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Chapter 1 Introduction

2.2 Context Based Classification

2.2.2 Probabilistic Graph Model

2.2.2.2 Conditional Random Field

dirigida hacia lo general en lo particular, hacia lo formal, medible, com- parable en todas las ocasiones. Decido, por así decirlo, en esta autodefini- ción, que me encargaré de poner todo lo demás que hay en mí –las reac- ciones afectivas y emotivas, inconscientes y conscientes hacia los otros seres– en relación con mi vida racional, es decir, con mi existencia en pre- sencia de ideas o modelos o universales. En esta situación reconozco una relación con otros seres racionales, pero mi conexión con ellos es una fun- ción de mi relación con los propósitos de la razón. En primer lugar conoz- co los objetos de la razón y sólo secundariamente reconozco a otros que conocen. Puedo incluso plantear la cuestión de mi habilidad de conocer otras mentes de algún modo. Tengo una relación con su idea-contenido, pero no una relación directa con la actividad personal dirigida a tales ideas o hacia mi como conocedor.

Como agente práctico actualizando ideas en la existencia humana, el hombre-hacedor puede medir su logro comparándolo con la idea; puede juzgar las deficiencias o los éxitos en sus empeños; pero a no ser que intro- duzca un elemento para el que su idea de sí mismo no ocupe un lugar real, no puede hablar de imputabilidad respecto a un éxito o un fracaso. Normalmente él introduce efectivamente algo de dicha noción de res- puesta hacia él y su trabajo por otros individuos, pero parece representar algo sin sentido en su pensamiento.

La imagen del hombre como autolegislador puede parecer portadora de un sello menos individualista. La ley que consiento, o que me aplico a mí mismo, o contra la que protesto en nombre de una ley superior, es la ley de mi sociedad o para mi sociedad. En obediencia a la ley o por respeto a ella estoy asociado a otros individuos; ciertamente los otros pueden ser considerados como los autores de la ley. Si bien en esta autoconcepción del hombre moral los otros individuos quedan en un segundo plano. Este hom- bre vive como individuo moral en presencia de la ley antes de nada, no en presencia de los otros. Lo que está contra él limitándole y atrayéndole es el

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mandamiento, la demanda, el requerimiento. Su relación con los demás individuos es una relación bajo la ley. Pueden ser representantes de la ley, ejecutores de la ley, o en su obediencia, pueden ordenar respeto; pero su primera relación es con la ley y no con otras personas. De ahí que cuando me interpreto a mí mismo con esta idea en mente me parezca que mi con- ciencia es el centro del individuo. Al definir al individuo decido que respe- taré la conciencia en mí y en los demás como el elemento de más valor de la personalidad, pero el conocimiento presente en esta conciencia es cono- cimiento de la ley y de mí mismo en relación con la ley, no conocimiento de los otros individuos o de mí mismo en relación con esos individuos.

Ahora, sin embargo, tenemos en perspectiva un nuevo aspecto de nuestra autoexistencia y con ello una posibilidad de nuevo énfasis en la autodefinición práctica. Sin ensombrecer el hecho de que el individuo existe como ser racional en presencia de las ideas, o de que existe como ser moral en presencia de las convenciones y las leyes, esta perspectiva mantiene en el centro de atención el carácter fundamentalmente social del yo. Ser un individuo en presencia de otros individuos no es una expe- riencia derivada sino primordial. Ser capaz de decir yo soy yo no es una inferencia de la declaración de que pienso pensamientos ni de la declara- ción de que tengo una conciencia que reconoce la ley. Es, mas bien, el reconocimiento de mi existencia como el equivalente de otro individuo. El examen de esta dimensión de la autoexistencia ha tenido lugar en muchas áreas del pensamiento moderno del hombre; muchas líneas de investigación convergen en el reconocimiento de que el individuo es fun- damentalmente social, en el sentido de que es un ser que no sólo se cono- ce a sí mismo en relación con otros individuos sino que existe como indi- viduo únicamente en esa relación.

Entre las líneas de reflexión que han conducido a este resultado se encuentra la de la psicología social. En América, el trabajo de George Horton Cooley, de George Herbert Mead, o de Harry Stack Sullivan, y

