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CHAPTER 4. CONFIGURING EXTERNAL SERVICES
El cadáver generaba entre los vivos un sentimiento de ambivalencia que encerraba actitudes contradictorias320. En su entorno más inmediato se producía una cierta resistencia a considerar la cesación total de la vitalidad en el fallecido. Durante un lapso de tiempo variable se intentaba retener, dentro del ámbito en el que había vivido, el cuerpo exangüe e inanimado. Familiares y amigos, a pesar de la inmovilidad evidente, aún creían que el cuerpo estaba dotado de una suerte de vitalidad. El cadáver podía percibir todo lo que ocurría a su alrededor y era capaz de entristecerse por su nueva situación. Los deudos, en un esfuerzo por prolongar en el tiempo la
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PRESENTACIÓN, Juan de la: La corona de Madrid: vida de la venerable Madre Mariana de Jesús,
religiosa del Orden de Descalzos de N. Señora de la Merced. Dibuxada por el padre Fr. Juan de la Presentación de el mismo Orden, Madrid, imp. Julián de Paredes, 1673, cap. XI, p. 112.
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“Se repruevan todas las oraciones que piden a Iesu Christo o a la Virgen María, su madre, o a los otros santos y santas que les aparezcan en la vida o a la hora de la muerte porque: primero no es necesario para la fe las apariciones; segundo, por ser gran presunción y fantasía que los santos del cielo vengan a servir acá a sus necios apetitos y tercero, porque pueden ser engañados por Satanás y este tome la figura de Jesucristo, de un ángel custodio o de la Virgen y so velo de santidad, engañe a los simples que no saben hacer diferencia enter los espíritus buenos y malos”, CIRUELO, Pedro: op. cit., cap. XI, p. 227.
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individualidad del ser que había dejado de existir, adoptaban una postura angustiosa y traumática empeñándose en conservar junto a sí el cadáver impidiendo su entierro. Pero, a la vez, se producía un sentimiento de rechazo. El cadáver inspiraba una profunda perturbación, su presencia causaba miedo y terror a medida que el tiempo pasaba. El rigor mortis y los incipientes procesos de descomposición lo transformaban en algo rechazable. El “escándalo” de la muerte – mencionado anteriormente – superaba a la enconada afectividad familiar y comenzaba a personificarse con su presencia los inicios de una fuente de corrupción e “impureza”. Los supervivientes se veían inmersos en un doble círculo de culpabilidad y espanto, presentándose la urgencia del apartamiento definitivo.
Existían otras razones para esta exclusión. Como ya se ha apuntado anteriormente, durante la época que tratamos existía la creencia de que la separación definitiva del cuerpo y el alma no se realizaba de forma brusca. Entre el momento de expirar y la muerte definitiva transcurría un espacio de tiempo en el cual el muerto adquiría un estadio intermedio. Su espíritu, desligado del cuerpo que le había contenido, estaba débil y desorientado, motivo por el cual podía ser presa fácil de los ataques demoníacos llegando a malignizarse produciendo fuertes trastornos en el mundo de los vivos.
Antes de la separación definitiva del cadáver, era necesario ejecutar sobre él una serie de pasos. Mientras el muerto conservara sus rasgos humanos había que atenuar la profunda alteración que la muerte había causado en el rostro y en el cuerpo. La visión directa del cuerpo muerto se hacía más penosa e insufrible cuanto más se apreciaran en él las señales físicas de la muerte cuyo desorden había sido capaz de reducirlo a una inexpresión biológica semejante a un animal321. Intentar borrar esas señales y hacerlo reconocible procurando restablecer su identidad, fue una de las características más universalizadas en todas las culturas europeas. Con el fin de vestir la “desnudez” del cadáver y presentarlo lo más decentemente posible para su posterior exhibición, se procedía a realizar los siguientes pasos: el lavado, la recomposición del cuerpo, en especial la del rostro, y el amortajamiento.
