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Chapter 3: Theoretical Framework

3.3. Constitutive Criminology

Para Mounier, nos dice Calvo (2012), la vida privada ocupa un lugar central: sin ella no hay comunidad ni verdadera acción. "Un régimen personalista […] es un régimen que asegura a cada persona, realmente y no por delegación colectiva, su puesto de autonomía y de responsabilidad eficaz en el organismo colectivo, y que no niega a nadie, ni aun a los reticentes sobre el régimen, el mínimo de los derechos de la persona. Democracia no es para nosotros el régimen del número anónimo, ni siquiera la sanción de la unanimidad, sino el reinado de la responsabilidad viva dentro del derecho vivo."

La familia, lugar, con harta frecuencia de una opresión secreta; debe pasar del régimen celular al régimen comunitario; hay que salvarla de la dictadura invisible del espíritu burgués.

La mujer. Hay que arrebatársela al autoritarismo masculino. Después de siglos de relegación, "¿cómo discernir lo que es naturaleza, lo que es artificio, represión o desviación por la historia?". Llamada al despertar de las oprimidas: "A través de este caos de destinos derrumbados, de vidas paralizadas, de fuerzas perdidas, la más rica reserva de la humanidad, sin duda; una reserva de amor para hacer saltar en pedazos la ciudad de los hombres, la ciudad dura, egoísta, avara y mentirosa de los hombres".

El niño. Hay que sustraerlo a la opresión de la familia y del Estado y educarlo audazmente para el diálogo y para la afirmación de sí. Educar no es hacer, sino despertar personas.

Libertad.

El mismo Calvo (2010) considera que para Mounier la libertad es dinamismo, fuerza. Es necesario comprender a la libertad en el dinamismo total de la persona. La libertad no es individual, ni mucho menos individualista. La libertad ha de hacerse en comunidad, para todos o para ninguno. No puede hablarse de libertades individuales a costa de libertades colectivas, ni al revés.

La libertad va profundamente unida a la vocación de servicio personalista. Por eso, la lucha por la libertad no conoce fin, es lucha de ruptura, de conquista y de adhesión.

Libertad es además, movimiento hacia la trascendencia: libertad es experiencia de los valores interpersonales hacia el valor transpersonal, que para el cristiano es Dios.

La historia de la libertad se hace en la lucha por la libertad. Es demasiado frecuente una preocupación egoísta de libertad mientras el drama colectivo no se tiene en cuenta.

Compromiso.

Hemos visto con Altur qué entiende Mounier por compromiso en el ser persona. No obstante conviene que añadamos que para nuestro filósofo libertad sí, pero, bajo condiciones.

La condición de que haya libertades que haya personas y sólo hay personas si hay vínculos de amor. Y nadie ama más a su prójimo que el que da la vida por él.

La libertad exige la presencia en la lucha: adsum, estoy presente. No es una libertad de abstención, sino de compromiso.

Ser libre es hacer. No hay libertad en el hombre sino en la realización de un compromiso, y no hay compromiso en el hombre sino en libertad. Toda otra libertad, como todo otro compromiso, lleva a la servidumbre.

Revolución espiritual y revolución de estructuras: Mounier las reivindica juntamente. La política, tal como se hace, no tiene realidad: es ese discurso degradado que Péguy oponía a la mística. La opción política buscará más hondo, por tanto, sus puntos de apoyo, y pondrá sus miras en la ciudad considerada en su realidad cotidiana.

Se busca crear las bases de una sociedad en la que la persona pueda realizarse plenamente mediante la educación, la cultura y la mediación de las comunidades liberadas: familia, iglesia, sindicato, movimientos de juventud, etc.

Mounier no se ha dejado encerrar en un neutralismo vago, y la razón está en que tiene la virtud política del sentido del enemigo. El enemigo al que había resuelto combatir, el dinero-rey, no es una forma abstracta y moralizante, sino una presencia inmediata, política: el capitalismo, del que dijo en 1933: "Jamás tirano alguno dispuso de tan universal poder de triturar a los hombres con la miseria o con la guerra; de un extremo a otro de la tierra, ningún tirano acumuló en el silencio de la normalidad tantas ruinas e injusticias". (Obras, I)