muchos otros, ha conducido al entendimiento del individuo como un ser que llega al conocimiento de sí mismo en presencia de otros indivi- duos y que su misma naturaleza es aquella de un ser que vive en respues- ta a otros individuos. La característica distintiva de un individuo, señala Mead siguiendo una larga tradición, es aquella que señala al ser como objeto de sí mismo, algo que no podemos decir de los cuerpos o siquiera de las mentes como mentes. Self * es una palabra reflexiva y apunta a un hecho reflexivo. Pero ¿Cómo es posible que un ser pueda convertirse en objeto de sí mismo? Mead argumenta, únicamente a través del diálogo con otros. Ser un ser que es objeto de sí mismo es posible genéticamente y realmente sólo al llevar hacia mi la actitud de los demás, me veo a mi mismo como visto, me oigo como oído, hablo de mi mismo como hablan de mi. “El individuo”, escribe, “como aquello que puede ser objeto de sí mismo se encuentra esencialmente en una estructura social, y surge en la experiencia social. Después de que un individuo ha surgido, en cierto modo provee para sí sus experiencias sociales, y así podemos concebir un individuo absolutamente solitario. Pero es imposible concebir un indivi- duo surgiendo fuera de la experiencia social”1. Incluso ese individuo abso-

lutamente solitario, podríamos añadir, es solitario sólo en sentido físico. Como individuo aborda sus debates solitarios sólo en presencia de los otros individuos recordados o imaginados, presentes en su mente por la memoria o la imaginación.

La psicología social de G.H. Mead y sus sucesores se desarrolló en el contexto del pensamiento evolutivo, biocéntrico y conductista, pero un grupo de hombres con orientaciones generales muy diferentes han sido conducidos a resultados similares. Entre ellos el más conocido es Martin

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* Self es la palabra que se utiliza en inglés para hablar del yo o del individuo. Se puede aña- dir además a un nombre o un adjetivo para hacerlo reflexivo y es éste el sentido con el que se utiliza aquí.

1. The Social Psychology of George Herbert Mead, ed. A. Strauss (Chicago: University of Chicago Press 1956) p. 217

Buber2. En sus reflexiones existencialistas se ha encontrado con el carác-

ter primordial del “yo-tú” y “yo-ello” como previos a cualquier yo atómi- co u objeto atómico. Ha llamado también la atención sobre la diferencia entre el yo conocido y activo en la dialéctica yo-tú y el yo en la interac- ción yo-ello. Utilizando el lenguaje de Mead podríamos decir que Buber señala cómo el yo en las relaciones yo-ello no es un ser reflexivo. No se considera conocido; tan sólo conoce. Si no fuera por la situación de acompañamiento yo-tú no habría sabido que conoce. Valora, pero no se valora a sí mismo o a sus valoraciones. El yo en el yo-ello se mueve en cierto modo de dentro hacia fuera, y nunca vuelve sobre sí mismo

Otros movimientos intelectuales y prácticos de pensamiento en el mundo moderno han llamado la atención sobre esta naturaleza social del yo que ha estado en el pasado sólo en la periferia de la autodefinición teó- rica y práctica. Los sociólogos y los antropólogos culturales que señalan la diferencia entre comunidades y sociedades contractuales y que además mantienen la prioridad de las primeras respecto a las segundas se encuen- tran en la misma trayectoria que los psicólogos sociales. La forma funda- mental de asociación humana no es una sociedad contractual en la que los hombres entran como individuos aislados, llevando a cabo pequeños com- promisos entre sí para conseguir unos fines comunes limitados o para mantener ciertas leyes; se trata más bien de una comunidad cara a cara en la que los compromisos ilimitados son la regla y en la que el aspecto de cada existencia individual está condicionada por el hecho de ser miembro de un grupo interpersonal. Las sociedades contractuales de Hobbes exis- ten efectivamente; han sido precedidas, sin embargo, no por individuos distintos, sino por comunidades en las que los individuos se distinguen a sí mismos sólo de manera gradual, y de cuya influencia nunca se han libra-

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2. S. T. Coleridge (“Essay on Faith” Works, ed. Shedd [New York: Harper & Brothers 1854] Vol. V) and Ludwig Feuerbach (“Grundsätze der Philosophie der Zukunft” *58-*63,

do. Decir que el individuo es social no es decir que se encuentra en la nece- sidad de semejantes para lograr sus propósitos, sino que ha nacido en el vientre de una sociedad como un ser sensible, que piensa, que necesita con ciertas definiciones sobre sus necesidades, y con la posibilidad de la expe- riencia de un mundo común. Ha nacido en sociedad como mente y ser moral, pero sobre todo ha nacido en sociedad como individuo.