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Esta sensación del paso a la animalidad con la muerte es señalada por el padre Nieremberg: “más horrible a los sentidos que un perro muerto que está podrido en un muladar” NIEREMBERG, Juan Eusebio: De la diferencia..., op. cit. lib. II, cap. II, § I, p. 62.
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El lavado del cadáver
A lo largo del siglo XVII, en la ciudad de Teruel no parece ser práctica habitual el lavado del cadáver después del óbito. De todas formas, no hemos encontrado mención expresa alguna que nos induzca a afirmar tal extremo. El hecho de que esta primera etapa del ritual funerario transcurriera dentro del ámbito más o menos íntimo del círculo familiar hace extremadamente dificultoso el determinar hasta qué punto los difuntos turolenses fueron sometidos a esta praxis. Poseemos, sin embargo, una referencia de carácter global con respecto al reino de Aragón proporcionada por el doctor Martín Carrillo cuando describe las ceremonias más ordinarias que se ejecutaban después de la muerte. Éste, comentando la costumbre que relata Belarmino en su libro II, capítulo XIX, sobre el Purgatorio, afirmaba que “Lávanse también los cuerpos difuntos y esto se acostumbra en algunas partes, aunque en este reyno en muy pocos casos o casi ninguno se usa de esta ceremonia”322. Así mismo, en un minucioso ceremonial de los frailes franciscanos, editado en 1601 para la provincia de Aragón, tampoco se hace referencia a este proceso funerario, señalando que “una vez fallecido el religioso que hubiere, el enfermero vestirá al difunto con hábito, cuerda y paños menores”323
. Por el contrario, Antonio de la Natividad incluye entre los primeros gestos funerarios el lavado del cuerpo: “lavados los cuerpos de los difuntos, los visten en algunas partes de silicio en señal de penitencia”324.
Es probable que la intensidad en el aseo del cuerpo del finado dependiera del estado en el cual le había sobrevenido la muerte. El agustino Antonio Castro, al hablar del proceso a seguir, una vez producida el fallecimiento de algún miembro de su orden dice: “acabada la oración, se irán los religiosos, y el enfermero, ayudado de los que fueren más a propósito, lavarán el cuerpo (si fuere necesario) y le vestirán”325
. De donde se desprende que, si el cúmulo de suciedades causadas por la agonía así lo requerían, era conveniente asear al cadáver, aunque en ningún momento se habla de una limpieza
322
CARRILLO, Martín: op. cit., part. II, cap. V, p. 202.
323
Recopilación del ceremonial de la orden de nuestro Seraphico Padre S. Francisco para los frailes y
monjas de la provincia de Aragón, Zaragoza, imp. Ángelo Tábano, 1601. fol. 54v.
324
NATIVIDAD, Antonio de la: op. cit., lib. VI, cap. X, p. 487.
325
CASTRO, Antonio: Ceremonial según el romano y el uso de los religiosos de Nuestro Padre San
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exhaustiva. Probablemente lo habitual sería pasar un trapo mojado por la faz y algunas otras partes del cuerpo a la vez que se taponaban sus orificios para evitar los flujos desagradables. No es aventurado afirmar que la casi ausencia o vacilación en esta práctica funeraria se deba a un proceso de diferenciación que tiene sus raíces en las peculiaridades existentes entre las comunidades de cristianos viejos y la población morisca aragonesa y que algunos autores han cifrado en un veinte por ciento del total326.
