Introduction
CV 4. Confusional States
Dentro de todo este desarrollo de la Cultura Occidental para Romero hay un eje de reflexión que permite comprender en su totalidad tal dinámica y, por tanto, la expresa en su contenido de forma evidente. Tal eje es la Ciudad, la cual, como se evidenciará en las siguientes líneas, es para Romero la expresión por antonomasia de la cultura y, así mismo, de la historia.
La ciudad parece ser un concepto clave en el pensamiento geográfico, ligado en gran medida a lo urbano y a las dinámicas implícitas en éste fenómeno, ya sea endógenas o exógenas, así importaría su expansión, características y problemáticas, todo esto, hace que parezca un fenómeno que no debería interesar, en alto grado de importancia, a otras disciplinas. Lo cierto es que, en Romero, al igual que en varios de los autores de los que él ha formado y comparte su pensamiento, la ciudad es un eje primordial en el pensamiento histórico,
constituyendo el eje de análisis de sus reflexiones y para el pensar histórico mismo. Esto, pues la Historia, al igual que la Geografía son ciencias de la comprensión de la realidad y en dicha realidad la ciudad y lo urbano son dinámicas que posibilitan su comprensión.
Desde un enfoque netamente histórico, para Romero, la ciudad toma importancia en cuanto que ésta es concebida como forma de vida y, siguiendo su línea de la Historia Social comprende que ésta debe ser asumida como una obra de arte, la cual, expresa el contexto social, cultural, político, económico, etc., de una época específica.
Así, Romero identifica la ciudad como obra de arte en cuanto la concibe como “Máximo ejemplo de unidad cultural que subyace en toda forma de vida histórica” (Romero, 2009, p. 23), es decir, es un fenómeno presente en toda cultura y que, al ser el máximo ejemplo de unidad cultural, constituye el medio a través del cual se pueda comprender, de manera clara, las distintas formas de vida históricas que han marcado el desarrollo mismo de la historia.
La ciudad, entonces, se consolida como un medio revelador en la historia y que, en tanto esto, se constituye como un actor colectivo del cambio histórico, un producto material de dicho cambio y, como producto material, aquella que contiene un ambiente social e intelectual que perpetua tal cambio y, por tanto, tal producto material (Gorelik, 2009), de ahí que la ciudad sea “la condensación de procesos a largo plazo de la vida social y cultural, la síntesis del conjunto de las creaciones humanas representativas de una época” (Gorelik, 2009, p. 15 – 16). Ahora, dentro de tal papel relevante de la ciudad en la historia, resulta, también importante, el “mundo urbano” en cuanto que en éste se “…generalizó formas de vida económicas, sistemas de normas y valores y una nueva visión del mundo y del hombre marcada por la racionalidad” (Gorelik, 2009, p16), mundo urbano que tendrá un carácter expansivo y que, en la Cultura Occidental, incorporará sucesivamente periferias por el carácter mismo de perpetuación y reproducción de sus lógicas de la ciudad como actor del cambio histórico. Así este mundo urbano será el mecanismo rector tanto en la Cultura Occidental, como en las demás formas de
vida histórica. Frente a lo anterior, Gorelik afirma, en las consideraciones que realiza en el texto de Romero – La Ciudad Occidental – que
“…el ‘mundo urbano’ llega a ser para Romero el estrato profundo en que se apoya (y gana inteligibilidad) la unidad de lo que llamamos cultura occidental: la ciudad forma la ‘estructura real’ en que funciona la sociedad, pero como sus formas materiales objetivan el legado cultural del que surge la conciencia histórica, también hace posible la
‘estructura ideológica’ que sostiene los modelos interpretativos y las ideaciones proyectuales” (Gorelik, 2009, p. 17)
Es decir, en la relación inescindible entre el “mundo urbano” y la ciudad se consolida la “estructura real” y la “estructura ideológica” que permitirá su legitimación, continuidad y perpetuación. Para comprender esto se hace imprescindible reconocer que desde Romero su posibilidad radica en la superación del problema de lo urbano y es “el infranqueable obstáculo que la naturalización consustancial a la experiencia de la ciudad le pone a su
exploración crítica” (Romero, 2009, p. 21) pues, una vez superado tal problema, se logran
comprender entre el detalle y la totalidad las dinámicas referentes a la ciudad, el “mundo urbano” y su relación, vislumbrando, mediante cuadros explicativos de procesos civilizatorios, el carácter intelectual de la vida metropolitana y el conflicto entre Cultura objetiva y Cultura subjetiva, así, también, la idea de ciudad como forma de vida y como continuo folk-urbano. Esto se hace presente de forma manifiesta en Romero y, Altamirano, lo afirma al mencionar lo que concibe, según él, Romero, por comprensión.
