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A lo largo del estudio de las acciones sociales y políticas de carácter colectivo, se han ido configurando modelos explicativos y, dentro de éstos, ciertas perspectivas o enfoques que tienen el interés de explicar en qué consisten los repertorios de acción

social y política. Autores como Sztompka consideran que esos esfuerzos explicativos comienzan en la Escuela de Chicago, especialmente con Blumer. Otros autores como McAdam, et al. (2005), distinguen dos grandes paradigmas explicativos. Por un lado el paradigma de la conducta colectiva y, por otro, la agenda clásica. Esta última representa un gran avance frente a aquella. Pero al mismo tiempo como respuesta a los déficits explicativos y metodológicos de ambos paradigmas, se presenta este nuevo campo explicativo denominado DOC. Cada paradigma intenta dar explicación a la naturaleza, dinámica, valores y perspectivas de los repertorios de acción social y política dentro de los desarrollos y recursos del campo científico en el que se inscriben. En lo que sigue, se comentarán los aportes más sugerentes (Castells, 2001, 2012; Della Porta y Diani 2011; McAdam, Tarrow y Tilly, 2005).

Por su parte Della Porta y Diani (2011), apoyados en el enfoque de la DOC, sostienen que lo que caracteriza a los repertorios acción social y política son tres elementos:

• acción conflictiva,

• redes informales e

• identidad colectiva.

Por su parte, la acción conflictiva es en la cual los actores “se involucran en relaciones conflictivas con oponentes claramente identificados” (p. 43). Los autores italianos entienden por conflicto “una relación de oposición entre dos actores que buscan controlar el mismo objeto, ya sea poder político, económico o cultural y, en el proceso, producen demandas negativas el no para el otro” (p. 44) y “requiere la

identificación de unos objetivos para unos esfuerzos colectivos articulados específicamente en términos políticos o sociales” (p. 44): o buscan el cambio o se resisten a él.

En segundo lugar, esos repertorios precisan y se vinculan en densas redes informales, esto es, “actores tanto individuales como organizados, se comprometen a intercambios continuados de recursos en la búsqueda de metas comunes sin perder autonomía e independencia” (p. 44).

Un tercer elemento es el de la identidad colectiva. Los participantes de los repertorios, comparten una identidad colectiva diferenciada pues “se fomentan identidades colectivas que trascienden eventos e iniciativas particulares (…) [la identidad colectiva se relaciona con] “el reconocimiento y la creación de conectividad” (Pizzorno 1996, citado por Della Porta y Diani, 2011, p. 44); conlleva un sentido de propósito común y compromiso compartido en una causa que permite que activistas y/o organizaciones individuales se consideren vinculados de manera inextricable con otros actores –no necesariamente idénticos pero sí seguramente compatibles– en una movilización colectiva más amplia (Touraine, 1981, citado por Della Porta y Diani, 2011, p. 44). El proceso de construcción de la identidad colectiva, en resumen, refieren a actores que establecen conexiones entre hechos diferentes, tanto públicos como privados; hechos que están localizados en tiempos y lugares distintos pero que, en todo caso, son importantes en la experiencia de los actores, que los entretejen en amplias narraciones incluyentes” (Melucci, 1996, citado por Della Porta y Diani, 2011, p. 45).

Charles Tilly y Lesley J. Wood (2010), en su significativa obra Los Movimientos Sociales (1768-2008), sostienen que hay tres elementos característicos en la contienda política. En primer lugar, la campaña que es un esfuerzo público, organizado y sostenido –no se restringe a un solo episodio– por trasladar a las autoridades pertinentes las reivindicaciones colectivas. En segundo lugar, los colectivos en el proceso de reivindicación y contienda, hacen un uso combinado de algunas formas de acción y participación política, esto es, despliegan sus acciones mediante el repertorio. En tercer lugar, establecen y demuestran a la opinión pública su cohesión mediante manifestaciones públicas y concertadas de Valor, Unidad, Número y Compromiso (WUNC38).

Sidney G. Tarrow (2012) colega y coautor de varias obras en conjunto con Charles Tilly, presenta otras reflexiones, –en algunas cuestiones opuestas y en otras complementarias– sobre la acción colectiva desde el enfoque DOC. De manera general, se puede situar el interés principal de Tarrow en el esfuerzo por crear y desarrollar un marco explicativo de los movimientos sociales y las fases que estos transitan en dinámicas de protesta y dinámicas revolucionarias. De ahí que la obra que sirve de guía a esta investigación lleve por título El poder en movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política. Y es en esta obra en la que intenta discutir los vacíos en las teorías anteriores. Entre ellos, el error más grande de estas teorías consiste en querer

estudiar aisladamente, o bien los repertorios o bien determinados aspectos de cada repertorio. Como ejemplo cita los estudios de huelgas y conflictos laborales sobre los que se “han generado su propia especialidad académica, que presta poca o ninguna atención a las intersecciones entre la lucha laboral y la política” (2012, p. 19). Y como propuesta teórica frente los diferentes vacíos teóricos, Tarrow propone una mirada más integral, esto es, que “el acto irreductible que subyace a todos los movimientos sociales y revoluciones es la acción colectiva contenciosa” (p. 19).