La comprensión del individuo como social, viviendo en respuesta y rela- ción con otros individuos, ha sido común en el ámbito de la filosofía moral por más tiempo que en estos otros campos de investigación. La extraña dualidad del hombre que se manifiesta a sí mismo en el fenómeno de la con- ciencia ha sido señalada por los filósofos hace tiempo. Bishop Butler esta- blecía la comprensión de sentido común del fenómeno cuando escribió: “Estamos claramente constituidos como tales criaturas de forma que pode- mos reflexionar sobre nuestra propia naturaleza. La mente puede opinar sobre lo que pasa en ella, sus propensiones, aversiones, pasiones, afeccio- nes...En este reconocimiento aprueba una, desaprueba otra y frente a la ter- cera...es indiferente...El principio del hombre por el cual aprueba o desa- prueba su corazón, temple y acciones, es la conciencia.” Pero Butler daba por sentada la presencia de la conciencia, como si no requiera un análisis ulterior3. Kant describía la misma dualidad usando su imaginería legal arque-

típica: “Cada hombre tiene una conciencia, y se encuentra observado por un juez interno que amenaza y le mantiene alerta...y este poder que vela por las leyes dentro de él no es algo que él mismo (arbitrariamente) haga, sino que está incorporado en su ser... Ahora esta capacidad moral e intelectual original, llamada conciencia, lleva consigo esta peculiaridad, que aunque su empresa sea una empresa del hombre consigo mismo, éste se encuentra obligado por su razón a negociarlo como si estuviera a las ordenes de otra per-

sona. Puesto que la transacción aquí es la realización de un juicio (causa) ante

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3. Joseph Butler, Works, ed. W.E. Gladstone (Oxford: Clarendon Press, 1896) Vol. II “Sermon I” parráfos 7 y 8.

un tribunal. Pero, que el que es acusado por su conciencia deba ser concebi- do como la misma persona que el juez, es una concepción absurda de una corte judicial... Por consiguiente en todas las obligaciones la conciencia del hombre debe considerar otro al margen de sí mismo como juez de sus accio- nes, para evitar la autocontradicción. Este otro puede ser una persona real o meramente ideal cuya razón sea formulada para si”4.

He citado un pasaje relativamente extenso porque ilustra bien el con- flicto de la imagen arquetípica de Kant del hombre bajo la ley con las rea- lidades del fenómeno que estaba intentando interpretar. Hume y Adam Smith mantienen que no hay un “como si” acerca de esta situación. La razón aislada, para resultar consecuente consigo misma, no inventa otra persona. La experiencia de la conciencia no es como ser juzgado por otra persona; es efectivamente ser juzgado por otro, aunque el otro no está directa, simbó- lica y físicamente presente para el hombre que tiene sensaciones. La con- ciencia es una función de mi existencia como ser social, siempre al tanto de la aprobación o desaprobación de mi acción respecto al prójimo. “No podemos nunca examinar nuestros propios sentimientos y motivos” escri- be Smith, “no podemos nunca formar un juicio respecto a estos; a no ser de que nos traslademos, en cierta manera, desde nuestra posición natural, y nos esforcemos en verlos desde cierta distancia. Pero no podemos hacer esto si no es esforzándonos en verlos con los ojos de otros, o como otra gente probablemente los vea...Nos esforzamos en examinar nuestra propia conducta como imaginamos lo haría cualquier otro espectador justo e imparcial”5. Adam Smith aboga por un pensamiento que no sea como si;

acepta el carácter social del hombre moral como fundamental.

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4. Kant’s Critique of Practical Reason and Other Works on the Theory of Ethics, ed. y traducción T. K. Abbot (Londres: Longmans, Green & Co. Ltd. 6ª ed. 1927) pp. 321 y ss. (“as if ” en cursiva por H.R.N. – Ed.).

5. The Theory of Moral Sentiments, en L. A. Selby-Bigge, ed. British Moralist, Selections from

Writers Principally of the Eighteenth Century (Londres: Oxford University Press 1897) Vol.

Esta teoría social de la conciencia ha tenido una larga historia desde la teoría sobre la aprobación y desaprobación de Hume hasta el super-ego de Freud, la teoría de la relatividad moral de Westermarck y las últimas variaciones sobre el asunto de las discusiones de los analistas sobre la lógi- ca del lenguaje moral social. El debate entre los defensores de una supues- ta opinión “más elevada” o racionalista de la conciencia y los analistas sociales del fenómeno es muy confuso. Una interpretación social de la conciencia en sí misma y de por sí no dice nada sobre el carácter racional o emocional, ni acerca del alcance de esa sociedad en la que el hombre es capaz de reflejarse en sus propios actos, viéndolos a través de los ojos de los otros. No libra, en sí, al hombre de la tiranía de las aprobaciones y desaprobaciones de cualquier grupo existente directa y biológicamente convenido. Pero dejando al margen las confusiones que se plantean por- que el principio social se encuentra falsamente identificado con ideas de semejantes emocionales o provinciales, podemos excluir los “como si” de las interpretaciones idealistas y racionalistas. Cuando juzgamos nuestras acciones, nos aprobamos y desaprobamos, valoramos o menospreciamos nuestras valoraciones, la situación es la misma situación social en la que vamos más allá de nosotros mismos reconociéndonos como conocedores. Toda esta vida reflexiva es una vida en relación con nuestros congéneres; es una existencia yo-tú. Es la existencia como respuesta a la acción sobre nosotros llevada a cabo por nosotros mismos.