Así, se entra de lleno, una vez identificado el concepto de ciudad y “mundo urbano”, en la concepción de ciudad occidental y como ésta logra expresar de manera clara, e integrada a otras aristas lo que Romero llama esos procesos civilizatorios.
Como se ha descrito en líneas anteriores, la Cultura Occidental es el producto de la hibridación o heterogeneidad dada en el área romana entre la influencia de las religiones
orientales, el impacto étnico del mundo germano y lo propio del Imperio Romano. Este proceso se desarrolló ligado a unas lógicas de la realidad donde, su configuración, fue ajustándose a ésta [la realidad] de forma tal que jamás fuese superpuesta.
En esta dinámica la Cultura Occidental nace y empieza a consolidarse como una cultura en apariencia rural, lo anterior ya que el sistema cristiano-feudal respondía a las necesidades que la realidad exigía y, por tanto, era legitimado por todos; la organización territorial basada en principios de poder aristocráticos y la transformación de la tierra como fuente de riqueza en dicho sistema exaltaba de forma manifiesta una vida rural que rompería radicalmente con los supuestos urbanos del Imperio Romano, imperio que contenía ciudades de sobremanera creciendo en su momento de decadencia. Sin embargo, aunque su primer momento de consolidación sea rural el carácter expansivo, propio de la Cultura Occidental [Y esencial al identificar su unidad cultural] verá en el carácter urbano una forma de reproducir dicha lógica expansiva eficazmente.
Dicho sea esto es importante considerar, entonces, si la ciudad occidental ha sido fundamental en el desarrollo de la Cultura Occidental y de ser así que otras cosas, ligadas a ella resultan de sobremanera significativas. Romero, en sus reflexiones afirma que “[…] empezamos a descubrir que la ciudad ha constituido el instrumento fundamental para la difusión de la cultura occidental que se elaboró originariamente en Europa” (Romero, 2009, p. 56).
Así, se evidencia en tres momentos fundamentalmente expansivos e indicativos del devenir de la Cultura Occidental, incorporando sucesivamente, pero de forma discontinua, unas periferias; el primer momento se refiere a la expansión endógena, es decir, la Cultura
Occidental primero debía occidentalizarse en la totalidad de su área geográfica de surgimiento, es decir, Europa. Así, hechos como la contención de la invasión musulmana, por medio de las cruzadas y su expansión hacia el éste permitieron consolidar núcleos urbanos, ciudades, dónde se legitimaría la cultura misma teniendo en cuenta las funciones ya mencionadas de la ciudad.
Granada y las ciudades fortaleza que consolidarían más tarde España, Varsovia, Sofía, Praga y demás importantes ciudades en Europa Central; Moscú, Kiev y la expansión hacia el este y todas las ciudades de la zona de los Balcanes que representaron un freno a la avanzada musulmana en occidente. Todas estas ciudades son representación del primer momento
expansivo de la Cultura Occidental y lo son por la importancia y funcionalidad que éstas tuvieron para legitimar la cultura misma que las creo siendo los instrumentos fundamentales de difusión que Romero ya ha señalado.