Una de las primeras consideraciones, que sirve como marco y fundamento general de la teoría de Tarrow (2012) es que,

la acción colectiva ha caracterizado a la sociedad humana desde que existe el conflicto social. Esto es, desde el momento en que puede decirse que existe una sociedad humana. Pero tales acciones expresaban habitualmente las demandas de gente corriente de forma directa, local y rígida en respuesta a agravios inmediatos, a través de ataques a sus oponentes y sin encontrar casi nunca aliados entre otros grupos o entre las élites políticas (p. 142).

Pero, continúa el argumento de Tarrow, a partir del siglo XVIII en Europa y Norteamérica, tuvo lugar la eclosión de nuevos repertorios de acción colectiva. Sus rasgos son variados pero se pueden señalar principalmente los siguientes: se diferencia de los viejos repertorios en que ahora es nacional, autónomo y modular. Es decir, “que podía ser usado por una variedad de actores sociales en nombre de distintas exigencias y servir de puente entre ellos para fortalecer su posición y reflejar exigencias más amplias

y productivas” (p. 142). El segundo rasgo es que con el Estado nacional se convertía, cada vez más, en el contexto casi exclusivo de sus interacciones y reivindicaciones.

Desde los planteamientos de este autor, los movimientos sociales y en general las acciones colectivas contenciosas pueden entenderse como aquellos “desafíos colectivos planteados por personas que comparten objetivos comunes y solidaridad en una interacción mantenida con las élites, los oponentes y las autoridades” (Tarrow, 2012, p. 21). Pero además, el mismo autor explica que en la definición que él propone se encuentran cuatro elementos empíricos claves. El primero alude a un desafío colectivo, esto es, que reta y se opone a otros grupos, a la estructura de poder instalada o a determinados códigos culturales. El segundo elemento señala que en las acciones colectivas los participantes cuentan con objetivos comunes aún cuando en el fondo los valores e identidades se solapen entre sí. Un objetivo común podría ser buena razón para involucrarse en una acción colectiva. El tercer elemento es la solidaridad que surge como fruto de la identificación de una comunidad de intereses por parte de los actores y eso se expresa en forma de sentimientos más enraizados y profundos de solidaridad o identidad. El cuarto y último elemento tiene que ver con que la acción social implica una interacción mantenida de confrontación, es decir, se trata de hacer que la confrontación con el adversario perdure, permanezca para que la acción sea efectiva.

La acción social se convierte en contenciosa cuando se convierte en el repertorio de expresión político de aquellas personas o grupos que carecen del poder de modificar la configuración institucional vigente o hegemónica o por lo menos de logra introducir nuevas reivindicaciones que a su vez serán consideradas como acciones disruptivas de

determinado equilibrio. Pero además la acción colectiva se vuelve contenciosa cuando se establecen intereses comunes entre los actores y fijan cierto modo de organización para la confrontación con el contendor.

Respecto de la acción social, Tarrow (2012) también ofrece en su obra una tipología. La acción social, concretada en desafíos colectivos, puede ser de tres tipos. En primer lugar, la violencia contra otros (la más antigua): “era la forma de acción colectiva que más fácilmente podían emprender grupos locales aislados y poco informados” (p. 185). El problema es que el recurso de la violencia como arma política se convierte en la justificación perfecta para ser reprimida pero, también espanta a posibles nuevos integrantes que excluyen el recurso a la violencia. En segundo lugar, la manifestación pública organizada (la más común y convencional). Como ejemplo se pueden señalar la huelga y la manifestación. En tercer lugar, la acción directa disruptiva (la que franquea la frontera entre convencional y no-convencional).

Estas modalidades no son necesariamente tipos puros sino que son modalidades cuyas expresiones sociales transcurren dentro de tres continuums centrales. En términos de duración del repertorio, pueden ser breves o mantenidos. En términos de su ajuste a las prácticas normalizadas y convencionales pueden ser, bien institucionalizados o disruptivos (rompen la normalidad sin ser violentos necesariamente). Por último, en términos de la intensidad expresiva, los repertorios pueden ser monótonos o dramáticos. Esta caracterización de los repertorios de acción social y participación política sirve como mapa de coordenadas para navegar e intentar aprehender la complejidad y

heterogeneidad de los fenómenos y su forma de ser representados en los discursos curriculares.

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