3.2 Motor tasks
3.2.2 Continuous tracking task to assay motor learning
A todas las madres que robustecen su vida con su fe en la Iglesia.
Mi buena amiga:
Yo llevaba viviendo muchos años en tristeza, soledad y silencio por causa de los desvaríos de Agustín. Pero entonces, sobre las cenizas de mi vida pasada, quería que resplandeciera en mí y brillara en él el auténtico fuego del amor divino, de forma que inflamara con su fuerza y su verdad a cuantos vivían cerca de nosotros y a cuantos dudaban lejos. Hasta aquel presente yo había hecho lo que había podido. Lo había hecho con tesón, con firmeza, con perseverancia. Lo había vivido según mis creencias cristianas, en la situación y en la necesidad de tener que ofrecerlas por el bien del alma y por la salud espiritual de quien para mí seguía siendo lo más importante en este vivir humano de madre. Entonces vivía el gozo del más deseado de los encuentros. Y vivía insistiendo a Nuestro Señor Jesucristo para que conservara en su recinto lo que en él había entrado, y que mejorara en el futuro y enriqueciera con su palabras, su ejemplo y testimonio, a cuantos formaban parte de nuestra gran familia que era la Iglesia.
Volvimos a nuestra casa de Milán cuando estaba aproximándose la celebración cristiana de la Cuaresma. Había una razón importante para ello: los catecúmenos que iban a ser bautizados en el día de la Pascua debían inscribirse para ello el Miércoles de Ceniza. Esta inscripción les facilitaba la asistencia y les animaba a recibir las instrucciones pertinentes que para ellos organizaba la jerarquía eclesiástica y que se impartían durante los días de Cuaresma. Ni Agustín ni yo quisimos prescindir de este detalle, pues, aparte de desearlo él vivamente, considerábamos que había de ser un gratificante ejemplo para que el resto de catecúmenos vieran entre ellos a todo un señor catedrático de Retórica.
Yo no sabría precisar exactamente, dónde y cuándo fue el principio de esta nueva vida de Agustín: si cuando comenzó la lectura de San Pablo, si cuando vivió la experiencia de la voz del niño, «toma y lee», si en los meses de estancia en Casiaco, si en la recepción oficial del Bautismo. Los cristianos, sabes muy bien, iniciábamos nuestra vida cristiana en la Iglesia con la recepción del Bautismo. Pero habían sido tan intensas nuestras vivencias cristianas de aquellos últimos meses que no he querido pasar por alto esta observación. Desde luego, yo disfrutaba de la conversión de Agustín y de esta su vida nueva desde hacía varios meses. Porque él venía viviendo desde los encuentros con Simpliciano y Ponticiano tan profundamente su transformación cristiana que no me atrevería yo a decir cuando pudo ser el principio.
Nosotros celebrábamos el Bautismo de los nuevos cristianos en la vigilia-noche de la Pascua. Era la noche-madrugada de la victoria de Jesús; era la fiesta más grande del año, el día que comenzaba con esta amanecida era el día de la luz y el día de la regeneración. Aquel año correspondía celebrar esta fiesta de Pascua del 24 al 25 de abril. La gran mayoría de cristianos se habían concentrado en la iglesia de Ambrosio, pues era la iglesia donde el señor obispo celebraba la liturgia y la fiesta de la gran Vigilia Pascual. Primero se celebraron los Santos Oficios, y, a continuación, antes de la Misa del Alba, se procedió al rito y ceremonia del Bautismo de los catecúmenos.
Todos nosotros nos trasladamos juntos a la iglesia. Agustín conmigo, Adeodato con Navigio, Alipio con Trigecio. Hacían grupo con nosotros muchos amigos y conocidos. Vestíamos los trajes del día de fiesta. Yo, el traje blanco de la viudas y envuelta en un largo velo. Agustín llevaba una hermosa túnica blanca que yo se la había hecho expresamente para el acontecimiento. De nuestros sentimientos interiores, mejor que te los imagines tú misma, pues a mí me resultan muy difíciles de explicar por la gran variedad de matices, emociones, sensaciones, recuerdos, vivencias, ilusiones y esperanzas que se removían por todo mi ser. En el conjunto de todos nosotros, una no contenida alegría. En mí, muy en especial, un profundo y sincero agradecimiento a Dios.
