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«La gloria y el poder a ti, Cristo, que has hecho de nosotros un reino de sacerdotes para Dios, tu Padre» (Ap 1, 6).

1. —Jesucristo «nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados, y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre» (Ap 1, 5-6). Jesús Rey universal a quien todas las criaturas están sometidas para que él lo someta todo al Padre, no sólo ha hecho de sus fieles un pueblo sacerdotal, sino también un reino participante de su soberanía. «Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado» (LG 36). No se puede ser reino de Dios, si no se vence el reino del mal. El mismo Jesús no ha llegado a la gloria de su reino, sino destruyendo el pecado con su muerte: «se humilló a sí mismo —dice S. Pablo— obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz» (FI 2, 8). «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24, 26). Este es el camino que ha de hollar todo fiel para llegar a la libertad real de los hijos de Dios; sólo la «negación de sí mismo» le hará dueño de sus pasiones y le dará el señorío sobre el mal y el pecado que intentan de continuo reducirlo a esclavitud; sólo así será «reino» de Dios, es decir enteramente sometido a El, y en ese reino hallará la única y verdadera libertad.

Dominándose a sí mismo y sometiéndose a Dios, procuran luego los cre- yentes conducir todos los hombres a El, «sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo ser- vicio equivale a reinar» (LG 36). Lo mismo que el Salvador nos ha sacado de la esclavitud del pecado y conducido al reino del Padre, humillándose y haciéndose siervo nuestro hasta dar la vida por nosotros, así nosotros con- quistaremos a nuestros hermanos para el reino de Dios mediante el servicio humilde y paciente, acompañado de entrega generosa y desinteresada.

2.— No está el hombre creado para esclavo de las cosas, atado indebi- damente a las criaturas y subyugado por ellas; sino para soberano y domina- dor y para, mediante esta soberanía, someter y consagrar todas las cosas a Dios. «El presente, el futuro —dice S. Pablo—, todo es vuestro. Pero voso- tros, de Cristo, y Cristo, de Dios» (1 Cr 3, 22-23). Por eso, reconociendo «la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación: a la gloria de Dios» (LG 36), debe el fiel portarse como soberano que usa de todo sin dejarse aprisionar por nada, que se sirve de todo, pero sin sujetarse a nada ni a nadie; de este modo ayuda a la creación a conseguir su fin, que es servir al hombre para que el hombre sea un adorador y glorificador de Dios. Liberado y salvado por Cristo, el cristiano debe a su vez ayudar a salvar a sus hermanos y aun todo lo creado, para enderezar la creación entera a su último fin. Con ese objeto se invita a los fieles: «incluso en las ocupaciones secula- res deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia

en la justicia, en la caridad y en la paz» (ib). Al ejercicio de su profesión y la vida familiar o social deben llevar el espíritu del Evangelio para sanar lo que el pecado ha deteriorado, para dar un alma cristiana a lo que la irreligiosidad ha apartado de Dios; y esto en todos los campos: en el mundo del trabajo, de la técnica, de la cultura, de la política y en cualquier otra actividad. Alcanza- rán esa meta «teniendo presente que en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede sustraerse al imperio de Dios» (ib). Es particularmente importante el cometido de los padres y educadores, los cuales pueden convertir la familia y la escuela en verdaderas palestras de vida cristiana donde los hijos y alumnos sean guiados hacia Dios por su ejemplo y enseñanza.

De este modo todos los fieles colaboran a edificar el reino de Cristo, y «como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios» (LG 34).

¡Oh Cristo! Por la unción divina eres rey, pontífice y profeta; y por el derramamiento de tu unción sobre nosotros, fiamos hechos reyes y sacerdotes: un sacerdocio real. Danos, pues, un valor de reyes para que no nos dejemos dominar por nuestras pasiones alimentemos sólo pensamientos elevados y no nos hagamos esclavos de la mentalidad del mundo.

Haz que como reyes seamos magnánimos, aspirando a lo que hay de más alto; y como sacerdotes espirituales, aspiremos a lo que hay de más santo. No somos ya hombres profanos; somos aquellos a los que tu Padre ha dicho: «Sed santos, porque yo soy santo».

Y nos has hecho también profetas; enséñanos, pues, a obrar por instinto celestial, saliendo del cerco de las cosas presentes, llenándonos de las futuras y no respirando sino la eternidad. Señor, ayúdanos a elevarnos y a pensar en el país en que reinaremos contigo. Tú que dijiste: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino» (Lc 12, 32). (Cf. J. B. BOSSUET,Elevaciones a Dios sobre los misterios, 13, 3).

Oh Jesús, que me emplee yo en Instaurar todas las cosas en ti. Debo comenzar por mí mismo; haz que sea yo más cristiano. Para que el mundo se haga bueno, ayúdame a hacerme mejor; para que el mundo tea cristiano, ayúdame a ser mejor cristiano.

Dame un sentido católico más profundo; hazme más caritativo, más penetrado de las incalculables consecuencias de mis actos y de mis omisiones.

Haz que mi cristianismo sea más profundo, más sentido, más irradiarte y más digno de ti, Maestro adorado, mi amado Salvador. (Cf. R. PLUS, Cristo en nuestros hermanos).

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