El segundo momento expansivo de la Cultura Occidental está relacionado con la intromisión y legitimación de Occidente en zonas que otrora eran imposibles para esta cultura. América, Australia y Nueva Zelanda significaron una incorporación completa al mundo
occidental en cuanto que en estos territorios el – llamado por Romero – Background cultural era bastante liviano y débil. Así, para el caso de América, era evidente como la fundación de
ciudades se encontraba fácil de realizar por lo que la mayoría de ellas fueron fundadas por simples actos jurídicos producto del ímpetu creador de los occidentales en estos territorios sin encontrar mayor resistencia.
Españoles y Portugueses dieron la mayor cuota en esta fundación de ciudades y expansión del mundo occidental, establecían una red de ciudades que garantizaban no sólo su posibilidad de permanecer allí, representativamente como Occidente a pesar de tener implícito en ellas más del carácter rural que del carácter urbano, sino que también, mediante ellas fue posible
el establecimiento de todo un sistema naciente en occidente dado por un actor que, como veremos, ha sido de suprema importancia, la burguesía. Adjunto a España y Portugal países como Inglaterra, Holanda y Francia portarían ese ímpetu creador y se evidencia en ciudades como Curazao, Nueva Orleans, etc., ciudades y redes de ciudades que compartían la misma funcionalidad que las creadas por portugueses y españoles.
Por último el tercer momento, el cual se desarrolla a cabalidad desde el siglo XVI y tiene que ver con la introducción de Europa y la Cultura Occidental en fuertes trasfondos culturales llegando a representar, en un primer momento, un choque cultural bastante marcado, pero resultado de esto, una evidente aculturación y legitimación de Occidente en toda área que otrora contenía formas culturales distintas. El ejemplo más claro se presenta en Asia, donde, posterior a la guerra del opio, china se occidentalizó en gran medida y años más tarde [en 1854] lo haría Japón.
Ciudades como Goa en la India, Lourenço Marques y Luanda en África y Manila o Macao son ciudades expresión de lo anterior. Además de éstas, se crearon ciudades en viejos centros urbanos de otras culturas como es el caso de Casablanca, Fez el Bali, situada junto a la vieja medina de Fez, Marrakech o Tánger, también situadas junto a viejas medinas. En estos dos últimos momentos se encuentra las dinámicas expansivas exógenas y que permitirán concluir para Romero que “toda la llamada Edad Moderna es la etapa de expansión de Europa, y en términos culturales diríamos que es también la de la cultura occidental. Europa europeíza al mundo” (Romero, 2009, p. 55)
Todas estas ciudades están marcadas por estilos, continuidades y rupturas que son fiel representación del desarrollo mismo que ha tenido la cultura occidental. En la descripción de lo anterior se evidencia, además de esto, el papel protagónico que ha tenido la burguesía en
cuanto que la mentalidad burguesa es, como ya se ha dicho en líneas anteriores, una mentalidad urbana y racional. En esta relación inescindible entre el desarrollo de las ciudades y el de la burguesía puede identificarse una división tríadica de la ciudad en el ciclo moderno que, a su vez, está asociada a los tres momentos de expansión europea y las lógicas derivadas de ello que continúan produciéndose y/o elaborándose.
Tal división reconoce tres tipos de ciudad en José Luis Romero: La ciudad gótica, la ciudad barroca y la ciudad industrial, aunque estas representan, desde una visión histórica superficial, un desarrollo progresivo, como se mencionó otrora, están marcadas por estilos, continuidades y rupturas que las particularizan y pueden definir su “progresión” [usando el término de la visión histórica tradicional y lineal]. Cada ciudad particular está contenida dentro de uno de estos tres tipos de ciudad moderna y para identificarlo es necesario, en primera instancia, definir que son y qué características tienen estos tres tipos de ciudad.