Ciertamente, para la Iglesia Católica, la recepción del Santo Bautismo era el inicio oficial de la vida cristiana. Por eso, en su ritual se marcaban con fuerza los principios que determinaban el hecho de ser cristiano. Déjame que te explique cómo fue esta ceremonia. Estando nosotros ya dentro de la iglesia y Agustín cerca de la pila bautismal mirando al Occidente, llegó el señor obispo y se arrodilló para orar un instante antes de pasar a dirigir los Santos Oficios. Cuando éstos terminaron, a una señal del señor obispo, Agustín se levantó y miró al Oriente para saludar a la luz divina que brillaba al fin en su alma, después de haberla desconocido durante tanto tiempo.
Enseguida se aproximó a la fuente bautismal donde, invitado por el señor obispo, se sumergió tres veces. En la primera inmersión dijo: «Creo en Dios Padre»; en la segunda dijo: «Creo en Jesucristo»; y en la tercera dijo: «Creo en el Espíritu Santo». Después subió al pie del altar, donde se había situado el señor obispo, que extendiendo los brazos proclamó así: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Al mismo tiempo, derramó el agua sagrada sobre la cabeza de mi hijo Agustín.
A continuación, siguiendo la costumbre de la Iglesia de Milán, el obispo Ambrosio se ciñó una toalla, y se arrodilló delante de Agustín y de cada uno de los nuevos bautizados. A todos les fue lavando los pies. Después, cada uno de los bautizados tomó un cirio encendido en la mano, al tiempo que Ambrosio entonaba un himno de alabanza para la ocasión. Este himno, «Te Deum laudamus», «A Ti, ¡oh Dios!, te alabamos; a Ti , por
Señor, te bendecimos», había sido compuesto por San Ambrosio. Era un canto ferviente,
atrevido e impetuoso al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en cuyo nombre Agustín había sido regenerado por las aguas bautismales. El himno proclamaba el triunfo y la alegría, y
estimulaba al entusiasmo del cristiano. Proclamaba la esperanza en la infinita bondad de Dios.
Para Agustín era el principio de una vida cristiana cuyos frutos habían de venir. Para mí fue el final de un trayecto de lágrimas, sufrimientos, oraciones y penitencia. Todo lo daba como bueno, pues, al fin, el Señor me había concedido lo que con tanta insistencia le venía pidiendo. De mi parte había puesto lo que creía que era bueno. Por su parte, Dios puso lo que solamente Él sabía y podía poner. Quizá no podía decir aún que mi tarea hubiera terminado, porque eso sería cuando el Señor quisiera. Si Él había querido que mi vida fuera lo que fue, ¡bendito sea Dios! Si mi vida había servido para traer a la Iglesia a uno de sus más soberanos pilares, ¡bendito sea Dios!
Tras la ceremonia del bautismo, todos nosotros regresamos a nuestra casa alegres y contentos. Nuestra alegría compartida estaba acompañada por una fe sin límites, una esperanza sin fronteras, una confianza en Dios que sobrepasaba todas las medidas posibles. En cambio, mi contento se resumía en una tranquilidad personal inexplicable y en una paz de espíritu que contagiaba mis expresiones llenándolas de una felicidad nunca antes disfrutada. Después del ágape familiar, cuando ya todos reclamaban un pequeño descanso, me retiré a mi habitación para saborear conmigo misma, en silencio, aquellos inefables momentos vividos tan intensamente.
Mi estado interior era de una paz indescriptible. Como si la calma total sobre todas las cosas hubiera reposado en mí. En mi juventud mi corazón explotaba con la respuesta que daba a mis convicciones, o encontraba en las dificultades exteriores. En esta serena madurez, y, sobre todo en estos momentos de plenitud, la paz dominaba todo lo que había en mí. Yo no sé si fue como una bella noche de verano, cuando ante la contemplación del cielo se disfruta una tranquilidad superior. Yo no sé si fue como un día de invierno en pleno campo, cuando todo el espacio esta cubierto de una luciente y blanca capa de nieve que te impone un silencio impresionante y que te invita a la reflexión. Mi reflexión me llevaba a vivir interiormente las más puras esencias del amor, sin pretender ni poder explicarlo. Y cuando te digo amor, me refiero al amor a Dios, al amor a Jesucristo, al amor a mi hijo Agustín, al amor a todas estas personas que se arracimaban junto a Agustín, al amor a la iglesia, a mi amor personal y sacrosanto a nuestro querido obispo Ambrosio.
Atentamente, tu amiga