II

La interpretación social de la conciencia ha descubierto un aspecto de nuestra autoexistencia que la concentración en su inconfundible carácter yo-tú tiende a dejar de lado. El individuo que se juzga a sí mismo, decía Adam Smith, se considera a sí mismo desde el punto de vista de un espec- tador imparcial. Las aprobaciones y desaprobaciones de los otros a las que

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respondemos en nuestra vida moral, como creía Westermarck, representan emociones morales desinteresadas. “La imagen de un espectador extraño que actúa como nuestro juez parece ser casi inseparable del juicio que hacemos sobre nuestra propia conducta”6. G.H. Mead reemplazaba el término

“espectador imparcial” por “el otro generalizado”. “Asumimos la actitud generalizada del grupo en el censor que se encuentra en la puerta de nues- tra imaginería y de nuestras conversaciones internas, y en la afirmación de las leyes y axiomas del universo del discurso... Nuestro pensamiento es una conversación interna en la que se puede tomar posesión de los roles de conocidos determinados contra nosotros mismos, pero normalmente es con lo que he denominado el ‘otro generalizado’ con el que conversamos...”7.

Los términos “espectador imparcial” y “otro generalizado” parecen refe- rirse a nociones sin analizar y bastante vagas, que quizás puedan en cier- ta manera ser definidas con más precisión. Al menos se debe intentar. El individuo no puede vivir –es difícil ver cómo podría– con conocimiento innato alguno de su propia continuidad y autoidentidad en un movimien- to de una relación yo-tú a otra. Vive mas bien en relaciones de respuesta a sus tú que por un lado muestran constancia en sus acciones hacia el indi- viduo, y por el otro vive en una relación–respuesta constante a otros tús y otros ‘ello’. Puedo responder a la acción del otro, o anticipar su reacción respecto a mi acción, sólo si interpreto sus movimientos dirigidos hacia mi. Respondo a su acción no como un acontecimiento aislado sino como una acción en un contexto, como parte de un parámetro más extenso. Este parámetro ha sido sin duda descubierto y aprendido en el curso de muchos encuentros. Pero aparte de tal interpretación, aparte de la acción del otro relacionándose con un antes y un después, podría tan sólo reac- cionar, no responder; o puede que sea mejor decir que en tal situación algo, pero no un yo permanente, reacciona ante algo, pero no ante un tú

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6. Edward Westermarck, Ethical Relativity (New York: Harcourt, Brace & Co. 1932) p. 95. 7. The Philosophy of the Present (Chicago: Open Court Publishing Co. 1932) p. 190.

continuo. En la práctica real, sin embargo, el otro y sus acciones no son acontecimientos aislados o ocasiones ante las que tienen lugar reacciones aisladas; son demostraciones particulares de un movimiento prolongado o de partes concretas de un discurso continuo. Vivo en presencia de, y en respuesta a, un tú que no es un acontecimiento aislado, sino que es sim- bólico en su particularidad de algo general y constante. Por otro lado no me encuentro con la alteridad de un compuesto sino tan sólo con algo general en lo concreto.

Más allá de la persistencia en la actitud del tú hacia mi, se ha de consi- derar ahora la persistencia de sus interacciones con los miembros de la comunidad, aparte de conmigo mismo. Cuando hablo no me dirijo efecti- vamente a un otro generalizado o a un espectador imparcial, sino a indivi- duos concretos en cuyas interacciones entre sí y con los objetos del dis- curso hay una constancia de la que he aprendido a depender. Cuando en la experiencia de la conciencia juzgo mi acción desde el punto de vista de otro, no abstraigo una vaga figura general de todos los individuos concre- tos que juntos constituyen mi sociedad, sino que me refiero a la constancia en la respuesta de los individuos –una constancia que se presenta, si no en otro lugar, al menos en los significados constantes de un lenguaje común. El individuo social no es nunca un mero individuo yo-tú, sino un individuo yo-tú respondiendo a un tú que es miembro de una comunidad interna- cional. Y en su interacción con los demás ha sido demostrada una cons- tancia que permite al individuo interpretar la acción hecha sobre él. En lo que respecta a esta constancia en el comportamiento que permite a uno interpretar la acción del otro sobre sí, parece que hemos restablecido la idea de ley que los moralistas kantianos toman como punto de partida. Si bien existe esta diferencia, que cuando miro mi vida desde el punto de vista

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