo de síntesis histórico-comparativa sino también de compromiso político declarado, llevada adelante en un momento en que el fascismo se consolidaba en el poder. De Ruggiero, un historicista que tenía gran respeto por la contribución alemana de Kant y de Hegel a la formación de la idea europea de Reichstaat (Estado de derecho), era en lo personal un hombre colocado políticamente en el centro. Sin embargo, en su ensayo sobre el liberalismo, afirmaba que “si recordamos con cuánta avaricia y des- piadada dureza los liberales de la primera mitad del siglo XX enfrentaron el agobiante problema social de aquellos tiempos, aparece como evidente que el socialismo, con

en un inmenso progreso respecto del individualismo preexistente y resultara justificable que, desde un punto de vista histórico, tratara de sumergirlo bajo las aguas de las mareas sociales” (De Ruggiero, p. 378)4. Entre las generaciones más jóvenes, y colocado más a la izquierda, pugnaba la fuerza gravitacional de un movimiento obrero insurgente –y a veces la fuerza misma de la revolución rusa–; una fuerza que produce una sorprendente variedad de intentos por conciliar valores proletarios y valores liberales, fusionándolos en una nueva fuerza política. El primero y más famoso de ellos fue el programa para una “Revolución Liberal” de Piero Gobetti, que publicó a Mill en italiano. Propugnaba el libre mercado, pero admiró sin embargo a Lenin y colaboró en L’Ordine Nuovo de Gra- msci antes de dar vida a su revista Rivoluzione Liberale (1922). El de Gobetti era un liberalismo que invitaba a los obreros a conquistar el poder desde abajo para convertirse en los nuevos gobernantes de la sociedad, como única clase social en condiciones de transformarla. Pensándose a sí mismo como un revolucionario. Gobetti, con su libera- lismo, apresaba una simpatía total por el comunismo ruso

4 Los juicios de Bobbio sobre De Ruggiero han sido cambiantes. Reco- nociendo que durante un tiempo él había sido de su predilección. Bobbio después de la guerra le respondió haber sobrestimado el valor del liberalis- mo alemán en general, exaltando acríticamente la contribución de Hegel en particular, y por el contrario, al igual que Croce, haber subvaluado las con- quistas del liberalismo inglés. “Lo que no habían encontrado los idealistas

italianos en la patria de los Milton y de los Mill creyeron haberlo encontrado en la patria de los Fichte y de los Bismarck” (1955, pp. 253-6). A pesar de es- tas objeciones, diversos temas propios de Bobbio habían sido ya anticipados por De Ruggiero, quien a su vez durante la Resistencia había sido militante

y despreciaba el socialismo italiano porque lo consideraba demasiado reformista.

El “liberal-socialismo”

Gobetti murió en Francia en 1926. Dos años antes su semanario había publicado un ensayo de un joven socialista crítico, Carlo Rosselli, de la tradición del PSI. Durante el período de su confinamiento político, Rosselli escribió un libro (1928) antes de evadirse y refugiarse en Francia, donde al año siguiente fundó el movimiento que se denominó “Giustizia e Libertà”. El proyecto de Rosselli delineaba una síntesis que iba en dirección opuesta a la trazada por Gobetti. Admirador de lo que conocía de la experiencia laborista inglesa, Rosselli intentaba purificar al socialismo de su herencia marxista y de su versión soviética, y recuperar en su seno las tradiciones de la de- mocracia liberal, que él consideraba como la síntesis de las conquistas fundamentales de la civilización moderna. Rosselli y su hermano Nello fueron asesinados por sicarios fascistas en junio de 1937. En el mismo año, Guido Calo- gero y Aldo Capitini daban vida en Pisa a un nuevo grupo que se autodenominaba “liberal-socialismo”, nombre que indicaba una posición intermedia entre la de Rosselli y la de Gobetti. Capitini, en particular, animado a la vez por una concepción más religiosa y por una mayor simpatía por la experiencia soviética, proponía un futuro orden social que habría de ser tanto “poscristiano” como “poscomu-

nista”, donde se combinaba el máximo de libertad legal y cultural con el máximo de socialización económica. Calogero estaba más cercano a Rosselli, con un lenguaje más filosófico, rechazaba el Estado soviético por consi- derarlo “totalitario”, y se oponía a cualquier hipótesis de socialización general de los medios de producción.

Cuando las dos corrientes confluyeron en el Partito d’Azione en 1942, su programa –que postulaba una eco- nomía mixta como medio adecuado para la reconciliación entre libertad y justicia– prevaleció y fue asumido como programa oficial. Pero esta hipótesis era cuestionada por otra corriente interna que describía su objetivo –tan vastas fueron las posibilidades que se manifestaron en esa época y en ese país– como liberal-comunismo. Sus teóricos principales, Augusto Monti y Silvio Trentin, eran discípulos directos de Gobetti. En los años treinta, cuando era miembro de Giustizia e Libertà. Trentin había descartado la idea de una economía con dos sectores e insistía en la necesidad de una socialización revolucio- naria de las relaciones de propiedad, mientras proponía, al mismo tiempo, un Estado federativo descentralizado –retomando el modelo de Proudhon– para salvaguardar la libertad contra el peligro del despotismo político una vez que el capitalismo fuera depuesto. Para estos pen- sadores, una revolución comunista era considerada de alguna manera probable en la Italia de la posguerra, y la tarea consistía en elaborar las formas de la revolución democrática que se habría de concretar en un segundo momento y que permitiría justificarlas históricamente.

