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por llamarles así, se acaban

convirtiendo en tu familia.

76 La diversidad infantil y juvenil en la CAE Las (mal) llamadas segundas generaciones

Yo creo que lo que ocurre es que cuando no tienes ninguna unión familiar, tus paisanos, por llamarles así, se acaban convirtiendo en tu familia. Acabas crean- do un círculo con la gente de tu país que habla tu idioma. Porque mis padres cuando llegaron solo hablaban árabe. Es gente con la que igual no habrías te- nido ninguna relación ni habrías compartido nada en caso de haberte quedado en Marruecos.

Pero esta comunidad, que por un lado te sirve de apoyo, también te puede ha- cer mucho daño, porque hay una tendencia muy grande a criticar y se suelen montar rifirrafes.

Mis dos hermanos mayores, que tienen cuarenta y treinta y ocho años, nacie- ron en Eibar. Después la familia estuvo un período corto de tiempo viviendo en Bakio y luego ya se instalaron definitivamente en Bermeo, que es donde han estado toda la vida. Aunque yo nací en Bilbao, como mi otro hermano que tiene treinta y dos años, mi vida la he hecho en Bermeo.

Los cuatro hermanos nos hemos escolarizado en Bermeo, en la enseñanza pú- blica. Lo que pasa es que como nos llevamos bastantes años, somos como dos generaciones distintas.

Los dos hermanos mayores estudiaron en castellano, porque entonces había esa posibilidad y mis padres, por desconocimiento o por lo que fuera, les me- tieron ahí.

Pero Bermeo es un pueblo pequeño donde se habla euskera y lo necesitas para relacionarte. Además, aquellos eran unos años muy borrokas y había muchas ganas de aprenderlo. Así que mi hermano mayor acabó aprendiendo euskera en el euskaltegi y también por su círculo de amigos, porque tenía toda la cuadrilla

euskaldun.

Y mi hermana, que empezó pronto a trabajar en hostelería, lo aprendió a base de relacionarse con la gente que van al bar. Tiene un euskera más de calle, pero lo entiende todo perfectamente.

Cuando yo empecé en el colegio, ya solo había modelo D, en euskera. Pero es que además mis hermanos mayores les dijeron a mis padres que era mejor así, para que no nos pasara como a ellos.

Estaba en clase con otros chavales que hablaban en euskera y cantábamos las típicas canciones también en euskera, aunque yo no las entendía bien del todo. Tenía un follón bastante grande en la cabeza, porque hablaba en árabe con mis padres, en castellano con mis hermanos y en euskera en la calle. Tengo ese recuerdo de lío gordo en aquel momento.

De todas formas, cuando a mí me preguntan sobre esto familias de origen ma- rroquí o pakistaní, que ahora hay un montón, yo les suelo animar a que estudien en euskera, porque el camino así es mucho más fácil que a la inversa.

El castellano ya lo van a aprender muy fácil de rebote: de la vida, de la tele o de los medios de comunicación. Es mejor aprender el euskera desde pequeños.

Porque si no, les va a costar mucho más y en muchos trabajos se lo van a pedir. Además, así les va a resultar también más fácil aprender otros idiomas como el inglés o el francés, porque tienes más herramientas que te van a ayudar. Cuando les comento todo esto, me suelen hacer caso y se quedan más tranqui- los, porque ven que se lo está diciendo una persona como ellos que ha vivido esa misma situación.

En cuanto a la relación con mis compañeros, ahí tengo un recuerdo más agrio que dulce. Le suelo dar vueltas a eso a veces y la recuerdo como una época bastante triste. De sentirte de una forma rara, diferente. Porque al final los críos son unos capullos y el insulto fácil era llamarnos putos

moros.

Aunque mi nombre era diferente, yo había nacido aquí y que me insultaran de esa forma a la mínima me des- colocaba. Y en el pueblo también éramos los diferen- tes, los marroquíes.

Todos esos comentarios me afectaban mucho, porque yo sabía que mis padres eran unos trabajadores y veía que no vivíamos en el mismo nivel que las otras familias. Vivíamos en una casa mucho peor que las de los demás y estábamos en el umbral de la pobreza. Pero todo eso no hace que seas menos que nadie ni que seas un ladrón. A nosotros mis padres nos metían un montón de caña con lo de robar. Teníamos unos valores muy claros y sabíamos que eso estaba prohi- bido. No era una opción y había que trabajar en lo que fuera antes que hacerlo. Por eso, esa desconfianza y esas miradas por parte de algunas personas me dolían muchísimo.

Tampoco quiero decir que todo el mundo fuera así. Yo tuve la suerte de tener unos profesores muy buenos de los que tengo muy buen recuerdo. Y también había padres a los que les encantaba eso de que habláramos euskera.

Con los compañeros de clase había de todo, pero en general con los de mi quin- ta me llevaba bien. Los insultos solían venir de los chavales más mayores, los de los siguientes cursos.

Además, entonces había súper pocas matriculaciones en la escuela pública. La gente se apuntaba más en la ikastola. Y eso que en la nuestra solo había modelo D.

Nos llevábamos fatal y nunca querían andar con nosotros. Algunos de la escuela pública, al ser euskaldunes, tenían menos problemas. Pero nosotros teníamos todas las papeletas para ser insultados. Porque entonces en la ikastola no había extranjeros y los pocos que había en el pueblo estábamos en la pública.

Yo he estudiado Magisterio, y siempre me ha interesado este tema de escuela pública e ikastola. Sobre esa rivalidad y sobre cómo nos inculcan ya la política

Aunque mi nombre era diferente,

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