Después de Trento, se activaron una serie de medidas de intransigencia sobre todas aquellas prácticas que, de algún modo, suponían la pervivencia de signos de identificación entre las minorías. Según señala Amalia García Pedraza, en la Granada del siglo XVI, ciertas prácticas funerarias entre las que se encontraba la ablución o purificación del cuerpo del difunto, fueron motivo para que la Inquisición interviniese en reiteradas ocasiones por considerar que se trataba de un rito islámico327. Los ritos funerarios practicados por los moriscos estuvieron siempre bajo la sospecha de las autoridades religiosas, que aconsejaban la presencia de algún cristiano viejo en el momento inmediato de la muerte, con el fin de vigilar y prevenir que las primeras
ceremonias con el cadáver fueran las adecuadas328. No fue, sin embargo, el empleo de
algunas prácticas soterradas lo que motivo un rechazo hacía las mismas sino el profundo programa de revisión que la Iglesia tridentina mantuvo sobre las cuestiones más irrelevantes. Los cuerpos de los cristianos se podían purificar con el agua bendita, que se convirtió en un sustitutivo de las abluciones judías e islamistas. Hay que resaltar que a lo largo de todo el período barroco se tuvo extremada prudencia en borrar todos los posibles rastros de un pasado religioso poco ortodoxo. La limpieza de la sangre implicaba no sólo demostrar que cuatro generaciones estaban limpias de sangre judía o mora, sino que los modelos de conducta, devoción, prácticas sociales, hábitos y creencias estaban en consonancia con la ideología espiritual imperante329. Era pues
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ORERA ORERA, L.: “Felipe II de Aragón”, en CANELLAS LÓPEZ, A, (dir.): Aragón en su historia, Zaragoza, CAI, 1980, p. 273.
327
GARCÍA PEDRAZA, A.: Actitudes ante la muerte en la Granada del siglo XVI. Los moriscos que
quisieron salvarse, Granada, Universidad de Granada, 2002, p. 543. “La comunidad judía lavaba el
cuerpo del difunto con agua perfumada”, PIMENTA FERRO TAVARES, Mª. J.: Los judios en Portugal, Madrid, Mapfre, 1992, p. 180.
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Estas observaciones son expresadas en el Concilio provincial de Granada de 1565, citado por GARCÍA PEDRAZA, A.: op. cit., p. 541.
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necesario abandonar cualquier costumbre que viniera a corroborar un cierto pasado converso. El temor de la diferenciación se instauró en amplias capas sociales ante la posibilidad de ser acusados e incluso condenados por la Inquisición ante el hecho de guardar ciertas costumbres entre las que se encontraban algunas normas de higiene. Basta recordar que en la tradición judía, el cadáver del difunto debía ser cuidadosamente lavado (rehisah), ya que la muerte era considerada por los judíos como causa de un alto grado de impureza y todo lo que entraba en contacto con el cadáver se tornaba así mismo impuro. Por esta razón el lavatorio de los cadáveres estaba minuciosamente reglamentado. Se preveía el orden que había de seguirse en el lavado de las distintas partes del cuerpo, el número de abluciones y cantidad de agua empleada. Así mismo se procedía a afeitar el pelo y el vello y a cortar las uñas de los difuntos, pues el Talmud los consideraba elementos impuros. También entre los musulmanes era preceptivo lavar los cuerpos de los fallecidos (gusul) con el fin de purificarlos, hacerlos presentables a la comunidad y eliminar de ellos toda suciedad. No resulta pues nada extraño que los gestos del lavado del cadáver fueran cayendo cada vez más en un olvido intencionado para demostrar que el difunto era cristiano viejo y que el sistema familiar rechazaba cualquier precepto externo que pudiese asimilarse con tradiciones heterodoxas.
En otras zonas, sin embargo, hay constancia de que los difuntos eran lavados y aseados antes de su exhibición pública. En Galicia “el cadáver, una vez lavado, afeitado y amortajado se mostraba al público”330
, en Valladolid también se procedía al lavado y aseo del cuerpo del cadáver antes del velatorio331. En general parece ser la zona meridional de la Península la más representativa en cuanto a la ablución del cadáver, por lo menos hasta comienzos del siglo XVII, debido a la numerosa presencia de elementos moriscos, para después iniciarse un progresivo declive en la costumbre.
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RIVERO RODRÍGUEZ, M.: La España de Don Quijote. Un viaje al siglo de Oro, Madrid, Alianza, 2005, pp. 134-135.
