V Model Implications: Numerical Analysis
B.2 Conditional moments
A. Apego seguro y parentalidad competente
Los progenitores competentes, es decir, aquellos que están emocio- nalmente disponibles, perceptivos y capaces de sintonizar con los estados mentales de sus bebés, o sea, sensibles a las señales con que los niños manifiestan sus emociones y sus necesidades, tienen hijos que en una gran mayoría de los casos presentan apegos «seguros». El ofrecer a un hijo o a una hija una respuesta adecuada, cuando és- tos activan su sistema de apego, es un indicador importante de ca- pacidad parental. Esta danza relacional es crucial no sólo para orga- nizar en los niños una experiencia continua de estar vinculado con una fuente de seguridad, sino que, como ya lo hemos señalado, de- sempeña un papel fundamental para el crecimiento y la organiza- ción de las neuronas de su cerebro en desarrollo.
En la población general que no consulta, es decir, de bajo riesgo, el apego seguro hacia las madres se encuentra entre el 55 y el 65 por 100 de los bebés (Van ijzendoorn y Bakermans-Kranenburg, 1996).
B. Incompetencias parentales y los apegos infantiles
inseguros: apegos evitativos y resistentes o ansiosos
ambivalentes
a) El apego evitativo: Los progenitores con diferentes grados de in- competencias parentales, es decir, aquellos que son emocionalmen- te inaccesibles o reactivos, no perceptivos, y con poca o deficiente capacidad para responder a las señales de sus hijos y que, ade- más, muestran actitudes de rechazo o violencia física, son padres y madres de hijos que se vinculan de un modo inseguro «evitati- vo». Estos niños y niñas parecen ignorar la reaparición de sus progenitores en la situación Extraña. su estado mental está ca- racterizado por una desactivación de su atención y por represen- taciones que identifican a los progenitores como fuentes de ame-
naza y de peligro. Esto provoca que su conducta externa sea la de evitar o minimizar la búsqueda de proximidad. En la población general de bajo riesgo se ha descubierto que entre el 20 y el 30 por 100 de los bebés se vinculan con sus madres y sus padres de un modo evitativo.
b) Los apegos «resistentes», ansiosos, ambivalentes: Por otra parte, los progenitores que se muestran incompetentes, que presentan dife- rentes grados de no disponibilidad y de incapacidad de percibir lo que sus hijos sienten y necesitan, son incoherentes y negligen- tes a la hora de responder a las señales de sus hijos. Estos padres, que se inclinan a imponer sus propios estados mentales, tienden a tener hijos con apegos «resistentes» o «ambivalentes». En la prueba de la situación Extraña, esos niños aparecen ansiosos, di- fíciles de tranquilizar con la vuelta de los progenitores y presen- tan una marcada dificultad a interesarse o volver a jugar aun con la presencia de éstos. a diferencia de la respuesta anterior, en la que el niño intentaba evitar el contacto con su progenitor, en este caso existe una «sobreactivación del sistema de apego» con la que el niño intenta conseguir seguridad a través de la búsqueda de- sesperada de proximidad con su figura de apego, pero que, al mismo tiempo, no logra calmarse con su presencia. En otras pala- bras, la relación con el progenitor no permite menguar la conduc- ta de apego ansiosa y el niño continúa con el mantenimiento de la estrategia de la sobreactivación (ainsworth y otros, 1978). En la población no clínica y de bajo riesgo, entre el 5 y el 15 por 100 de los infantes muestran este tipo de apego hacia sus madres.
C. Incompetencias parentales severas y apegos infantiles
desorganizados/desorientados
Existe un grupo de padres que comunica crónicamente a sus hijos mensajes verbales y no verbales, amedrentadores, amenazantes, confusos y terroríficos. Este grupo de progenitores tiende a tener hi- jos que presentan una desorganización y una desorientación en sus sistemas de apego (Main y salomón, 1990). Durante la prueba de la
situación Extraña, los hijos y las hijas pequeños de estos padres pre- sentan conductas desorganizadas y desorientadas, tanto cuando es- tán con el progenitor, como cuando sale o vuelve. Por ejemplo, se comportan agitadamente, son hiperkinéticos, parecen no escuchar las órdenes o las consignas, pueden comenzar a girar en círculos, aproximarse para luego evitar el contacto con su progenitor o, inclu- so, entrar en un estado de seudotrance quedándose como «congela- dos» o «paralizados». En la población infantil general no clínica, se han encontrado apegos desorganizados entre el 20 y el 40 por 100 de los niños estudiados. Entre los niños que han sufrido malos tratos en la familia, el apego desorganizado se encuentra hasta en el 80 por 100 de los niños y las niñas (carlson y otros, 1989; ogawa y otros, 1997).
