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Escribir es un aspecto de la memoria, una forma privilegiada del recuerdo. Si yo escribo historias es porque quizás estoy buscando mi propia historia, porque a caso escribir es la búsqueda de una historia remota que yace en el profundo de nuestra memoria.49

Carmen Laforet ha abierto el camino a grandes escritoras, narradoras y novelistas del calibre de Aldecoa, Martín Gaite y, como ella misma ha declarado, Matute. Las dos comparten tanto el hecho de empezar a escribir desde muy jóvenes como la clase social de pertenencia y el grado de formación recibido. También las novelas con las que ganan el Premio Nadal, Nada y Primera Memoria, presentan unos rasgos en común: las protagonistas son mujeres solitarias y rebeldes que viven su propia vida a pesar de la sociedad que sigue considerándolas extrañas por su independencia.

Autora prolífica, ella también empieza desde muy joven, escribiendo nueve novelas, nueve libros de relatos y cinco libros de cuentos. Su impresión de mujer débil choca con la determinación y la fuerza de sus palabras, con las que construye y deforma a sus personajes, denunciando las injusticias y las violencias. Ana María Matute utiliza la novela como si fuera una sesión de psicoanálisis que le permite encontrarse a sí misma, hallar su auténtica forma, su estilo, desahogar ese otro mundo de rebeldía que lleva dentro.50 Dotada de una imaginación prodigiosa y de una gran capacidad de imaginación, se sentía incomprendida, por eso empezó a dedicarse a la escritura. La autora misma, en las entrevistas y las autobiografías, ha subrayado reiteradamente la importancia de algunas experiencias de su infancia y entre estas el fuerte impacto emocional de la Guerra Civil que estalló cuando ella tenía solo diez años. Ésas se reflejan en sus novelas y sobre todo en sus cuentos, de gran realismo y dureza social. Sus obras, de hecho, destacan entre las novelas sociales de los cincuenta, gracias a los rasgos de objetividad y a la intención crítica de la autora en las descripciones de personajes y ambientes que retratan la cotidianidad.

Esta propensión a contar el odio que la rodea, la guerra civil, la pobreza, etc., es visible ya desde su primera novela Los Abel, con la que consigue el tercer premio, en 1947, del Premio Nadal. El hecho de ser extremadamente sensible hace que la autora viva con

49 Ana María Matute, en su discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua Española, 1998. 50 R. Romá: Ana María Matute. Madrid, EPESA, 1971.

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dificultad su juventud, apartada, enfrentándose también con las dificultades de ser mujer en esos años. Ella no se define una feminista pero ha actuado como un ejemplo, reclamando sus derechos y luchando por ellos. Ella misma declara, en una entrevista: «Yo soy mujer. Feminista, ¿por qué? Me parece obvio, no es necesario, está tan lógico, ¿por qué ponerlos nombre que nos distingan?».51

En pocos años consigue los principales premios literarios: en 1954 el Planeta con

Pequeño teatro, en 1958 el Premio Nacional Miguel de Cervantes por Los hijos muertos

y el año después, como ya visto, el Premio Nadal con Primera Memoria, usando como seudónimo Edoardo Allala. De gran importancia son también sus cuentos, que Matute empieza a escribir ya desde los 15 años. “El cuento es en prosa lo que puede acercarse quizás más a la poesía, porque tiene que ser muy intenso, tiene que tener la intensidad de una novela pero la contracción y, por otra parte, la poesía de un poema [..] tiene que decir el máximo a través del mínimo, no tiene que faltar una coma”.52

El hecho de que España sea un país que no ha tenido tradición de cuentos (como por ejemplo los rusos o ingleses), como afirma Mari Paz Ortuño, implica que sean considerados un género menor. Además, el ser mujer y la predilección por el tema de la infancia han creado el perjuicio de la escritora de cuentos para niños. Por contra, en realidad muchos cuentos de Ana María son muy duros y dejan una sensación agridulce: por un lado se disfruta con la lectura de lo que cuenta pero lo que ocurre muchas veces puede ser terrible y desconsolador. Eso es lo que pasa también en los dos cuentos que he elegido en esta antología, historias con finales crueles que perturban al lector, sobre todo por ser de hecho tan contemporáneos, si bien escritos en los últimos años del régimen franquista.

En La Virgen de Antioquía el lector se enfrenta con la crónica de una violación. La protagonista es una adolescente que trabaja por «doña Telesfora, la de la tienda», la mujer que la sacó de la inclusa y que le permite vivir con ella trabajando en su casa. El narrador externo presenta Martina como una muchacha gorda, ingenua, que no brilla por su belleza pero que atrapa con su sencillez e inocencia, las mismas que condenan la joven a vivir unos momentos infernales. La historia está ambientada probablemente en el sur de España, en dos pueblos cerca del mar, en los años 60 del siglo pasado. Es la primera vez

51 Imprescindibles, Ana María Matute: “La niña de los cabellos blancos”. Para profundizar, véase https://www.youtube.com/watch?v=pF7eyzENHbY

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que Martina obtiene permiso para ir a una fiesta, pero el entusiasmo inicial sucumbe antes la bestialidad del chico que la viola en una callejuela oscura, sin que nadie se dé cuenta de lo que ha pasado. Es un momento, el miedo que no la hace gritar, la fuerza que le impide escaparse. La descripción del acto, casi onírica, destaca en el cuento que, por contra, se caracteriza por un estilo directo y espontáneo, con palabras y construcciones típicas del habla coloquial.

De otra parte el segundo cuento, El embustero, se presenta con una ambientación y un argumento totalmente distintos, pero permite al lector enfrentarse con otro tipo de realidad, lo mismo impactante, esta vez dolorosamente triste. La Matute adopta la estrategia de la focalización interna al fin de permitir al lector escuchar los pensamientos de la protagonista y vivir con ella su desencanto frente a una vida que no tiene gana de vivir y que, sin embargo, tiene que soportar para sus hijos. Aquí también tenemos, en la primera parte, la crónica de una mujer cuya historia podría ser compartida por muchas otras, mujeres que son como la sociedad les quiere, fuertes e independientes, que ocultan la tristeza para no sucumbir a ella, que luchan cada día sin saber si merece la pena hacerlo.

Son historias como estas, personajes como estos que hacen de Ana María Matute otro icono de la literatura femenina: sus palabras de denuncia llegan en un momento histórico en que son aún pocas las voces capaces de resonar tan fuerte. Una vez más, la autora mezcla con excelente habilidad la sencillez y la naturalidad de su estilo con temas fuertes, resultado de una mirada ya no más de niña, sino de ojos adultos y desencantados.

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