La ciudad gótica se comprende como aquel tipo de ciudad que
“Enmarca el núcleo duro del experimento burgués en su forma más pura, el momento creativo de la ciudad moderna como un nuevo tipo de asociación humana materializado en un sistema de calles, plazas y edificios que le responden acabadamente (orgánicamente podríamos decir con la antropogeografía que está en la bases de esas hipótesis) y le permiten desarrollarse en nuevas modalidades de vida, de arte y de mentalidad” (Romero, 2009, p. 28)
Es decir, aquella ciudad gótica no sólo constituye la primera y más pura forma del fenómeno naciente de la burguesía, sino que, a su vez, en el marco cultural, representa formas novísimas que hacen parte constitutiva de ésta [la ciudad gótica y moderna] y son representadas
de forma artística por excelencia, constituyéndose como formas que impactan en el desarrollo de la Cultura Occidental dando paso a nuevos sistemas de relaciones basados en la necesidad de una nueva mentalidad y una nueva forma de vida.
En cuanto se refiere a la ciudad barroca puede decirse que esta “[…] muestra en cambio, el inicio de la decadencia de ese experimento [el burgués] a partir del Siglo XVI” (Romero, 2009, p 28) y constituye una “refeudalización” de la cultura europea pues, allí, la ciudad [en el barroco] pierde su autonomía en una integración forzada a los nuevos sistemas de dominación del estado centralizado (Romero, 2009) y marcando la escisión como característica fundamental de la ciudad barroca.
Para el caso de la ciudad, en tanto tal, la escisión presente tiene que ver con la concepción de “ciudad libre” y “ciudad absoluta”, aquí Mumford contribuye en gran medida al identificar que la ciudad libre “con su cultura ampliamente difundida y sus modos de asociación relativamente democráticos” (Mumford, 1979, p. 412) difiere de la ciudad absoluta en tanto que esta constituye “unos cuántos centros que crecían desmedidamente, dejando que las demás ciudades aceptaran el estancamiento o se embrutecieran con gestos inútiles de imitación servil” (Mumford, 1979, p. 412). Como es propio de la ciudad barroca, el carácter centralizado permitió el desarrollo de la ciudad absoluta en contraposición y “superando” a la ciudad libre en cuanto que se impuso en el orden práctico y la realidad. Así, en lo característico de las ciudades se podía encontrar con facilidad que existían unas favorecidas por el poder real [centralizado] llamadas ciudades-cortes y las demás, las cuales, por supuesto, no eran favorecidas.
Pero incluso, dentro de dichas ciudades favorecidas y representativas en gran medida de la ciudad barroca, se identificaban escisiones territoriales y sociales. Era constante la presencia de áreas nuevas con vías palaciegas que van a barrios flamantes y grandes jardines y,
por otro lado, un centro histórico antiquísimo que se tuguriza; en la sociedad existía la escisión, junto a la emergencia de la ciudad barroca, de una nueva aristocracia, producto de la hibridación entre tradiciones señoriales y patricias y unos plebeyos dependientes de esta nueva aristocracia, así, queda excluida la capa social cambiante que origina el desarrollo de una burguesía vigorosa (Romero, 2009) y, por tanto, superada esa forma pura y primigenía producto del experimento burgués. Un ejemplo de lo anterior, como veremos, será Napoles.
Por último, la ciudad industrial como aquella ciudad modelo del mundo moderno, ciudad donde el imperativo económico está estrechamente ligado a la concepción de riqueza propia de la burguesía – donde su valor radica en el dinero y no en la tierra – y la técnica tiene una importante intromisión en el desarrollo de las ciudades, de las sociedades, del arte y, por tanto, de la cultura.