Dentro del estilo de apego desorganizado, se pueden distinguir varios subtipos, no siempre fáciles de distinguir uno de otro. En el nivel práctico, lo más importante es poder llegar a reconocer e iden- tificar los comportamientos en los niños dentro de la categoría de apego desorganizado y, posteriormente, dentro de uno de los dos grandes grupos: controlador o desapegado. En el nivel teórico, des- cribiremos cada uno de estos tipos basándonos en las investigacio- nes de Zeanah (1996) y cassidy y Marvin (1990).
a) Modelos de apego desorganizado-controlador:
se pueden observar tres estilos de comportamientos que caracteri- zan este modelo:
• Estilo de apego desorganizado/desorientado punitivo agresivo. Los ni- ños y las niñas con este estilo de apego son los que, con bastante frecuencia, presentan indicadores de malos tratos severos. Estos niños y niñas no pueden «sincronizar» sus comportamientos con las respuestas de sus cuidadores a sus demandas de cuidados, apoyo o protección, ya que a ellas responden con violencia, abu- so, negligencia y abandono constantes y repetidos. El miedo y la impotencia los embargan y su grado de temor y rabia es tan in- tenso que lo canalizan agrediendo y haciendo daño a otros. a es-
tos niños no les queda otra que tomar el control de la situación, de sí mismos y de los otros a través de la cólera y el abuso. No confían ni esperan confiar en nadie, el único modo que aprenden para actuar recíprocamente con otros es por la agresión y la vio- lencia (Keck y Kupecky, 1995). Las respuestas punitivas o contro- ladoras son la forma como se relacionan con sus padres para ma- nejar el miedo y el estrés de la situación, lo que más adelante va a extenderse con otros adultos o cuidadores. Frente a los malos tra- tos, el niño o la niña responderán de todas las formas defensivas que les son posibles: comportamientos de apego contradictorios, confusos, mezclados con conductas de irritación, evitación y re- chazo, conductas coercitivas y de retirada. Las conductas agresi- vas pueden ir directamente hacia sus cuidadores, hacia otros y hacia ellos mismos. Por lo tanto, lo que caracteriza este estilo de apego infantil es el intento ilusorio de controlar la relación con los adultos. Éstos, como sus padres, les despiertan un sentimien- to de horror internalizado. Para hacer frente a ese horror usan conductas destinadas a castigar, avergonzar y agredir, de forma indiscriminada, aun a personas que los quieren ayudar y prote- ger. Esto explica el desconcierto y el sufrimiento de los padres adoptivos, acogedores o educadores de hogares infantiles. Ya en el año 1933, sandor Ferenczi, uno de los precursores de la
psicotraumatología moderna, había relacionado este tipo de con- ductas con los malos tratos y las agresiones que un niño o una niña podían sufrir por parte de los adultos; él postuló que estas conductas eran el resultado de una identificación con el agresor.1
• Estilo de apego desorganizado cuidador compulsivo o con inversión de
roles: Estos niños y niñas muestran una mezcla de conductas de evitación, inhibición de sus afectos negativos y conductas exage-
1. «con la esperanza de sobrevivir, sentimos y nos “convertimos” precisa- mente en lo que el atacante espera de nosotros, en cuanto a nuestra conducta, percepciones, emociones y pensamientos. La identificación con el agresor está en estrecha coordinación con otras respuestas al trauma, incluida la disocia- ción. a la larga, puede volverse habitual y llevar al masoquismo, a la hipervigi- lancia crónica y a otras distorsiones de la personalidad» (Ferenczi, 1933).
radas de cuidado por sus cuidadores. Este estilo de apego se de- sarrolla como una respuesta a la insuficiencia de cuidados paren- tales, por ejemplo, en el caso de padres violentos y de madres víctimas de violencia conyugal, con carencias afectivas impor- tantes, depresivas, pasivas-dependientes.
Es muy frecuente ver a estos hijos e hijas parentificados o «con- yugalizados» en las familias cuyos padres presentan incompe- tencias parentales severas y crónicas (Barudy, 1997). Estos niños o niñas no sólo desempeñan tareas y responsabilidades hogare- ñas, sino que además se hacen cargo del cuidado de sus padres. seguramente, la única manera de sentirse competentes y con algo de control, y de estar en cercanía con sus padres, es tratando de satisfacerlos. En vez de solicitar cuidado de los padres, lo ofre- cen y, así, evitan sentirse indefensos.
• Estilo de apego desorganizado complaciente compulsivo: Generalmen- te, estos niños y niñas con este estilo de apego creen controlar la relación y modular el horror provocado por sus progenitores, tratando de complacer exageradamente a sus padres y, más tar- de, a los adultos sustitutos parentales. Este estilo es frecuente en hijos y, sobre todo, hijas de padres con prácticas abusivas y vio- lentas que despiertan una tensión permanente en el hogar. Estas niñas manifiestan miedo y una marcada hipervigilancia hacia sus cuidadores, pero muestran una necesidad exagerada para darles el gusto y complacerlos, sacrificando sus propias necesi- dades afectivas.
Estos dos estilos infantiles de apego desorganizado controlador los podemos relacionar con el concepto de «alienación sacrificial» de Barudy (1997), cuando hace referencia a que la niña sexualmente abusada, al silenciar el abuso de su padre sacrifica su persona y se aliena de sus emociones a fin de proteger no sólo al agresor, sino también a la familia. otro concepto interesante al respecto es «el otro dirigido» de Briere (1992) que hace referencia a la conducta hiper- vigilante del niño hacia su cuidador, madre o padre, para «prote- gerlos» de no cometer más abusos. con esto, el desarrollo de su identidad se ve seriamente comprometido. Por último, se relacio-
nan también el concepto de la «exclusión defensiva» de Mccrone (1994) que, para prevenirse del dolor, la rabia e impotencia produci- da por la incompetencia parental de sus cuidadores, el niño tiende a idealizarlos y, así, salvaguardarlos de su propia rabia.