Pablo VI habla del amor conyugal, es decir, del encuentro de un hombre y de una mujer que se prometen constituirse de modo indisoluble y para toda la vida en una
comunidad de vida y amor. Este amor tiene características que le son propias y que han de estar presentes justamente para vivirlo en plenitud. En primer lugar es ple- namente humano; ello significa que considera al hombre y a la mujer en su condición corporal y espiritual. Adquiere talante humano cuando la entrega es total y abraza a todo el ser. Por lo tanto, el vínculo es plenamente humano cuando es entrega de dos personas con lo que son, y ello obviamente incluye su capacidad fecundante. Juan Pablo II lo decía de forma admirable al plantear que «el amor abraza también el cuerpo y el cuerpo expresa igualmente el amor espiritual» (FC 21). Así entendida, la sexualidad humana no es una relación meramente biológica, sino que llega al núcleo íntimo de la persona.
Así, la sexualidad humana es parte integrante de la concreta capacidad de amar que Dios ha inscrito en el hombre y en la mujer. Es evidente que esta comprensión de la sexualidad humana resulta hermosa y sin duda alguna que reivindica con fuerza la dignidad de la persona humana en cuanto tal, cuerpo y espíritu. Eso es un gran valor expresado en este documento pontificio.
En segundo lugar es total. El amor total significa que el amor es al otro en cuanto tal y no en cuanto me produce algún tipo de benefi- cio. Es un amor que va a la raíz de la persona, a su interioridad. Es muy hermoso saberse amado por el solo hecho de ser y de encontrar alegría, por el solo hecho de ser fuente de enriquecimiento del otro. En efecto, el amor es auténtico no ya cuando se vive junto al otro, sino que para el otro. Ese amor integrando la dimensión del eros propia del encuentro del hombre con la mujer conduce al ágape, es decir, al amor de gratuidad.
En tercer lugar es fiel y exclusivo. Esta nota del matrimonio postula una visión positiva del hombre en cuanto capaz de comprometerse, capaz de ser fiel a la palabra empeñada a la que le reconoce un alto valor en cuanto involucra su libertad, su racionalidad y sus senti- mientos. Es evidente que este atributo del matrimonio surge de la dignidad de la persona humana y de su condición de fin y no de medio, de su condición única e irreemplazable. Pablo VI invita a observar a muchos matrimonios que han perseverado en la palabra empeñada ante Dios y la comunidad y que ello ha sido fuente de felicidad profunda y duradera. Como podemos apreciar, la fidelidad responde de mejor manera al valor que se le atribuye a la persona que se ama en su unicidad.
Por último, abierto a la vida, es decir, fecundo. El amor de los esposos goza de tal dignidad que está llamado a ser fuente de vida. La vida que surge de este encuentro gozoso de dos personas que se aman, que son iguales en dignidad y complementarias en su condición de hombre y mujer, trasciende su propio yo, su propio nosotros para dar vida, siendo esa vida el don más excelso del matrimonio y que se constituye en el lugar por excelencia para que se pueble la tierra. El niño, cuando surge como nota característica del amor esponsal, será siempre una bendición y no alguien de quien me tengo que defender porque constituye una amenaza. La apertura al don es apertura al otro en cuanto otro, con todo su ser.
La sexualidad humana es parte integrante de la concreta capacidad de amar que Dios ha inscrito en el hombre y en la mujer. Es evidente que esta comprensión de la sexualidad humana resulta hermosa y sin duda alguna que reivindica con fuerza la dignidad de la persona humana en cuanto tal, cuerpo y espíritu.
A la luz de lo señalado se percibe el error que se comete al comprender la encíclica Humanae vitae como un conjunto de restricciones. Lo que ésta hace es abrir la condición sexuada del hombre a la dimensión más profunda de su ser y de su vocación al amor. Y postula que la sexualidad humana es humana y que auténticamente hace relucir lo mejor de lo que el hombre es, cuando alcanza su plena verdad y su significado en cuanto expresión de la donación total y fiel del hombre y de la mujer hasta la muer- te. Así ésta ejerce una función ministerial, de servicio al amor de los esposos y a la vida. En definitiva, es desde el amor al otro en cuanto otro, sin condicionamientos de ningún tipo, que comprende adecuadamente su condición de sexuado. Ello por cierto que requiere un trabajo de los cónyuges que puede tomar toda la vida, pero vale la pena, sin duda alguna. Por otra parte, desde la perspectiva del niño, es muy hermoso saberse fruto del amor total, fiel, exclusivo, y que han visto los esposos en el embarazo, en esa nueva vida, una bendición que surge de dicho amor.
Desde esta perspectiva, el bien de la persona es el don de sí y aceptación del otro en tu totalidad unificada. Por ello, que dejan de ser dos y se convierten en una sola carne. Así el otro se siente amado por lo que es, considerado en todas sus dimensio- nes: corporal, psíquica, social y espiritual y con capacidad de dar vida. No sin razón Juan Pablo II en la Exhortación Familiaris consortio postula que
«el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco ‘conocimiento’ que les hace ‘una sola carne’ no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo» (FC 14).