330
GONZÁLEZ LOPO, D.: “La vivencia de la muerte en las ciudades del Antiguo Régimen: Santiago en los siglos XVII al XIX”, en VILLARES PAZ, R. (coord.): La ciudad y el mundo urbano en la historia de
Galicia, Santiago, Universidad de Santiago, 1988, p.183.
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La recomposición del cuerpo
Los cambios fisiológicos que experimentaba el difunto inmediatamente después de su deceso eran sobradamente conocidos por los que aquí se quedaban. Aunque el vivo era incapaz de conocer la muerte por propia experiencia, sí podía aproximarse a ella en el momento del fallecimiento de los demás. El ser que hasta entonces había estado animado seguía presentando todavía sus rasgos identificativos y por ello la primera sensación mental que causaba era de separación, de alejamiento circunstancial del que se tenía una leve conciencia de reversibilidad. No obstante, desde estos primeros instantes se advertían cambios sustanciales en la disposición biológica del difunto. Junto con la inmovilidad, el rostro del cadáver presentaba los claros síntomas de una desarticulación vital que le hacían espantable. Los tratadistas de la muerte, conocedores de este estadio plagado de cambios perturbadores, no cesaron de describirlos en sus textos con el fin de que sirviesen de elementos admonitorios:
“Aunque muera uno lo más dichosamente del mundo, basta ver su cuerpo muerto en saliendo su alma de él cuán feo y espantable queda el miserable cadáver, que aun los más amigos huyen de su presencia y no se atreven a estar con él una sola noche. Los más parientes y obligados luego procuran echarle de casa con sólo una vil mortaja; y metido en la sepultura, a dos días se olvidan de él”332.
Adelantando a su vez el destino final del cadáver:
“... y últimamente le viesen todo desfigurado agonizar con la muerte y dando su última boqueada quedar su cuerpo pálido, frío e innoble, quedarían todos asombrados de aquella miseria, la cual les pareciera mayor cuando después de tres o cuatro días empezara el cadáver a oler mal y a corromperse, llenándose de gusanos y hediondez”333.
La mutación producida por la muerte en el cuerpo del difunto se hacía más expresiva en su semblante causando una perturbación que era tanto más intensa cuanto mayor era el grado de familiaridad e intimidad con el fallecido. Esta alteración de los rasgos que le habían caracterizado en vida suponía el prolegómeno evidente de los futuros efectos destructores que se iban a producir en el cuerpo del ser querido. Paliar por un corto espacio de tiempo este espectáculo de horror, esta indefensión del cadáver abocado a la destrucción, se convirtió en una de las obligaciones de los miembros que
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NIEREMBERG, Juan Eusebio: De la diferencia..., op. cit., lib. II, cap. I, § III, pp. 58-59.
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rodeaban el cuerpo del difunto. Disimular el rostro del cadáver era encubrir, de alguna manera, la disformidad de la muerte.
Para ello, en primer lugar se procedía a cerrar los ojos y la boca del difunto. Este acto, universalizado desde la Antigüedad334, encerraba varios simbolismos. Martín Carrillo, otorgaba a este gesto un sentido de cambio radical. La parte material del hombre, siempre en constante litigio con el alma, había finalizado su lucha “y ya los sentidos corporales son muertos para el mundo y se abren los del alma que, aparentemente está viendo a Dios”335. Pero también unos ojos abiertos en el cadáver podían llegar a expresar el paroxismo indecible de una muerte que, en muchas ocasiones, actuaba con una terribilidad espantosa. Este horror se podía transmitir a los vivos. En efecto, en una época en la que el mal de ojo era considerado muy seriamente,
tanto por teólogos como por médicos como fuente de innumerables males336, los ojos de
los muertos podían causar gravísimos daños en los vivos, incluso la muerte. Los cadáveres, debido a la incipiente corrupción de sus humores, podían despedir efluvios y vapores de cualidades maliciosas que salían por sus orificios, en especial por los ojos. Estas emanaciones infestaban el aire de las proximidades del cadáver hasta una determinada distancia, provocando en las personas cercanas a él la alteración de los humores y por ende el mal de ojo que tenía consecuencias funestas para la salud de los individuos337. Esta creencia se hacía extensiva a aquellos que habían salido de alguna grave enfermedad. La proximidad de la muerte les otorgaba ciertas cualidades de poder aojar a personas u objetos sensibles. Así lo describía Pedro Ciruelo, gran fustigador de las supersticiones, que, sin embargo, afirmaba que “es verdad que algunos hombres y
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NOLA, A. M. di: La muerte derrotada..., op. cit. p. 288.