Bajo esta forma tríadica de la ciudad en el ciclo moderno, pueden distinguirse como máximos ejemplos ciudades particulares. Romero enfatiza en seis:
Brujas (Bélgica) donde existe una presencia dominante del gótico hasta hoy y esto la constituye como una ciudad-museo donde la burguesía llegó a ser revolucionaria entre los siglos XII y XV, pero, pareciese estancarse en ese desarrollo hasta hoy. Lo anterior se refleja en su morfología física y las distintas estructuras, calles y/o edificios que la componen, las cuales, contienen de sobremanera un arte gótico que de por sí es también expresión por antonomasia del experimento burgués y una nueva mentalidad y futura forma de vida. Barcelona (España), por otro lado, representa la articulación de la ciudad gótica con la ciudad moderna, fenómeno que se desarrolló entre los siglos XVI y XVIII, allí se consolidaría una burguesía poderosa antes y después, burguesía contenida por el dominio de una monarquía centralizadora [el naciente poder real producto de la unión de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón como representación de la
unificación de los reinos hispanos (Castilla, León, Navarra, Aragón y Granada) en la Futura nación Española] pero que a pesar de su carácter centralizador y unificador, jamás logró someter a tal burguesía. Esta burguesía – que no era originariamente española, sino que estaba formada por núcleos burgueses italianos y de otras partes de Europa –, por el contrario, representó la posibilidad de la centralización del poder en España y más tarde un poder cultural fundamental en la imposición cultural en zonas exploradas por España [América, Filipinas, etc] que marcarían su desarrollo particular después de garantizar su autonomía del territorio íbero, es decir, el
producto en continua producción de la cultura occidental en Latinoamérica (Romero, 1976). Nápoles (Italia) representa para el pensador argentino la “escisión de las dos ciudades” (Romero, 2009), es decir, aquella ciudad en la que se identifica una burguesía frustrada, producto de la exclusión de la movilidad social propia de una fortísima burguesía a manos de unas características nacientes de la ciudad barroca que desembocaría en la ciudad absoluta. Allí la burguesía no reuniría una conciencia y fuerza lo suficientemente considerable para desalojar las viejas clases señoriales de la dirección de la vida rural y urbana (Gorelik, 2009) y para el siglo XVIII se cristalizaría una división tradicional en Nápoles entre la ciudad rica y la ciudad pobre.
Praga (República Checa), en su viaje por Europa, sería para Romero aquella ciudad que representa el contraste entre el castillo y la ciudad baja en tanto considera la ciudad, artísticamente, como forma de vida. Así, identificó una cultura burguesa, tan fortísima, que su mentalidad y formas de vida, consolidadas para el siglo XV, perduraron a pesar del sometimiento de dicha ciudad al poder imperial en el Siglo XVIII [La dominación imperial austro-húngara que representó en el arte la idea de ciudad absoluta en manifestaciones artísticas implícitas en el Národní muzeum en la plaza de Wenceslao, el Stavovské divadio cercano al Ovocný trh y el
Rudolfinum] y una revolución social en el Siglo XX [que más parecería una serie de sucesivas revoluciones sociales marcadas por hechos históricos como, la fundación de República Checa en 1918, su anexión a la Alemania Nacional-Socialista entre 1939 y 1945 y, posterior a ello, tras el bombardeo de los Aliados a Dresde (acto criminal cometido a la población civil) en 1945 su reacción manifiesta hasta unirse al bloque soviético en 1968].
Como ejemplos de la ciudad industrial se identificaría, por un lado, a Londres, como aquella ciudad que representa cambios radicales de la estructura social y mental y el caso más exitoso de una mentalidad burguesa ajustada a las necesidades de la realidad, logrando ajustar la ciudad a su presente progresivo en los siglos XVIII y XIX (Romero 2009) y, por otro lado, New York como la ciudad que representa, en la ciudad industrial, la discrepancia abismal entre la ciudad estática y la ciudad en movimiento [expresado morfológicamente entre el centro de la ciudad y los suburbios] donde coexiste un estilo y elegancia de la ciudad física realizada en el Siglo XX a través del modernismo y una agitación confusa de la vida humana y social que,