A diferencia de tantos cristianos que, en política, olvidan la lucidez paulina, él veía el mal, el mal concreto, la red de intereses y de poderes, tras los discursos moralistas y las ideologías de la buena voluntad. Por eso dice en 1934: "A muchos demócratas cristianos les reprochamos precisamente el no haber... buscado con suficiente grandeza la audaz tradición que les hubiese empujado a la vanguardia, en vez de paralizarlos en las fluctuaciones moderadas hasta hacer de ellas el último v malsonante remolque de la reacción. Hay más aún. Nunca se denunciará lo bastante la mentira democrática en régimen capitalista. La libertad capitalista ha entregado la democracia liberal, utilizando sus fórmulas mismas y las armas que ella le daba, a la oligarquía de los ricos (oligarquía de poder y de clase); después, en la última etapa, a un estatismo controlado por la gran banca y la gran industria, que se han apoderado, no solamente de los mandos ocultos del organismo político, sino de la prensa, de la opinión, de la cultura, a veces has/a de los representantes de lo espiritual, para dictar las voluntades de una clase y modelar incluso las aspiraciones de las masas a imagen de las suyas, al mismo tiempo que les negaban los medios para realizarlas […]. En su carta leo, señor, palabras muy duras contra la corrupción en que estamos sumergidos. También en esto me temo que usted no reconozca el mal sino como un mal externo, el atasco de un engranaje en buenas condiciones. No le quitemos importancia al problema: se trata del dominio, sobre una estructura democrática desfalleciente, de una estructura capitalista inaceptable. No se trata de purificar, sino de rehacer, desde las raíces, valerosamente, todas las estructuras sociales (y por añadidura, el corazón del hombre, pero esto es cosa aparte)" (Obras, IV). Creo que valía la pena reproducir un texto un poco largo porque parece escrito hoy.

Pobreza.

Según Riego (2014), “su humanismo no se quedaba en la desposesión teórica sino que la vivía encarnadamente desde su propia pobreza material que eligió como forma de vida. Predicar la pobreza y apostar por la pobreza fueron sus únicas armas, yo diría las más poderosas, las que le permitieron llevar la palabra al pobre, que sólo se haría posible desde la condición que la propia palabra se haga pobre. Valga esta paradoja: la riqueza de la palabra sólo alcanzará al humillado y al oprimido haciéndose pobre ella misma. Por eso no es posible entender esta apuesta sin las categorías del ‘compromiso’ (engagement) y ‘abandono’ (abandonnement) llevadas del plano de la mística al de la comprensión y la acción. Toda auténtica audacia se cimienta en el abandono y el personalismo está hecho para los audaces, para los que se arriesgan a abismarse a su propia nada, sin seguridades de ninguna índole pero con la confianza absoluta de los que se sienten pisando el terreno firme de la verdad.”

En palabras de Domenach (1972): “En la base de la acción y del pensamiento de Mounier está ese misterio de la pobreza, un misterio primeramente vivido, incorporado, antes de ser alargado en una visión general del hombre y la ciudad. Y es esta paradoja evangélica de la humildad glorificada, de la desposesión, la que introduce en el Reino, la que contiene un fermento revolucionario”.

Decir pobreza es también reconocer su contracara: riqueza, opulencia, avaricia. Es la dialéctica necesaria y eterna entre el desposeído y el que todo lo posee o quiere poseer. Es el reconocimiento inevitable de que la contraparte del pobre es el burgués, contra cuyo cáncer disolvente y paralizante es necesario luchar, denodada y testimonialmente, como lo hiciera Mounier. Es que esta enfermedad maligna se expande en el corazón del hombre, impidiéndole su cambio, su metanoia, su transformación profunda: el paso del

individualismo al personalismo comunitario. “El burgués es capaz de todo con tal de que su Ego nadie se lo limite; está dispuesto a blindarse, y, si hace falta, a partirse en dos, sus cuentas con el diablo, su espiritualidad con Dios…” (Díaz, 2005).

Pero la dualidad es malsana, nadie puede servir a dos verdades ni a dos señores, más bien una verdad dividida en dos no hace dos verdades sino dos errores. Y entonces el hombre se vacía de todo misterio y de todo sentido para entregarse a una seguridad y a una felicidad barnizadas con capas de educación, de poder y de dinero.

El burgués es “el hombre que ha perdido el amor y que hace gravitar el universo de las virtudes alrededor de un pequeño sistema de tranquilidad psicológica y social: felicidad, salud, sentido común, placer de vivir, confort. El confort es para el mundo burgués lo que el heroísmo era para el Renacimiento y la santidad para la cristiandad medieval: el valor último, móvil de la acción. A él se subordina la consideración y la reivindicación” (Obras, II).

Ser personalista es, en suma, hacer de la pobreza la verdadera riqueza del corazón, heroísmo y santidad aliados desde la suma desposesión de sí, donde saber y querer se funden en la conversión que lleva a la salvación personal y comunitaria. Porque así se escribe la historia humana, aunque no siempre la historia de las ideas la haya reflejado plenamente. ¿Qué otra cosa ha pretendido el hombre en su milenaria marcha que querer saber para saber querer y con ello lograr convertir(se) para salvar(se)?