335
CARRILLO, Martín: op. cit., part. II, cap. V, p. 202.
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El jesuita Juan Eusebio Nieremberg, consideraba que el aojo natural estaba confirmado por Santo Tomás el cual había llegado a esta conclusión estudiando las cartas de San Pablo. Admitía que en muchos casos de aojamiento intervenía el demonio pero que existían hombres y mujeres que por su propia naturaleza eran capaces de causar daños, enfermedades e incluso la muerte a otras personas; secar las plantas o quebrar objetos tan solo con la vista. El aojo podía ser de tres clases: voluntario o arbitrario, involuntario y mixto. Era el mixto el más insidioso porque intervenían las fuerzas naturales ayudadas por la cooperación del demonio, NIEREMBERG, Juan Eusebio: Curiosa y oculta..., op. cit., part. II, lib. I, caps. XXX y XXXI, pp. 211-212. El médico Alonso González opinaba que la mayoría de las enfermedades no eran debidas al mal de ojo, tal y como creía el vulgo, pero que éste no se podía negar pues se daban casos que los amantes, mirándose, concebían, GONZÁLEZ, Alonso: op. cit., part. I, fol. 19v.
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mugeres dolientes y malsanos, pueden y suelen algunas vezes inficionar a otros y dañarlos en la salud con su vista y con el aliento de su boca”338 El padre Nieremberg relataba que cierto caballero valenciano, después de salir de una gravísima enfermedad, era capaz de quebrar con su mirada objetos de porcelana. Pero el caso más curioso le ocurrió a él mismo siendo catedrático de Prima en Alcalá. Un sacerdote que también había estado a las puertas de la muerte y al que conocía por haber tenido trato continuado con él, tenía que avisar y volver el rostro cada vez que se encontraba con criaturas o personas delicadas porque infeccionaba el aire con sus malos humores y les causaba algunos daños339.
Con el fin de atenuar la desagradable impresión que producía el cadáver con la boca abierta, era habitual cerrarla mediante un pañuelo atado a las mandíbulas. Esta costumbre, como otras muchas referentes al arreglo del cadáver, es deudora de los rituales funerarios de los monasterios340. A su vez, la medida también tenía un contenido profiláctico con respecto a los ataques del demonio. El cadáver estaba expuesto a toda clase de influencias malignas. Huérfano de su parte más noble que era el alma, se encontraba indefenso ante los ataques del Mal. La representación iconográfica de ésta saliendo por la boca del moribundo, reiterada en muchos de los grabados de los Ars moriendi, hizo popular la creencia de que, junto con la última exhalación, el alma abandonaba el cuerpo del finado por la boca. Dejarla abierta implicaba que el demonio podía penetrar por esa abertura dando lugar a la perversión del cadáver.
En el intento de componer el cadáver, resulta significativa la postura que se le dará. El cuerpo del finado siempre yacerá sobre la espalda con el fin de que su rostro
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CIRUELO, Pedro: op. cit., part. III, cap. V, p. 142.
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NIEREMBERG, Juan Eusebio: Curiosa y oculta..., op. cit., part. II, lib. I, cap. XXXV, pp. 217-218.