«Mirad un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores».
– Mateo 11,19
Es Jesús mismo quien alude al retrato denigratorio que circula sobre él: el original griego presenta la expresión phágos kaì oinopótēs, alguien que come con glotonería y un bebedor acérrimo, además de tener como compañeros de juerga a personajes de mala fama. Este perfil se pone en contraposición con el ascético del Bautista, que ayunaba y era abstemio por elección (Lc 1,15). El hecho es que, no obstante las diferencias, ninguno es seguido por la muchedumbre con respecto al mensaje que proponen, uno de salvación y el otro de juicio.
En efecto, en las líneas precedentes, Jesús parece inspirarse en un grupo de niños que, en una plaza del pueblo, no se ponen de acuerdo sobre el tipo de juego. Algunos quieren imitar una fiesta de bodas, pero han tenido una respuesta negativa de los otros: «Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado». Y los otros, que querían imitar un funeral, replican: «Y nosotros hemos cantado una lamentación y no os habéis golpeado el pecho» (Mt 11,17). Los que escuchan a Jesús son, prácticamente, como niños aguafiestas y obstinados, que, enfurruñados, rechazan todas las propuestas para usar su tiempo libre.
Pero aquí no se trata de un juego, sino de una elección de vida: el Bautista había predicado la penitencia, Jesús la adhesión al Reino de Dios en la libertad festiva del amor. El resultado, sin embargo, es el mismo, es decir, el rechazo despreciativo e incluso agresivo y sarcástico. A continuación, Cristo concluye con una frase más bien enigmática: «Pero la sabiduría ha sido reconocida justa por las obras realizadas por ella». Hay quien considera estas palabras la cita de un proverbio que, prácticamente, recalcaría la advertencia realizada en el discurso de la montaña: «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20). La falsa o la verdadera sabiduría se manifiesta por sus resultados, es decir, por las obras que proceden de ella.
Sin embargo, el significado parece diferente, entre otras razones porque Lucas, en el pasaje paralelo, presenta esta otra redacción de la frase: «Pero la Sabiduría ha sido reconocida justa por todos sus hijos» (7,35). Se trata explícitamente de la Sabiduría divina, que es reconocida por los fieles (los «hijos») en su verdad. Algo parecido afirma
también el Jesús mateano: las obras que el Bautista y sobre todo Jesús realizan dan testimonio de que ellos proceden de la Sabiduría de Dios, y que, con sus palabras y acciones, proponen y llevan a cabo el proyecto del Reino de Dios.
Esto puede verificarse en particular en aquellas «obras» que Cristo realiza, es decir, en sus milagros. Los milagros son el signo de la verdad de su revelación del misterio sabio de Dios, una verdad y una salvación que se realizan a pesar de la ironía y la mala voluntad de la humanidad a quien se le presentan estas obras.
20. Belcebú
«Los fariseos dijeron: “Este expulsa los demonios por medio de Belcebú, el príncipe de los demonios”».
– Mateo 12,24
El nombre exótico «Belcebú» ha entrado en el lenguaje común para señalar algo hórrido, que atemoriza a los niños. Su origen es más bien remoto. Debemos, en efecto, remontarnos a los cananeos, la población autóctona de la tierra de Israel, entre quienes este nombre significaba literalmente «Baal el príncipe». Baal, que significa «Señor», era el nombre de la divinidad de la fecundidad y de la vida. Este dios era el príncipe del panteón cananeo y se representaba con el símbolo del toro, signo de fertilidad (recordemos la tentación de Israel en el desierto: representar a Dios con la imagen de un becerro-toro de oro). Estamos, por consiguiente, en presencia del ídolo por excelencia.
Posteriormente, justo por su capacidad de tentar al pueblo hebreo con la apostasía, fue considerado «el príncipe o el jefe de los demonios», como se intuye en esta acusación que los fariseos hacen contra Jesús. Debemos también indicar que en el Antiguo Testamento encontramos la forma «Beelzebub» (2 Re 1,2-3), que es una deformación despectiva con el significado literal de «Señor de las moscas», un título que le fue dado a una famosa novela publicada en 1954 por el escritor británico William Golding (en inglés, Lord of the Flies). Pero regresemos al texto y contexto de Mateo (12,22-29).
Jesús es acusado de estar confabulado con Satanás porque consigue controlar a los demonios con sus exorcismos. Su réplica es sencilla y se desarrolla en dos direcciones. Por un lado, hace notar lo absurdo que es pensar en un Satanás que se lesiona a sí mismo, dispuesto a combatirse contra sí mismo. Sería semejante a un reino o a una ciudad o a una familia que se desgarran a sí mismas y están condenadas a la ruina. Por otra parte, Jesús observa que también entre los fariseos había algunos –sus «hijos», como él los llama, que en el lenguaje de entonces significaba «adeptos, discípulos»– que realizaban exorcismos. «Si yo expulso los demonios en nombre de Belcebú, ¿vuestros hijos por medio de quién los expulsan?» (Mt 12,27). ¿También ellos están sometidos a Belcebú?
Concluye su argumentación indicado el verdadero principio de su obra de liberación del mal diabólico: «Si yo expulso los demonios por medio del Espíritu de Dios, entonces
es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios» (Mt 12,28). Es la fuerza divina la que actúa en Cristo para vencer a Satanás, inaugurando así el plan de salvación del Padre celestial. Debemos añadir a esta escena un apéndice que aparece en el denominado «discurso misionero» de Jesús. En él afirma: «Un discípulo no es mayor que su maestro, ni un siervo es mayor que su señor; es suficiente para el discípulo llegar a ser como su maestro y al siervo como su Señor. Si han llamado Belcebú al dueño de la casa, ¡cuánto más a los miembros de su familia!» (Mt 10,24-25).
A la luz de la primera escena descrita, resulta fácil su explicación. En efecto, los discípulos también habían recibido este encargo de su Señor: «Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, expulsad demonios» (Mt 10,8).
Pues bien, así como ha sido tratado su maestro y Señor, también ellos serán acusados, quizá con mayor vehemencia, de estar al servicio de Satanás-Belcebú, pero también la suya es una misión sostenida por el Espíritu divino liberador para la extensión del Reino de Dios.