Para una reconstrucción detallada de esta historia puede verse 1986d, pp. 9-31: 1986c, pp. 45-8 y 249-66; 1984c, pp. 239-299; 1986b, pp. 151-63.

La revolución liberal, el liberalismo socialista, el socia- lismo liberal, el comunismo liberal, ¿acaso otro contexto nacional ha producido alguna vez una serie tan vasta de híbridos de este género? Todas estas hipótesis fueron posibles en Italia porque no había existido tiempo para instaurar ni una democracia burguesa ni una democracia social después de la Primera Guerra Mundial, como tam- poco hubo la posibilidad de establecer una estructura sólida que trazase las coordenadas para el desenvolvimiento de la política bajo el capitalismo. Un decenio de fascismo había dejado al liberalismo en Italia en la condición ex- cepcional de ser aún una fuerza viva, no agotada, mientras el socialismo se presentaba todavía relativamente unido; todo esto significaba que conjuntamente afrontaban un enemigo contra el cual, como último recurso, la resisten- cia no podía ser sino insurreccional. En estas condiciones la Resistencia italiana podía dar lugar a toda clase de generoso sincretismo. Bobbio es un heredero de aquel momento excepcional que –como él mismo lo ha explicado en numerosas oportunidades– fue la experiencia política central para su formación.

Personal y moralmente cercano a Capitini, sus prefe- rencias prácticas eran las de Calogero, si bien en su caso todas fueron combinadas con un sentido lúcido de la fuerza que habría de adquirir el PCI después de la Liberación y que habría de guiarlo –más o menos inevitablemente– a un

más profundo compromiso con la cultura marxista. Siendo antes un liberal, en esos años Bobbio se convierte en so- cialista. Pero al igual que sus predecesores anglosajones, no sólo fue liberal antes de resultar socialista sino que permaneció prioritariamente siéndolo aun después de su elección socialista. Aquel liberalismo derivaba de una pro- funda fe en el Estado constitucional más que en cualquier acatamiento particular al libre mercado. Su liberalismo era de naturaleza política y no económica –una diferencia que en italiano es expresable, de una forma más precisa que en otras lenguas–, según la distinción (hecha en el más célebre de los modos por Croce) entre liberismo y

liberalismo. En efecto, Croce, en su ensayo Liberalismo

e liberismo (1928), polemizando con Einaudi, sostenía que la libertad era un ideal compatible con distintos ti- pos de regímenes económicos. Por lo tanto no puede ser identificada con la mera competencia y con el mercado libre. Un decenio después Croce retomó esta distinción en polémica con Calogero y, rechazando la noción de una posible síntesis entre liberalismo y socialismo, afirmaba que “la libertad no soporta adjetivos”. En 1941 Croce se negó a unirse al Partito d’Azione porque en su programa estaba incluida la consigna de la distribución de la tierra a los campesinos meridionales (cf. De Luna, p. 25).

Para explicar su idea de la relación entre estos dos con- ceptos, Bobbio habría de escribir muchos años después: “Personalmente considero el ideal socialista superior al liberal”, porque el primero comprende al segundo y no viceversa. “Mientras que no se puede definir la igualdad

en términos de libertad, existe al menos un caso en el que se puede definir la libertad en términos de igualdad”, precisamente en “aquellas condiciones en las que todos los miembros de una sociedad se consideran libres porque son iguales en su poder”. El socialismo es por lo tanto el término más inclusivo5.

La experiencia histórica y política

La lógica de estas convicciones se remite a Mill y Russell, Hobson y Dewey. Lo que distingue la versión de Bobbio de la de ellos es la experiencia histórica donde ha tenido origen. A diferencia de estos precedentes, el camino del liberalismo al socialismo emprendido por Bobbio no representa un episodio intelectual relativamente aislado sino que pertenece a un movimiento colectivo que desem- peñó un papel relevante en el período de la guerra civil y nacional. Las luchas, pasiones y memorias que lo apun- talaban eran mucho más consistentes. Pero precisamente porque ellas establecían con la práctica una relación mucho más densa y articulada, estaban también mayoritariamente sujetas al veredicto de los resultados. Para Bobbio existía una sola verdad, una nueva ideología de la Resistencia

5 En 1981b se presenta básicamente una recopilaclón de sus artículos apa- recidos en La Stampa entre 1976 y 1980, en los que, según él, “me he esfor- zado casi siempre en vincular los problemas del día con un tema general de filosofía política o de ciencia política”. Estos artículos constituyen un ejemplo notable de un tipo de periodismo que ha desaparecido casi totalmente en el

italiana: la del Partito d’Azione, que él denominaba “el partido de los socialistas liberales” (1986d, p. 248).

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