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9 Contradiction Between the Productive Forces and the Form of Intercourse]

En el subtema anterior, se planteó que la educación ambiental debe involucrar un saber práctico, definido como la capacidad de dirigir la acción singular y concreta, de tal modo que se configure y desarrolle en coherencia con las exigencias del respeto a la dignidad de la persona humana. Así mismo, se afirmó que el saber práctico, consiste en el manejo de un conjunto de normas o técnicas de actuación y, de habilidad para interpretarlas a la luz de los fines de la acción y de las circunstancias en las que ésta se realiza, de tal modo que se generen conductas personales acordes con el respeto a la dignidad humana y que procuran el perfeccionamiento no sólo personal sino también del grupo.

Por lo tanto enseñar la dimensión práctica del saber Ambiental significa formar en conocimientos, actitudes positivas y hábitos desde las diversas disciplinas, que abordan la cuestión ambiental. Es responsabilidad de la formación profesional universitaria propiciar esos desarrollos.

Holahan retoma la definición sugerida por Bertrowitz: “actitud se refiere a los sentimientos favorables o desfavorables que inspira un objeto o situación. De esta manera, las actitudes implican sentimientos evaluativos: indican qué tanto agrada o desagrada algo a un individuo” (1996:115), igualmente este autor define las actitudes

ambientales como: “los sentimientos favorables o desfavorables que se tienen hacia alguna característica del ambiente físico o hacia un problema relacionado con él”. (Holahan 1996: 115).

Ampliando esta definición se puede afirmar que una actitud es una disposición estable de la voluntad para actuar de una manera determinada, y efectivamente hacerlo. Las actitudes por lo tanto tienen tres componentes: afectivo, cognitivo y comportamental. Como se ve, la actitud tiene su sede en la voluntad es decir en el querer; un querer informado por la inteligencia si, pero realmente independiente de ésta. El querer es patrimonio exclusivo e inviolable del sujeto y sólo se modifica si él quiere, pero en ello inciden los conceptos y juicios racionales; así, el comportamiento racional es fruto del querer y del conocer.

La dimensión práctica del saber ambiental, es decir la actuación personal acorde con los principios de la teoría sobre el “Ambiente Humano”, sólo se puede aprender en y desde la acción: a obrar se aprende obrando. Y, como en todo proceso de aprendizaje, podemos ser ayudados, pero no a través de recibir instrucciones acerca de cómo hacer, sino haciendo junto con quien ya posee la experiencia práctica del obrar, es decir quien ya posee la actitud de obrar correctamente. A este tipo de docencia no la podemos llamar en estricto sentido enseñanza, sino orientación o formación.

Así pues, se puede concluir que la primera condición de posibilidad de la enseñanza del saber práctico de la educación ambiental es que aquéllos que la orientan posean ya una formación ética-ambiental, no sólo en la teoría, sino principalmente en sus

actitudes y conductas. Altarejos lo sintetiza de la siguiente manera: “saber como se suscita la acción implica saber de la acción”, y esto significa, como se ha dicho, no separar el saber de la acción. Saber como suscitar la acción en el educando, exige la acción del educador. Saber enseñar para formar lleva consigo necesariamente el estar formándose el educador. (Altarejos 1989)

Así, formar la conducta ético – ambiental exige el desarrollo de actitudes favorables y de hábitos relacionados principalmente con virtudes como: la justicia, la generosidad, la responsabilidad y la propia dignidad personal.

Esto es posible de forjar mediante acciones compartidas entre docentes y discentes, en las que quienes pretenden enseñar, deben comunicar mediante su actuación y su palabra persuasiva las experiencias constructivas, hábitos y actitudes que se desea que sean aprendidos

La dimensión práctica del saber ambiental no puede constituir una asignatura dentro de un currículo, sino un clima institucional, que empapa y se refleja en todas y cada una de las actitudes que se realizan. Un clima institucional que se caracteriza por el respeto a la persona, el acatamiento y la promoción de la dignidad trascendente de ella y no de la dignidad de persona humana en general, sino de la de cada uno de los individuo; el respeto a cada uno y la promoción del servicio generoso entre los grupos humanos, aumenta el bienestar personal y el bien común en todos los ámbitos de

interacción. Es por esto que el enfoque educativo propuesto señala ámbitos de interacción e indicadores para generar Ambiente Humano.

Según Franco A., desde un enfoque sistémico y en relación directa con nuestras pautas culturales, se articulan subsistemas dentro del macrosistema “Ambiente Humano” que se interrelacionan y se nutren desde las experiencias personales y las vivencias dentro de la familia y en grupos sociales más amplios. Este enfoque toma elementos de los niveles simbólicos a que hace referencia. Talcott Parsons, en su teoría sobre la estructura interdependiente de los sistemas culturales (1960).

El anterior enfoque es pertinente y consecuente con la formación integral de líderes profesionales y especialmente líderes educativos porque supone el ejercicio ético dela persona, como ser esencialmente moral que orienta sus actos hacia el bien. “ El liderazgo se dimensiona desde la ética como capacidad de servir y orientar a las personas por el camino del bien, de la verdad y en la búsqueda y logro de objetivos que apunten al bien común” ( Sandoval 1999: 181).

La educación ambiental en nuestro país ha pasado por diferentes etapas y metodologías que oscilan “entre concepciones naturalistas-ecologistas a concepciones culturalistas-etnocentristas sin que podamos decir que hoy esas tendencias hayan desaparecido o contemos con una sola concepción de educación ambiental”(Lugo A. 1992:46). La propuesta educativa ambiental que promueve la generación de “Ambiente Humano”, es por tanto una mirada concebida desde el sistema personal y

su propia armonía, para desde éste, transformar el ambiente familiar, el de la comunidad educativa en la que se estudia o trabaja, el de la comunidad residencial local y como efecto contribuir a mejoras del macrosistema humano planetario. En la Tabla 1, aparecen los elementos e indicadores del Ambiente Humano.

Fomentar la educación ambiental es desde esta propuesta, propiciar procesos formativos que eleven la dignidad de cada persona atendiendo a necesidades espirituales, afectivas, intelectivas y a su corporeidad. Tales procesos deben complementarse con una vida familiar armónica que estimule no sólo la adecuada satisfacción de necesidades materiales sino además la unidad como fruto del amor y la obediencia, el respeto mutuo, la generosidad y la práctica de acciones que favorezcan la conservación del planeta. La vida familiar se refleja en la vida de comunidad; quienes logran ambientes familiares armónicos irradian acciones generosas y solidarias en sus comunidades locales y son capaces de solidarizarse y ser justos y serviciales; nuestra comunidad planetaria requiere comunidades locales y nacionales formadas por personas íntegras y virtuosas.

TABLA 1. Elementos componentes e indicadores del ambiente humano Tomado de Franco, et. Al (1997).